La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Dieciocho #3
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Capítulo Dieciocho #3

—Cosa que no pretendíais, como ya has dicho. ¿Se puede saber qué quiere de mí ese aliado tuyo? ¿Y qué puedo darle yo a cambio? ¿Me lo puedes decir, sacerdote?

—¿Y qué podrías tú…? Ah, tengo un regalo para ti, emperatriz. Un regalo de este aliado.

El sacerdote se puso en pie con brusquedad, dio media vuelta y se acercó a sus manuscritos. Detrás de los libros había escondida una cajita, pulida y tallada en ónice. Se arrodilló y se la tendió a Malini como si de una ofrenda se tratase.

Malini no la aceptó.

—Un sacerdote de las Madres estuvo a punto de destruirnos a mí y a mis hombres —le informó—. ¿Puedo confiar en este regalo, sacerdote? No estoy tan segura.

—No hay fuerza más justa y recta en Parijatdvipa que los sacerdotes de las Madres —dijo el hombre, pero no era eso lo que había preguntado Malini.

Sintió que una risa amarga asomaba a su garganta.

Se recordó que el dios sin nombre la había profetizado, que había afirmado conocer las voces de las Madres de las llamas, que había declarado que la habían elegido para ocupar el trono imperial.

Tenía que creer en su poder, mantener con mano firme todas aquellas mentiras.

No podía pensar en el día en que sus hermanas de corazón habían ardido. No podía pensar: “Esa rectitud tuya podría matarme si bajo la guardia”.

—Confío en vuestra rectitud —dijo en cambio—.

Sé que sois leales a los ideales que bien podrían servirme o destruirme.

Pero esto te aseguro, sacerdote: si esos ideales provocan la muerte de la última mujer del linaje de Divyanshi, supondrán una afrenta a la voluntad de las Madres y del dios sin nombre.

Estoy segura de ello. Así pues, te lo vuelvo a preguntar, como hija imperial que tiene las manos de las Madres en el corazón: ¿puedo confiar en este regalo?

—No vas a morir aquí, emperatriz —dijo el sacerdote—. Tienes mi palabra.

Malini le hizo un gesto a Lata, que alargó la mano para recibir la caja en lugar de ella. El sacerdote se la tendió y se acomodó más en posición arrodillada.

—Si este regalo te complace… —dijo—. Si… si aceptas que nuestro aliado es benevolente, he de pedirte un gesto a cambio. Un favor. Si me prometes cumplirlo, de buena gana te diré dónde se encuentra. Un lugar en el que estará encantado de recibirte y hacer un pacto contigo, si así lo deseas.

“Podría torturarte hasta sacarte esa misma información”, pensó Malini sin la menor pasión. El sacerdote ya estaba atemorizado. Un poco de dolor, junto con la amenaza de bastante más, y se vendría abajo.

Pero eso no le granjearía un aliado, por desgracia.

—Dame la caja, Lata —dijo.

Lata le tendió la caja. Era sólida, y Malini vio que estaba hecha de madera oscura y piedra de ónice. La tapa tenía grabados remolinos y espirales que formaban una rosa negra. A juzgar por cómo la sostenía Lata, parecía ser pesada. Malini la sostuvo con firmeza, sin mostrar esfuerzo.

Malini tocó la tapa con los dedos. La abrió.

Había ceniza en el interior. Una capa densa y pesada de ceniza, polvo negro mezclado con cartílago blanco. Madera, carbón, hueso. Malini casi retrocedió, pero se contuvo.

—Lata.

—¿Sí, mi señora?

—Un cuchillo, por favor.

Lata sacó una pequeña daga que había guardado en un doblez del sari y se la tendió a Malini. Ella la aceptó y removió la ceniza con la punta, apartando la superficie como si de piel se tratase. Ah. Ahí estaba.

Bajo la ceniza había un capullo de fuego.

Lata ahogó una exclamación. Malini pensó en aquellos sacerdotes en los muros, en las flechas, en los sacerdotes que enarbolaban espadas desenvainadas. Tocó la llama con la hoja y vio que se estremecía, que se abría como una flor ante el sol.

Alzó la daga y la llama volvió a cerrarse. Se movía como auténtico fuego: imposible, retorcido, abriéndose y cerrándose como un puño. Casi como si quisiese alcanzarla.

Metió el puñal en la caja y cerró la tapa con brusquedad.

—¿Qué quiere tu aliado secreto a cambio? —le preguntó Malini al sacerdote.

—El sacerdote al que has apresado —dijo—. Libéralo.

Aquello la tomó por sorpresa.

—Intentó acabar con mi vida —protestó Malini—. Conspiró para asesinar a mis hombres.

—Actuó con arreglo a los dictados de su fe —replicó el sacerdote, si bien con tono amable—. Hay quien te denomina “matasacerdotes”.

Y lo añadió mientras le lanzaba una mirada cautelosa. ¿Era una advertencia? ¿Un consejo? ¿Una amenaza, acaso? Malini no estaba segura aún.

—Le quitaste la vida a los sacerdotes del dios sin nombre en Srugna.

He oído las historias que cuentan sobre tu fuego.

Fueron vidas ofrecidas de manera voluntaria —añadió, como si Malini hubiese dicho lo contrario—.

Aun así, vidas sagradas que consumieron tus llamas, tus hombres, tu mano al liderarlos.

