Capítulo Veintiuno
MALINI
A medida que avanzaba el asedio, el campamento estaba más agi tado por día que pasaba.
A Malini no le sorprendió que uno de sus guardias anunciase que el príncipe inferior Ashutosh quería ha blar con ella urgentemente.
Había esperado que tarde o temprano surgiese algún tipo de conflicto.
Reprimió el impulso de soltar un suspiro.
—Más tarde celebraré audiencias —le dijo Malini al guardia, mientras uno de los oficiales militares que se repartían a su alrededor recogía los mapas que le había presentado.
La tienda del consejo de guerra estaba llena de administradores; solo se oía el murmullo del papel, y en el aire flotaba el oleoso almizcle de la tinta—.
Dile que luego tendré tiempo de sobra para él.
—Viene acompañado, mi señora —le dijo el guardia—. Tiene…, tiene a la mujer… ahiranyi.
—¿Cómo que la tiene? —repitió Malini.
El guardia asintió y se enjugó un poco de sudor de la frente.
Al oír el ruido de voces impacientes al otro lado de las paredes de la tienda, junto con el repiqueteo de las armaduras, Malini decidió no pedirle más detalles.
—Está bien, que pase —dijo.
El príncipe Ashutosh entró e hizo una reverencia.
Tras él entraron cuatro de sus vasallos.
Priya estaba entre ellos, con las muñecas esposadas.
No parecía asustada, pero tampoco tranquila del todo.
Hizo una reverencia junto con los vasallos, y al erguirse miró un breve instante a Malini a los ojos antes de apartar la mirada.
—Príncipe Ashutosh —dijo Malini, dejando de lado toda educación—. Por favor, explícame por qué traes esposada a mi aliada e invitada.
Ashutosh tenía el rostro sombrío.
—Esta ahiranyi —explicó— ha atacado a tres de mis vasallos. Exijo que se la castigue.
—Ya veo —dijo Malini, e hizo una pausa momentánea—. Aun así, príncipe inferior, no veo motivo alguno para esposarla.
—Hay motivos de sobra, emperatriz —replicó Ashutosh con una expresión hundida en el rostro y rabia en la mirada.
Contrastaba la calma de Priya en medio de los vasallos del príncipe inferior.
Las esposas que llevaba en las muñecas parecían pesadas, aunque quizá demasiado grandes, lo cual no era ninguna sorpresa.
Sin duda las habían diseñado para sujetar a un hombre, y Priya, por más fuerza que tuviese, era esbelta.
Cuando Malini la miró a los ojos, Priya curvó apenas un poco la boca.
No lo bastante como para considerarlo una sonrisa.
Ambas sabían que Priya podía romper aquellos grilletes si quería. Sin embargo, prefería esperar al juicio de Malini, en señal de respeto a su autoridad. Malini supuso que era un gesto generoso por su parte.
—¿Ha muerto alguno de tus hombres? —preguntó Malini al príncipe Ashutosh.
—No, emperatriz.
—¿Están heridos?
—Tienen algunos cortes —admitió de mala gana—. Algunas magulladuras.
Interesante. Si Priya hubiese querido matarlos, estarían muertos.
—¿Niegas habar atacado a los hombres del príncipe, mayor Priya?
—No, emperatriz.
—¿Y qué ofensa han cometido para desatar tu ira?
—Falta de respeto —respondió Priya con tono resuelto. Inclinó la cabeza—. Emperatriz.
—Las faltas de respeto adoptan muchas formas —dijo Malini—. Cuéntame más.
—No hicieron nada para merecer el tratamiento que se les dio —interrumpió Ashutosh antes de que Priya pudiese abrir la boca—.
Emperatriz, lo que exige justicia no son las heridas que haya infligido.
Es el modo en que las ha infligido. Ha usado magia.
Brujería antinatural. Te has aliado con un monstruo.
Uno de los oficiales aguantó la respiración. Se oyó el más leve rumor; todos ellos guardaron silencio y se removieron, incómodos.
—La líder ahiranyi me ha profesado y demostrado lealtad —dijo Malini con tono calmado—. Y emplea sus dones y su magia al servicio del imperio. Las mayores ahiranyis me sirven.
—No hemos olvidado la Era de las Flores, emperatriz.
Sabemos lo que son —repuso, con tono afilado—.
Al igual que los parijatdvipanos, los saketanos recordamos bien lo que los ahiranyis les hicieron a nuestros dos pueblos.
¿Vas a permitir que los ahiranyis nos aplasten como hicieron en su día?
¿Te olvidas de que fue tu ancestro quien se sacrificó para salvarnos?
