Capítulo Veinticuatro
DEEPA
Cuando sonaron las caracolas y los fuegos volvieron a caer, Deepa se encontraba lejos del peligro.
No tan lejos como le habría gus tado, por supuesto.
No estaba en casa con su madre y sus hermanas, entre el consuelo de sus libros y sin un solo elefante de ojos legañosos a la vista. Aun así, estaba relativamente a salvo.
Estaba dentro de la tienda de su padre, arrodillada, con la cabeza entre las rodillas, intentando respirar.
Olía el humo. No podía echar a correr. ¿De qué serviría correr?
Además, estaba siendo una necia. Si el fuego alcanzaba la tienda, acabaría ardiendo dentro.
Y si no, hacerse un ovillo en el suelo no supondría ninguna diferencia.
Se obligó a erguirse. Se restregó los ojos para enjugarse cualquier lágrima díscola que hubiese escapado de ellos. Se enderezó… y soltó un chillido de gato escaldado en el momento en que la tienda se abrió y entró una figura.
—Cálmate, Señora Deepa —dijo Lata. Parecía tan severa como siempre que estaba en compañía de Deepa—. Límpiate la cara.
—Es… es lo que estaba intentando. Ahora mismo lo hago —se corrigió a toda prisa cuando Lata le lanzó una mirada. Se restregó los ojos con el dobladillo del pallu y preguntó—: ¿Me necesitas para algo?
Deepa se había tomado muy en serio la tarea de ayudar a Lata en lo que se le ofreciese.
Llevaba pilas de libros y papel tras ella, comprobaba los registros y escribía correspondencia en su nombre.
Lata era muy exigente y no parecía descansar jamás.
Deepa solo había visto a la sabia sonreír en una ocasión, cuando el príncipe Rao acudió a hablar con ella.
De hecho, Lata lo había chinchado, cosa que Deepa jamás la había visto hacer.
Solía preguntarse si la sabia estaba enamorada de Rao. En tal caso, sería toda una tragedia, pues a buen seguro un príncipe no tendría posibilidad alguna de desposar a una sabia que no tenía una sola gota de sangre de alta cuna.
Resultaba difícil pensar en Lata como una figura romántica, sobre todo cuando le dedicaba a Deepa una mirada como la de aquel momento. Lata tenía la mandíbula tensa y el ceño fruncido.
—Señora Deepa —dijo, y se detuvo. Cruzó la estancia y se sentó a tu lado—. Ha llegado el momento.
—¿El momento de qué? —fue la estúpida pregunta de Deepa.
—Tu padre no ha cumplido con sus deberes —respondió Lata—. Hizo caso omiso de mis consejos y de la opinión de la emperatriz y ordenó asediar el bastión. Y ahora están muriendo nuestros hombres. Lo oyes, ¿verdad?
Lata guardó silencio, y en medio del silencio, Deepa oyó el siseo de las llamas… y volvió a oler el humo, renovado, en el aire.
—Sí —respondió, con un hilo de voz.
Lata asintió.
—Tu padre no puede seguir ocupando el puesto de general del ejército de la emperatriz. Pero no por ello ha de sufrir tu familia. Está claro que tienes que tomar una decisión, Señora Deepa. ¿Tu padre o la emperatriz?
Deepa sintió un mareo repentino.
Pensó en todos los secretos que le había contado sobre su padre a la emperatriz. Todo lo que había oído decir en su tienda. Todo lo que había leído mientras hojeaba su correspondencia.
—Ya tomé esa decisión hace tiempo —respondió con más firmeza de la que se creía capaz—. Le hice una promesa a la emperatriz y no pienso romperla.
—Lo sé —dijo Lata—. Pero las decisiones de semejante envergadura deben volver a tomarse una y otra vez. Así se traza un camino, Señora Deepa. Así se decide el futuro.
Deepa asintió. Pensó en su madre y en sus hermanas y, por último, en sí misma. En la vida que quería y que jamás le habían permitido llevar. En ser algo más que invisible, en ser válida. En apropiarse de algo para sí.
—Soy leal a la emperatriz —proclamó—. Siempre lo seré. Dime qué he de hacer.