La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veinte #2
40%

Capítulo Veinte #2

, bueno, lo único que podía hacer era ser ella misma, que era lo único que se le daba bien ser.

Con todos los problemas que eso implicaba.

Engulló el vino de un suave trago. Y luego, con el agradable ardor del licor aún en la boca, licor que aún no se había transmitido a su sangre, dijo:

—Me temo que solo puedo usar mis dones cuando me lo pide la emperatriz. Se lo he prometido, ¿lo entendéis? Solo puedo actuar según sus designios.

Sima, que daba sorbos a su propio vino, soltó una curiosa tosecita con la copa en los labios.

—Estoy segura de que una pequeña demostración no le hará daño a nadie —dijo Raziya.

—Oh, no —repuso Priya—. No podría. Estoy al tanto de la reputación de mi gente. —Les mostró a Raziya y Deepa su propia sonrisa tirante—. Seguiré los designios de la emperatriz a rajatabla.

—No tienes por qué hacer nada que no quieras hacer, mayor Priya —dijo Deepa con aquella vocecita que tenía—. Solo teníamos curiosidad. He leído mucho sobre Ahiranya y me gustaría saber más.

—Quizás en el futuro, siempre que la emperatriz lo permita —respondió Priya.

“O si se nos presenta una batalla en la que Malini necesite mi ayuda, o si diseña otro complejo plan que la requiera”. Aquella idea no debería haber sido tan tierna como se le antojó en su fuero interno.

—En cualquier caso, aunque yo no puedo mostrarte mis habilidades, Señora Raziya, mi consejera es una arquera muy habilidosa —añadió con tono jovial—. No me cabe duda de que estará encantada de hacerte una demostración.

—¿Arquera? Vaya —dijo la Señora Raziya con las cejas arqueadas—. Una habilidad muy valorada en el lugar del que vengo. Me encantaría hacer una competición de arquería con tu consejera, si le apetece.

—Por supuesto que le apetece —repuso Priya con firmeza.

—Te voy a matar —murmuró Sima un poco después.

Ambas se encontraban en un campo de entrenamiento dwarali. Varios jinetes curiosos contemplaban a Raziya lanzar flechas. Algunas criadas se habían reunido en un lateral, y un grupo de mujeres dwaralis deambulaba por allí. Ellas también llevaban arcos, e incluso una de ellas estaba montando la diana.

—O a lo mejor te afeito las cejas —añadió Sima—. Algo desagradable se me ocurrirá, ya verás.

—Míralo de este modo: de ser criada, jamás habrías podido hacer algo así.

—Las dos cejas. Y el pelo —siseó Sima antes de aceptar el arco que una de las guardias de Raziya le tendía con aire servicial.

Priya se colocó a la sombra junto a Deepa. Algunos hombres empezaron a hacer apuestas con disimulo.

La diana era el artilugio más extraño que Priya hubiese visto en mucho tiempo.

En Ahiranya, Jeevan entrenaba a la gente con una sencilla tabla de madera pintada.

Sin embargo, aquello era un ingenio dwarali, según declaró Raziya, que se usaba para competiciones de arquería: era una talla en oro de un pez, con ojos huecos, que colgaba precariamente de una vara.

La guardia que la había alzado le dio una patada a la vara y el pez empezó a cimbrear con violencia.

—Si compitiésemos como lo hacen los arqueros dwaralis —le dijo Raziya a Sima—, tendríamos que fijar el objetivo a través de su reflejo en una jofaina de agua puesta en el suelo. Pero esto no es más que un juego sencillo, así que no llegaremos a tanto.

Sima, titubeante, contempló el pez.

—Entonces, ¿gana quien lo derribe de la vara?

—Bastará con que acierte —respondió Raziya, que puso una flecha en el arco y estiró—. El ojo es lo ideal. Deja que te lo muestre.

La flecha salió volando del arco y acertó en el ojo del pez móvil. El impacto lo lanzó girando en dirección opuesta. La multitud que las contemplaba prorrumpió en vítores. Las demás mujeres dwaralis, si bien eran por completo inexpresivas, tenían un aire claramente altivo.

Sima cuadró los hombros como una condenada al patíbulo. Agarró el arco y dio un paso al frente.

Aquello no podía acabar bien. Estaba claro que Priya se iba a quedar sin cejas.

—¿Dónde está Lata? —preguntó Priya tras girarse hacia Deepa, que dio un respingo, como si no hubiese esperado que nadie hablase con ella, y se quedó inmóvil—. Ha sido Lata quien nos ha mandado llamar, pero no la he visto ni por asomo.

—Ah, supongo que estará con la emperatriz —dijo Deepa tras dedicarle una rápida mirada a Priya—. Tiene reuniones todo el día. Por lo general, solemos asistir nosotras también, pero a veces tenemos responsabilidades para con nuestro propio pueblo.

—¿Y cuál era vuestra responsabilidad hoy? —preguntó Priya. Deepa le dedicó una mirada casi alarmada, pero Priya sonrió y dijo—: Disculpa, señora Deepa. No soy noble, aquí soy extranjera. Desconozco el mejor modo de hablar. ¿Soy demasiado directa?

El primer disparo de Sima falló. Raziya, benevolente, le permitió intentarlo de nuevo. Sima acertó en el cuerpo del pez y hubo unos modestos aplausos.

—No, mayor Priya —dijo Deepa cuando murieron los aplausos—. Es solo… diferente, interesante, oír a alguien hablar como hablas tú. Me acostumbraré, estoy segura. Habrás de tener paciencia conmigo.

—Sahar —llamó Raziya. Una de las mujeres dwaralis se acercó y ella le preguntó—: ¿Qué piensas? Tiene talento, ¿verdad?

—Mmm —respondió Sahar, lo cual no era del todo mostrarse de acuerdo. Le lanzó a Sima una mirada escrutadora—. ¿Has usado el arco en batalla?

—Sí —respondió Sima con firmeza.

—¿Has herido a alguien?

—He matado a un hombre.

—¿Por casualidad?

—No me insultes —dijo Sima, aunque sonreía—. No soy tan mala.

—No, tan mala no eres —convino Sahar. Se giró hacia la Señora Raziya y dijo—: Mi señora, me encantará darle algunas lecciones a nuestra invitada, si así lo deseas.

Miró en dirección a Priya y añadió con un deje de diversión en la voz:

—Tú también puedes unirte si quieres, Señora Deepa.

Deepa declinó con algo parecido a un graznido que venía a decir “Probablemente me dispararía en el pie por accidente”. Priya reprimió una risa y vio cómo empezaba la lección de arquería.

—Tu consejera es habilidosa —señaló la Señora Raziya. Se acercó a Priya una vez que Sima se hubo marchado—. Pero sigue algo… verde. No está entrenada del todo. Me da la impresión de que, quizá, no lleva mucho tiempo manejando el arco.

—En Ahiranya, todos nos hemos visto obligados a aprender nuevas habilidades.