La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Diecinueve
38%

Capítulo Diecinueve

BHUMIKA

Los yaksas permitieron que Bhumika se postrase ante ellos. Vie ron cómo le temblaban las manos y cómo se echaban a llorar los guardamáscaras. Padma los contempló con ojos grandes y las mani tas apretadas tras las mangas de Bhumika. Así consiguió que volviese a incorporarse.

—Khalida —dijo con una voz ronca que no parecía salir de su garganta—. Llévate a Padma. Khalida.

Khalida por fin salió del trance en el que se había sumido. Tanteó y por fin tomó con cuidado a Padma en brazos. Bhumika se enderezó e hizo una reverencia, la profunda reverencia de pie que había visto hacer a los mayores del templo ante las efigies de los yaksas. Luego se irguió y dijo:

—Vuestra mayor suprema os da la bienvenida, yaksas.

—Un susurro recorrió la multitud de fieles.

Las palabras de Bhumika casi los sacudieron.

Ella lo comprendió, pues también sentía la enormidad de aquel momento.

Era como si un mito la hubiese alcanzado y ella solo pudiese dejarse llevar—.

Vuestra mayor suprema os da la bienvenida a Ahiranya. A vuestra tierra y vuestro pueblo.

Hizo otra reverencia y añadió:

—Me encuentro… perdida. Me faltan las palabras. —Alzó la cabeza de nuevo—. Por favor, guiadme.

—Llévanos al mahal —dispuso Sendhil.

—Llévanos al Hirana —repitió Chandni, con tono más amable—. Deseamos verlo todo. Conocer nuestro templo, a nuestra gente. Nuestro hogar.

—Yaksas —dijo Bhumika con una nueva inclinación de cabeza, a falta de otra idea mejor—. Seguidme, por favor.

Los fieles avanzaron, pero Nandi, el más pequeño del grupo, se giró.

—Más no —dijo con tono dulce. La tierra se agitó y se alzó. Los fieles retrocedieron a trompicones, entre gritos—. Tened respeto.

Dicho lo cual, siguió a los demás con pasos de niño.

Un pie delante del otro. Rostro sereno. Era lo único que Bhumika pudo hacer por sí misma. Nadie más la seguía. Solo los yaksas parecían querer seguirla. La circundaron como aves de carroña, instándola a avanzar.

Un murmullo. Tras un parpadeo, la yaksa con la cara de Sanjana empezó a caminar a su lado.

—Yaksa —dijo de nuevo Bhumika. ¿Qué otra cosa iba a decir?

—Llámame Sanjana si te resulta más fácil —dijo la yaksa con una dulce sonrisa—. Y a ella, Chandni, y a él Sendhil. Y Nandi, por supuesto. No te has olvidado de él, ¿verdad?

—No —respondió Bhumika—. No me he olvidado.

El campanilleo de una risa.

—A ninguno de nosotros nos importa que uses esos nombres.

—Debería dirigirme a vosotros con respeto, yaksas —dijo Bhumika con la mirada baja—. No eres…, no eres mi hermana del templo.

—No —repuso Sanjana-que-no-era-Sanjana con tono jovial, como si la mera idea la divirtiese—. Esto no es más que carne, hija del templo. Nada más.

Se dio unos golpecitos suaves en la mandíbula.

—Si se pela esta piel, debajo sigue habiendo poder. —Se inclinó hacia ella y susurró—: Vosotros talláis máscaras de madera. La madera de nuestros huesos. Nos lleváis como si fuéramos coronas. Parece adecuado que hagamos lo mismo.

—Lo siento —se disculpó Bhumika, tratando de no perder el equilibrio—. Siento que mis actos os hayan ofendido. Si las máscaras…

—Ah, no, no. —La yaksa negó con la cabeza—. No hay ofensa por nuestra parte, hija. En absoluto.

Y dicho eso, volvió a alejarse. Tras ella, el mármol del corredor se había agrietado, abierto para dejar pasar un rastro de flores que la seguía, hermosas flores de pétalos violeta y estambres amarillos.

