La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

PRIYA

La primera impresión de Priya fue que Yogesh siempre estaba nervioso.

Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que lo que lo ponía nervioso era ella.

Mientras cabalgaban por los serpenteantes caminos y sendas enfangadas que llevaban hasta Saketa, Priya vio que Yogesh no dejaba de toquetear las piedras de oración que llevaba al cuello.

Agarraba una piedra tras otra entre los dedos y murmuraban los nombres de las Madres de las llamas para sí.

Como si eso le proporcionase la fuerza necesaria para mantener a raya la monstruosidad que era Priya.

En otras circunstancias, algo así la habría irritado. Sin embargo, estaba demasiado preocupada como para pensar mucho en Yogesh.

—No consigo alcanzar a Bhumika —le confió a Sima la primera noche de viaje.

—¿Qué quieres decir?

—Que no puedo…, ya sabes. —Hizo un gesto vago que pretendía resumir todo lo que era el sangam sin hablar de ello delante de desconocidos parijatdvipanos—. Pero no sé por qué.

Sima la miró con ojos desorbitados. Al igual que Priya, ella también comprendía cuán grave era que no pudiese alcanzar Ahiranya.

—Podemos decirle a alguno de nuestros hombres que regrese —dijo, aunque no contaban con muchos—. Karan, quizá. O Nitin.

No podían permitirse reducir aún más su séquito. Ya presentaban un grupo lastimero: apenas un puñado de soldados ahiranyis, Sima con apenas un sencillo sari y un arco, y Priya, vestida con ropas blancas de mayor del templo. Ropas que habían acabado varias veces cubiertas de polvo.

No había pensado que fuese a necesitar un modo alternativo de contactar con Bhumika.

Sintió una punzada de dolor al dejar a todos atrás, pero había pensado que, de algún modo, sería como tantas otras ocasiones en que había viajado por Ahiranya para encargarse de la podredumbre.

Difícil, por supuesto, y solitario. Pero Bhumika estaría a su alcance, esperándola en el sangam.

Esperando para aconsejarla, regañarla o prevenirla de hacer algo que cubriese de mierda a todos los que le importaban.

Sin embargo, Priya estaba sola en aquel viaje.

—Karan —dijo a regañadientes—. Podemos enviarlo a él.

—Seguro que todo va bien, Pri —dijo Sima—. Tu hermana también enviará a alguien a buscarnos en cuanto se dé cuenta de que no puede hablar contigo.

“¿Y si no manda a nadie?”, pensó Priya. “¿Y si ha sucedido algo?”

Contempló la senda que tenía a su espalda. El polvo del camino y los árboles marchitos. Ahiranya estaba ya tan lejos que ni siquiera se veía el Hirana.

—Podríamos regresar —propuso Sima tras un instante.

Priya tragó saliva, con sentimientos encontrados.

—Esperemos un día más —dijo—. Puede que Bhumika envíe a alguien, o puede que no. Luego…

No pudo seguir. La preocupación se acumulaba, fría, en su vientre.

—Alguien vendrá —afirmó Sima.

Ah, espíritus, ¿cuánto tardaría un jinete rápido en llegar hasta ellas desde Ahiranya si no dejaban de avanzar? ¿Podría alcanzarlos? ¿Cuánto debería esperar antes de dar media vuelta?

—Unos cuantos días más —se corrigió, refugiándose en la falta de concreción. Cuando ya no pudiese soportar la preocupación, bueno…, sería la propia preocupación la que tomase la decisión por ella.

El dolor y el agotamiento no tardaron en distraerla.

Priya no tenía talento para cabalgar. Jeevan había insistido en darle un puñado de lecciones, así como algún que otro consejo a la hora de manejar la hoz y el sable.

Sin embargo, cuando se tumbaron a descansar por la noche descubrió que le dolía todo el cuerpo.

A pesar de la preocupación que sentía, durmió profundamente y sin sueños.

Hasta la mañana no se dio cuenta de por qué había tardado tan poco en dormirse.

Ya no oía el verdor.

Nada de sangam, nada de verdor. La intranquilidad aumentó en su interior, arraigó en sus entrañas, le paralizó los pulmones. No podía seguir fingiendo que todo iba bien.

Quizá todos estaban a salvo en Ahiranya.

Quizás el problema era Priya: su magia la abandonaba tan rápido como agua que se derramase de una olla agrietada.

Quizá carecía de fuerza más allá de las fronteras de Ahiranya, lejos del resplandor azul de las aguas inmortales que le habían otorgado sus dones.

Sin embargo, no era así como los Mantras de corteza de abedul decían que funcionaba. Los mayores de antaño habían poseído poderes allá donde iban. Con aquella magia habían conquistado el subcontinente junto con los yaksas en la Era de las Flores.

“Yo no soy una mayor de antaño”, se recordó Priya a sí misma con un nudo en el estómago. Enterró el rostro entre las manos. “Soy otra cosa. Y quizá todo esto ha sido un terrible error”.

Estaba lista para despertar a Sima y decirle que tenían que dar media vuelta cuando, de pronto, sintió que algo la atravesaba.

Algo afilado, verde, un proyectil que le recorrió la sangre con un zumbido que se instaló en la parte de atrás de su cabeza.

Se puso en pie de golpe y salió a trompicones de la tienda.

A su alrededor, el campamento empezaba a despertar poco a poco.

