La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintiséis
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Capítulo Veintiséis

MALINI

—P adre. —La voz de Deepa sonaba lo suficientemente aguda como para oírla desde el otro lado de la lona de la pared de la tienda en medio de aquel viento que alimentaba las llamas—. Por favor. Tienes que verla.

—Quienes tienen que verla son sus hombres, no yo —replicó Mahesh.

Tenía la voz más ronca que nunca por culpa del humo.

Malini no necesitaba verlo en carne y hueso para saber que tenía el pelo y la armadura cubiertos de ceniza, ni que su rostro tenía sombrías arrugas del mentón al ceño fruncido—.

Dile que salga y la acompañaré al consejo de guerra.

—¿Te gustaría verla llorar? —preguntó Deepa con un temblor alterado en la voz que impresionó a Malini por lo convincente que sonaba—.

Por favor, padre. No sé qué más puedo hacer.

Te lo he dicho, todas las mujeres están asustadas.

Si pudieses aconsejar a la emperatriz que mantuviese la calma, quizás…

, estoy segura de que sería una gran ayuda.

—No hay tiempo para estas cosas —respondió él, impaciente.

—Lo siento, padre.

Unos pasos pesados siguieron a las palabras de Deepa. Mahesh apartó la cortina y entró en la tienda. Empezó a hacer una reverencia y se detuvo en pleno gesto al ver a Malini, quien a todas luces no estaba llorando. Con los ojos secos, sentada en los almohadones del suelo, lo miró a los ojos y dijo:

—Señor Mahesh.

Su voz pareció sacarlo del ensimismamiento. Completó la reverencia y se irguió del todo.

—Emperatriz —replicó.

—Respeté tus consejos y no abandoné la seguridad de mi tienda cuando oí que la batalla empezaba —señaló con tono gentil, al tiempo que Deepa entraba en la tienda tras su padre y cerraba la cortinilla en silencio—. Tu hija fue tan amable de hacerme compañía.

Mahesh no se giró hacia su hija. Su mirada deambuló por toda la extensión de la tienda vacía. Deepa le había mencionado que había mujeres dentro, pero en realidad solo había tres presentes. Malini se había asegurado de ello.

—Dado que no necesito que me tranquilices, Señor Mahesh —dijo—, ¿puedes informarme sobre el estado de nuestras fuerzas? ¿A cuántos hombres ha matado el fuego esta vez?

—Aún no hemos acabado de hacer el recuento de bajas y heridos, emperatriz.

Ella asintió.

—En otras palabras, muchos —dijo—. Tal y como Lata te advirtió cuando insististe en iniciar el asedio. Quizá lo recuerdes.

Mahesh vio a Malini ponerse en pie, como un reflejo de sí mismo: erguida y segura, con los hombros echados hacia atrás y la cabeza alta.

—¿Hemos diezmado a cambio las fuerzas del gran príncipe? —preguntó Malini, a sabiendas ya de qué respuesta le iba a dar.

Él negó con la cabeza. Las arrugas de la frente mostraban cada vez más tensión.

—Se retiraron con toda presteza tras las murallas —respondió—. Aprovecharon las capas defensivas que posee el bastión. Se esfumaron tras el primer ataque.

El primer ataque. Y tantos hombres muertos por culpa del convencimiento de Mahesh, por los planes de Malini. No lo lamentaría. No podía permitirse semejante compasión.

—Creí que podríamos contenerlos —adujo él—. Rodeábamos el bastión por todos los flancos. Un destacamento de arqueros y caballería lo vigilaba todo el tiempo. Deberían haberse podrido dentro de esas murallas.

Apretó la mandíbula en un intento de controlar tanto sus emociones como sus palabras.

Ella lo contempló, paciente, a la espera de ver cómo se astillaba.

—El bastión debe de contar con salidas secretas.

El bastión-laberinto es famoso por su carácter infranqueable, pero debe de ser más complejo, de lo que pensábamos.

Y el fuego. —Se detuvo, y acto seguido dijo con una brusquedad que casi era una súplica—: He llevado a cabo muchos asedios, emperatriz.

Hemos hecho lo correcto. No podíamos prever que algo así sucedería.

—No hemos hecho lo correcto, Señor Mahesh —replicó ella, con tono cortante—.

Nos hemos equivocado. Y no hemos hecho nada, lo has hecho tú.

Fuiste tú quien eligió este camino a pesar de mis reservas, a pesar de las advertencias de mi sabia.

Hasta el último señor y príncipe parijatdvipano en mi ejército te oyó afirmar que esta era la opción por la que te decantabas.

Así pues, habrán de saber que la muerte de sus hombres es responsabilidad tuya.

Palabras crueles. Por otro lado, así había decidido formularlas Malini.

—Actuaste solo para imponer tu poder —dijo lentamente—. Para demostrar que sabías más que yo, que eras más grande que yo. Te has dedicado a socavar mi poder, Señor Mahesh. ¿Acaso creías que no era consciente de tus maniobras?

—Emperatriz —dijo Mahesh—. No siento sino respeto hacia ti.

—Sé que no has actuado por falta de respeto —repuso—. Sé que ese fuego antinatural del bastión consiguió que tu fe en mí se tambalease. Y sé que no querías más que apartarme del trono de la manera más sutil posible para colocar a Aditya en mi lugar.

Mahesh guardó silencio.

—Puedes admitirlo —dijo Malini—, o no, como prefieras. Ya estoy al tanto.

Él no discutió, ni suplicó, ni se enfureció.

Se limitó a quedarse plantado frente a ella, cubierto por la ceniza de la batalla, sin pronunciar palabra.

