Capítulo Dieciséis
BHUMIKA
Toda la casa se reunió para ver marchar a Priya y a Sima. Billu obligó a Priya a aceptar regalos de la cocina y luego se giró hacia Sima cuando esta dijo que no iba a poder cargar con todo. Hasta Kri tika se despidió con tono respetuoso y prometió que rezaría por ellas.
Por último, Priya tomó a Padma de brazos de Bhumika y la cubrió de besos en las mejillas y en los rizos. A cambio, Padma le dio un tirón de la trenza que le arrancó un juramento y una risa.
—Adiós, cachorro —dijo—. No seas tan malhablada como yo, o tu madre me va a despellejar, ¿de acuerdo?
Priya alzó la cabeza y miró a Bhumika a los ojos. Adoptó una expresión más grave.
—Regresaré antes de que te des cuenta.
Ni a Priya ni a Bhumika se les había dado nunca bien el afecto sencillo. Bhumika no conseguía forzarse a abrazar a Priya, pues se le antojaría un gesto demasiado falso, o bien demasiado vulnerable. Sería como admitir que temía no volver a ver a su hermana.
—Tú mantente a salvo —replicó.
Volvió a tomar a su hija en brazos…, y si su mano rozó la de Priya un instante y sus dedos aferraron con fuerza los de Priya, era asunto suyo y de nadie más.
—Te veré en el sangam —dijo Bhumika—. Vete.
Priya asintió con ojos un tanto brillantes y un tanto húmedos. Luego giró la cabeza y se alejó. Y así acabó la cosa. Su hermana se había marchado.
Para sorpresa de nadie, Bhumika durmió mal aquella noche.
Se despertó al día siguiente, poco antes del alba, dominada por una sensación de intranquilidad.
“Hay alguien aquí”, pensó. Quizás era Khalida, que le llevaba a Padma.
Sin embargo, al abrir los ojos con un parpadeo y enderezarse en la cama vio que no había nadie. Le dolía muchísimo la cabeza.
Pasó la mañana como pudo, con náuseas. Consiguió darle de comer a Padma y puso reparos al ofrecimiento de Khalida de llevarle algo ligero para comer.
—Quizás algo de kichadi —sugirió Khalida. Sin embargo, Bhumika se encogió ante la mera idea de tragar nada, y se negó a comer.
—¿Puedo hacer algo para ayudarte?
—Ve a buscar a Kritika y dile que quiero hablar con ella en mi despacho —respondió Bhumika.
Le pasó la mano por la cara a Padma, le alisó el pelo y, con un beso en la frente, le susurró:
—Te veo después.
Padma emitió un sonidito satisfecho.
Pero quien fue a verla en primer lugar no fue sino Kritika. Entró con una reverencia. Llevaba algo entre las manos.
—Billu te manda esto, mi señora —susurró Jeevan. Khalida debía de haberle dicho que Bhumika no se sentía bien. Colocó una taza frente a ella y, ante su mirada interrogante, aclaró—: Tulsí hervido en agua. Billu me ha asegurado que te vendrá bien.
Ella esbozó una sonrisa un tanto irónica y alzó la taza. Estaba caliente y de ella brotaba una aromática fragancia a hierba.
—Billu cree que el tulsí lo cura todo —aclaró.
—Tu hermana —replicó él mientras miraba de reojo— afirma que lo que Billu cree que lo cura todo es el hachís.
—¡Jeevan! —Bhumika sintió que su sonrisa se ensanchaba—. No sabía que te gustasen los chismorreos. Estoy escandalizada.
El labio de Jeevan se curvó de manera casi imperceptible. Luego su expresión volvió a parecer vacua.
—Kritika está de camino, mi señora —dijo—. ¿He de quedarme?
—No, ya tienes bastantes cosas que hacer. Kritika no supondrá ningún problema.
El silencio de Jeevan fue de alguna manera tan respetuoso como profundamente escéptico.
Bhumika le dio otro sorbo a la infusión de tulsí para disimular una risa.
El calorcito era agradable, la calmaba. Aun así, no sirvió para que disminuyese el dolor de cabeza.
Quizá Jeevan debería haberle traído hachís.
—Si me necesitas —dijo.
—Te mandaré llamar —respondió Bhumika—. Por supuesto.
Jeevan hizo otra reverencia, y se marchó tan rápido como había llegado.
Kritika llegó poco después. Llevaba un pálido sari y el pelo plateado pulcramente recogido en la coronilla con cuentas de madera.
—Siento llegar tarde, mayor —se excusó, y tomó asiento frente a Bhumika—. Estaba en el Hirana, encargándome de los peregrinos de la mañana.
Su tono implicaba que debería haber sido Bhumika quien se encargase de los peregrinos, al ser la única mayor que quedaba en Ahiranya. Aun así, carecía de sentido discutir con Kritika. Bhumika había aprendido hacía mucho que había batallas que no valía la pena luchar.
—Ojalá pudiera ir con más regularidad que ahora —dijo, y añadió con tanta sinceridad como le fue posible—: Te agradezco mucho la ayuda.
Kritika había sido una de las rebeldes que se enfrentaron al gobierno parijatdvipano.
Le profesaba una fiera lealtad a Ashok. Desde la muerte de este, Kritika se había dedicado al cuidado espiritual de Ahiranya…
y a asegurarse de que sus compañeros rebeldes tuviesen una posición de respeto en la nueva ciudad que se construía en ausencia del imperio.
—Bueno —dijo Kritika—. ¿Qué necesitas de mí?
—Sé que quieres que tu gente atraviese de nuevo las aguas inmortales —respondió Bhumika—. Si cuentas con un grupo selecto de voluntarios…, creo que es hora de intentarlo, Kritika.