Era como un sueño. Un sueño enorme y terrible. Bhumika se giró hacia Ashok, que la contemplaba en silencio.

—¿Y cómo debo dirigirme a ti? —preguntó con tono suave.

Ashok le devolvió la mirada.

—Con mi nombre —respondió—. ¿Cómo si no?

Desde luego que parecía humano. Tenía la misma cara. El mismo cuerpo. La expresión que tenía al mirarla era la del mismo Ashok de siempre: manchada de prejuicio, la boca algo torcida, las cejas fruncidas. Sin embargo, tenía una rigidez que despertaba un hormigueo de inquietud en la piel de Bhumika.

—Yo no soy yaksa —dijo Ashok—. Soy… yo, Bhumika. Nada más. He regresado.

—Ningún hijo del templo llega a morir en realidad —explicó el yaksa que llevaba puesta la cara de Sendhil, con manos terrosas y capullos en flor en la garganta—.

Os llevamos con nosotros. Os albergamos dentro, del mismo modo que vosotros nos albergáis a nosotros.

Tienes que contarnos cómo es Ahiranya ahora —prosiguió—.

Querida. Hija nuestra. La última vez que caminamos, la ciudad y los árboles eran uno.

—Y el bosque era mucho mayor —dijo Chandni.

Contemplaba todos los movimientos de Bhumika, la suavidad que había en sus ojos se veía mermada por el hecho de que no parpadeasen. Bhumika pensó en los ojos que se les cosían a las muñecas de los niños: sin párpados, insensibles.

—No comprendes lo placentero que nos resulta el mundo —dijo Sendhil con un tipo de sonrisa que Bhumika jamás había visto en su rostro—. Lo bien que nos sentimos al haber regresado.

Bhumika tragó saliva y se obligó a mantener una mirada vacía.

—Venid —dijo—. Os llevaré al Hirana.

Se dijo a sí misma que tenía que verlo como una oportunidad. Un regalo. A fin de cuentas, los yaksas había regresado. Para restaurar la gloria de Ahiranya, con arreglo a su promesa.

—Para llenar el Hirana de nuestros semejantes —había dicho Chandni—. Y el mahal. Y el bosque. Para reformar el mundo y colmarlo de dulzura para nosotros y nuestros semejantes.

Sus ojos vacíos habían destellado, duros, brillantes.

—¿No te llena de gozo, hija?

Gozo. Sí.

Pero la inquietud que sentía en el vientre no se aplacaba.

Los yaksas habían regresado llevando puestos los rostros de los hijos muertos del templo y de la gente que los había quemado. Lo cierto era que parecía cruel.

¿Por qué habían elegido aquellos rostros? ¿Por qué venían con rostros mortales, si las efigies del Hirana eran más flor que humano, si tenían rostros de raíz y tierra y espina en lugar de carne y sangre? ¿Qué querían? ¿Qué significaba “nuevo” para un yaksa? ¿Qué significaba “dulzura”?

Una vez en su despacho, Bhumika se reunió con Kritika, que paseaba arriba y abajo. Ella también sentía las extremidades entumecidas. Lo único que pudo hacer fue sentarse erguida y fingir calma.

—Tenemos que enviar mensajes por todo Ahiranya —dijo Kritika en tono entusiasta—. Tenemos que contárselo a todo el mundo… ¡Ah, qué milagro! Y pensar que viviremos para ver resurgir la Era de las Flores…

—Los nuevos fieles no se marcharán —dijo Bhumika.

—Pues que se queden —sentenció Kritika. Tenía demasiada energía para estarse quieta. Aún llevaba el blanco de luto, pero su rostro resplandecía con una luz que Bhumika no había visto desde que la muerte de Ashok la había apagado—. Tienen razones de sobra para estar aquí. Que se regocijen.

Jeevan, en la puerta, con la mano en la espada, no dijo nada.

Miraba al infinito.

—No es seguro tener desconocidos siempre por aquí —dijo Bhumika con ecuanimidad.

