La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintiséis #2
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Capítulo Veintiséis #2

—Me alegro —dijo Malini—. No querría que ninguna de mis mujeres saliese herida.

Priya la miró a los ojos y sonrió. La ceniza le cruzaba la cara como kohl mal aplicado. Llevaba el pelo oscuro descompuesto, suelto a la altura de los hombros, desliado. “Eres como la tinta”, pensó Malini sin poder contenerse. “Eres tinta y no quiero sino hacer poesía contigo”.

—Tus mujeres sienten lo mismo hacia ti, emperatriz —repuso.

—Emperatriz —dijo Lata tras un carraspeo—. El consejo espera.

Sí. El consejo. Malini se obligó a dejar de mirar a Priya.

En su lugar, centró la atención en las demás mujeres que la rodeaban.

—Una muestra de unidad —observó—. Vendréis todas conmigo, y… He de pediros un favor. Una muestra de confianza.

—Lo que pidas —respondió Raziya, sin inmutarse—. Haremos lo que sea necesario.

—No dejéis entrever miedo —dijo—. Confiad en mí y tened valor. Es lo único que os pido.

Los señores y príncipes la esperaban, pero no formaban un público organizado y silencioso.

Los hombres entraban y salían, se acercaban y volvían a alejarse de los nerviosos grupos de arqueros y soldados que se habían apostado para vigilar los muros del bastión por si hubiera nuevos ataques.

Cada vez que entraba un nuevo oficial en la tienda, vestido con armadura y botas pesadas, el humo de la batalla lo acompañaba al interior.

El hollín no tardó en flotar en el ambiente.

Todos hicieron una callada reverencia cuando entró Malini, acompañada de sus mujeres, y se digirió al pedestal.

Subió, pero no se arrodilló en los almohadones para indicar que el consejo comenzaba.

En cambio, se quedó en pie y esperó a que las mujeres se dispusiesen a su alrededor formando un semicírculo en alerta.

Esperó a que los hombres acabasen las reverencias, se removiesen inquietos y confusos y, al cabo, guardasen silencio.

Vio a Mahesh entre ellos. A Rao. Y al fondo de la tienda, vestido con los colores sacerdotales, a su hermano Aditya.

—Mis señores —dijo al fin—. Sé que muchos de vosotros creéis y teméis que Chandra haya recibido la bendición de las Madres. Que ese fuego antinatural que ha matado a tantos de nuestros hombres sea una señal de que él es el elegido, y no yo.

Una pausa para contemplar aquellas miradas culpables que rehuían la suya.

—Sin embargo, ese fuego es falso. Es una mentira. Y lo voy a demostrar.

Tras ella, Lata se puso en pie y acercó la caja tallada en piedra negra.

—Esto se ha recuperado con gran valentía del campo de batalla —mintió Malini.

No había necesidad de mencionar el papel que había jugado el templo de la Madre sin rostro.

Aquel tipo de reunión requería una historia más sencilla, convincente, a la que pudiese aferrarse su fe resquebrajada—.

Un fuego antinatural atrapado y contenido en ceniza.

Abrió la tapa de la caja y les mostró la ceniza…

y el corazón latiente de la llama que se retorcía en el interior.

Alguien se encogió. Algunos hombres retrocedieron.

Malini vio que al menos uno de ellos salía de la tienda.

Sin embargo, la mayor parte permaneció en silencio.

No veía a las mujeres tras ella. No veía a Raziya ni a Lata, y tampoco a Deepa o a Priya, pero estuvo segura de que se mantenían inmóviles, sin asustarse. Tal y como ella se lo había pedido.

Despacio, Malini desenfundó su sable y tocó el fuego con la punta.

—No hay nada que temer, mis señores —dijo—. El fuego no os hará daño.

Ya había visto cómo un fragmento de aquel fuego se extinguía hasta apagarse en la hoja.

En aquel momento tomó lo que quedaba, un rescoldo pequeño y debilitado.

Era evidentemente una llama antinatural que parpadeaba y se retorcía con apenas un resto de la fuerza que había poseído.

Bajo la leve brisa que soplaba en la tienda, la llama se crispó y se retorció como una serpiente.

—Mis señores, todos estáis bien formados en vuestras lecturas.

Vuestros ancestros estuvieron presentes cuando las Madres de las llamas ardieron por todos nosotros.

Así pues, sabéis tan bien como yo que el fuego de las Madres es implacable.

Que no flaquea. Que no mengua. Esas llamas preñaron espadas y flechas y se volvieron contra los yaksas hasta acabar con todos nuestros enemigos. Solo entonces perecieron.

