La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Diecisiete #3
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Capítulo Diecisiete #3

—Así es —dijo Malini—. Te he mandado llamar porque me encuentro en una posición inestable. Porque necesito a alguien en quien confiar. Y porque… —Se detuvo y luego dijo con cuidado—: Y porque tú eres tú. Para mí.

Priya sintió una punzada. “Ah, Malini”.

—Pero vas a tener que confiar en mí, Priya —prosiguió Malini—. Tendrás que hacer lo que te diga que hagas, y tendrás que confiar en que no quiero perjudicar los intereses de tu pueblo. Que, cuando todo esto acabe, tendréis lo que os he prometido. Y que quiero darte… lo que te pertenece por derecho.

Hubo un leve temblor en sus palabras, como si se hubiese tropezado, antes de concluir:

—¿Podrás obedecerme?

¿Qué era lo que pertenecía a Priya por derecho?

“¿Me perteneces tú por derecho? ¿Puedo quedarme contigo?”

—¿Les pides obediencia a todos los reyes que te sirven?

—No de forma tan directa —dijo Malini—. Con ellos tengo que caer en jueguecitos y sutilezas necesarias. Firmo pactos, negocio con ellos. Los halago y reparto poder, tal y como se requiere. Pero tú no eres ninguno de ellos. Por eso te lo pregunto.

—¿Me creerás si te digo que sí? —preguntó Priya.

—Ya has depositado antes tu vida en mis manos —dijo Malini a media voz—. Los pactos que hemos hecho entre las dos siempre se han cumplido. Volveré a confiar en ti, como siempre he hecho, como siempre haré.

—No digas esas cosas —dijo Priya con voz más diminuta de lo que habría querido.

Malini dio el silencio por respuesta. Presentaba una estampa imponente, elegante e intocable, vestida con aquel sari verde, la corona de flores y unos ojos que atravesaban el corazón de Priya.

“No tenía que ser así”, pensó Priya. Tuvo el absurdo impulso de alargar la mano y desenrollar los cabellos de Malini, de recorrerle las cejas y la boca con la punta de los dedos.

De sentir el tacto de su piel, de tocarla.

Quizás así Malini se volvería real. Quizás así volvieran a quedar entrelazadas la una a la otra.

—Ojalá… —empezó a decir Malini.

Y luego se reprimió, casi visiblemente. Su cuerpo se meció apenas un poco. Un aleteo en sus párpados. Como si ella también sintiese la necesidad de acercarse a ella. La necesidad de tocarla. La necesidad de decir “Estás aquí, estás aquí y yo también, por fin”.

Priya tragó saliva y se recompuso. Echó los hombros atrás y se enderezó, estabilizando los pies en el suelo. Si Malini era capaz de llevar una máscara, ella también lo sería.

—Emperatriz —dijo. Más alto y claro, para los ojos y oídos de los hombres que las rodeaban—. Ahiranya te es leal. Nada de eso ha cambiado.

Malini también se enderezó. Hizo una inclinación de cabeza.

—Me alegro, mayor Priya —dijo—. Me alegro mucho.

Priya se esforzó tanto como Sima por darse a sí misma un aspecto presentable.

Un salwar kameez de estilo alorano que era más adecuado para viajar a caballo, con el chunni pulcramente anudado en la cintura.

Priya llevaba el pelo recogido en una larga trenza que Sima había compuesto a toda prisa con una paranda con borlas.

Al final, Priya se sentía más o menos presentable. Tendría que bastar.

Fueron a reunirse con el ejército.

Al entrar en el campamento propiamente dicho, Priya intentó no sentirse abrumada ante el tamaño de la escena: una multitud de soldados apiñados se paseaba en brillante armadura.

El gran bastión-laberinto de Saketa se alzaba a lo lejos sobre todos ellos, austero, construido con piedras oscuras.

Las tiendas endoseladas, los elefantes, las armas.

Los nobles de alta cuna esperaban. Sus ojos fríos y alerta. El modo en que miraban a Priya, que avanzó a caballo y desmontó. Aterrizó en el suelo y la trenza le dio un latigazo.

“Que me miren”. Era una mayor del templo. Tenía más poder en los huesos que cualquiera de ellos en sus títulos.

Priya avanzó. A la espera, bajo un dosel de oro, sobre una tarima que saltaba a la vista que hacía las veces de trono, se sentaba Malini.

La emperatriz Malini en toda su gloria, con las piernas cruzadas y las manos en las rodillas.

La suavidad había desaparecido de su semblante.

Lo que quedaba era duro y hermoso, tan amargamente afilado como una hoja.

“Quería que lo vieras”.

Malini le había enseñado un poco de aquella máscara: los filos que convertían a una mujer en emperatriz. Y allí, en aquel momento, estaba el resto.

Yogesh fue el primero en dar un paso al frente. Con voz clara anunció a Priya, mayor del templo de Ahiranya.

—Adelántate —declaró otro oficial, y repitió las palabras de Yogesh tanto en dvipano como en el lenguaje común zabano—, y presenta tus respetos.

“Eres la representante de Ahiranya”, se dijo Priya a sí misma. “Piensa en lo que haría Bhumika e intenta hacerlo tú. No lo eches a perder”.

Dio un paso al frente. Hizo una pronunciada reverencia. Más incluso que la última vez. “Soy sirviente de Parijatdvipa”, decía cada centímetro de su cuerpo. “Soy leal. Estoy aquí por ti, y te obedeceré”.

—Bienvenida, mayor —dijo Malini—. Te doy la bienvenida a Saketa.

Con la luz del sol a su espalda, Malini parecía una extraña.

Y así, supuso Priya, era como tenía que transcurrir todo.

—Emperatriz —dijo—. Es un honor.