La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

DHIREN

Había un lago detrás de la casa de Dhiren.

En su día había pes cado en aquellas aguas.

Gracias a ellas había alimentado a su familia y se había ganado la vida vendiendo en el mercado local los demás peces que pescaba.

Sin embargo, la podredumbre se adueñó del lago hacía cinco años.

Desde entonces, las aguas se habían vuelto inútiles.

Al principio, Dhiren había tratado de pescar en ellas igualmente, pero al limpiar el primer pez que había pescado descubrió que en su interior crecía una flor y que tenía un tallo espinoso en lugar de raspa.

No tuvo más remedio que dejar de pescar en el lago.

Para entonces ya era demasiado tarde. La podredumbre brotó en su propia piel semanas más tarde. Luego apareció en su esposa. Y en sus hijos.

Todos habían muerto. Solo quedaba Dhiren.

Ya casi no salía. A veces, Anil, el amable hijo de los vecinos más cercanos, iba a verlo y le llevaba comida. Cuando el tejado de Dhiren se hundió por culpa de una tormenta, Anil subió y lo arregló con madera de la misma rama que había caído y lo había hundido.

—Me parece un cambio justo —había dicho Anil—. De todos modos, el árbol ya estaba muerto.

Aquel día, el chico trataba de arreglar la red contra los mosquitos que Dhiren tenía en una ventana.

—Hay tantos por culpa del lago —le dijo.

—Las raíces los atraen —repuso Dhiren—. No te acerques. Has de andarte con cuidado, tienes toda la vida por delante.

Siempre le decía lo mismo a Anil. Y Anil siempre le sonreía y decía que por supuesto que se andaría con cuidado. No tenía que preocuparse por él.

Sin embargo, aquel día Anil no dijo nada. Agarró la mosquitera en la mano, en silencio, y contempló el agua.

—Algo se acerca —susurró Anil—. ¿Lo sientes?

Dhiren se puso en pie con cuidado. El cuerpo le dolía horrores, pero la voz del chico tenía algo que lo impulsó a moverse de todos modos. Miró por la ventana.

El agua del lago ondulaba. Se movía. Había dos personas junto al lago.

—¿Los has oído llegar? —preguntó Dhiren.

Anil negó con la cabeza.

—No, no los he oído.

Había algo extraño en ellos. Estaban demasiado inmóviles.

Demasiado pacientes. La gente no solía estar así de inmóvil, con la calma de los árboles, como si perteneciesen y siempre hubiesen pertenecido a la tierra.

Aquella calma lo llamaba. Tironeaba de cada hoja y de cada raíz incrustada en su carne.

Los conocía. Lo sabía.

—Tío…, ¿qué haces? —preguntó Anil, alarmado—. ¡No salgas!

—Tengo que salir —graznó Dhiren.

Abrió la puerta y fue hacia ellos. Una mujer surgió del agua.

Sin embargo…, no era una mujer. Sus ojos, inhumanos, no tenían párpados.

Su pelo estaba hecho de las profundas hojas que crecían en la oscuridad del fondo de las aguas.

Se giró hacia él. Tenía un rostro antiguo y joven al mismo tiempo. Sonrió.

—Yaksa —jadeó, y cayó sobre sus doloridas rodillas—. Yaksa.

—Un fiel —dijo la mujer con una voz líquida, profunda—. Tan pronto. Qué suerte tengo.

—Ven con nosotros —dijo la mujer de la orilla. Tenía un aspecto jovial, de ojos brillantes. Esbozó una sonrisa que mostraba unos dientes afilados—. Ven con nosotros, fiel. Estamos reuniendo a nuestra gente. Ven a darles la bienvenida.

Sus extremidades obedecieron. Se puso en pie y los siguió mientras se alejaban del lago y regresaban a la oscuridad del bosque que descansaba tras su hogar. El yaksa masculino, que parecía humano, completamente humano excepto por aquella inmovilidad, le dedicó una mirada de ojos alelados.

—Busco a mi familia —dijo con voz ronca.

Dhiren asintió, pues un yaksa se dirigía a él, ¿y qué otra cosa iba a hacer sino escuchar y dar las gracias por ello?

Detrás, muy por detrás, Anil había huido a toda prisa de la casa, chillando su nombre. Si Dhiren hubiese mirado atrás habría visto la confusión en el rostro del chico, y el miedo…, así como la flor que empezaba a florecerle en la mandíbula.

Pero no lo hizo. Siguió mirando hacia delante. Siguió a sus dioses.