Capítulo Dieciocho #2
Malini añadió—: Cuando hayamos entregado nuestras ofrendas, dile que su emperatriz solicita una reunión privada.
—S-sí, emperatriz. —El joven sacerdote hizo una reverencia atropellada y las dejó.
El resto las acompañó hasta el templo, directamente a la nave principal.
Malini sintió el frío del mármol en los pies.
Los sacerdotes permanecieron de pie o arrodillados en los extremos de la estancia.
No se oía ningún sonido aparte del chisporroteo de las antorchas.
Lata se acercó a otro sacerdote y le habló en voz baja.
Sin duda discutían la cantidad de dinero que Malini había llevado como muestra de devoción al templo.
Avanzó, y Priya fue con ella. Malini rozó el brazo de Priya con el suyo propio y sintió la más leve caricia contra aquella piel cálida. Sintió que Priya giraba la cabeza, y percibió su suave aliento en la mejilla.
—Tienes que hacer una reverencia —murmuró Malini—. Nada más. Te lo prometo, Priya.
—Espero que entiendas las pocas ganas que tengo de hacer esto —susurró Priya como respuesta.
Su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arco.
Era evidente que se encontraba fuera de su elemento en un templo dedicado a las Madres; rodeada por doquier por las fuerzas que habían aniquilado la gloria de su propia nación.
Malini no pudo responder. Los señores habían entrado tras ellas y ya no podía arriesgarse a que la oyesen.
En cambio, reprimió sus propios sentimientos en el pecho y se acercó unos pasos más hacia el altar.
Tenía la mirada fija en la estatua de la Madre sin rostro, vestida con un elegante lengha compuesto de vivas llamas y un velo de humo que se arremolinaba sobre su rostro vacío.
Aquella era una historia que su profesor le había contado hacía muchos, muchos años.
Los pobres fieles que no podían permitirse ídolos de todas las Madres solían tener al menos una única efigie bastante tosca en sus casas.
Una mujer sin rostro, envuelta en humo, que supuestamente representaba a todas las Madres a la vez.
En las generaciones sucesivas, los plebeyos saketanos habían empezado a adorar a todas las Madres en una: la Madre sin rostro, que era a la vez todas y ninguna, una figura que representaba a todas las Madres de las llamas que habían sido o serían.
El sumo sacerdote del templo se acercó. Llevaba una marca de ceniza en la frente y la barbilla, y cargaba con flores sobre una baqueteada bandeja de cobre. Tenías las muñecas tatuadas con nombres que se unían en remolinos y nudos.
—Emperatriz —dijo, bajando la vista—. Es un honor.
—El honor es mío —dijo Malini, aceptando las flores y el fino hilo ensartado en una aguja que descansaba junto a ellas—. Cualquier oportunidad de venerar a las Madres es de agradecer.
Ensartó la aguja en la primera flor y los sacerdotes comenzaron a rezar. Malini empezó a confeccionar una guirnalda. El aroma a rosas y caléndulas le impregnó los dedos.
Priya se acercó.
Hubo un instante, una pausa como el breve silencio antes de una tormenta a punto de estallar. Entonces Priya se postró ante las Madres. Delante de los hombres leales a Malini. Priya mantuvo la posición durante dos latidos. Tres. Cuatro.
Bien.
Luego volvió a ponerse en pie y se preparó, a instancias de lo que el sacerdote le susurró al oído, según vio Malini, para postrarse ante ella. Un gesto de obediencia a Parijatdvipa.
Malini se giró hacia Priya. Sin vacilación, sin pensárselo, agarró a Priya del brazo antes de que esta se postrase a sus pies. La guirnalda quedó aplastada entre las dos, magullada y aún despidiendo un fragante aroma.
—Son las Madres quienes han de ser veneradas —dijo Malini—. Aquí, dentro de este templo, Su adoración supera todo lo demás.
Esperaba que las palabras resultasen bonitas y lo suficientemente políticas para disimular lo instintivo de su reacción, el deseo de decirle a Priya: “No, no pienso humillarte, así no”.
Priya asintió sin bajar la vista. Quizá lo había entendido. Quizá.
—Emperatriz —murmuró el sacerdote principal del templo—. ¿Me harías el honor de hablar conmigo a solas?
Los señores se crisparon un poco, pero no demasiado. Malini inclinó la cabeza. Se giró e hizo una reverencia ante el altar, y depositó la guirnalda ya terminada a los pies de las Madres. Luego volvió a enderezarse. Lata la siguió, siempre silenciosa.
El sacerdote principal guio a Malini y a Lata hasta un despacho, una estancia con altas ventanas y antiguos manuscritos encuadernados en seda y hojas de palma, dispuestos en anaqueles de piedra.
La estancia estaba tranquila y vacía, lo bastante alejada de la nave principal como para que Malini no oyese más que retazos leves de voces.
El sacerdote la contemplaba con aire precavido.
Antes de que empezase con los acostumbrados gestos de educación, como ofrecerle té o sorbete, que alargarían aquello hasta hacerlo interminable, Malini se sentó sobre los almohadones dispuestos en el suelo.
Lata se situó de pie junto a la puerta, las manos juntas sobre el regazo.
Lata no bloqueaba la puerta, por supuesto que no.
Pero era una medida disuasoria, un mensaje para el sacerdote: la emperatriz quiere que te quedes aquí.
A juzgar por el silencio y la inmovilidad del sacerdote, Malini estuvo segura de haberlo comprendido todo. Esperó a que tomase asiento, cosa que no tardó en hacer.
