Capítulo Dieciocho
MALINI
—B asta —dijo Malini—. No hay necesidad ni tiempo de discu tir el tema, Mahesh.
—Emperatriz —dijo con modos ásperos, desaprobadores, mientras Swati les servía el desayuno: dosas finas y crujientes con chutneys de vibrantes tonos verde y naranja, todo ello acompañado de un té dolorosamente caliente.
En cuanto lo sirvió, se apresuró a dejarlos—.
Hay razones de sobra para discutirlo. Los nobles de alta cuna empiezan a hablar entre ellos y si no actúas…
—Discute conmigo la distribución de suministros y armas —interrumpió Malini—. Dime qué has averiguado del bastión tras reconocer el terreno. Pero esto…, de esto no hay necesidad. Soy yo quien la ha mandado llamar. Tiene valor para mí y para nuestro asedio. Con eso debería bastar.
—Lo que me preocupa no es el valor de una mujer en la guerra —dijo Mahesh—, sino el lugar que ocupará Ahiranya en esta campaña y en tu imperio.
Reconocemos que has firmado la paz con las nuevas líderes de Ahiranya.
Pero no hay hombre en Parijatdvipa que no vea a los ahiranyis con escepticismo.
Mis hombres dicen que son brujos. Monstruos.
No hay un solo señor que vaya a reconocer a esa mujer como una igual.
Su sangre, la historia de su país, la magia que emplea…
Dejó escapar el aire y negó con la cabeza.
—Estás navegando por aguas peligrosas —advirtió Mahesh, como si no lo hubiese hecho ya antes—. Hay hombres que dirán que te están utilizando.
Y eso que Malini se había reunido con Priya a solas. Se había reunido con ella sin nobles que las mirasen, sin que nadie juzgase lo que pasaba entre ellas, sin nadie que midiese quién ostentaba el auténtico poder: la bruja ahiranyi o la emperatriz parijatdvipana sin trono.
—Los ahiranyis fueron vitales para mi huida de la prisión que mi hermano Chandra había dispuesto para mí —dijo Malini—. Pero eso no los convierte en mis dueños.
—No pretendía decir lo contrario —dijo Mahesh con tono ofendido.
“Claro que lo pretendías”, pensó Malini.
Por más que le irritaran sus palabras, Mahesh se equivocaba.
La presencia de Priya había resonado por todo el campamento y dejado cuchicheos asqueados a su paso.
En Parijatdvipa jamás se confiaría en una ahiranyi.
El pasado tenía un peso considerable. Malini lo había sabido, incluso cuando escribió aquella carta a Bhumika y a Priya, incluso cuando se la puso en las manos a Yogesh.
Pero había riesgos que valía la pena correr.
Malini le dio un sorbo al té y paseó la vista por la estancia.
Swati deambulaba por el fondo, a la espera, obediente.
Había cuatro oficiales militares sentados algo apartados, escribiendo.
El rasgueo de la tinta sobre el papel era un susurro en el aire.
Los oficiales dejaban registro de la reunión y preparaban respuestas para las preguntas más imperiosas sobre distribución de suministros y armas, según se necesitasen.
Deepa, sentada junto a los cuatro, inspeccionaba sus papeles con un leve fruncimiento de ceño.
Había venido con su padre, con la cabeza agachada, intentando pasar desapercibida ante la rabia de Mahesh.
Sin embargo, Malini daba gracias por aquella ira. Le daba una oportunidad.
—Siguiendo tu consejo, me aseguraré de que la mayor Priya demuestre su lealtad a Parijatdvipa y a mi gobierno —dijo Malini—. Dado que está claro que no ha sido suficiente que se postrase a mis pies delante de todos.
—Todo el mundo se postra a tus pies, emperatriz.
—Pues sí —convino Malini—. Pero nunca antes se había postrado ningún mayor de los ahiranyis en reverencia ante las Madres de las llamas.
Hubo un latido de silencio. Mahesh le lanzó una mirada aguda.
—Ah…, emperatriz. Si me permites que sea franco, ningún templo de las Madres de las llamas permitirá que un sacerdote ahiranyi cruce sus puertas —dijo uno de los oficiales en tono tentativo, con la vista gacha.
Parecía incómodo y claramente tuvo que obligarse a sí mismo a continuar—.
Porque… eh… no sería posible… que la mayor afirmase su lealtad a Parijatdvipa en un templo.
—¿Acaso consideras que los templos a la Madre sin rostro no son templos verdaderos? —preguntó Malini con una ceja alzada.
—Lo son… —El oficial dejó morir la voz y, al cabo, dijo en tono impotente—. Por supuesto, se hará lo que diga la emperatriz.
—Hay un templo a la Madre sin rostro en las tierras del príncipe inferior Kunal, ¿cierto?
Otro susurro de papeles.
—Sí, emperatriz.
—Pues iremos allí.
—Ese templo…, no es…
—No es ideal —convino Malini—. No es del todo puro. Pero complacerá a los soldados saketanos.
El Señor Mahesh no dijo nada.
—Creo que con esto bastará, Mahesh —dijo Malini.
—No, emperatriz, no bastará —repuso Mahesh con tono lúgubre—. Pero si insistes en pasar a otros asuntos, que así sea.
El carruaje que habían preparado para el viaje de Malini hasta el templo era enorme.
Lo arrastraban dos caballos rápidos y tenía suficiente espacio en el interior cubierto tanto para Lata como para Priya.
Sin embargo, Lata no tardó en decantarse por viajar con Sima, con lo cual Priya y Malini se quedaron solas.
