La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintitrés
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Capítulo Veintitrés

PRIYA

Por más castigo que fuera, resultó casi placentero, como volver a meterse en su propia piel.

Había perdido la cuenta de las veces que había hecho eso mismo durante el año que había pasado como mayor del templo.

Se lavó las manos con limpia agua salada para purificarlas.

Entró en una tienda que tenía hileras de catres para los enfermos.

Se sentó junto a un hombre con las manos comidas de podredumbre y cicatrices de savia en el rostro.

—No quiero la ayuda de ninguna puta bruja ahiranyi —dijo uno de los hombres.

Al menos, no le había escupido.

—“Puta bruja” suena muy fuerte —dijo, y le enseñó los dientes con una sonrisa—. Prefiero que me llamen “mayor del templo” o “mayor Priya”. Lo que más te guste.

—Tus preferencias me traen sin cuidado.

—Está bien, está bien —dijo Priya. Alargó la mano—. ¿Serías tan amable de darme la mano, mi señor, para que pueda curarte tal y como he prometido?

—No me fío de ti —le reprochó él.

—No hace falta —replicó Priya—. Tú dame la mano y basta.

—¿Para que me infectes con tu magia negra? No…

—Basta —dijo otro hombre. Era mayor y tenía la garganta repleta de liquen. Hablaba con voz severa—. Haz lo que te dice, chico.

—Pero Romesh…

—Son órdenes del príncipe Ashutosh —insistió—. Y hay que obedecer.

Con gran reticencia, aquel hombre tan beligerante alargó la mano.

—Gracias —dijo Priya con lo que era evidentemente falsa elegancia, y empleó sus dones.

Una vez acabó de sanar al primero de los hombres, los demás guardaron silencio.

Lo que hacía con la podredumbre no tenía nada de asombroso.

No podía borrarla, solo quebrarla. Impedir que siguiera avanzando.

Sin embargo, en los últimos meses había aprendido que los podridos sentían algo cuando la interrumpía.

Un tipo de liberación. El aire entraba con más facilidad en sus pulmones, la esperanza se abría camino hasta lugares que de otro modo habría ocupado la podredumbre.

El hombre que tenía liquen en la garganta le tendió el brazo con aire obediente, si bien no quiso mirarla.

—He oído que eres amigo del príncipe —observó Priya.

—Crecimos juntos —respondió Romesh con tono cortante—. Como todos. El príncipe nos cuida. Nos trata como si fuéramos familia.

Ella pensó en hablarle de Sima, de Rukh y de Billu…

, de los guardamáscaras. Del modo en que la jerarquía que había entre ellos, tan definida en un principio, se había diluido.

Decirle que ellos también eran ya una suerte de familia.

Pero ay, no se le daba bien ganarse a la gente con palabras.

Además, ¿a él qué le iba a importar? Priya no era tan atenta con la gente como Bhumika, ni tenía el pico de oro de Malini.

Lo único que tenía eran dos manos encallecidas.

Su magia. Su don con la podredumbre. Y eso solía bastar, por lo general. Era suficiente como para enorgullecerse.

—Habría hecho lo mismo aunque no me hubieran impuesto un castigo —dijo, por comentar una verdad sencilla.

Le parecía importante que al menos uno de aquellos hombres lo supiera, aunque no se lo hubieran preguntado.

Aunque actuaran como si no estuviese allí, o se olvidasen de ella de manera consciente, o sencillamente decidieran que mentía—.

Bastaba con pedírmelo y lo habría hecho.

Él apartó la mano. Se subió la manga con una mirada cautelosa.

—Corren muchos rumores sobre lo que sabe hacer tu gente —dijo—. Pero algo bueno, como detener la podredumbre…, no me lo creo. ¿Quién se lo creería, sabiendo lo que es tu pueblo?

Priya abrió la boca para responder.

Se oyeron unos gritos fuera de la tienda.

El repentino sonido de caracolas que llamaban a los hombres a la batalla.

Los soldados, sobresaltados, abrieron mucho los ojos.

Priya esbozó una sonrisa lúgubre, aunque le dio un vuelco el corazón.

Fuera lo que fuese lo que sucedía en el exterior de la tienda, no era bueno.

—¡Han abierto las puertas!

El caos le salió al paso a Priya en cuanto emergió de la tienda dispensario. Los hombres corrían por doquier, arrastrando consigo las armaduras, gritando órdenes.

Se quedó allí plantada por un instante, sintiendo el aire en la cara, el punzante aroma del humo que flotaba por el campamento.

—¿Adónde vas? —preguntó un soldado saketano al tiempo que la agarraba del brazo. Llevaba pájaros dibujados en el fajín. Uno de los hombres de Ashutosh, pues. Le ladró—: No hay sitio para ti en la batalla.

