La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

Tráeme a un señor parijati que pueda ocupar su lugar y lo depondré de buena gana.

—Vaya, sí que te iba a decir cosas, ¿verdad? —dijo Rao con voz queda.

—Es que me las ibas a decir —repuso Malini—. Tarde o temprano habrías dicho todo eso. Pero no me apetece oírlo. Ahora mismo prefiero disfrutar de un instante de paz.

—No estoy tan seguro de que aquí esté la paz que deseas —murmuró Aditya.

No. Pero para Rao era un lugar pacífico.

Y bien sabían las Madres que Malini necesitaba que Rao conservase las fuerzas.

En aquel momento parecía frágil, como si la guerra lo hubiese drenado en cierto modo.

Por más fuerza que tuviera su cuerpo, aquel acentuado bronceado en su rostro, los esbeltos y musculosos brazos bajo los brazales de chakrams…

, parecía encogido, su tamaño reducido por el tamborileo incesante de la batalla.

—Ya hemos hablado de todo lo que había que hablar —le dijo Malini a Aditya.

—Entonces deberíamos beber y hacer algo para pasar el tiempo —dijo Rao—. Podríamos jugar al juego de las cinco piedras.

Malini se echó a reír. No pudo evitarlo.

—¿El juego de niños?

Malini lo jugaba sin parar cuando era niña. Tiraban al aire piedras de color en grupos de dos, tres, cuatro o cinco, y tenían que agarrarlas con la misma mano. A Malini siempre se le había dado fatal.

—He traído hasta guijarros pintados —explicó Rao.

—Está bien —dijo Malini, y extendió la mano. Vio por el rabillo del ojo que Aditya también sonreía y negaba con la cabeza.

Por supuesto, Malini perdió. Por mucho. Pero lo cierto fue que al final de la partida se sentía un poco más relajada. Un poco más como ella misma. Un poco más humana.

La tradición obligaba a depositar los cadáveres lejos del campamento principal.

Los cadáveres mancillaban, eran una fuerte de enfermedad y hedor.

Sin embargo, siempre había sacerdotes que se ocupasen de ellos; que los preparasen para las hogueras; que los bendijesen con oraciones, ungüentos y guirnaldas de flores funerarias.

Durante la primera semana de batalla, cuando Malini y sus seguidores se habían empezado a enfrentar a las fuerzas de Chandra sobre los riscos montañosos de Dwarali, dichos seguidores habían llevado sacerdotes de sus propias ciudades-Estado y sus tierras.

Sin embargo, esos sacerdotes no se habían quedado mucho tiempo.

Los sacerdotes de las Madres tenían gran respeto por los muertos, pero la muerte en la guerra era dura y fea. Malini no pudo culparlos por marcharse.

Los sacerdotes que quedaban y que mantenían las tiendas funerarias no se habían formado en Parijat.

Eran los guardianes de pequeños sepulcros de algunas aldeas saketanas y humildes sacerdotes de las Madres.

En Saketa había una secta menor que adoraba a las Madres como si fuesen un único ser: la Madre sin rostro, cuyas integrantes afirmaban ser a la vez todas las mujeres que habían ardido, todas ellas unidas en una única y gran consciencia.

Pequeña y despreciada por el sacerdocio central de Parijat, la secta no le hacía ascos al trabajo duro, y no había tardado en convertirse en la principal fuente de sacerdotes del ejército.

Malini se acercó a la tienda flanqueada por Lata y Swati.

Vio dos hombres cerca de la entrada. Eran delgados y tenían aspecto cansado.

Estaban marcados con bastos trazos de ceniza en la frente y la barbilla.

Ambos llevaban el pelo anudado en un moño en la coronilla y compartían una jarra de agua.

Al ver que Malini se acercaba, uno de ellos se incorporó de un salto y entró en la tienda. El otro aguardó.

—Emperatriz.

El sacerdote hizo una pronunciada reverencia hasta tocar el suelo.

A continuación, se enderezó. Carecía de la serena y amable mirada que poseían los sacerdotes de las Madres de Harsinghar.

Tenía la boca fruncida y unas ojeras pronunciadas.

De cerca, Malini vio que el sudor había quitado todo el lustre a las marcas de ceniza de la frente y la barbilla del hombre.

—El hombre que me salvó era sacerdote —dijo—. Quiero ver su cuerpo.

El sacerdote no se opuso, aunque se deshizo en disculpas mientras la guiaba al interior de la tienda.

—No podemos hacer gran cosa para evitar el olor —dijo con voz temblorosa—. Con este calor… Emperatriz, harías bien en llevar aceite de rosas para suavizarlo.

Lo normal habría sido incinerar el cadáver del hombre justo después de la batalla en la que lo habían matado.

