La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Dieciséis #2
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Capítulo Dieciséis #2

Bhumika lo había mandado llamar directamente después de intentar llegar otra vez hasta Priya y no conseguirlo.

Se encontraba junto a la ventana y contemplaba la creciente oscuridad; hacía todo lo posible por que no la dominase la ansiedad.

Nunca antes había intentado alcanzar a Priya sin resultado. Nunca.

—Es urgente. Necesito a tu jinete más rápido.

Jeevan asintió.

—¿Qué mensaje ha de llevar el jinete? —preguntó.

—Solo necesito saber si se encuentra bien —dijo Bhumika—. Pídele a tu jinete que lleve tinta y papel, en caso de que Priya necesite mandarme un mensaje. Y…

Bhumika se llevó los nudillos a los labios. “Basta. Piensa como una persona racional”, se dijo a sí misma. “No permitas que te domine la preocupación”.

—No consigo alcanzarla —dijo al cabo—. No logro contactar con ella como antes. Temo por su salud.

Se hizo el silencio a su espalda. Se giró y lo miró. Vio que la expresión de Jeevan se había endurecido.

—Puedo mandar a docenas de hombres con caballos rápidos —dijo—. Más incluso, de ser necesario. Si quieres que vaya yo mismo…

—No. —Negó con la cabeza—. No. Con un jinete bastará.

No podían permitirse debilitar sus propias defensas.

Y Bhumika prefería no engañarse ante las adversidades.

Priya era fuerte. Si se encontraba bien, con un jinete bastaría para confirmar que estaba sana y salva, para aplacar los miedos de Bhumika.

Pero si algo le había sucedido, algo tan grave que le impedía incluso entrar en el sangam, no habría soldados suficientes para salvarla o para enfrentarse a lo que le había hecho daño.

Ante esa idea, Bhumika sintió una punzada en el corazón. Apartó de sí el miedo, desesperada.

—Necesito que te quedes aquí, Jeevan.

Él asintió, comprensivo.

—Enviaré a uno de los mejores —juró.

—Tienes toda mi fe —dijo ella.

Después intentó dormir, pero le resultó difícil.

Cada vez que se quedaba dormida, un sobresalto la despertaba poco después, con un sabor amargo en la lengua y el corazón retumbando en el pecho.

Solo le quedaba una hermana. Una sola. Cuando llegó el alba, Bhumika se sentía maltrecha como un trapo mojado.

Aun así, se levantó, volvió a probar a alcanzarla en el sangam… y una vez más no encontró nada.

Kritika había reunido a un grupo de guardamáscaras que consideraba adecuados para atravesar las aguas inmortales. Insistió en que no tenía sentido perder más tiempo.

—La verdad es que deberían haber completado el ritual durante el festival de la oscuridad de la luna —dijo con aire arrogante—. Recuerdo cómo eran las cosas antes, mayor.

Bhumika no se lo había discutido.

Había pasado el día anterior dando órdenes: había que llevar flores y frutas al Hirana, había que dispersar a los peregrinos. Hasta que no acabasen nadie entraría en el templo.

Luego, de un modo más discreto, había buscado un hueco de tierra libre en el huerto.

Quienes no sobrevivieran necesitarían un entierro adecuado, a fin de cuentas.

No era tarea grata, pero Bhumika entendía que era necesaria, ritual.

Recordó cuando, de niña, ella misma cruzó las aguas inmortales.

El pavor y la determinación que la llenaban.

La túnica blanca que había llevado y el modo en que se había cepillado el pelo hasta dejarlo resplandeciente.

Cómo había rezado rodeada de sus hermanos y hermanas hasta el momento en que los mayores vinieron a buscarlos y los llevaron a las aguas.

No había sabido si se preparaba para su funeral o para su ascenso. Pero se había prometido a sí misma que no moriría. Se aferró a aquella promesa mientras se introducía en las aguas. Una vez, dos, tres.

Intentó improvisar algo que se asemejase al ritual de su juventud. Se les había dicho a los guardamáscaras que debían bañarse vestidos con sus ropajes más sencillos. Al llegar el ocaso se reunieron en el Hirana.

Habían preparado una estancia que haría las veces de santuario.

Había una bandeja de plata que descansaba bajo las docenas de efigies de los yaksas.

Bhumika les dijo a los guardamáscaras que depositasen sus ofrendas en la bandeja: cocos abiertos y rellenos de flores, fruta fresca, un puñado de monedas pulidas.

Rezaron juntos en el santuario atestado. El olor a incienso flotaba por el aire.

De niña, Bhumika había rezado porque eso formaba parte de las tareas de cualquier hija del templo, algo tan esencial como respirar, comer o dormir.

Ya de adulta, rezaba porque era lo que se esperaba de ella como mayor suprema.

Sin embargo, no podía negar que el acto en sí la reconfortaba; la familiaridad de los movimientos y las palabras, el olor del incienso de sándalo y la fría oscuridad tras sus párpados al cerrar los ojos e inclinar la cabeza.

La acercaba a la infancia. La guarecía en un espacio pequeño.

Y por supuesto, ahora contaba con magia: el rumor vivo de la respiración del Hirana bajo sus pies, que respondía a las aguas que le corrían por la sangre.

El latido del verdor de Ahiranya que presionaba su cabeza con dedos ansiosos.

En cierta ocasión había rezado y sentido que las palabras eran una súplica a la nada, que nadie las oía.

Sin embargo, ahora buscaba en el verdor y sentía que le respondía.

