Capítulo Dieciséis #3
—Vosotros también podéis rezar si queréis —dijo Bhumika con tono amable.
Ganam miró a los demás guardamáscaras. Hubo un diálogo silencioso entre ellos.
—Creo que no es nuestro cometido —dijo.
—Vosotros no tardaréis en ser mayores —repuso Bhumika—. Le gente acudirá a vosotros para que recéis y adoréis juntos. —Cabeceó en dirección a las tumbas, ya cubiertas de tierra—. Creo que les gustará. Les gustará que les cantéis. Todos vosotros.
Sus voces reverberaron juntas, y juntas se alzaron al tiempo que el sol se alzaba en el cielo.
Khalida había preparado el baño para Bhumika sin que ella se lo hubiese pedido, lo cual supuso un alivio. Padma estaba cubierta por una misteriosa capa de mugre, así que Bhumika la metió consigo en el baño.
Se las arregló para calmar a Padma y distraerla con una historia sobre un ciervo mágico.
Aprovechó para enjabonar los cortos rizos de la niña; los suavizó hasta que no fueron más que oleosos bucles mientras imitaba el sonido de varios animales para entretener a su hija.
Luego enjuagó el pelo de Padma con cuidado de que no le cayese agua enjabonada en los ojos.
—Veamos —dijo, y alzó a Padma en brazos—. Esto era lo que querías, ¿verdad?
Sostuvo a Padma sobre la jofaina de agua. Padma esbozó una sonrisa radiante.
Bhumika pensó que el agua podía consumir, cambiar y matar; y también pensó en la dulce tranquilidad de sujetar a su hija en una pequeña jofaina y ver cómo chapoteaba con absoluta alegría. Bhumika también sonrió.
Padma dio un palmetazo sobre la superficie del agua y empapó el rostro inclinado de Bhumika. Durante medio segundo no pudo sino parpadear y resoplar. Y de pronto se echó a reír, y Padma también se rio, como un espejito gozoso, siempre maravillada ante su propio caos.
Una vez que hubo secado a Padma y la hubo dejado medio dormida en la cama, Bhumika se dio cuenta de que volvía a dolerle la cabeza.
Bañarse y echarse agua caliente por brazos y piernas había suavizado brevemente el dolor, pero no lo bastante.
Se masajeó las sienes con los dedos y soltó un suspiro.
Antes de que pudiera siquiera plantearse si quería otra infusión de tulsí, o quizás algo más efectivo, Khalida entró.
—Mi señora —dijo—. Tienes que vestirte.
Le tendió a Bhumika un pálido salwar kameez y esperó a que se vistiese para continuar:
—Te he preparado la cena. Iba a…
Khalida se detuvo, sin siquiera cerrar la boca. Miraba por la ventana.
Bhumika experimentó una repentina sensación de…
cambio. Como si el dolor de cabeza se hubiese apretado igual que una soga y hubiese retorcido el mundo.
Mareada como si se hubiese sumergido en aguas profundas y acabase de salir a la luz del sol, pero con agua en los pulmones. Oyó un pitido en los oídos.
No sin esfuerzo, siguió la mirada helada de Khalida.
Las flores de la ventana se habían retorcido. Movido. Los bordes de las enredaderas estaban más afilados, como cuchillos. Las flores habían adoptado un escandaloso y sangriento tono rojo.
Tardó un instante más en darse cuenta de que alguien había hecho sonar la caracola de advertencia.
Agarró a Padma y salió de sus aposentos junto con Khalida. Cruzaron un corredor tras otro. Salieron al patio junto a la torre vigía de las murallas.
—Mi se… ¡Mayor! —El soldado, uno de los reclutas de más edad de Jeevan, tartamudeó para dirigirse a ella con el tratamiento correcto—. Hay… docenas, quizá cientos de personas, que afirman ser peregrinos. Fuera.
—Siempre hay peregrinos —replicó Bhumika, firme pero calmada—. Explícate.
—No vienen a verte a ti —logró decir—. Vienen… siguiendo algo…, a alguien. Están…
Las puertas se abrieron de golpe. Ninguna mano habría sido capaz de hacer algo así. Bhumika volvió a sentir aquella extrañeza. Algo nuevo que la ahogaba desde dentro. Algo que se acercaba.
Hojas. Hojas por todas partes. No crecían a través de los muros, sino que los rebasaban, se alzaban y agitaban como si las sacudiera un viento enorme.
Se derramaban por las puertas abiertas, preñaban el aire.
Bhumika alzó una mano para cubrir el rostro de Padma, pero no se permitió hacer lo mismo con el suyo propio. Miró a través del barullo.
Sí que eran peregrinos. Una auténtica horda que aguardaba al otro lado de las murallas del mahal. Apenas se atisbaban retazos en medio de aquel huracán verde que los envolvía; un ojo por allí, un mechón de pelo por allá. Un hombre, un brazo, un torso carente de rostro.
Una figura avanzó y se alejó del resto. Caminaba lenta pero constante hacia el mahal.
