La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Veinte
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Capítulo Veinte

PRIYA

A Priya y a su gente los habían emplazado en una ubicación aleja dísima donde montar su campamento, en el límite mismo del terreno, muy, muy lejos de la tienda del consejo de guerra y de los grandiosos aposentos dorados y blancos de Malini.

Estaban justo en el lugar por el que soplaba el viento más frío por la noche y donde más pegaba el sol durante el día, hasta convertirlo en un bochornoso horno.

En realidad, aquello no suponía una sorpresa.

Nadie de por allí le tenía el menor cariño al pueblo ahiranyi.

—Al menos aquí será menos probable que nos apuñalen los demás soldados, ¿no, mayor Priya? —había sugerido Nitin con tono servicial.

Priya le había dedicado tal mirada que Nitin se había escabullido a preparar las camas, la comida o cualquier otra cosa que hiciera falta.

Había pasado mucho tiempo desde su marcha del templo de la Madre sin rostro, y el aroma ya debería haber desaparecido, pero las manos de Priya aún olían a flores.

Cada vez que la fragancia le alcanzaba la nariz se acordaba de las manos de Malini en su brazo, de la guirnalda entre los cuerpos de ambas.

Recordaba la extraña y embriagadora sensación de estar junto a Malini como su igual, de contemplar aquellos fieros ojos bajo la sombra de la estatua de la Madre sin rostro.

Recordó cómo se había postrado a los pies de las Madres de las llamas.

Aquel recuerdo era como una veta de podredumbre, algo feo que extendía sus raíces a través de la dulzura dorada de los ojos de Malini, posados sobre ella.

Priya había hecho lo que era necesario en términos políticos. Ella no era Bhumika, como tampoco era Malini, pero se hacía cargo de que a veces era necesario hacer cosas desagradables por un bien mayor. Había gobernado y había matado; una reverencia no sería lo más difícil que pudiera hacer.

Y sin embargo… Al postrarse había traicionado algo en su interior. Eran los antiguos mayores del templo y los hermanos y hermanas quienes la habían convertido en quien era. Era Ahiranya lo que la había formado. No debía adorar a las Madres de las llamas. En todo caso, debía odiarlas.

Sin embargo, Malini se lo había pedido, y Priya… no se había negado.

“¿Me he postrado por el bien de Ahiranya o por Malini?”, se preguntó a sí misma.

No podía responder esa pregunta. Tampoco estaba segura de querer responderla.

Priya aprovechó un momento de soledad para tratar de alcanzar el sangam, para buscar a su hermana en los ríos. Sin embargo, por más que llamó a Bhumika, no hubo respuesta. Priya regresó a su propia piel tranquila, si bien algo enojada. Pero ¿qué hacía Bhumika?

Se peinó el pelo para distraerse y lo compuso con engarces de plata.

Ya llevaba puesto un salwar kameez, el mejor que tenía, una de las pocas prendas bonitas que había puesto cuidado en llevar consigo, envuelta en muselina para evitar que se ensuciase o la carcomiesen las polillas, hasta que pudiese ponérsela en compañía de señores de alta cuna.

—¿Necesitas que te haga el pelo? —preguntó Sima, que acababa de entrar en la tienda.

Priya dejó caer uno de los alfileres. Se detuvo.

—Quizá sí —dijo.

Sima le recogió los cabellos a Priya y empezó a colocar engarces de madera en su sitio.

—He oído muchos cuchicheos —dijo Sima en voz baja para que nadie la oyese.

Por allí solo estaban Nitin y un puñado de soldados, así que Priya no tenía manera de saber quién podría oírla, pero nunca estaba de más ir con cuidado—.

Los nobles de alta cuna no están seguros de que la emperatriz deba ser emperatriz.

Creen que las llamas son una señal. Las criadas que han accedido a hablar conmigo…

dicen que la mayor parte del ejército tampoco está muy seguro.

—Uno de los engarces le pinchó el cuero cabelludo a Priya al colocarse en su lugar.

Ella se encogió y Sima lo ajustó—. Perdona.

En cualquier caso, los nobles de alta cuna piensan que están siendo sutiles.

—¿Y no es así?

—En absoluto —resopló Sima—. Entiendo que tu emperatriz estuviese tan preocupada como para arrastrarte hasta aquí.

“Pero ¿qué puedo hacer yo?”, pensó Priya. ¿Actuar como emisaria de Ahiranya? Por supuesto. ¿Hacerse ilusiones sobre Malini? Eso le resultaba tan sencillo como respirar. Pero si Malini esperaba más de ella…

Priya pensó en cómo habían menguado sus poderes durante el viaje y la preocupación se adueñó una vez más de ella.

Se recordó a sí misma que ya volvía a sentir el verdor. Que el sangam la esperaba, esperaba a que intentase alcanzar a Bhumika. Pero ¿de qué servía todo aquello si Bhumika no respondía?

Se obligó a dejar de lado la inquietud y se giró hacia Sima.

—Ahora te hago yo el pelo a ti —dijo, y sostuvo las largas trenza de Sima en las manos—. Y luego deberíamos irnos si no queremos llegar tarde. Quién sabe si no se ofenderán todos esos nobles.

Lata, la sabia de Malini, había acudido en persona a solicitarle a Priya que asistiese a una reunión con “las compañeras más cercanas de la Emperatriz”.

