La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

—Priya. —Bhumika se arrodillaba en las aguas. Tres ríos fluían a su alrededor. Sonreía, pero era una sonrisa fija, nivelada, que se le antojó extraña en aquella sombra que tenía por rostro—. Por fin has llegado.

—¿Te había preocupado? Por supuesto que sí. Lo siento. No podía alcanzarte y… —Se encogió de hombros, embargada por el alivio—. Para serte sincera, Bhumika, no sé cuándo podré regresar aquí, de modo que déjame contarte todo lo que pueda.

Le habló del viaje, de la podredumbre, del miedo en los ojos de Yogesh, de sus piedras de oración, de sus hombres siempre vigilantes. La extrañeza de sentirse lejana y desconectada del poder que había poseído en Ahiranya. Bhumika escuchó sin pronunciar palabra, inmóvil, fija.

—¿Por qué sigues sonriendo? —preguntó Priya al cabo—. ¿Acaso te alegras de que me haya ido? ¿No estabas preocupada? Voy a empezar a sentirme insultada.

—Es que me alegro de verte —respondió Bhumika—. Ha pasado demasiado tiempo. Estaba preocupada.

—¿Va todo bien en Hiranaprastha? —preguntó Priya—. ¿Todo bien con Padma… y con Rukh?

Bhumika inclinó la cabeza.

—Todos están bien —respondió—. Todo está como debe estar.

Bhumika alargó la mano y tocó el rostro de Priya, una sombra que cayó sobre su mejilla.

—Regresa —dijo Bhumika—. Volveremos a vernos pronto.

—Quizá no —repuso Priya en tono apremiante—. ¿Es que no lo entiendes, Bhumika? Puede… puede que no logre alcanzarte en cualquier momento. Si mandas un mensajero, quizá tarde semanas. Pero si hay algo importante, lo enviarás, ¿verdad? ¿Enviarás un mensajero si no puedes llegar hasta mí aquí?

La sombra de la boca de Bhumika… La forma de sus dientes…

—Por supuesto —dijo Bhumika—. Te encontraré cuando te necesite. Te lo prometo. No te preocupes, no malgastes fuerzas en llamarme en el sangam. Céntrate en lo que te aguarda en el camino.

—Pero…

—Haz lo que te digo, Priya —zanjó Bhumika. Hablaba con voz amable, pero sus palabras eran una orden—. Y ahora, vete.

Priya regresó a su cuerpo. Contempló la oscuridad con la respiración alterada. Tenía una sensación extraña, inestable, como si algo no fuese bien, como si algo extraño se aferrase a los confines de su conciencia.

Y al cabo se quedó dormida.

A la mañana siguiente, desayunó y se subió al caballo. Para entonces, aquella sensación extraña se había desvanecido como si solo hubiera sido un mal sueño.

Los estandartes del campamento del ejército aparecieron en el horizonte. Todos brillaban con el color blanco y dorado del imperio parijatdvipano, y resplandecían a la luz del ocaso.

A pesar del hecho de que habían tardado semanas en llegar, Yogesh insistió en detenerse y acampar para pasar la noche.

—Yo creo que deberíamos proseguir —dijo Priya, en un intento de imitar la autoridad carente de esfuerzo de Bhumika. No pareció salirle muy bien: los hombres no le hicieron caso y empezaron a montar el campamento—. Casi hemos llegado. La emperatriz nos espera.

—Será mejor que hagamos una pausa aquí —propuso Yogesh con una incomodidad exquisita, mirando a cualquier parte menos directamente a ella—. La noche casi ha caído, mayor.

—Razón de más para llegar al campamento de la emperatriz —replicó Priya.

—No, no —repuso Yogesh mientras se retorcía las manos—. Así tendrás tiempo para prepararte, mayor. Pareces… algo desarreglada.

—La verdad es que hueles un poco —murmuró Sima cuando estuvieron a solas.

—¡Y tú también! —se quejó Priya.

—Pero yo no soy la representante de Ahiranya —señaló ella—. Tú sí. Yo solo soy una criada.

—Podría decir que eres mi guardaespaldas —dijo Priya.

Hubo un silencio incrédulo por parte de Sima.

—Si me saliese bien imitar a la mayor Bhumika, ahora mismo arquearía la ceja. Lo sabes, ¿verdad? —dijo Sima—. Te juzgaría con la mirada, eso haría.

—Bueno, en todo caso, no eres solo una criada. Y desde luego no eres mi criada. ¿No se trata de eso? Por eso me acompañas. Tú también eres representante de Ahiranya. —Priya se encogió de hombros—. Quizá con eso baste.

—Sabes que los nobles no lo verán así —objetó Sima—. Necesitan ponerle nombre a todo. Les gusta que todas las cosas y personas ocupen su lugar.

Por supuesto, Sima tenía razón.

—Consejera —dijo Priya, tras un latido—. Serás mi consejera.

—Consejera —repitió Sima. Sonaba reticente.

—Para los parijatdvipanos será algo más que “amiga que me ayuda a matar soldados parijatis”.

—Está bien —dijo Sima—. Pues consejera habrá de ser. Y ahora, Pri, ve a lavarte y deja a tu consejera en paz.

Priya acabó de bañarse, con un paño y un cubo colocados detrás de una sábana puesta de cualquier manera, y Sima montando guardia. Oyó unos pasos apresurados.