—¿Crees que alguien podría hacernos daño, ahora que ha regresado Ashok? ¿Ahora que han regresado los yaksas? —Kritika negó con la cabeza—. No, no. Estamos seguros.

Bhumika trató de encontrar las palabras. Podía manipular a una corte. Con promesas y negociaciones podía manejar a los nobles de alta cuna, a los mercaderes e incluso a los guardamáscaras. Lo que no podía hacer era manejar el mundo que se acababa de abrir ante ellas.

Aprendería a hacerlo, pero le llevaría tiempo.

—No deberíamos confiar en ellos así como así —se las arregló para decir.

—¿Quieres que desconfiemos de los yaksas? ¿De nuestros propios espíritus? ¿Del alma de nuestro país?

—No —se apresuró a decir Bhumika—. Pero sabes tan bien como yo, Kritika, que los deseos y los objetivos de los yaksas no pertenecen al mundo mortal —insistió—.

Los Mantras de corteza de abedul me dan la razón en esto, y por ellos habrías de guiarte.

Puede que lo que más les importe no sea protegernos.

Hemos de seguir defendiéndonos solos. Gobernándonos solos.

—A Ashok sí le importa todo eso —se apresuró a decir Kritika.

Le dio la espalda a Bhumika y parpadeó para limpiarse los ojos de lágrimas, que se enjugó con el dobladillo del pallu. Cuando se volvió de nuevo hacia ella tenía una expresión más severa, más parecida a la rebelde artera y decidida que Bhumika conocía.

—Ashok ha regresado a nosotros con los yaksas. Si no nos quisieran, si no les doliese nuestro sufrimiento, ¿por qué lo habrían traído consigo?

Quizá Kritika tuviera razón. Bhumika bajó la cabeza. Pensó en Nandi, en cómo había sacudido la tierra. “Tened respeto”.

—Hay cosas que no se deben cuestionar —prosiguió Kritika, cada vez más airada—. Son milagros, y como tales hay que tratarlas. No pienso desconfiar de los yaksas. No les daré la espalda. Los seguiré. Todos los seguiremos. ¿O acaso estás en contra, mayor Bhumika?

Kritika casi vibraba de pura tensión.

Todo el tiempo que había dedicado a estrechar lazos con los guardamáscaras…, todas las cuidadosas maniobras…, todo para aquello. Una fisura potencialmente insalvable en un acontecimiento imposible.

—Como mayor que soy, ¿cómo podría darles la espalda a los espíritus a los que sirvo? —dijo Bhumika con tono amable—. ¿Cómo no voy a agradecerles el haberme devuelto a mi hermano?

No se había mostrado de acuerdo, pero Kritika asintió igualmente.

—Por supuesto —dijo, y sonrió, de nuevo con los ojos húmedos—. Mayor Bhumika, tenemos mucho que celebrar, mucho por lo que regocijarnos. Ahiranya por fin cambiará a mejor, como siempre hemos deseado. Qué bendición es poder presenciar el cambio.

—Jeevan —dijo Bhumika cuando Kritika hubo marchado. Tenía la voz fina y seca como el papel—. Quédate aquí. Necesito tu ayuda. Quiero que mandes llamar discretamente a unas cuantas personas.

Cerró los ojos. ¿En quién podía confiar? Reflexionó. Un nombre tras otro, cada uno ponderado según lo que sabía de su lealtad, su disposición a obedecer la voluntad de Bhumika y de nadie más.

—Billu —dijo—. Rukh.

Nombró a unos cuantos más, soldados en quienes Jeevan confiaba, hasta donde alcanza a saber. No mencionó a Khalida, que estaba con Padma. Ya hablaría con ella más tarde, en la intimidad del cuarto de la niña. Al cabo de un instante, dijo:

—Y Ganam. Trae a Ganam también.

—Señora Bhumika —dijo—. ¿Estás segura?

—Lo estoy.

Cuando todos llegaron, Bhumika le pidió a Jeevan que cerrase la puerta tras ellos.