Luchar contra los hombres que se han enfrentado a ti en la fortaleza de Saketa…

, eso implica una batalla honorable. Nadie te juzgará por ello.

Pero matar a un sacerdote de las Madres que se te acercó de manera voluntaria y se arrodilló ante ti… , eso no se puede perdonar.

Malini se concedió un instante para respirar y valorar sus opciones.

Acto seguido asintió.

—Tu aliado debe de tener muy buenos espías para enterarse tan rápidamente de lo que pasa en un campo de batalla tan lejano —murmuró—. Está en Parijat, ¿verdad?

En lugar de replicar, el sacerdote regresó a los anaqueles. Sacó un bulto liado en un lienzo. Los abrió y sacó un mapa de Parijat.

“Así pues, la respuesta es afirmativa”.

—Deja que te muestre el camino —dijo—. No puedo darte su nombre, emperatriz. Aquí lo llamaremos el hijo sin rostro.

—¿Es sirviente de la Madre sin rostro, pues? ¿Como tú?

—Ah, emperatriz —murmuró el hombre con una inclinación de cabeza. Tenía el rostro grisáceo—. No es como yo. Eso te lo puedo asegurar.

Al volver al campamento, no le costó mucho despejar los recelos de los nobles.

Como tampoco le costó llamar a Lata a su lado y mandar a buscar a Yogesh, a quien le dio una orden mientras atravesaba el campamento en dirección a su tienda, con las dobleces del sari aleteando a causa de la rapidez con la que caminaba.

—Quieres… liberarlo —dijo el oficial con voz tentativa.

Malini se limitó a asentir. No tenía por qué darle explicaciones. Ya habría mucha gente que se las exigiría más tarde. Era mejor ahorrar energía.

—Deja por escrito lo que haga falta en tus registros y cumple lo que te he ordenado —dijo Malini.

Yogesh guardó silencio por un momento, aún caminando a su lado.

—¿Hay algo que no entiendas? —preguntó Malini.

—Eh…, emperatriz. —Carraspeó—. ¿Debería quizá hablar… con el Señor Mahesh?

—No —respondió Malini—. No será necesario.

Malini esperó hasta estar de nuevo en su tienda para volver a abrir la caja.

Tenía un sable propio, forjado para ser menos pesado que el de un hombre, con una empuñadura más pequeña y ajustada a su fuerza, a sus manos.

El metal era plata resplandeciente, y la vaina tenía incrustaciones de piedra lunar.

Se lo había llevado Swati. Malini hundió la punta del sable en la ceniza y la revolvió.

La rosa de fuego se apartó de la daga y reptó por el filo del sable. Se agitó y resplandeció, temblando y retorciéndose al igual que las armas de los sacerdotes soldado que habían atacado a su ejército a las puertas de la fortaleza.

—Ten cuidado, señora —la previno Lata con voz tensa desde la otra punta de la tienda. No era que pretendiese huir, ni que lo desease siquiera. Pero el fuego que impregnaba la hoja de Malini la asustaba.

Y con razón. Malini contempló el fuego, que florecía y se marchitaba como flores en una enredadera de acero, y se preguntó de qué sería capaz.

¿Se volvería contra ella? ¿Saltaría sobre su carne, siguiendo su naturaleza destructiva, y la abrasaría hasta carbonizarla?

Se imaginó, como siempre hacía en sus peores pesadillas, qué sentiría al quedar reducida a cenizas.

Imaginó la tienda ardiendo… y con Lata en su interior.

Mantuvo firme la espada y aguardó. Aguardó.

Malini desplazó el fuego entre las dos hojas, sable y puñal, y vio cómo se retorcía entre las dos con zarcillos de llamas que más bien parecían dedos. Con cuidadosa paciencia contempló cómo disminuía y se volvía más débil. Y siguió aguardando.

Usó la daga para apartar un trozo de fuego del resto y vio cómo disminuía y se volvía más débil que el resto.

Así no funcionaba el verdadero fuego sagrado. Así no funcionaba en fuego de las Madres, al menos si había que creer lo que decía el Libro de las Madres.

Esperó tanto que el brazo le empezó a temblar. Entonces Lata salió de la tienda y les susurró algo a los guardias. Regresó con agua y comida, dispuesta a vigilar a Malini mientras esta contemplaba las llamas.

Malini aguardó… y vio que el fuego empezaba a morir. Se marchitó como si sus raíces hubiesen estado en las cenizas. El color desapareció y las llamas pasaron de doradas a azules, y luego a nada. Oscuridad.

Malini pensó en el Libro de las Madres, en la naturaleza del fuego de las Madres.

“Ah”, pensó, “pues sí que es un regalo, al fin y al cabo”.

El fuego de las Madres no se consumía. No se marchitaba. Era una fuerza destructiva inquebrantable que solo se apagó al morir los yaksa. Sin embargo, aquella llama había muerto ante sus ojos.

Chandra no estaba bendito. No había sido elegido. Malini tenía ante sí la prueba.

Sintió que una sonrisa asomaba a sus labios. Dejó que dominase todas sus facciones. Se permitió una risa cuando el fuego se apagó del todo.

—Mira, Lata —dijo a media voz—. Parece que, a fin de cuentas, las Madres sí que aman a su hija.