Capítulo Veinticinco
ASHOK
Había pensado que tarde o temprano dejaría de sentirse como si estuviese atrapado dentro de un sueño extraño, de sentir la piel vaciada e incómoda sobre los huesos, de sentir que su propia conciencia avanzaba entumecida a trompicones a través de todo lo que había sucedido.
La llegada al mahal . El reencuentro con Bhumika.
Ver su rostro, su expresión, como a través del agua.
Todo estaba distorsionado. Debería haber sentido algo, pero, de algún modo, no lo conseguía.
Tiempo atrás, sí había experimentado fuertes sentimientos.
Kritika había llorado cuando por fin estuvieron a solas. Lo contempló y, tras susurrar su nombre con reverencia, dijo:
—Los demás no se lo van a creer. No se lo creerán, no. Has vuelto.
¿Había vuelto?
—Los yaksas —se las arregló para decir.
Kritika asentía y sonreía, los ojos anegados de lágrimas.
—Te han traído consigo. Se llevaron a muchos de nosotros, pero tú… —Lo agarró de las manos. Su piel, suave, era papel y pulpa sobre hueso tallado, carne y órganos—. Tú eres un regalo.
Le contó que sus rebeldes habían sobrevivido. Que gobernaban Ahiranya bajo la supervisión de Bhumika, que era tres veces nacida. Y Priya…
Priya también había sobrevivido. Experimentó una sensación lejana, algo que podría ser… dorado.
Se reunió con sus rebeldes, que habían adoptado el título de guardamáscaras.
Intentó sonreír en los momentos en que pensó que era apropiado sonreír. Intentó recordar lo que significaba ser humano.
Había pasado tanto tiempo bajo las aguas que no resultaría fácil.
Descubrió que el huerto era un buen lugar para estar a solas.
Le gustaba tenderse entre los árboles. Había uno que lo llamaba particularmente: un árbol grande y fuerte que le recordaba al árbol del que había surgido la primera yaksa que encontró.
Cuando más yacía a los pies de aquel árbol, más cambiaba. La madera se reblandecía a causa de la podredumbre. Echó mano de uno de los frutos maduros del árbol. Lo abrió con aire curioso, casi abstraído. Tenía la cualidad marmórea de la grasa.
Oyó una voz.
La yaksa que había sacado del árbol…, la yaksa que lo había llamado, que lo había atraído hasta sí…, volvía a llamarlo. Se giró y la vio, acercándose a él. Venía acompañada del niño yaksa, que estaba en silencio, con ojos resplandecientes como escamas de pez.
—¿Debo seguir llamándote Ashok? —preguntó cuando estuvo lo bastante cerca como para hablar.
—Es mi nombre, yaksa —respondió él con una inclinación de cabeza.
—No necesitas gestos de veneración —dijo ella con una sonrisa—. Tú, no.
Tú, no. La frase reverberó en su interior.
Tú, no.
—Yaksa —dijo, y vaciló. No recordaba lo que había querido decir.
—¿No sabes mi nombre? —preguntó ella, y echó la cabeza hacia atrás.
Hubo un murmullo. Un chasquido de madera, de verdor ahíto de savia.
—No —respondió él.
—Cuando me sacaste de la tierra me llamaste Sanjana —replicó ella—. Y sigues llamándome así. En un principio pensé que para ti era como un juego. Siempre te gustaba jugar a ser humano. Siempre tenías una especie de… suavidad. —Le lanzó una mirada pensativa—. Aunque quizá no.
Lo miraba con curiosidad.
—No eres como deberías ser —añadió.
—Hay algo en mí que no funciona —susurró él a su vez.
Ella se le acercó. Le tomó el rostro entre las manos, con una piel que era como madera: granulosa, y despedía un aroma a sándalo.
—No te preocupes —lo tranquilizó ella, y le pasó los dedos por las mejillas, por la mandíbula, con el más leve roce…, como si el tacto de su piel la fascinase y repeliese a partes iguales—. Pronto dejarás de sentirte así.
”Deja que te cuente una historia —dijo, acunando su rostro entre las manos, girándolo hasta situarlo en el ángulo perfecto para que se cruzasen las miradas de ambos—.
Un cuento para niños mortales, creo. Había una vez una criatura que nadaba por los ríos cósmicos en los que se cruzan todos los universos.
Era una criatura oriunda de esos ríos. Mucho más tarde, los humanos solo podrían concebirla bajo la forma de un pez.
