La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintiséis #3
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Capítulo Veintiséis #3

Fue Khalil quien formuló aquella pregunta, con aire pensativo.

—Deseo lo primero, pero estoy preparada para lo segundo —respondió Malini con una inclinación de cabeza—.

Ya hemos visto la fuerza del gran príncipe.

Pido que se presente alguien dispuesto a asumir el riesgo, en nombre de nuestra campaña, de mantener a raya las fuerzas del príncipe lo suficiente como para que ganemos la guerra y destronemos a Chandra.

—Que sean tus ahiranyi quienes se encarguen de esa tarea —espetó Ashutosh.

Narayan frunció el ceño y le colocó una mano en el hombro con gesto tranquilizador, pero Ashutosh se apresuró a sacudírsela de encima.

Malini casi sentía a Priya tras ella. Cómo cambiaba de postura.

El aroma del humo en aquella querida piel, en el pelo.

—Ya se te dispensó justicia, príncipe Ashutosh —dijo Malini, apenas capaz de reprimir una gélida irritación en la voz—.

Y yo requiero una fuerza completa de soldados: infantería, caballos, armas.

La representante de Ahiranya no puede aportar nada de ello.

Lo que requiero es a un noble dispuesto y listo para actuar en nombre de su imperio.

Malini paseó la vista por la tienda y miró a todos los nobles que habían jurado servirla. No miró directamente a Mahesh. Haría lo que fuera necesario por su honor y por Parijatdvipa. El deber de Malini no iba más allá de concederle la oportunidad de hacerlo.

—¿Ninguno de vosotros está dispuesto a hacer este sacrificio? —Alzó la cabeza—. ¿Nadie va a dar un paso al frente y hacer lo necesario para proteger a Parijatdvipa del gobierno de Chandra?

Hubo un rumor intranquilo, movimiento, silencio.

—Yo lo haré.

Mahesh giró la cabeza, los ojos desorbitados. Desde el fondo de la tienda, entre sombras, Aditya dio un paso al frente.

Aún vestía las ropas sacerdotales. Llevaba el pelo suelto, una cascada negra que le caía por la espalda. No tenía aspecto de guerrero. No tenía aspecto de príncipe.

Hizo una pronunciada reverencia. La reverencia de un suplicante ante un emperador. Luego volvió a enderezarse y la miró con ojos firmes y oscuros, con expresión muy calmada.

Malini, en cambio, no estaba calmada en absoluto. Se contuvo y lo miró; el corazón le latía desbocado. No era aquello lo que había planeado. Oh, qué necio era su hermano. Qué necio.

—Necesitaré hombres —dijo—. Y un general capaz que me guíe.

—Príncipe Aditya —se apresuró a decir Mahesh—. Yo te serviré. En esto como en todo.

Malini apretó las manos con tanta fuerza sobre las rodillas que sintió cómo se las uñas le abrían surcos en la sangre. No quería que las cosas saliesen así.

Aditya. “Oh, hermano, ¿qué haces? ¿Por qué? ¿Por qué ahora?”

—Hermano —dijo. Él la miró y ella prosiguió, obligándose a hablar con voz firme—. Príncipe Aditya. ¿De verdad deseas hacer esto?

—Sí —afirmó él—. Así es, emperatriz.

Nadie sabría jamás lo difícil que le resultó mantenerse impasible.

Y asentir como si permitiese aquello, como si lo desease.

—Si he de prescindir de la guía del Señor Mahesh, habré de buscar un nuevo general para mi ejército —dijo.

Aquello al menos sí formaba parte de su plan—.

En honor a la confianza que existe entre nuestras naciones, a partir de este momento contaré con un consejo de generales.

Un representante de cada una de las naciones que juró lealtad a los Divyanshi y que ahora me ha jurado lealtad a mí.

Los nobles parecían conmocionados, casi estupefactos, pero Malini no sabía si era a causa de la decisión de Aditya o de su propia declaración. Aun así, prosiguió:

—Señor Narayan, que estuviste a mi lado en Srugna —anunció—. ¿Aceptarás el puesto de general saketano de mi ejército?

—Quizás un príncipe inferior… —dijo él en tono de cautela.

—Quiero que seas tú —interrumpió Malini sin perder la calma. “Prefiero evitar ese nido de víboras por completo”, pensó, aunque se abstuvo de decirlo. Era mejor favorecer a un señor y no a un príncipe por encima de los demás—. ¿Aceptas el honor?

—Sí, emperatriz —respondió Narayan con una pronunciada reverencia—. Acepto.

El señor Prakash, de Srugna, aceptó enseguida. También el señor Khalil, con una ligera sonrisa de complicidad.

—Príncipe Rao —dijo Malini al fin—. Fuiste tú quien me profetizó. ¿Serás mi general en nombre de Alor?

—Emperatriz —dijo él, con tono envarado y el rostro desprovisto de color. Ponía tanta determinación en no mirar a Aditya que Malini comprendió que no pensaba en otra cosa que no fuera Aditya—. Por supuesto.

Los murmullos entre los presentes no solo no disminuyeron, sino que aumentaron. Y Malini…

Malini giró la cabeza y miró de soslayo a Priya. No pudo evitarlo.

No podía darle a Priya el puesto de general de su ejército. No se lo ofreció y Priya no lo pidió.

Intercambiaron una mirada. El ruido de la conversación entre los nobles se esfumó como niebla. Priya se llevó una mano al pecho. La cerró en un puño a la altura del corazón.

Si Malini se llevó las puntas de los dedos a la flor de aguja que tenía ensartada en una cadenita al cuello…, si miró a Priya y no pudo evitar sentir gratitud por su presencia…, no fue asunto de nadie más que de ella.