Rati, Raziya y Deepa se quedaron en el campamento.
Ambas tomaron asiento. Priya volvía el rostro ligeramente y apretaba las manos sobre el regazo. Pretendía componer una estampa respetuosa, pero a Malini le daban ganas de agarrar su rostro entre las manos. Girarle la cabeza. “Mírame”.
Qué estupidez.
Malini esperó hasta que se pusieron en movimiento. El carruaje se estremeció. Los nobles de alta cuna y soldados que las acompañaban emitían un traqueteo de ruedas y cascos al otro lado de la tela y marfil tallado de las paredes del carruaje.
—Te he echado de menos —murmuró Malini. Fue como dejar descansar por fin un músculo exhausto. Había pasado tanto tiempo controlándose que decir por fin algo sincero resultó un completo alivio—. Te he echado mucho de menos, Priya. Estoy muy contenta de que hayas venido.
—Te dije que acudiría si me lo pedías —respondió Priya de inmediato.
Aún tenía la cabeza inclinada, pero se giró un poco al oír la voz de Malini.
Malini recorrió con la vista el contorno de la mandíbula de Priya, siguió la dirección en la que apuntaban sus ojos y comprobó que Priya la miraba a ella; miraba el lugar donde las ropas de ambas casi se tocaban, en que las piernas se acercaban la una a la otra.
Un leve movimiento y sus rodillas se apretarían juntas.
¿Notaría templada la piel de Priya, a través de las telas que las separaban?
—Y me alegro de que me hayas llamado —prosiguió—, aunque también…
Se detuvo, y en lugar de seguir con el hilo de sus pensamientos, dijo:
—Me guardé tu carta. La primera. ¿De verdad has leído los Mantras de corteza de abedul por mí?
—Por ti y por mí —susurró Malini—. Sabes que me gusta el conocimiento.
—Sí que lo sé.
—Priya —Malini se inclinó hacia adelante. Las telas se mezclaron y las rodillas se rozaron—. ¿Por qué no me miras?
Un latido de silencio desprovisto de aliento. Malini vio que la boca de Priya se curvaba en una sonrisa.
—Porque quiero besarte —dijo Priya con la voz algo ronca—. Y sé que no puedo. Y menos ahora, con…
Hizo un gesto hacia la cortina para recordarle a Malini que todos los señores de alta cuna estaban al otro lado.
—Probablemente sí que puedas, si lo haces rápido —la chinchó Malini.
Priya alzó por fin la cabeza. Allí estaban esos ojos brillantes, esas pestañas doradas que los hacían brillar aún más, esa nariz torcida y esa sonrisa ligera que se ensanchaba. Esa piel que, en su día, Malini sintió en sus propias manos, cálida y sedosa.
—¿Es una broma? —Priya sonaba encantada—. ¿Está bromeando conmigo la emperatriz de Parijatdvipa?
—Me gustaría pensar que lo que hago es coquetear contigo —respondió Malini, que sintió que su propio corazón se ablandaba ante la respuesta—. O quizá te estoy retando. Pero puedes considerarlo una broma si quieres.
La sonrisa se desvaneció de los labios de Priya. Sin embargo, aún tenía los ojos brillantes, lo bastante fieros como para que a Malini se le cortase la respiración.
—No creo que te vayas a contentar con un breve beso por mi parte —susurró Priya—. Ni yo tampoco.
—Quizá deberíamos mirar cada una a un lado —murmuró Malini, y Priya se volvió a reír.
—Quizá —convino. Giró la cabeza hacia un extremo del palanquín, aunque siguió con la mirada clavada en Malini. Una mirada firme y suave, muy suave.
“Me gustaría besarte”, pensó Malini. Le dolía la garganta. “Te besaría una y otra vez. Pero no es eso lo que necesito de ti. No es esa la rendición que necesito de ti. Hoy no”.
Claramente, el templo se había preparado para recibirlas a pesar de la poca antelación con la que habían avisado.
Había lámparas de aceite dispuestas en los escalones de la entrada formando grandes espirales de luz.
Las columnas estaban festoneadas de guirnaldas de tidestromias.
Las abejas zumbaban alrededor, mantenidas a raya gracias a nubes de incienso que ascendían de varitas encendidas colocadas en huecos entre columnas.
Las esperaba un pequeño comité de bienvenida formado por sacerdotes que se inclinaron cuando Malini asomó del palanquín.
Tras ella oyó el repiqueteo de los cascos y relinchos de caballos, así como el rasposo sonido de las ruedas del carruaje al girar.
Apretó los dientes. Quizá, cuando volviese al campamento, debería decirles a sus oficiales que dedicasen parte de sus fondos a adquirir aceite para esas ruedas.
Estaba claro que no las cuidaban como era debido.
No esperó a que salieran Priya, Lata ni Sima.
Sabía que cualquiera de sus señores aprovecharía la oportunidad para saludar oficialmente a los sacerdotes por sí mismo si se lo permitía.
Así pues, avanzó y se sacó las babuchas doradas de los pies, sujetó el borde del sari con dos dedos y subió las escaleras del templo.
Los sacerdotes se apresuraron a hacer una reverencia.
Uno de ellos, algo más joven que el resto, sudaba visiblemente.
Malini se detuvo ante este último.
—He de hablar con el sacerdote a cargo —dijo Malini.
Oyó pasos tras ella. Tres pares de pasos, demasiado ligeros como para pertenecer a hombres armados.
Las sombras de Priya, Sima y Lata se mezclaron con la suya sobre los escalones de mármol.