Priya le lanzó una mirada incrédula y dijo:

—Acabo de salvar a tu gente… ¿y aún crees que no hay sitio…?

—Quédate en la retaguardia —volvió a ordenarle el soldado. Echó mano de sus armas y se alejó.

Bueno, pues que así fuera.

Regresó a toda prisa al campamento ahiranyi.

Priya y Sima dormían tras un separador para no mezclarse con los soldados, aunque aquellas instalaciones no se parecían en nada a los lujos relativos de los que disfrutaban en casa, y menos aún al modo en que vivían los nobles de aquel ejército.

Hasta la tienda de enfermos de la que acababa de salir Priya estaba mejor acondicionada, pues se encontraba en el corazón del campamento saketano, que estaba rodeado de árboles, a la sombra,

y era lo bastante grande como para albergar la rama del ejército compuesta por innumerables señores de alta cuna y poco más que un puñado de príncipes inferiores.

Sin embargo, su campamento tenía una ventaja: daba de cara al bastión.

Las puertas de la fortaleza vomitaban una marea de hombres, tan densa que Priya pensó en hormigas que saliesen de un hormiguero salpicado de agua hirviendo.

Algunos de los hombres ardían. La escena la aturdió.

Oyó pasos tras ella. Se giró y vio que Sima se le acercaba a la carrera junto con los hombres de Jeevan.

—¡Priya! —gritó con la voz preñada de alivio—. Priya, iba a ir a buscarte, pero no me dejaban.

—Me alegro de que no lo hayas hecho —dijo Priya.

Los hombres de Jeevan, el penoso grupo que se había traído, aferraban las armas, no muy seguros de lo que tenían que hacer.

—Mayor —dijo Nitin con tono lúgubre—. Ellos…, los parijatdvipanos…, no esperaban que una fortaleza bajo asedio abriese las puertas y de ella saliera una muchedumbre. No saben cómo responder.

—¿Lo has deducido solo de mirarlos? —preguntó Priya, impresionada.

—He oído a alguien gritarlo al pasar —respondió, lo cual tenía mucho más sentido.

—¿Qué…? —preguntó otro soldado, con tono titubeante—. ¿Qué hacemos?

—No estoy segura de que podamos hacer nada —dijo Priya, y alzó la voz lo suficiente para que todos la oyeran por encima del tumulto—.

He oído que los ejércitos suelen tener planes y estrategias, y este, desde luego, tiene unos elefantes condenadamente grandes, mientras que nosotros ¿qué tenemos?

¿Algunas hoces y sables? ¿A mí? —Se señaló a sí misma con aire impotente—.

Nos quedaremos aquí a ver qué pasa, ¿de acuerdo? Mantén la guardia.

Señaló hacia un saliente rocoso. El hombre al que se lo había ordenado asintió y se colocó en posición.

Tardó un instante en darse cuenta de su error. Un segundo después se oyó el grito del hombre desde el saliente rocoso. Priya se dio la vuelta.

Su tienda tenía buenas vistas de la ciudad-fortaleza, pero también quedaba expuesta a ella.

El fuego no debía ser capaz de moverse así. Pero, claro, aquello no era un fuego normal, Priya lo sabía.

Ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de que una docena de flechas en llamas cruzaran el aire en su dirección.

—¡Corred! —le gritó a Sima—. ¡Corred ahora mismo!

—Priya…

—¡Yo puedo protegerme sola, ya lo sabes!

Vio que el fuego alcanzaba a uno de sus hombres, y luego a otro. Nitin cayó.

El fuego reverberó por el aire. Saltaba de las flechas y no caía como debía, con arreglo a las leyes de la naturaleza, sino que volaba con la gracilidad mortal de un ave de presa.

Priya alzó la tierra para ahogar las llamas.

Pero las llamas atravesaron la tierra con violencia.

Apenas tuvo un instante para echarse a un lado, pero la sorpresa la ralentizó. La volvió torpe.

El fuego le rodeó la cintura y prendió sus ropas. Se tiró al suelo y giró sobre sí misma, pero el fuego se le clavaba en la piel con uñas, con dientes. Era como un animal, una bestia, algo cruel y vivo que la devoraba.

Algo que intentaba aferrar su magia.

Le fallaron las fuerzas. Intentó acudir a la magia y sintió que flaqueaba en su interior, ahogada por el fuego. Un miedo trémulo la recorrió por completo.

Su magia. Su magia no funcionaba.

El fuego bloqueaba su magia. Había algo en el fuego que la erradicaba.

—Sima —jadeó.

Desesperada, miró en derredor, pero se le nublaba la visión.

Vio que las puertas del fuerte volvían a cerrarse. Muy inteligente: un ataque feroz que cortase en dos el ejército de Malini y luego una retirada adonde no pudiesen alcanzarlos. Una maniobra devastadora.

—Sima —volvió a jadear.