—Priya —llamó Nitin, y se corrigió enseguida—. Mayor Priya. Tienes que salir. Está aquí. La emperatriz está aquí.

El corazón le dio un extraño vuelco. Desde el otro lado de la sábana, Sima se giró y la miró con ojos desorbitados.

—Saldré en un momento —dijo Priya.

Tenía el sari un poco mojado. La piel le resplandecía levemente a causa del agua. Salió y se puso un chal sobre los hombros para ocultar la peor parte de la estampa que presentaba. Un carruaje se detuvo ante la tienda. Varios soldados desmontaron.

Los soldados se echaron a un lado. Se abrió una sombrilla ribeteada con cuentas de plata que brillaron al tiempo que el armatoste ensombrecía a la figura que bajó del carruaje para protegerla de la luz menguante del sol.

Malini.

No estaba tan delgada como antes. Y el pelo, que siempre llevaba anudado y rizado en la época en que Priya la había conocido, estaba trenzado con esmero y recogido en un moño en la parte superior de la cabeza.

Sin embargo, el rostro era el mismo: los mismos ojos grises oscuros, casi negros.

Las severas cejas. La plenitud de aquellos labios que casi, pero no del todo, esbozaban una sonrisa.

—Emperatriz —murmuró Yogesh, e hizo una pronunciada reverencia. Sus hombres lo imitaron.

Los hombres de Jeevan, que rodeaban a Priya, vacilaron. Sin embargo, en cuanto Priya hizo una reverencia, ellos la imitaron.

Priya alzó la cabeza. Malini la contemplaba.

En su día, aquella expresión le habría resultado indescifrable, una máscara vacía, toda perfección e inmovilidad.

Sin embargo, había llegado a conocer el rostro de Malini.

Había llegado a contemplar cada uno de los aleteos de aquellos párpados, cada aliento que salía de aquellos labios.

Había aprendido sus movimientos como si de un lenguaje se tratase.

Bajo la sombrilla, los ojos oscuros de Malini absorbían cada detalle de la forma de Priya: la piel húmeda; el pliegue del sari en la cintura; el pelo suelto, echado sobre un hombro.

Su rostro. Malini no miraba a nada ni a nadie más.

Solo a Priya, con los labios algo separados y los ojos más abiertos de lo normal.

Malini también la había echado de menos.

—Mayor Priya —dijo Malini—. He venido a hablar contigo. Si pudiéramos contar con algo de intimidad…

—Por supuesto, emperatriz.

Priya les hizo un gesto con la cabeza a los hombres y a Sima, quienes a su vez repitieron el gesto y se alejaron. Yogesh negó con la cabeza y murmuró algo.

—No habrá necesidad de dejar constancia formal de esta conversación —replicó Malini.

—Emperatriz —protestó Yogesh.

Malini hizo el más leve gesto con la cabeza. Yogesh tragó saliva, hizo una reverencia y se alejó junto con los demás hombres.

Priya miró a Malini. No hizo más que mirarla. El carruaje a su espalda estaba bañado en oro y plata. Ella llevaba flores en el pelo, joyas y marfil tallados para parecer flores. Tierra y hueso.

—Siento presentarme de forma tan repentina, sin avisar —se disculpó Malini al cabo de un instante—. De haber dado aviso, mis cortesanas me habrían seguido. Y quería…

Malini dejó las palabras morir en el aire, pero Priya lo entendió.

—Nos siguen mirando —dijo con voz queda.

—Lo sé —dijo Malini—. Pero un mínimo de intimidad es mejor que nada.

“Malini”, quiso decir Priya. Quiso darle forma a aquel nombre con la boca. Dio un paso al frente. Apenas un paso. Pero Malini negó con la cabeza con gesto sutil, y Priya no avanzó más.

—Quería que lo vieras —murmuró Malini—. Antes de presentarme ante ti con todos mis hombres. Quería que vieras lo que soy ahora.

Priya fue capaz de dar un aliento.

—La verdad es que pareces una emperatriz.

—Y tú… tú pareces una mayor de Ahiranya —dijo Malini.

Priya no pudo evitar echarse a reír. Casi sin sonido, casi sin aliento, como si el sonido no quisiese salir de ella.

—Estoy hecha un desastre —dijo.

—No. Pareces…

—¿Qué?

—Más viva de lo que recuerdo —respondió Malini en voz baja—. No creía que fuese posible. Pero aquí estamos, Priya. ¿Te encuentras bien? ¿Eres feliz?

“Me hace feliz verte”, estuvo a punto de decir Priya. Pero no era cierto. Ver a Malini la hacía sentir como si tuviese algo frágil en el pecho. Algo que podría marchitarse o florecer con solo una palabra, con apenas un roce.

—Pues… sí. ¿Y tú? —Malini sonrió como respuesta. Labios apretados—. Así que no.

—Sí, lo soy. Pero, Priya… —Una vacilación—. A ojos de mis hombres, Ahiranya aún no es libre. Ahiranya sigue siendo súbdita mía. No serás… bien recibida.

Aquella fragilidad que sentía en el pecho se astilló, apenas un poco. Las palabras de Malini le recordaron que había mucho más en juego que los dulces sentimientos que albergase hacia Malini, que los de Malini hacia ella. Entre ellas se abría un abismo compuesto de políticas, guerra e historia.

—Has sido tú quien me ha mandado llamar —señaló Priya.