La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

RAO

Había un único e improvisado santuario al dios sin nombre en todo el campamento.

Los hombres de Rao lo transportaban allá donde iba el ejército; lo desmontaban y lo volvían a levantar cuando acampaban.

No consistía más que en una jofaina de agua para realizar la comunión; un altar que estaba torcido porque lo habían dejado caer durante una emboscada; y una fina tienda de lienzo de color azul pálido que empezaba a volverse gris por estar a merced del polvo, las cenizas y la implacable luz del sol.

No era ningún monasterio con jardín, pero a los hombres de Rao les servía.

El propio Rao no lo visitaba mucho. Sin embargo, aquel día pasó por el santuario y se agachó para franquear la entrada de la tienda. El aire del interior olía a moho. La tienda estaba vacía. Rao cerró los ojos brevemente, aliviado, y se colocó en el suelo.

Empezó arrodillándose, pero no tardó en postrarse, los brazos en las rodillas y la cabeza agachada. Era consciente de que sus hombres no se impresionarían mucho si entraban y lo veían así. Sin embargo, nadie sería tan necio como para ir a rezar en mitad del calor del medio día. Solo Rao.

La cortinilla de la entrada se agitó. Ya no era el único necio.

—No te había visto por aquí hasta ahora —dijo Lata desde la entrada.

—Pues yo…, no esperaba verte aquí en absoluto —replicó Rao, y se giró hacia ella—. ¿Adoras ahora al dios sin nombre?

—Sigo siendo una sabia —dijo—. Estoy entregada a todo tipo de conocimiento, como siempre.

—Aquí no hay conocimiento alguno —repuso él—. No hay libros ni otros sabios con los que debatir.

—Qué no daría yo —dijo Lata con aire nostálgico— por volver a debatir con otro sabio.

Entró en la tienda y dejó caer la cortinilla a su espalda.

—Aquí sí que hay conocimiento. —Hizo un gesto hacia la jofaina, que estaba preñada de una quietud extraña, a la espera de que algún devoto se asomase a ella en busca de la verdad del dios sin nombre—. Pero no he venido en busca de libros, ni del dios sin nombre. He venido por ti.

Se sentó a su lado.

—¿Y qué necesitas de mí? —preguntó él—. ¿Has de prepararte para el consejo de guerra, quizás? ¿O necesitas que le sonsaque algo a alguno de mis compañeros nobles? Sé cómo son.

—No —dijo ella—. Nada parecido. Es que parecías triste.

Él emitió una risa muda.

—Lata —dijo—. ¿Cómo no iba a estar triste?

—Estás triste y perdido, totalmente a la deriva —dijo ella.

—No me estás ayudando.

—No se puede arreglar nada si no se le presta atención —dijo ella en el tono aleccionador del que tanto gustaban los sabios…, o quizá solo ella—. ¿Has venido a buscar el modo de avanzar, Rao? ¿Una luz al final del túnel?

—Ni siquiera he encontrado el túnel —dijo él. Allí, con la única compañía de Lata, le resultaba fácil admitir la verdad para sí: aquel futuro parecía un espacio infinito. Vacío—. ¿Qué me sugieres que haga?

—Podrías preguntarle al sin nombre —dijo ella—. El agua está ahí mismo.

—Ya rezo con Aditya —repuso él—. Me calma. Pero, en verdad…, cuando estoy solo, Lata, no estoy seguro de sentir al sin nombre. Ya no. No sé si mi dios aún tiene un propósito para mí. Quizá…, quizá cuando le di mi nombre a la emperatriz, ese propósito quedó cumplido.

—Si ya no conoces la voluntad del dios sin nombre, deberías preguntarle a alguno de sus sacerdotes. Con su ayuda…

—Lata —dijo él, lo cual venía a significar: “Aditya tiene ya bastantes cargas”.

—¿Pero no es eso mismo lo que hacen los sacerdotes, guiar? —Se encogió de hombros y le llevó una mano a la mejilla con gesto dulce. Acto seguido se puso de pie—. Piénsalo, Rao. Ya miras a Aditya como si tuviese todas las estrellas en sus manos. Si posee la luz que buscas…

—Lata.

—Piénsalo —repitió, y salió de la tienda.

“Piénsalo”. ¿Cómo iba a no pensarlo? Miró al frente, a la nada, y lo pensó. Ir a la tienda de Aditya. Decirle: “Dame un propósito, Aditya. Dame un camino. Dime qué es lo que quiere de mí ahora el dios sin nombre. Dime lo que quieres tú de mí”.

Dejó escapar el aliento y volvió a postrarse en el suelo con una mano en los ojos.

—La próxima vez, Lata, limítate a emborracharme —murmuró—. No pido más.