Capítulo Catorce
Al despertar, oyó una vieja voz en la cabeza. Una voz que se revol vía en su tumba. Una voz que había despertado de su descanso, que ansiaba volver a descansar. “ Yo no quería esto ” .
Pero ya era demasiado tarde. Volvía a la vida en las aguas inmortales bajo el Hirana.
El nacimiento duró mucho tiempo, si bien el tiempo no tenía el menor sentido para él. Como tampoco lo tenía para las aguas. Todo crece a su ritmo. Todo lo que está hecho de carne o de tierra ha de formarse, vaciarse, recibir un nombre.
Durante un largo rato, las aguas se mantuvieron quietas. Luego hubo una onda. Un grito ahogado y húmedo.
Unos dedos asomaron en la ribera, se apoyaron en la piedra mojada. Los dedos hicieron presión y la piedra se rompió para dejar pasar brotes, flores que la rompieron para salirle al paso. Los dedos se aferraron y tiraron. Tiraron.
Brazos. Hombros. Su cuerpo emergió de las aguas inmortales.
Se detuvo a respirar, a descubrir el volumen de aire de sus pulmones, el modo en que el aire llenaba su vacío y se introducía en él.
Volvió a respirar y sintió cómo funcionaba su nariz.
Su boca. Los delicados huesos de la mandíbula, la extrañeza del movimiento.
Los músculos de su espalda se contrajeron y relajaron. Cayó de bruces al suelo. A su lado, de la piedra brotaron flores y retoños, esquirlas de piedra que se curvaron como una delicada columna vertebral, que se agrietaban con la belleza de los huesos.
Él apretó la frente contra el suelo y se restregó los ojos con los nudillos. Manchados de sangre. Pétalos rojos en los nudillos, magullados y marchitos, al restregarlos.
Le dolían los huesos, los músculos, los nervios de la cara. El mismo aire les hacía daño. Su piel los soldaba, aliviaba el dolor, creada para equipararse a las necesidades de aquel mundo, aquel fragmento del cosmos.
Se puso a cuatro patas. Se giró, arrastrándose, y quiso regresar al agua. Pero no. No podía volver.
Lo único que pudo hacer fue inclinarse hacia delante y mirar.
Unas aguas de tono azul claro, brillante, resplandecieron en sus ojos. Contempló su propio reflejo bajo el agua rutilante, bajo la sombra del sangam, y vio un rostro como en un espejo: desprovisto de sentimientos, no reflejaba nada más que su propia piel, sus propios ojos, sus propios huesos.
Se llevó un dedo a los labios. El reflejo en el agua no se movió.
—Descansa, pues —dijo, tembloroso. Su piel. Su piel hablaba—. Descansa, pues. Estaré aquí para ti.
Y ahí, dentro del agua, su reflejó cerró los ojos y desapareció en un remolino de pálidas hojas plateadas.
La roca del Hirana se abrió para él. El mundo se apartaba a su paso. Tenía sentido. Sabía que aquel era su país. Formado por sus propias manos. Su propia sangre. Su sacrificio.
Y el mundo sabía que tenía que ir a cierto lugar.
Cruzó la ciudad con paso vacilante. La luminosidad lo extrañaba. De las ventanas y balcones colgaban lámparas. Los comerciantes anunciaban mercancías a voz en grito en las esquinas.
Había estatuas de los yaksas en pequeños nichos. Pasó un largo instante contemplando una de ellas, que tenía ojos de lechuza y un rostro hecho de flores. Raíces de loto en lugar de dedos.
Pero lo llamaban, así que siguió caminando.
El bosque también se abrió a su paso. Árboles oscuros, retorcidos. Maleza suave bajo los pies. Caminó hasta que sus pies amenazaron con empezar a sangrar y las piernas, demasiado nuevas para el ajetreo de la vida, le suplicaron que descansase.
Y, aun así, siguió avanzando. Ella lo esperaba.
Al cabo llegó a un árbol. Viejo, viejo. Rostros entumecidos en la superficie. Olía a vida al borde de la muerte. Demasiado rica, demasiado sangrienta. Un hedor enfermizo.
Él no quería tocarlo.
Avanzó a trompicones hasta el árbol. Apoyó las manos en la superficie y agarró, retorció, tiró.
La podredumbre se apartó. Y allí estaba ella, debajo, dormida para el mundo. El pelo empapado en savia. Los ojos cerrados, las pestañas apoyadas en las mejillas. La última vez que él la había visto, ella había colocado, entre risas, flores en las faldas de sus hermanitas.
Luego la habían asesinado. Le habían rebanado el gaznate. Habían prendido fuego a su cuerpo.
—Sanjana —dijo.
Ella abrió los ojos de golpe. Tembló y dejó escapar el aliento. Se tocó el rostro.
—Sanjana —volvió a decir él, impotente—. Maldición. Estás aquí. Estás aquí.
—Traída directamente de las raíces y las aguas —dijo ella sin el menor sentido, en un tono de voz que parecía estar de acuerdo con él.
Se inclinó hacia delante y, cuando la luna le iluminó la mejilla, él vio que estaba hecha de madera, no de carne.
Sus dientes, afilados, puntiagudos, eran de albedo.
Las aletas de la nariz temblaban levemente.
Acto seguido, la madera que componía aquel rostro se suavizó y se transformó.
Volvió a ser la Sanjana de siempre. Él alargó el brazo hacia ella.
La tomó de las manos y la ayudó a salir del árbol.
—Ven —dijo—. Tenemos que encontrar a los demás. Nos esperan.