Quizá Bhumika debería haberles dicho a los soldados que se preparasen para combatir.
Debería haberles dicho que reuniesen las armas y que estableciesen un perímetro.
Sin embargo, aquellos no eran enemigos. No eran guerreros.
Fuera lo que fuera aquello, lo impulsaba la magia, no las personas.
Una magia que Bhumika sintió en los huesos.
La silueta llegó hasta ella. Las hojas se apartaron y cayeron con suavidad al suelo. Un rostro familiar la contempló.
Por un instante, la figura de aquel hombre movió la boca sin emitir sonido alguno.
Como si intentase comprender la forma y el modo en que se movían sus propios músculos faciales.
Su rostro al completo: la forma de la mandíbula, el corte de su pelo.
Presentaba el mismo aspecto que había tenido el día en que entró en las aguas inmortales.
El día en que entró y no volvió a salir.
—Ashok —dijo Bhumika. Oyó su propia voz lejana, aunque sentía cómo movía la boca. El corazón le retumbaba en el pecho con unas náuseas que amenazaban con tragársela.
—Bhumika —dijo él. Sonaba tan aturdido como ella—. He encontrado el modo de volver a casa.
La tensión en la cabeza de Bhumika disminuyó.
—Moriste —le tembló la voz. Todo su cuerpo amenazaba con echarse a temblar—. Priya y yo. Y tus rebeldes. Todos te esperamos. Junto a las aguas inmortales. Esperamos.
Había aguardado junto a las aguas una noche entera.
Había dejado a Padma al cuidado de Khalida mientras contemplaba el resplandeciente y rutilante azul de las aguas y esperaba, esperaba, aunque una terrible parte de sí misma se alegraba de no tener que luchar contra él en los próximos días, meses y años de gobierno ahiranyi.
—Moriste —repitió.
—Priya no está aquí —se limitó a responder él.
Bhumika no supo decir si se trataba de una pregunta o una afirmación.
—No —dijo, con los labios entumecidos. Se preguntó si pronto sufriría un desvanecimiento como una suerte de frágil doncella…, si ese era el efecto de Ashok sobre ella—. Tú… esperamos… junto a las aguas. Moriste.
—No. No morí. —No intentó acercarse a ella. Tenía el rostro extrañamente vacío. Movía las manos, laxas, a los costados. Las abría y las cerraba, movía los dedos—. Creo… creo que no morí.
“Sí que moriste”, pensó ella sin asomo de duda.
No lo sabía gracias a aquella nueva extrañeza que se retorcía en su interior; sino por una corazonada familiar.
Lo veía en el modo en que la piel de Ashok no había cambiado, ni por la luz del sol, ni por la falta de ella.
Lo sabía por las hojas que lo rodeaban y nublaban el aire.
Lo sabía porque Ashok estaba ausente en el sangam.
Su respiración era entrecortada; su cuerpo era incapaz de resistir la conmoción que lo sacudía.
Lo único que la mantenía en el sitio era el peso de Padma, el tacto de su piel.
Ashok presentaba una estampa del todo imposible, un cuadro pintado con demasiada perfección.
—No he venido solo —dijo.
Bhumika vio que, tras él, los peregrinos caían de rodillas entre rezos murmurados y sollozos. Un éxtasis de puro llanto.
—Era inevitable —dijo Ashok—. Nosotros éramos inevitables. Como… la marea.
Cuando has perdido a alguien, el recuerdo de ese alguien te asalta tanto a lo grande como en pequeños detalles.
Bhumika siempre había sido consciente de ellos.
Soñaba a menudo con su hermano, su tío e incluso su marido.
Sueños extraños que casi eran pesadillas, que la despertaban con sal en los ojos.
No solía soñar con el consejo del templo, pero no había olvidado sus rostros.
Los reconoció nada más verlos. Cuatro figuras de pie detrás de Ashok.
La mayor Chandni, con aquellos familiares ojos amables. El mayor Sendhil, con el rostro surcado de severas arrugas. Y junto a ellos… Oh. No.
Dos de sus hermanos. Sanjana, con ojos brillantes y la risa en los labios.
Nandi, pequeño y de ojos grandes. Aún era un niño; lo sería siempre.
Se acercaron a ella y, mientras caminaban, el verdor surgió de la tierra: brotes, suaves helechos, vida que rompía el suelo para salir. Flores que crecieron como capas de sus hombros, de sus cabellos. Brazos salpicados de remolinos de madera.
Bhumika no pudo sino arrodillarse. No fue el asombro lo que la puso de rodillas, sino una lección que había aprendido profundamente cuando era joven, tanto que había pasado a formar parte de su sangre, de sus huesos, y que jamás podría borrarse.
“Hay que mostrar veneración ante los yaksas”, le habían dicho sus mayores. “Aunque se trate de una imagen o de un eco de los yaksas”.
—Bhumika —dijo la yaksa que llevaba puesto el rostro de Chandni, con una sonrisa. Habló con la voz de la mayor muerta—. Nuestra hija del templo. Por fin hemos vuelto a casa.