Lata no se parecía a ningún sabio o sabia que Priya hubiese visto antes: llevaba un sari de seda de un glorioso tono verde oscuro y un pelo recogido con severidad, pero con brazales de refinado oro batido.

Más bien parecía una señora de alta cuna, pero a juzgar por su carácter serio y la tinta que le manchaba los dedos, estaba claro que era más que una consejera.

Y en vista del modo en que los guardias inclinaban la cabeza a su paso en señal de respeto, debía de ser la consejera superior.

—Si fueras hombre, mayor Priya, se habría esperado de ti que te reunieses con los señores que forman el consejo de la princesa —había dicho Lata—. Pero dado que eres mujer, debes reunirte con las esposas e hijas que cuidan de la emperatriz Malini.

—¿Debo? —había preguntado Priya.

—Debes —había respondido Lata con firmeza.

Así pues, Sima y Priya salieron del bochornoso calor de la tienda.

Les salió al paso el guardia que Lata había enviado para guiarlas.

Caminaron hacia el campamento principal, donde se encontraban las demás tiendas de los nobles.

Pasaron junto a unos vasallos saketanos que practicaban con cuchillas en un círculo acordonado con cuerdas, un soldado srugani que dormitaba con la maza a un lado y un puñado de cocineros que cargaban con cubas de aceite y sacos de arroz,

y que les dedicaron a Priya a Sima una mirada desconfiada al pasar.

El campamento del ejército estaba cuidadosamente repartido en sectores según la ciudad-Estado y el señor feudal.

Aun así, en el ambiente se respiraba caos en estado puro.

Priya se sintió un poco ofuscada ante aquel espectáculo.

Jamás había visto tanta gente junta en un mismo lugar, y eso que había pasado casi toda su vida en la región más poblada de Ahiranya.

Aun así, estaba bastante segura de haber compuesto un semblante de serena calma para cuando Sima y ella llegaron a su destino.

La tienda hasta la que las llevaron era enorme.

El guardia las anunció. Una vez dentro, se encontraron en un corredor agradablemente fresco y ligeramente perfumado con agua de rosas e incienso.

Había cuencos de agua dispuestos por doquier para mantener el aire fresco.

Una criada abanicaba sin mucho entusiasmo con un abanico de pelo de caballo a una mujer mayor que dormitaba sobre un almohadón dispuesto en el suelo.

Dos jóvenes mujeres nobles jugaban al chaturanga, pero apartaron el tablero con cuidado al entrar Priya y Sima.

Malini no estaba presente. Y Lata, tampoco. Perfecto.

Las nobles se pusieron de pie y le hicieron una señal de asentimiento a Priya. Ella devolvió el gesto.

—Mayor Priya —dijo una de ellas, una mujer alta con un salwar kameez de tono azul oscuro—. Es un placer conocerte por fin. —No sonó como si estuviese mintiendo del todo—. Soy la Señora Raziya, de Lal Qila. Esta es la Señora Deepa.

Deepa inclinó la cabeza y, con un hilillo de voz, le refirió su procedencia.

Una vez hechas las presentaciones, Priya tuvo la vaga sensación de que las dos mujeres deberían haberse inclinado ante ella, mientras que ella solo tendría que haber asentido a modo de respuesta.

A fin de cuentas, era la líder de una nación, por más ridícula que se le siguiese antojando la idea.

Ellas eran la esposa de un señor y la hija del general del ejército imperial.

Aunque fueran poderosas, no eran sus iguales.

Durante el último año había aprendido bastante de los salvajes tejemanejes del estatus político y de sus jerarquías, mientras veía a Bhumika despachar con destreza a los nobles de Ahiranya.

También había aprendido a reconocer las diferencias de posición social.

Pero bueno, ¿qué más daba que la insultasen de ese modo?

¿Qué podía hacer ella al respecto? Seguía siendo ahiranyi y su pueblo seguía sometido al imperio.

En cualquier caso, tampoco sabía poner en su sitio a una noble con palabras; no le habría salido tan bien como a Bhumika. Así pues, se limitó a sonreír.

—Esta es mi consejera, Sima —dijo. Sima hizo una reverencia bastante brusca—. ¿Nos sentamos?

—Por supuesto —repuso Raziya con elegancia.

Todas tomaron asiento al tiempo que la criada dejaba el abanico y empezaba a preparar una bandeja con refrigerios y dulces.

Cruzaron los cumplidos acostumbrados. Comentaron el tiempo.

El viaje. Deepa habló de manera atropellada sobre su familia; sus hermanas y su madre, alejadas del tumulto político de Parijat, a salvo en sus terrenos en Alor.

Acto seguido guardó silencio y Raziya les habló de su hogar, de las nieves y montañas de Dwarali, y de lo mucho que se alegraba de viajar con la mismísima emperatriz.

—Hace tiempo que he dejado de temer a la batalla, mayor Priya —dijo la Señora Raziya—, aunque la última a la que se enfrentó la emperatriz no se parecía a ninguna que yo haya visto antes.

Resulté herida, aunque, como ves, ya me encuentro bien.

—Se señaló al cráneo y bajó un poco la mano—.

La batalla confirmó mi creencia en que la emperatriz necesita rodearse de aliados más fuertes. Aliados como tú.

Había cierto tono desafiante en aquellos ojos pálidos y aquella sonrisa.

—¿Podrías hacernos una demostración de tu fuerza, mayor Priya? Creo que nos agradaría saber cómo defenderás a nuestra emperatriz.

Bhumika habría sabido manejar aquella situación, pero Priya…