—Por supuesto que por fin nos lo vas a permitir —dijo Kritika. Empezaban mal. No sonaba contenta, aunque Bhumika había esperado vagamente que así fuese. En cambio, tenía los labios apretados—. ¿Me permites hablar con franqueza?
—Te lo permito —respondió, y se preparó para lo que vendría a continuación.
—Te seguimos porque Ashok juró que te obedeceríamos.
Y aún creemos en él, como siempre habremos de creer.
Pero apenas haces progresos —dijo Kritika sin medias tintas—.
La ciudad sigue muy desorganizada. La paz es quebradiza.
Bastarán una cosecha desastrosa o una rebelión por parte de los nobles para que lo pierdas todo.
Recurres a nosotros desde hace mucho tiempo para tener más fuerza, pero solo ahora nos concedes nuestros derechos, después de mandar a tu hermana con los parijatdvipanos.
—Dio una inspiración honda—. Tu comportamiento me irrita, mayor.
“Quizá la ciudad estaría menos desorganizada si todos vosotros tuvieseis la paciencia necesaria para las tareas aburridas que mantienen en funcionamiento una nación”, pensó Bhumika. En silencio, dejó que la irritación tomase forma y se alejase de ella. Le dio un sorbito a la infusión de tulsí.
—Las aguas inmortales son peligrosas —dijo en cambio, abordando con firmeza un viejo tema—. Os podrían matar. Tú misma lo has dicho, mi poder es quebradizo y no puedo permitirme perder a nadie. Por eso me he vuelto cauta, y con razón.
—Mis hombres y mujeres son fuertes.
—Ya ha muerto gente fuerte a manos de las aguas en el pasado —dijo Bhumika en tono quedo—. Como bien sabes.
Kritika guardó silencio, así que Bhumika añadió:
—Te ofrezco esto como señal de la consideración que tengo hacia los guardamáscaras. Y como señal de que deseo que construyamos Ahiranya juntos. Estaré encantada de tener aliados poderosos.
—En ese caso, todos atravesaremos las aguas, para que tengas tantos aliados poderosos como sea posible.
Bhumika negó con la cabeza. El dolor de cabeza se agudizó brevemente. Reprimió un espasmo y dijo:
—Sería un riesgo poco prudente que todos probaseis a la vez. —Kritika aún fruncía el ceño—. Habéis esperado tanto por respeto a mí y a la memoria de Ashok.
Sobre todo, por la memoria de Ashok, bien lo sabía.
—Os pido que confiéis en mí en esta empresa también. Es lo que Ashok habría querido.
—Yo esperaré —dijo Kritika al cabo—. Si alguien ha de esperar…, lo acepto. Pediré a algunos de mis hermanos y hermanas que sean tan pacientes como yo. Pero no a todos. Tienen derecho a ser dos veces nacidos, mayor Bhumika.
Bhumika inclinó la cabeza.
—Kritika.
—¿Sí?
—No hace falta que me llames “mayor” —le rogó—. Ya te lo he dicho.
—Te muestro el respeto que habría mostrado a Ashok —dijo Kritika con una rigidez nacida del más frágil de los pesares.
—Ashok tampoco te lo habría pedido —repuso Bhumika.
—Sí que me lo pidió —sostuvo Kritika—. Nos obligó a prometer que te serviríamos, mayor Bhumika. Y así lo haremos.
Hizo una pausa, luchando contra el impulso de añadir algo. Luego, con tono algo cortante, dijo:
—Pero si yo o alguno de mis guardamáscaras nos planteamos en algún momento volvernos contra ti, cosa que no va a pasar, permíteme que mencione que has quedado mancillada por tu asociación con el imperio parijatdvipano: tu matrimonio. Tu hija.
—Mancillada —repitió Bhumika en tono seco.
—También mencionaría que nuestro país aún no ha obtenido la libertad que le prometieron.
Alguien podría muy bien decir que eres otra regente con distinto título: otro engendro parijatdvipano listo para mantenernos bajo la bota del imperio y que se niega a darles el poder a sus iguales.
Y mencionaría que sería muy fácil deponerte.
Sin embargo, no haré nada de eso, porque mantengo la promesa que le hice a Ashok, mayor Bhumika.
—No hay necesidad alguna de amenazarme, Kritika —dijo Bhumika con tono cansado—. Ya te he dicho que sí.
—No era una amenaza —repuso Kritika, y sonó genuinamente ofendida—. Si te amenazase, lo haría con una hoz.
—Pues en ese caso, tienes razones de sobra para mantenerme con vida y en el poder —replicó Bhumika. Le mostró a Kritika una lúgubre sonrisa y se puso en pie—. No tienes ni idea del tipo de armas que usan los nobles.
“Y si lo tienes, eres incapaz de usarlas con sutileza”, pensó Bhumika.
—Sé exactamente el tipo de armas que usan los nobles—replicó Kritika—.
He vivido bajo su yugo de un modo que tú no alcanzas a comprender, mayor, pues has tenido una vida adinerada y protegida.
Lo que pasa es que creo en armas más honestas.
Creo en una Ahiranya más honesta. Cuanto antes ascendamos y podamos apartar las armas que el imperio le dio a nuestra gente, mejor. En eso creo.
Aquella noche, Bhumika intentó alcanzar a Priya en el sangam. Su sombra se movió por tres ríos cósmicos entrelazados. La sombra de su voz la llamó.
“Priya. Priya. ¿Dónde estás?”
Priya no respondió.
—Necesito que envíes a alguno de nuestros hombres a buscar a Priya.
Eso fue lo primero que le dijo a Jeevan cuando este entró en sus aposentos e hizo una reverencia, con gesto preocupado.