Los guardias echaron mano a las armas por puro reflejo.

—Hay algo —les dijo a todos—. Al otro lado de los árboles.

De inmediato, sus propios hombres echaron mano de las armas. Los soldados que acompañaban a Yogesh desenvainaron los sables. Priya se apresuró a negar con la cabeza.

—No, no —replicó—. No… no son enemigos ni bandidos. Mirad. No hay necesidad de usar armas… Dadme un momento…

—Priya —dijo Sima—. ¿Qué…?

—Siento algo —contestó Priya a toda velocidad, y echó a correr por aquel terreno polvoriento.

Se abrió paso por los árboles sin hacer caso de las protestas de Sima y los murmullos cautelosos de Yogesh.

Allí, la sensación aumentaba, se acercaba.

Unas ramas esbeltas se entrelazaban para formar arcos y redes a su alrededor.

El olor a hojas empapadas en savia y tierra mojada le colmó las narices en un primer momento; profundo, húmedo y brillante, para dar paso a continuación a algo más penetrante: descomposición.

Podredumbre.

Se detuvo. Algunos de los hombres la habían seguido y contemplaban en silencio la aldea que yacía escondida entre los árboles, en medio de un escueto claro.

Estaba claro que la habían abandonado. El verdor había devorado los edificios, las pequeñas casas de madera y piedra estaban ahogadas por raíces asfixiantes y arbustos preñados de flores.

Todos los árboles tenían un aspecto ligeramente extraño, de un modo que Priya había llegado a reconocer con facilidad.

Los troncos parecían casi… blandos. La madera parecía maleable.

En aquellos lugares donde la madera se había desprendido o bien la superficie se había astillado, el interior de los árboles parecía tener el color de la carne viva, cubierta de una capa grasa blanca.

Priya tragó saliva para contener las náuseas.

—No los toquéis —advirtió a los hombres.

—Mayor Priya —dijo Yogesh tras carraspear. Él mismo parecía bastante embargado por las náuseas—. No deberíamos… La emperatriz no querría que nadie se arriesgue. Podemos dejar que los aldeanos de la zona quemen estos árboles.

—¿Qué aldeanos? —preguntó Priya—. Aquí no queda nadie. Se han ido todos.

Los soldados de Yogesh emitieron soniditos intranquilos. No tardaron en retroceder y volver al camino. La dejaron sola con los árboles.

—Yo me quedo —dijo Sima con voz queda.

—Sima, no es…, no va a ser interesante.

—Alguien tendrá que echarte un ojo. —Se cruzó de brazos.

No tenía sentido discutir, y Priya no quería quedarse más de lo necesario allí, oliendo el hedor de la carne podrida.

Dio un paso al frente, y la llamada del verdor y de la vida agreste en su interior aumentó.

Sus brazos se volvieron más firmes, desprovistos de una debilidad que hasta entonces ni siquiera había percibido que estuviese allí.

Cerró los ojos. Intentó alcanzar… y, por fin, gracias fueran dadas, pudo alcanzar el verdor, que a su vez llegó hasta ella.

Se impulsó para atravesar el verdor, por el sangam, los ríos cósmicos y las aguas inmortales que corrían por su sangre…

y agarró la podredumbre. La congeló hasta inmovilizarla. Ya no crecería más.

Cuando volvió en sí, jadeaba, le costaba respirar. Sima la sostenía. Ambas estaban apoyadas en un árbol, aún solas. No debía de haber pasado mucho tiempo, pues.

—Te dije que necesitabas a alguien que te echase un ojo —dijo Sima con voz algo temblorosa.

Priya se las arregló para soltar una risa.

—Puede que tengas razón —admitió—. Vamos, más vale que regresemos.

Se irguieron y volvieron con los soldados. Los árboles que tenían a su espalda estaban más tranquilos. El suelo que las rodeaba casi había recuperado la vida y descansaba, reposado. El único olor que flotaba en el aire era el dulce aroma de la hierba fresca.

—¿Sabías que había podredumbre tan lejos de casa? —susurró Sima.

—No —susurró a su vez Priya. Aún sentía un zumbido y un cántico lejano en la sangre, preñado de la calidez del alivio. A fin de cuentas, no estaba rota.

Aun así, no sabía por qué había desaparecido su magia en un primer momento. Y eso la preocupaba.

Aquella noche, tumbada en una esterilla en el suelo junto a Sima, Priya trató de alcanzar a Bhumika una vez más.

Sintió como si aprendiera a caminar por un sendero conocido, pero con los ojos cerrados. Podía conseguirlo: sus pies conocían aquel terreno en concreto, las curvas y depresiones del camino. Sin embargo, hasta entonces siempre se había apoyado en sus ojos, y de pronto solo contaba con la piel.

Cerró los ojos, de verdad, no en sentido figurado, y dio una inspiración lenta y profunda.

Se hundió en su propia piel con gesto experto, nacido de la práctica, y buscó el sangam.

Si conseguía alcanzar a Bhumika, podría al menos decirle que se encontraba bien, tranquilizarla.

Y también tranquilizarse a sí misma al saber que todo el mundo estaba bien en Ahiranya.

Quizás así pudiera proseguir aquel viaje sin sentir miedo por lo que había dejado atrás.

Las aguas se abrieron a ella. Una oscuridad radiante. Olas que fluían a su alrededor, estrellas que caían del cielo y se arremolinaban a sus pies.