Capítulo Veinte #3
—Me lo imagino —dijo la Señora Raziya—. Cuando perteneces a un grupo de gente que se sirve a sí misma, quedan pocas opciones.
Jamás se te dan las herramientas necesarias para crecer.
Y cuando lo consigues…, bueno…, es difícil construir un palacio con piedras de baja calidad y albañiles sin la formación adecuada.
—Si tú lo dices… —murmuró Priya.
—Aunque quizás estéis construyendo algo bien distinto. —Se hizo una pausa que Raziya aprovechó para recorrerla con una mirada pensativa—. Algún día contemplaré tus habilidades, mayor Priya. Me muero de ganas.
Antes de que Priya pudiera responder, y bien sabían los espíritus lo que habría respondido, oyó un grito desde más allá del campo de tiro. Parecía la voz de Sima.
Sin pensárselo dos veces, Priya dio media vuelta y echó a correr.
Un círculo de soldados saketanos rodeaba a Sima. Uno de ellos le tendía la empuñadura de un látigo de cuchillas. Sima, con gesto sombrío, se negaba a aceptarlo. Priya se acercó y oyó lo que le decía el hombre:
—¿… luchar con dwaralis, pero no piensas medirte con nosotros?
Así que las habían estado mirando, pues.
—No estoy acostumbrada a usar látigos de cuchilla —dijo Sima con tono firme—. Si quieres medirte conmigo con un arco, adelante. Veamos quién gana.
—He visto que has perdido.
—Porque la Señora Raziya es mejor que yo —repuso Sima con el tono que empleaba para hablar con los guardias del mahal en Hiranaprastha cuando la sacaban de quicio—. Pero contigo creo que puedo.
El soldado agarró a Sima de la muñeca. A esas alturas, la pelea era ya inevitable.
Sin duda, Bhumika no habría estado de acuerdo con aquella apreciación. Priya casi oyó el tono exasperado de su hermana en la cabeza. “Por supuesto que los parijatdvipanos buscan un conflicto, Priya. Pero no por eso hay que dárselo”.
El hombre murmuraba algo, demasiado bajo y viperino para que Priya distinguiera las palabras.
—Mi señor —dijo Sima, con voz firme y lo bastante alta como para que la oyesen—. Contrólate, por favor. No deberías referirte a mi señora o a mi pueblo en esos términos.
—La peste de tu tierra envenena la nuestra —rugió furioso el soldado—. ¿Esperas que sea educado? No, quizá los demás sean demasiado cobardes como para decir nada, pero lo cierto es que no queremos que estéis aquí. Los ahiranyis echáis a perder todo lo que tocáis.
—Pues deja de tocarme —dijo Sima, y apartó la mano de un tirón.
Él no la soltó.
Así pues, antes de Priya pudiese hacer nada, Sima alzó la mano izquierda y le encajó un puñetazo en toda la nariz.
Se oyó un crujido y corrió la sangre. El hombre que sujetaba a Sima alzó el látigo.
—¡Basta! —gritó Priya. El suelo tembló bajo sus pies. No le importó que lo sintieran. Que así fuera—. ¿Así tratáis a las consejeras que vienen de otras tierras, soldado?
Se abrió paso a empellones entre el círculo de hombres.
—¿Qué diría tu comandante al respecto? —preguntó.
El soldado le soltó la mano a Sima, que se apartó enseguida de él para colocarse junto a Priya.
Priya dio un deliberado paso al frente.
El hombre luchaba contra el impulso de dar un paso atrás; lo vio en la rigidez de sus hombros, en el repentino temblor de sus pies. Pero aguantó la posición.
—Si quieres competir con el látigo de cuchillas, estaré encantada de enfrentarme a ti —dijo Priya—. Te enseñaré cómo trato a los hombres del emperador Chandra, si te place. Me gustará hacerte una demostración práctica.
Le temblaban los dedos, colgando a los flancos. Si aquella condenada magia fallaba, estaría más que dispuesta a echar mano de uno de esos látigos de cuchillas y azotar al hombre con él. Sabía que era muy capaz.
—Nadie va a azotar a nadie aquí —dijo Sima, y añadió, rozando el brazo de Priya con el suyo propio—. Mayor, ya no hay necesidad de defenderme. Estoy segura de que este soldado ha entrado en razón.
—Baja el arma, idiota —murmuraron los demás hombres, y el soldado así lo hizo. Bien.
Pero luego le escupió en la cara a Priya.
—Maldición —dijo Sima.
Tiempo atrás, Priya habría aceptado aquel tipo de violencia despreocupada sin pronunciar palabra alguna.
Habría bajado los ojos, apretado los dientes, reprimido el dolor y la rabia para que nadie los viese, para que se pudriesen y acumulasen polvo en su interior.
No habría hecho nada al respecto. Habría deseado, solo habría deseado, poder demostrarle a su agresor quién era ella en realidad.
El momento de los deseos había quedado atrás.
El suelo se elevó como una ola. Emergió algo formado por raíces profundas, algo que la furia de Priya afiló hasta convertirlo en una hoja. El hombre soltó un grito y retrocedió a trompicones, soltando el látigo. El aire se preñó de gritos.
Con mucha calma, Priya volvió a cerrar la tierra. Se giró y miró a Sima a los ojos, mientras que uno de los soldados saketanos la agarraba del brazo. Sima tenía los ojos fuera de sus órbitas y el rostro pálido. A su espalda, Deepa había salido de la tienda y tenía la boca abierta de pura conmoción.
“No te preocupes”, quiso decir Priya. “¿Qué van a hacerme estos hombres?”. Pero no consiguió decir nada. Se la llevaron a rastras y Sima se quedó sola, viendo cómo se la llevaban.