—Estoy segura de que habrás oído que el gran príncipe se ha aliado con mi hermano en Harsinghar —comenzó Malini sin más preámbulos—.
Que los soldados de Harsinghar han traído lo que parece ser un fuego mágico bendecido por las Madres y que lo han desatado sobre mis hombres.
Uno de ellos, un sacerdote parijati, lo lanzó directamente sobre mí.
Una pausa. No hubo reacción alguna por parte del sacerdote. Ni un asentimiento, ni una negación con la cabeza. Se limitó a contemplarla con ojos bien abiertos, sin parpadear, como si contemplase un milagro que pudiese desvanecerse al instante. Malini prosiguió:
—Podría haber muerto cuando cayeron los fuegos, pero me salvó un hombre. Otro sacerdote. Un sacerdote de la Madre sin rostro. Uno de tus sacerdotes.
Una vez más, silencio.
—Deberías decir algo —dijo Malini—. No pienso irme hasta que hayamos sido sinceros el uno con la otra.
La mirada del hombre flaqueó.
—¿Cómo sabes que era uno de mis sacerdotes? —preguntó al cabo.
—Llevaba el pelo como un sacerdote —respondió Malini—. Tenía una marca de ceniza. Pero no era parijati, y, además, llevaba tatuados en las muñecas los muchos nombres de las Madres. Al igual que tú.
—Examinaste el cadáver. —La voz del sacerdote era indescifrable.
—Con todo respeto, sí —replicó Malini—. Te lo devolveré si así lo deseas. Si no, lo incineraremos.
—No queríamos que ese hombre muriese —dijo el sacerdote, demorándose en cada palabra—, sino que te pasase discretamente un mensaje.
Una pausa cautelosa.
—Es difícil acercarse a ti con sutileza, emperatriz.
“No habría sido tan difícil si hubieseis mandado a una criada, a una mujer”. Pero estaba claro que ni se les había ocurrido.
—Bueno, pues ahora estoy aquí, delante de ti.
Dispuesta a escuchar. ¿Cuál es ese mensaje que tienes para mí?
—El sacerdote tragó saliva con una pausa y Malini abarcó la estancia con un gesto.
Todo estaba vacío, la única que los contemplaba era Lata.
Las antorchas tremolaban—. No tendrás una oportunidad mejor.
Volvió a tragar saliva. Y otra vez.
—El emperador Chandra quiere acabar con tu vida —dijo el sacerdote. Medía cada palabra con sumo cuidado—. No es ningún secreto.
Malini asintió.
—Tal y como has aprendido, como has visto, toda vida posee gran valor. Y tú perteneces al linaje de Divyanshi.
Malini aguardó.
El sacerdote volvió a tragar saliva y Malini se inclinó a pensar que quizá sí que debió haber pedido que les sirvieran un refrigerio, aunque solo fuese para poner fin a aquel tic.
Bajo la luz del despacho, por más tenue que fuera, vio que el sacerdote tenía la piel empapada de sudor, un sudor que también volvía pringosa la marca de ceniza en su frente.
—Mi templo es pequeño, emperatriz. No somos muy relevantes. —“Y no queremos serlo”, implicaba aquel tono de voz—. Somos sacerdotes de proximidad, ¿comprendes?
—Tu mensaje proviene de otra persona —replicó ella en tono ecuánime. Él asintió—. Estáis cerca del asedio, pero no demasiado. Cerca, pero no servís a ningún señor.
Otro asentimiento, con lo que Malini concluyó:
—En ese caso, tu mensaje ha de venir de algún sacerdote de bastante poder.
—Hay alguien que querría establecer una alianza contigo, emperatriz. Si así lo deseas.
—¿Quién?
El sacerdote negó con la cabeza.
—Según tenía entendido —dijo Malini—, Chandra cuenta con el apoyo del sacerdocio al completo.
Os ha dado un estatus superior al de los reyes y príncipes de Parijatdvipa.
Ese amigo tan poderoso tuyo comprenderá que yo no puedo hacer lo mismo cuando llegue al trono.
Y, sin embargo, un sacerdote ha muerto por mí. Ayúdame a entender por qué.
—Los sacerdotes de las Madres no están del todo cohesionados.
Y tampoco compartimos una doctrina común sobre lo que está bien y lo que está mal.
Lo que sí compartimos es el deseo de hacer el bien.
De recorrer una senda recta. Hay quien piensa que el emperador Chandra…
, tu hermano…, representa el camino recto.
Y otros que te han visto, emperatriz, y depositan sus esperanzas en ti.
Hermosas palabras, si bien Malini no estaba segura de poder creer que nadie del sacerdocio estuviese dispuesto a rechazar el poder que les había otorgado Chandra.
Así pues, esperó, para que el sacerdote siguiese sudando y sintiendo el peso de sus ojos sobre él.
Que aquellas palabras le pesasen en los pulmones, en los labios.
—No todos nosotros hemos ganado relevancia con el emperador Chandra —añadió el sacerdote.
Cierto. Pero no del todo. Tantos secretos, la sensación de que se trataba de un juego cuyo alcance no alcanzaba a comprender del todo, le dieron dentera.
—¿Cómo puedo confiar en ti como aliado si apenas compartes nada conmigo?
—Te salvamos la vida, emperatriz —dijo el sacerdote—. Uno de los nuestros se sacrificó para salvarte.