—Mani Ara —murmuró él.
Recordó los Mantras de corteza de abedul. Recordó las historias que oía de pequeño, las historias que a su vez le contaba a su hermana pequeña.
—Sí. Bien —repuso ella, con aire satisfecho—. Fue la primera yaksa que llegó a la orilla de un mundo. Un mundo verde, bullicioso y vivo. La criatura salió a la orilla y probó aquel mundo. El verdor. La vida. Y le resultó hermoso, ¿comprendes? Así pues, decidió entrar en ese mundo, instalarse en él.
—Ya conocía esta historia —dijo él. No pretendía presumir ni detenerla, sino más bien preguntar: “¿Hay algo en esta historia que no sepa? ¿Por qué me miras como si fuera un niño, Sanjana-que-no-es-Sanjana?”.
—Decidirse es fácil —dijo Sanjana—. Pero cumplir la decisión es…
fue… más difícil. Oh, puedes tocar el sangam de este mundo.
Puedes soñar con él, abrirte camino hasta él a través de tus dioses y tus lamentos.
Pero cruzar de uno a otro con toda tu carne, respirar con él, moverte con él, pertenecerle… , para eso hace falta magia.
Los ojos de Sanjana resplandecieron como monedas, como el légamo dorado del lecho de un río.
—Para eso hace falta un sacrificio. Un sacrificio que Mani Ara realizó.
Ashok no sabía eso. No formaba parte de la historia que le habían contado mientras crecía en el templo.
—¿Y qué sacrificó? —preguntó.
—Lo que sacrificaron todos los yaksas al final —intervino Nandi, con una voz más parecida a un junco hueco, algo vaciado para producir viento, y música—: desarraigo.
Nos atamos a este mundo. A esta tierra. A este verdor.
Intentamos crear un hogar aquí. Pero hubo gente que rechazó lo que ofrecían los yaksas.
Gente que hizo su propio sacrificio. Con fuego.
Y los yaksas ardieron. Ardieron, y les dolió, y quisieron huir, pero ya no podían huir de este mundo.
Habían sacrificado la fuerza necesaria para marcharse, ya no había senda de huida.
Solo pudieron hundirse en sus raíces. En los ríos que habían sangrado para sus sacerdotes.
En los árboles que crecían de sus propios huesos calcinados de pura agonía.
Las aguas inmortales. Los árboles de madera sagrada. Los bosques que se mecían con aquella cadencia extraña, y los huesos que colgaban de los árboles. Todo aquello. Todo aquello…
—Aún queremos este mundo. Y estábamos dispuestos a sacrificar más de nosotros mismos para pertenecer a él.
Nos convertimos en seres del verdor en su día.
Sacrificamos nuestro desarraigo en favor del terreno.
Y ahora hemos de convertirnos en… seres de carne.
—Giró el rostro de lado a lado, como una niña que presumiese de un juguete o un disfraz nuevo, y murmuró—: Un cambio justo.
Los humanos que nos adoran se vaciaron por dentro, sacrificaron su humanidad, a cambio de poder.
Y ahora nosotros llevamos su carne, sus huesos, sus corazones, como atuendo.
”Llevas puesto un disfraz, hermano —continuó, con tono amable—. Lo llevas muy prieto, porque siempre ha sido tu forma de ser…
—Basta —dijo él con voz ahogada. Se apartó del contacto de Sanjana. Le quemaba el rostro en los puntos donde ella lo había tocado. Se llevó los dedos a la piel y no sintió nada más que su propia carne, cálida, con una leve barba de unos pocos días.
Volvió a pensar en la voz exhausta que había oído en su mente al despertar de la muerte. Una voz cansada. Vieja. “Yo no quería esto”. Y era cierto, era absolutamente cierto. No quería esto. No quería lo que Sanjana le ofrecía.
Juntó las manos, las apretó. Sujetaba algo entre ellas.
—Haz tu jugada, pues —dijo ella tras un instante. Sonaba levemente divertida—. Me resultará emocionante, creo, ver lo que se te ocurre. No así a los otros; eso has de tenerlo en mente.
Se giró y empezó a alejarse. Él observó la forma de sus hombros. Nandi la siguió; del suelo brotaban helechos allá donde pisaba. Ashok pensó en recipientes…, en llevar puesta una piel como un eco. Pensó en Priya. Y en Bhumika.
—Mis hermanas —consiguió decir.