Aunque los yaksas no la oían, el verdor sí.

“Que al menos algunos de ellos sobrevivan”, rezó. “Que vivan”.

El Hirana tenía su propia voluntad y siempre solía responder mejor ante Priya.

Sin embargo, Priya no estaba allí, así que fue Bhumika quien tuvo que escuchar al Hirana, prestar atención al modo que su superficie se alteraba bajo sus pies, las ondulaciones y estremecimientos de la roca que la guiaba hacia un nuevo hueco en el suelo.

Una nueva escalera que llevaría hasta las aguas inmortales.

Contempló a los guardamáscaras mientras se introducían en las aguas y puso mucho cuidado en no pensar en su hermano.

Al final murieron tres guardamáscaras. Sobrevivieron cuatro.

Los enterraron a los tres en el huerto antes del amanecer, bajo la claridad gris lechosa que precedía a la verdadera luz del día.

Los guardamáscaras le dijeron que querían cavar ellos mismos las tumbas.

“Con nuestras propias manos, para honrar a los muertos”, dijeron.

Aun así, Bhumika se les unió, vestida con sus ropas más sencillas y el pelo atado en un moño. Llevó consigo a Billu y a Rukh.

Ganam estaba hundido hasta los tobillos en la tierra cuando llegaron. Alzó la vista y la miró. Tenía el rostro cubierto de brillante sudor. Si había lágrimas mezcladas con el sudor, Bhumika tuvo la amabilidad de no fijarse.

—Mayor Bhumika —dijo—. No te necesitamos. Somos lo bastante fuertes como para hacerlo solos.

Bhumika no señaló que le bastaría un aliento para apartar la tierra, que ni siquiera tendría que alzar una mano.

Habría sido cruel, y aquel día pretendía dejar de lado la crueldad.

Los cadáveres, envueltos en lienzos, yacían cerca de ellos.

Alguien había depositado flores encima de ellos, a la altura de la garganta, el vientre, los pies.

—Será un honor ayudaros —dijo, y aguardó.

Tras un instante, Ganam asintió y le tendió una pala.

—Quiero ayudar—dijo Rukh en tono titubeante, con voz diminuta—. Fui… fui rebelde en su día.

—Yo también quiero echar una mano —añadió Billu, como si Bhumika no le hubiese dicho “tú tienes fuerza, te lo agradecerán”.

—No es necesario —dijo Ganam.

Billu gruñó y dijo:

—Sé que haríais lo mismo por cualquiera de nosotros.

Bien dicho. La mirada escéptica de Ganam se suavizó.

—No seré yo quien decida quién puede ayudar y quién no —dijo con tono cortante.

Apartar la tierra fue un trabajo arduo. Bhumika jamás había hecho algo así con las manos desnudas, sin contar con la magia.

Su último pariente de sangre, su querido tío, había muerto preso de las llamas.

Habían incinerado a su marido, según las costumbres de su propia gente.

Y Ashok se había ahogado en las aguas inmortales.

Su cuerpo jamás había regresado a la superficie.

A veces, Bhumika soñaba con el cadáver de Ashok, bajo el peso de las aguas, encadenado entre algas y raíces, la piel azulada en la penumbra azul, frío al contacto de sus dedos.

Sin embargo, Bhumika jamás lo había tocado.

Jamás lo había envuelto en un lienzo ni cubierto con flores.

Jamás había llorado sobre su cadáver ni lo había depositado en una tumba.

Se puso a cavar sin descanso y sin emplear magia alguna. Para cuando la fosa fue lo bastante profunda, Bhumika tenía la ropa empapada de sudor. Oía los resuellos de Rukh y a Billu, que seguían trabajando a su espalda. Habían pasado a la segunda tumba.

Cuando acabaron, los guardamáscaras empezaron a bajar los cuerpos. Por un instante, Bhumika aguantó la respiración mientras oía los sollozos amortiguados de quienes contemplaban la ceremonia, la respiración pesada de quienes cargaban con sus amigos.

Luego empezó a entonar una plegaria.

Su voz brotó más clara y fuerte de lo que había esperado. Firme. Algunos de los guardamáscaras la miraron y un brillo de reconocimiento asomó a sus ojos.

Aunque el imperio había suprimido hacía mucho el uso del idioma Ahiranya, aunque sus relatos y libros habían sido erradicados y prohibidos, los guardamáscaras sabían reconocer los Mantras de corteza de abedul. Conocían la forma de las plegarias en honor a los muertos.

Mientras cavaban, Kritika se había unido a ellos. Llevaba un sari de luto, de color blanco, y tenía el rostro demudado de dolor. Miró a Bhumika. Tras un momento empezó a cantar con ella. Conocía la cadencia, las palabras.

Los cuerpos se bajaron con cuidado y reverencia. Se amontonó tierra sobre ellos. Ganam se restregó la frente con la mano y se dejó una marca de fango en la piel. Luego alzó la cabeza y volvió a mirar a Bhumika. A su alrededor, los demás guardamáscaras lo imitaron.

Seguramente una mayor del templo debía decir algo en situaciones como aquella.

Sin embargo, Bhumika no recordaba ninguna de las palabras que decían los mayores cuando sus hermanos y hermanas se ahogaban o morían envenenados a causa de las aguas inmortales.

¿Expresaban dolor? La muerte siempre había sido algo inevitable, una prueba de debilidad y fracaso.

Ningún hijo o hija del templo merecía la muerte.

Cuando se perdía un hijo o una hija del templo, quizá no había que llorar su pérdida.