—Gracias a todos por venir. Y por escucharme. —Se detuvo un instante y luego dijo—: Sabéis que soy de naturaleza precavida. Pero, para venerar a los yaksas como se merecen, creo que hemos de ser… cuidadosos. No debemos ofenderlos. Tenemos que tratarlos bien.

—Todos están eufóricos por el retorno de los yaksas. Y de Ashok —añadió Ganam, que la miraba muy atento—. No creo que a nadie le preocupe ofenderlos.

—Pues en ese caso, todos se olvidan de los Mantras de corteza de abedul —objetó Bhumika—. Y de todo lo que son capaces de hacer los yaksas. Para ellos somos muy queridos, pero también… muy mortales. A diferencia de ellos.

—Yo no creo que Ashok sea Ashok —dijo Rukh con tono vacilante. Estaba agachado junto a la puerta, con expresión muy seria y el ceño fruncido. Se sujetaba las rodillas con las manos, tenso—. Yo antes… miraba mucho a Ashok, cuando era… —Se encogió de hombros—. Ya sabéis.

Lacayo de los rebeldes. Un niño enfermo sin nadie a quien recurrir.

—Sigue —lo conminó Bhumika.

—Ashok era muy… seguro de sí mismo, ¿sabéis? Arrogante.

—Un líder debe ser arrogante —observó Ganam.

Rukh se volvió a encoger de hombros, como para decir que no era asunto suyo lo que debieran ser los líderes.

—Yo lo único que sé es que no tiene la misma postura que Ashok. No habla como él. Es como… —Vaciló un momento en busca de la expresión correcta, y al cabo dijo—: Es como si llevase puesta la cara de Ashok. Como si hubiese algo distinto debajo.

Un escalofrío recorrió a Bhumika.

—Lo único que os pido —dijo ella sin perder la calma— es que los vigiléis y veáis lo que hacen si se os presenta la oportunidad. Me encantará enterarme de todo lo que descubráis. Para asegurarnos de que los servimos de la manera adecuada.

Una vez se hubieron marchado, Jeevan fue el único que se quedó. Siguió plantado en un rincón de la estancia, sumido en un cómodo silencio, mientras Bhumika luchaba contra sus dolores de la infancia y sus miedos informes. Al fin, el cielo se oscureció y Jeevan dijo con voz queda:

—Deberías descansar, mi señora.

Ella asintió.

—Sí. Sí, eso haré.

“Por la mañana”, pensó. “Por la mañana le mandaré otro mensaje a Priya. Le advertiré que no vuelva. Se lo suplicaré si es necesario”.

Pero, por supuesto, sería inútil. Si Priya quería ir, vaya si lo haría. Bhumika aún no había encontrado la manera de impedir que Priya siguiese las extrañas y fieras mareas de sus propios caprichos, de su corazón. Sin embargo, si Priya no estaba a salvo, tal y como se temía Bhumika…

Volvió a intentar alcanzarla en el sangam. No encontró nada, así que regresó a su propia piel. Se iría a su habitación e intentaría dormir. Todo lo demás tendría que esperar a la mañana.

Por la mañana, unos gritos despertaron a Bhumika. Se bajó a trompicones de la cama y cruzó sus habitaciones a la carrera hacia la puerta. Encontró a Khalida con Padma en brazos. Ambas lloraban, aterrorizadas.

Había un cadáver en el suelo. Un jinete vestido con los colores ahiranyis. Pálidas flores brotaban de su piel. La garganta, rajada, era una guirnalda de flores de ashoka y hiedras, carente de sangre.

Era el jinete que le había enviado a Priya. El único jinete del que Jeevan había prescindido.

No necesitaba ver a un yaksa para comprender el mensaje que le habían enviado. Agarró a Khalida del hombro y las abrazó tanto a ella como a Padma. Como si de ese modo pudiera protegerlas de todo aquello. Como si tuviera algún poder en aquel mundo nuevo y extraño.

Priya ya no estaba a su alcance.