Sanjana se detuvo. Dio media vuelta, contempló la expresión de Ashok y negó con la cabeza.
—¿Te preocupan? Típico de ti. Qué tierno. —Sonrió—. No te preocupes. Las amamos. Son necesarias. Aunque nosotros, no. Los muertos que llevamos no son más que cáscaras. Caparazones. Tus hermanas, en cambio, son tierra sembrada de flores. De ellas florecerá algo nuevo.
—La podredumbre…
—Chisss —murmuró ella. Con ternura—. El mundo entero nos pertenece, Ashok, podemos vaciarlo. Podemos crecer en su interior, llevarlo puesto, modificarlo. “Podredumbre” no le hace justicia a lo que hacemos. Llámalo “nueva vida”. Llámalo “florecimiento”, si te parece bien.
Se encogió de hombros y, despacio, empezó a alejarse.
—Ya lo recordarás tarde o temprano —le dijo.
—¡La podredumbre mata a las personas! —exclamó él a su espalda.
—Sí, a las personas —convino ella con tono despreocupado—, pero a nosotros, no.
Lo cierto era que no necesitaba dormir, así que de noche se dedicaba a recorrer el mahal a oscuras.
Ríos. Sacrificio. Cosmos convertido en verdor, verdor convertido en carne.
La historia repiqueteaba de forma extraña en su cabeza.
Contemplarla desde demasiado cerca le daba náuseas, lo hacía sentirse como si su mente se llenase de agua compuesta de conocimiento y veneno, capaz de ahogar sus propios pensamientos.
Sin embargo, no había modo de escapar de esas aguas.
Caminaba y caminaba y sentía el latido de toda Ahiranya a su alrededor, como un puño que le apresase los pulmones.
Sentía a los podridos, tanto la gente como los campos infectados.
Sentía a Bhumika, y en alguna parte, como el latido de una estrella, demasiado lejana para tocarla, a Priya.
Sentía más de lo que debería haber sentido ningún mortal.
Un rumor de pasos pesados en el suelo. Un silencio repentino.
—Ashok —dijo una voz, masculina y grave, preñada de alivio. Se trataba de Ganam, que se acercó a él—. Me alegro mucho de que hayas regresado. ¿Puedo acompañarte?
Ashok hizo un asentimiento entrecortado. Ganam se colocó a su lado. Llevaba una hoz a la espalda. Quizá tenía guardia nocturna.
—Cuando regresaste, no me lo creí —dijo Ganam—. No creía lo que veían mis ojos. Y sin embargo, ahí estabas. Y la magia que hay en mi interior… enloqueció.
Se golpeó el pecho con la mano para dar más énfasis a lo que decía.
—Jamás había sentido nada igual —añadió—. Te hemos echado de menos, Ashok.
Ashok, en cambio, no había echado de menos a nadie allá donde estaba.
—La mayor Bhumika y la mayor Priya lo han hecho lo mejor que han podido —dijo Ganam—. Te gustará saber que han hecho un buen trabajo.
Ah, eso sí lo hacía sentirse más como él mismo.
—¿Mejor de lo que lo habría hecho yo?
Una pausa infinitesimal, tras la que Ganam respondió con voz entrecortada:
—No, no. Diferente. Frustrante. Más lento.
Mal, no, pero… —Un resoplido y Ganam bajó la cabeza, aunque siguió mirando a Ashok—.
Echaba de menos tu carácter resolutivo, amigo mío.
Aunque nuestro objetivo de liberar Ahiranya pareciese inalcanzable, nunca nos deteníamos.
Ahora todo va mucho más lento. Ahora no hacemos más que luchar y luchar.
Ya no sabemos qué aspecto tiene la libertad.
Dio un paso al frente y preguntó:
—Ashok, ¿qué quieres de nosotros? ¿Qué hemos de hacer?
Palabras cuidadosas. Palabras arteras, ocultas bajo un manto de torpe amistad.
A Ganam jamás se le había dado bien mentir.
Ashok percibió que su hermana estaba detrás de aquello.
—No lo sé —respondió, agotado de pronto—. No sé lo que quiero.
Se apartó un paso. Luego se detuvo y dijo:
—Quizá sea mejor que me dejes durante el resto de la noche.
Silencio.
—Por supuesto —dijo Ganam al fin—. Pero si te apetece volver a hablar, ven a buscarme, ¿de acuerdo?
“Eso, nunca”, pensó Ashok, pero asintió igualmente.