Sin embargo, Malini había dispuesto que se expidiese una orden a las tiendas funerarias y a los desdichados soldados que las custodiaban.

Aquel cadáver en concreto debía seguir intacto hasta que tuviese la oportunidad de verlo ella misma.

—La próxima vez que venga, así lo haré —dijo, aunque no podía imaginar un motivo por el que debía regresar a aquel sitio. Aun así, el sacerdote asintió, algo menos azorado.

El cadáver yacía bajo una sábana blanca. Tenía flores mustias a los pies. El sacerdote volvió para decirle que sería desagradable, y acto seguido apartó la sábana.

Lo fue.

Swati sufrió una pequeña y lamentable arcada y salió a toda prisa de la tienda. Lata apartó los ojos, pero permaneció en el sitio.

Malini dio un paso al frente.

El sacerdote era joven. Tenía la piel muy morena. Ojos cerrados. Ya no llevaba ceniza en la frente, pero sí tenía la trenza típica de los sacerdotes de las Madres. Lo rodeaba un aire de serenidad incluso en la muerte.

Tras prepararse para lo que estaba a punto de hacer, Malini se arremangó.

El sacerdote llevaba un tatuaje en el brazo.

Un tatuaje largo que le llegaba hasta la muñeca.

Debía de haber dolido tatuarse tan cerca del hueso, con apenas una aguja desnuda acompañada de hollín y tanino para marcar las líneas.

Eran palabras escritas en saketano antiguo, aunque Malini captó algún significado aquí y allá.

Madres. Llamas. Vacío.

—Ningún sacerdote permanece aquí mucho tiempo —dijo Malini—. Es una tarea ingrata.

—No tiene nada de ingrato ocuparte de los ritos sagrados de los muertos —se apresuró a decir el sacerdote. Luego parpadeó y palideció al recordar cuál era su lugar—. M-mis disculpas, emperatriz.

—No tienes por qué disculparse. ¿Dónde está tu templo?

—¿Emperatriz?

—Tu templo —repitió Malini con paciencia—. Has acompañado al Señor Narayan hasta aquí, pero no hay templo alguno en sus tierras. Te pregunto dónde te has formado, dónde has rezado, antes de venir a entregar a los muertos saketanos al descanso eterno en mi campamento.

—Está en las tierras que pertenecen al príncipe Kunal. —El sacerdote la miró con el aspecto de una presa bajo la garra de un depredador—. Hay un templo junto a su mahal. Los sacerdotes siguen el entrenamiento parijati.

—Estoy segura de que así es. Pero ese no era tu templo —dijo Malini.

—No, emperatriz. N-no. —El hombre tragó saliva—. Me formé en un pequeño santuario que daba servicio sobre todo a granjeros. Y a muchos mercaderes de paso.

—¿Te trataban bien allí? ¿Te educaron bien? —Él asintió, y Malini ordenó sin estridencias—: Enséñame las muñecas.

El sacerdote llevaba un largo chal enrollado con holgura sobre brazos y hombros. Apartó la tela para dejar al descubierto los brazos y le mostró las muñecas. Temblaba.

—Estás tatuado, al igual que él —señaló Malini.

—Me acogieron en el corazón de la fe, en Parijat. Pero sé que los sacerdotes de la Madre sin rostro llevan los nombres de las Madres en la piel, para que los fieles tengan la libertad de rezar solo a una figura.

Ella alzó la mirada, a la espera.

—Mi templo —dijo él, rígido de terror—. Donde me criaron. Nosotros…, o sea, el templo… adoraba a la Madre sin rostro. Así es, emperatriz.

—Al igual que este hombre. Ya veo. Este hombre no debería haber estado en el campo de batalla, ni mucho menos haber tenido la oportunidad de salvarme la vida. No debería haber muerto por mí. Pero así fue. Y me parece que sabes por qué.

—Emperatriz —dijo el sacerdote con voz estrangulada.

—Cuéntame lo que sabes —lo urgió ella, con tono amable pero implacable.

—Lo enviaron —dijo el sacerdote—. Sin duda debieron de enviarlo.

—¿Quién?

—El sumo sacerdote del templo —susurró el hombre—. Quizá. Yo no estaba al tanto de esto, emperatriz. Lo prometo.

Sonaba bastante sincero, pero eso no implicaba que Malini lo creyese. En cualquier caso, asintió como si así fuera. Lo miró a los ojos sobre el cadáver del sacerdote caído.

—Cuéntame más sobre tu sumo sacerdote —dijo Malini—. Cuéntame más del templo en el que te formaron. Quiero saberlo todo. Y a cambio te perdonaré por esos secretos que, de manera involuntaria, no has compartido conmigo.