—Tus hombres no han muerto —dijo Malini.
Qué necedad. ¿Estaba presenciando un arranque de ira, impetuoso y tosco, o bien había elegido aquel príncipe saketano aquel preciso momento para poner a prueba sus lealtades políticas?
—. Apenas están heridos. Te aseguro que se hará justicia, príncipe Ashutosh.
—Acepto cualquier castigo que se me imponga —dijo Priya con la cabeza alta.
Ashutosh y Malini habían empleado el dvipano, el idioma oficial de la corte que hablaban solo los nobles de más alta cuna.
Priya, sin embargo, usó el zabano común, con la cadencia del acento ahiranyi, deliberada y claramente.
Con la trenza desliada y los pies plantados sobre el suelo arañado de la tienda, no parecía noble.
Tampoco se parecía a los hombres que la rodeaban, ni a sus esposas o sus hijas. Y tampoco parecía una criada.
—Su vida —dijo el príncipe Ashutosh—. Quiero su vida. Ha empleado la brujería, emperatriz. Su gente no tiene cabida en el imperio.
Malini casi se echó a reír. ¿Quién era aquel hombre para exigir la muerte de la gobernante de otro país? Jamás se habría atrevido a pedir tal cosa de haberse tratado de un hombre dwarali o alorano. Pero al tratarse de una mujer ahiranyi, no había dudado.
Y, debido a la historia entre Ahiranya y el imperio, Malini no podía rechazar por completo aquella petición. Qué irritante.
—La mayor Priya es aliada de Parijatdvipa —dijo Malini con calma implacable; con la voz preñada del hierro que era su derecho, como emperatriz, con o sin trono—. No habré de despilfarrar las vidas de mis aliados, sobre todo cuando pueden suponer la muerte de mis enemigos.
Sin duda, nadie pondría en duda la utilidad de Priya. Priya era, y siempre sería, increíblemente valiosa, con un potencial inmenso. Útil.
—Aun así —reconoció Malini—. Tienes razón. Es necesaria una compensación por parte de Ahiranya. Debe haber, a fin de cuenta, justicia entre iguales.
Una expresión sobrevoló el semblante de Ashutosh. No había esperado que Malini declarase que Priya era su igual.
Hubo un rumor entre los oficiales militares que rodeaban a Malini. Empezaron a pasar páginas, a susurrar cada vez más alto. Se sugirió una serie de castigos. Azotarla. Dejarla a la intemperie. Confiscarle tierras.
Deepa entró en la tienda. Con la cabeza inclinada, hizo una reverencia sin mirar a nadie y se acercó a Malini. Le susurró algo al oído a toda prisa, volvió a hacer una reverencia y se marchó de nuevo.
—Unos azotes públicos serían aceptables —dijo Ashutosh a regañadientes, al comprender que no le iban a conceder la ejecución que deseaba. Hubo un murmullo de aceptación entre sus vasallos presentes.
Priya no dijo nada. Tenía el tipo de calma que se adueña de las aguas antes de una tormenta.
Por las Madres, Malini no pensaba entregarles una mujer a aquellos hombres para que la azotaran. Sentía una amargura venenosa en la boca. No les iba a dar a Priya a aquellos hombres. Estaba dispuesta a sacrificar y hacer muchas cosas, pero aquello, no.
—Tal y como lo entiendo, a raíz de los tratados que rigen la justicia en tiempos de guerra, un señor de alta cuna debe, como cortesía, dejar que un superior de su propio país decida su castigo. Mayor Priya —dijo Malini—. ¿Quién de tu séquito tiene semejante derecho?
—Nadie, emperatriz —dijo Priya—. Soy la representante de mayor rango de Ahiranya aquí presente. La única persona por encima de mí es la mayor suprema Bhumika, que está en Ahiranya.
—En ese caso, no se te puede extender semejante cortesía —dijo Malini.
Intentó no mirar a Priya a los ojos. En cambio, miró por encima de su cabeza, a los hombres que las observaban a ambas—.
Pero tengo entendido que el castigo que se suele imponer a un gobernante de alta cuna suele ser de naturaleza financiera, más que física. ¿No es así?
Volvió la mirada hacia uno de sus oficiales, que tartamudeó algo incoherente, se humedeció los labios y asintió.
—Las compensaciones financieras no están codificadas en la ley, emperatriz. Y tampoco… eh… se ajusta a la tradición. Aun así, era una opción que solía elegirse… en el pasado.
Eso sonaba bastante a tradición a oídos de Malini, aunque no tenía mucho sentido discutir de semántica.
—Príncipe Ashutosh —dijo en cambio.
—¿Sí, emperatriz?