Sima estaba allí. Alargó una mano hacia ella. La puso en pie de un tirón…

Se despertó en el sangam.

Bhumika estaba delante de ella. Quizás había oído el grito de Priya cuando la golpeó el fuego. Bhumika tenía los ojos borrosos.

—Te has desmayado —dijo.

Priya se enderezó.

—Yo no me desmayo.

—Eso no es verdad. Te has desmayado. Estás aquí.

—Estaba… en una batalla. Una batalla inesperada, y… —Priya se tambaleó y se llevó los dedos al costado. Siseó.

Tenía una herida de la que manaba savia, que parecía extraña e irreal dentro del sangam.

Bhumika chasqueó la lengua.

—No tiene buen aspecto —declaró.

—Habría esperado que te preocupases algo más por mí —dijo Priya.

—Me preocupo —repuso Bhumika, aunque su rostro siguió sumido en una calma espectral, la voz desprovista de sentimientos.

Algo no iba bien.

Priya estaba en el sangam, pero su cuerpo no era una sombra, como tampoco lo era el de Bhumika. Y eso era… diferente. Quizás era eso lo que no marchaba bien.

Priya se mordió la lengua y bajó la vista al costado una vez más.

—Me ha atrapado el fuego —susurró—. Dicen que es el fuego de las Madres. ¿Debería…? ¿Estoy herida?

Un suspiro por parte de Bhumika. El agua reverberó, y al reverberar emitió una canción.

—No puedo arreglarlo todo por ti —dijo Bhumika—, sobre todo estando tan lejos. No puedo estar ayudándote siempre. Sin embargo, esto sí puedo arreglarlo.

—No…, no puedes —objetó Priya—. No puedes hacerlo. Carecemos de ese tipo de don.

Bhumika frunció el ceño.

—Deberías hablarme con más respeto.

La agarró del brazo, y empezaron a treparle flores por el costado. Flores pequeñas de un virulento tono blanco, rosa y rojo, los colores de las vísceras. Se arremolinaron alrededor de la herida y empezaron a penetrar en ella.

No hubo dolor alguno. Quizá debería haber dolido.

—Quieta —ordenó Bhumika cuando Priya intentó apartarse—. Estate quieta.

—Bhumika —dijo ella, impotente—. Bhumika, ¿qué te pasa?

—Oh, Priya —fue toda la respuesta. Sus ojos resplandecieron con el color de las caléndulas—. Nada. Nada en absoluto.

Un aliento. Y luego otro.

Priya abrió los ojos. Veía el cielo en las alturas. De un azul brillante estragado de humo. Aún se oían gritos. No podía haber pasado mucho desde el ataque. Y bajo aquel cielo, Sima se inclinaba sobre ella.

—Levántate —dijo Sima.

Priya parpadeó.

—¿Hay alguien por aquí…?

—Solo nosotras —respondió Sima—. Te he arrastrado hasta detrás de una tienda. Mira, hemos tenido suerte; esta no ha empezado a arder.

Sima la alzó de un tirón.

—¿Y nuestros guardias…?

—Algunos siguen… vivos. Creo —dijo Sima en tono cortante. Bajo la dureza de su expresión se atisbaba el miedo y el dolor—. Quizá los hayan llevado a la tienda dispensario. Quizás hayan huido.

—No creo que hayan huido —dijo Priya, que se obligó a hablar por encima del dolor. El sudor se le acumulaba en los ojos.

—¿No?

—No conocen el camino de regreso a Ahiranya. Estarán por alguna parte.

Sima soltó una risa brusca.

—No te falta razón. —Se inclinó hacia ella y dijo con un hilillo de voz—: La quemadura se ha curado mientras estabas inconsciente.

Priya tardó un instante en darse cuenta de que a Sima le daba miedo que la oyesen.

—Empezaron a brotar… flores. Brotaban de ti. Por toda tu piel. Luego las flores se cayeron y te curaste. Así, de pronto.

—Flores —repitió Priya, aturdida.

Sima seguía hablando mientras parpadeaba para reprimir las lágrimas.

—Pensé que te habían matado, Pri. No te imaginas el aspecto que tenías. Al menos por un momento. Un momento…

Priya tragó saliva y aferró la mano de Sima.

—Podrían haberme matado —dijo Priya—. He tenido suerte.

—¿Cómo que suerte?

Priya no sabía cómo explicarle lo de Bhumika. Aquellos ojos que resplandecían, dorados. Las flores que se habían derramado de ella y se habían filtrado en la quemadura. Así pues, se conformó con decir:

—Bhumika me ha ayudado, de alguna manera.

—Ah. Bien.

—Ha sido… magia de los mayores del templo. Pero no puedo…, no puedo volver a recurrir a ella.

Una sensación incómoda la recorrió de arriba abajo. Porque si aquel fuego podía matar su magia, también podía matar a toda Ahiranya.