Alzó el fuego ante sí, con el sable firme en las manos, para que todos contemplasen las llamas: lo pequeñas que eran, cómo flaqueaban, cómo empezaban ya a menguar ante sus ojos.

—Estas llamas han de ser transportadas entre cenizas —dijo—. Se mueven, sí, imbuidas de un extraño poder…, pero ese poder no tiene un propósito sagrado como el del fuego de las Madres.

Hablaba con seguridad. A fin de cuentas, no había ningún sacerdote presente que pudiera llevarle la contraria. Solo Aditya, que servía al dios sin nombre, pero no discutiría.

—Y estas llamas mueren —prosiguió. Trazó un amplio arco con la espada y vio cómo los últimos rescoldos se apagaban hasta quedar reducidos a nada—.

Este no es el fuego de las Madres. Sea lo que sea lo que Chandra ha creado, es falso.

En el mejor de los casos, no es más que la sombra de lo que debería ser.

Silencio. Y a continuación, los nobles estallaron en cuchicheos, al tiempo que las últimas hebras de humo flotaban cada vez más lejos del sable y la hoja quedaba desnuda y reluciente.

Malini no miró a los ojos a Mahesh, aunque, oh, se moría de ganas. Quería hacerlo.

—Yo jamás osaría desobedecer los mensajes de las Madres —proclamó Malini—.

Fueron ellas quienes, a través del dios sin nombre, me otorgaron mi corona.

Mis señores, si este hubiese sido el fuego de las Madres, yo habría obedecido su voluntad e inclinado la cabeza ante el legítimo emperador. Pero sé quién soy para las Madres.

Una pausa, tras la que añadió con énfasis:

—Eso siempre ha estado fuera de toda duda. El trono es mío; así lo afirman la Madre sin rostro, el dios sin nombre y las Madres. Espero que esto disipe vuestras dudas sobre mí. Comprendo vuestros miedos, mis señores. Pero no volveré a ser tan comprensiva.

Los hombres seguían hablando, o bien entre ellos, o bien para atraer la atención de Malini. Sin embargo, ella se limitó a ocupar su asiento. Alzó una mano y los acalló a todos una vez más.

Era el momento de retomar todo lo relativo a la guerra.

—Es imposible asediar el bastión-laberinto —dijo—.

A pesar de que el Señor Mahesh estaba convencido de que ese era el camino, no podemos contener a los habitantes del bastión.

Han sido lo bastante astutos como para aprovechar tanto la fortaleza como la fuerza a corto plazo que les concedía el fuego falso.

En el futuro habrá más ataques breves y salvajes, no me cabe la menor duda al respecto.

Cuanto más tiempo permanezcamos aquí, más menguarán nuestras filas.

He confiado en los consejos del Señor Mahesh —prosiguió—.

Y me ha servido sabiamente. Pero este fracaso es un mensaje de las Madres que no puedo pasar por alto.

Vio que Mahesh inclinaba la barbilla, una sutil señal de vergüenza.

—No podemos quedarnos aquí. Hemos de avanzar hacia Parijat, y a la mismísima capital, Harsinghar, para derrocar al falso emperador.

—Emperatriz. —Fue el Señor Prakash quien habló—. Si me lo permites.

—Estaré encantada de oír tus consejos, Señor Prakash.

—Aunque ese fuego no pertenezca a las Madres, entraña un gran peligro de todos modos —opinó—.

Muchos de nuestros hombres han muerto. Si dejamos a este enemigo a nuestras espaldas, estoy seguro de que quedaremos aplastados entre las fuerzas del gran príncipe y las del emperador, tal y como temía el Señor Mahesh cuando recomendó iniciar el asedio.

Un murmullo de aprobación se extendió entre los señores que escuchaban.

—Creo que hemos de presentar batalla aquí, emperatriz. Hay que detener a las fuerzas del gran príncipe. Por otro lado… —Negó con la cabeza y dijo con pesar—: No sé cómo hacerlo, emperatriz.

—Iremos hasta Parijat —dictaminó Malini—. Porque es lo que hemos de hacer. Porque ha llegado la hora.

“Porque tengo la bendición de las Madres y lo ordeno”, omitió decir Malini a continuación, pero comprendió que los hombres lo entendían igualmente.

—Aun así —añadió—, algunas de nuestras fuerzas han de permanecer aquí para contener al gran príncipe.

—¿Esperas ganar esta batalla, emperatriz? ¿O les pides a nuestros leales hombres que sacrifiquen a sus fieles guerreros en la hoguera saketana?