—Solo tú puedes decidir la compensación que necesitas. —Aquello suponía un riesgo, una apuesta, pero era mejor así. Era mejor dejar la decisión en sus manos que descubrir sus lealtades ante el consejo—. Sin embargo, puede que valiese la pena plantearse un acuerdo comercial.
—Ahiranya solo comercia con una cosa —murmuró uno de los soldados.
Otro de ellos soltó una risita. Algunos de los asistentes esbozaron sonrisillas.
Ashutosh no los reprendió.
—Príncipe Ashutosh —dijo Malini en tono de reprimenda.
—Mis hombres no dicen sino la verdad, emperatriz —replicó él.
Qué estupidez. Creyesen lo que creyesen el príncipe o cualquiera de ellos, había visto cómo se le había iluminado el rostro a Malini cuando Priya había llegado y se había arrodillado ante ella, en medio del fango reseco por el sol del campamento de guerra.
Malini había sentido la luz que amenazaba con irradiarle del rostro: la sonrisa a punto de esbozarse, la gozosa falta de aliento en los pulmones.
¿Cómo podía el príncipe haberla visto reaccionar así y decir aquello?
Quizás era otra prueba. Por supuesto, otra prueba.
Volvió a pensar inútilmente que, de haber sido emperador Aditya, si alguien hubiese hablado de Rao en aquellos términos…
, lo habría matado, y ni uno solo de los presentes habría alzado una palabra de protesta.
¿Cuándo tendría el poder para cumplir su voluntad, para aplastar a aquellos hombres rencorosos y sonrientes bajo el tacón de su bota y alejarse sin miedo a tambalearse?
¿Lo conseguiría alguna vez?
—Príncipe Ashutosh —dijo—. Algunos de tus hombres sufren podredumbre.
Él tragó saliva con el rostro demudado. Se sentía insultado, quizá, porque Malini había aireado aquella vergüenza ante sus iguales. O quizá no sabía que Malini estaba al tanto.
—Sí, emperatriz.
—¿Siguen acampados con nosotros?
Sabía la respuesta a esa pregunta, por supuesto. Pero el príncipe hizo un asentimiento entrecortado y dijo una vez más:
—Sí, emperatriz. —Y a continuación—: Yo no abandono a mis hombres. Muchos de ellos entrenan conmigo desde que éramos niños.
—La mayor Priya posee la habilidad de salvar las vidas mortales de la podredumbre —dijo Malini—.
Tanto de los hombres como de la tierra. Eso es lo que Ahiranya comercia a mi servicio.
Si tus hombres requieren otro tipo de servicios, quizá puedan plantearse qué ofensa podrían causarle a la emperatriz al hablar así ante ella.
Una pausa. Y luego, cuando Malini juzgó que sus palabras ya habían conseguido aplastar el poco resentimiento de aquellos sudorosos vasallos, que habían agachado la cabeza y no se atrevían a mirarla a los ojos, dijo:
—Por respeto a las pérdidas que mi señor de alta cuna ha sufrido, le permitiré elegir qué forma de compensación prefiere: azotes o salvar a sus hombres. La decisión queda en tus manos, príncipe Ashutosh.
Y todas las miradas convergieron en el príncipe.
Malini sabía lo que iba a decir antes incluso de que abriese la boca.
—Sus vidas —dijo, apretando los labios.
—La mayor Priya les salvará la vida, pues —convino Malini—. Con eso quedará compensada la afrenta, ¿verdad?
Priya inclinó la cabeza como señal de aceptación. Ashutosh hizo lo mismo, con los hombros envarados y la expresión aún más rígida. Quedaba por ver si habría aprendido alguna lección de lo sucedido.
—Una última cosa, príncipe Ashutosh —dijo Malini. Él se detuvo y aguardó—. Me han informado que uno de tus hombres empezó la trifulca. Quiero que lo azotes. No debería haber empezado un conflicto diplomático. No me cabe duda de que estarás de acuerdo.
—Emperatriz —dijo Ashutosh, con el rostro contrito.
—Muy bien —repuso Malini—. La mayor Priya se encargará de tus hombres mañana. Quitadle las ataduras y podéis marcharos.
Con aire de niños que han sufrido una reprimenda, los vasallos le quitaron los grilletes y se alejaron. Siguieron a su príncipe y, tras una reverencia, se apresuraron a salir de la tienda. Priya se quedó.
—Mayor —dijo Malini.
Priya alzó la cabeza.
—¿Sí, emperatriz?
—Espero que algo así no se repita —dijo Malini.
—Te lo juro, emperatriz —repuso—. No se repetirá.