Malini dejó que el silencio se alargase y campase a sus anchas.

Al cabo asintió y aceptó aquella negativa a hablar como lo que era: una decisión firme.

—No le he pedido a tu hija que te traiga aquí para reprenderte —le dijo Malini al cabo—.

Se lo he pedido como mera cortesía. Cuando caiga la noche dejarás de ser el general de mi ejército.

Por tu honorable servicio, tanto a mí como al imperio, he decidido advertirte de tu inminente degradación, para que puedas prepararte.

Aun así, no puedo ahorrarte lo que dirán los demás, lo que supondrán.

—Suavizó el tono de voz—. Podría no haberte advertido.

Podría haberme limitado a humillarte, a despojarte de tus títulos ante todos los demás señores.

Pero he decidido no hacer tal cosa en señal de respeto al vínculo que nos une.

Has liderado a mis hombres, lo tengo en cuenta.

—Emperatriz. —La voz de Mahesh se quebró, de pronto entrecortada—. No puedes hacer esto.

—Claro que puedo —respondió Malini con tono calmado, aunque un dulzor oscuro se le retorció en el pecho.

Resultaba de lo más embriagador rebajar a un hombre poderoso, a un hombre que la había traicionado.

Sin embargo, no permitió que su sentimiento quedase reflejado en el semblante o en la voz.

Era como el hielo—. Soy la emperatriz de Parijatdvipa.

—Mientras viva el príncipe Aditya —se apresuró a decir Mahesh—, habrá quien piense que debe ser él quien se siente en el trono. Y ahora que he visto el fuego de las Madres, emperatriz…, princesa Malini, creo que tienen razón al creerlo. Yo mismo lo creo.

—Así pues, ¿me aconsejas que asesine a mi hermano? ¿Qué le quite la vida? ¿Ese es el afecto que le profesas?

—No —se retractó él—. Te aconsejo que confíes en lo que te han dicho las Madres a través de Su fuego y que aceptes que quien ha de sentarse en el trono es un descendiente masculino de Divyanshi.

—Mañana verás que deberías haber creído en mí. —Le imprimió aún más dulzura a su tono de voz. Más misericordia.

Quiso decirle que se sentía decepcionada, que Mahesh había pasado un año junto a ella y aun así no la conocía en absoluto.

La había seguido por la profecía de la que Malini se había apropiado, pero había intentado abandonarla nada más producirse la primera grieta que apareció en su cáscara dorada.

No había aprovechado la oportunidad que le brindaba la cercanía de Malini para darse cuenta de su valía.

Sin embargo, daba igual que Mahesh no la conociera. Ella sí lo conocía a él.

—Yo no soy Chandra —dijo—. Tu familia no habrá de pagar por tus crímenes. Admiro la inteligencia y sabiduría de tu hija. Le da crédito a tu familia.

¿Comprendía Mahesh lo que Malini no decía?

¿Entendía que Deepa había demostrado ser aliada de Malini?

¿Sabía que Deepa lo había traicionado, que se había apartado de él y ascendido antes de su caída?

A juzgar por el modo en que miró a su hija mientras esta se acercaba con expresión calmada, Malini creyó que quizá sí.

—¿Seré desterrado? —Hablaba con un profundo cansancio, y quizá también rabia—. ¿O me rajarán el gaznate por la noche?

—Padre —dijo Deepa.

Él apartó la mirada de ella.

—He caído en desgracia —dijo—. A tus ojos soy un traidor. No seas cruel conmigo, emperatriz, dime ya cuál será mi destino.

—Tu hija ha hablado a tu favor —respondió Malini—. Y su amor hacia ti me ha conmovido. No te matarán.

Hizo una pausa, como si reflexionase sobre aquellas palabras:

—Tienes una oportunidad de servir a Parijatdvipa.

De salvarnos a todos. Esta noche, ante el consejo…

, te pediría que escuchases. Y que reflexionases sobre tu futuro.

Tendrás la oportunidad de servir a Parijatdvipa con toda tu alma, con todo tu corazón, y así ganarte de nuevo mi respeto. Te sugiero que la aproveches.

Una vez que Mahesh se hubo marchado, la corte de Malini volvió a reunirse en torno a ella. Todas tenían expresión lúgubre, pero la de Lata era la más seria de todas. Fue directa hasta Malini y se detuvo lo bastante cerca como para que nadie más oyese sus palabras.

—Emperatriz —murmuró—. La he encontrado.

El alivio recorrió a Malini.

—¿Dónde está? —resopló.

Miró hacia la entrada de la tienda. Empezó a ponerse de pie.

Priya entró y se quedó helada cuando las miradas de ambas se cruzaron. Estaba sana y salva. Malini echó a caminar y alargó las manos hacia ella antes de que el sentido común la detuviese.

—Emperatriz —se apresuró a decir Priya. Improvisó una reverencia y Malini se detuvo, la mano estirada, sin llegar a tocarla aún. Priya alzó la cabeza y volvió a decir con tono más suave—: Emperatriz, me encuentro bien.

—Mayor Priya —dijo Malini, recordando cuál era su lugar. Dio un paso atrás. Y otro. Volvió a tomar asiento. La firmeza de su propia voz la sorprendió—. Me dijeron que todo tu campamento salió ardiendo.

—Hemos perdido algunos hombres —expuso Priya con un asentimiento—. Pero no a todos, y bueno…, nosotras estamos bien.

Señaló con un gesto a Sima, que había entrado en la tienda tras ella. Sima parecía más que pálida, aunque tenía una expresión decidida. Unas motas de ceniza le salpicaban el rostro.

—No hemos sufrido daño alguno.