Capítulo Trece
MALINI
Le presentaron la idea como un acuerdo unificado del consejo: iban a intentar matar de hambre a Saketa.
—Someter al bastión a asedio sería viable si pudiésemos defendernos adecuadamente de su mayor arma —objetó Malini—. ¿Tenemos algún método de defensa nuevo del que yo no esté al tanto, mis señores?
—Sean cuales sean las armas del gran príncipe —repuso Mahesh con tono cuidadoso y formal—, su pueblo no podrá sobrevivir al hambre. Acabarán por rendirse ante nuestra fuerza superior.
—Ya veo —dijo Malini, con aire escéptico—. ¿Acaso ha cambiado la cuantía de nuestros suministros? ¿Las reservas de arroz? ¿El combustible? ¿El agua?
Por toda respuesta, Mahesh apretó la mandíbula.
Mahesh sabía adónde quería Malini ir a parar: la superioridad numérica era lo de menos, un asedio lo perdía siempre el primero en morir de hambre.
Malini era emperatriz, pero solo por la profecía y por haberse autoproclamado.
Todo cuanto tenía lo había negociado, tomado prestado o regateado con sus aliados.
Todo cuanto le habían dado esos aliados tenía como objetivo derrocar a Chandra.
Y ya empezaban a inquietarse.
—La emperatriz está en lo cierto —intervino un oficial, para evidente ira de un puñado de los señores favoritos de Mahesh, que le dedicaron una mirada hostil—. Carecemos de suministros para aguantar un asedio prolongado.
—Eso supone cierto problema —murmuró Khalil.
—¿Enviará Dwarali más suministros para remediarlo?
Aquella pregunta la había formulado un príncipe inferior de Saketa. Parecía a punto de hundirse. Raziya, sentada entre la corte de Malini, entornó los ojos.
—Lal Qila ha ofrecido todo lo que ha podido —dijo Khalil—, pero no puedo hablar en nombre del sultán.
—En ese caso, no ofreces nada sustancial.
El señor Narayan le colocó una mano en el hombro al príncipe inferior para apaciguarlo.
—El suministro de agua del bastión —sugirió otro señor—. Si lo cortamos…
—La ciudad cuenta con grandes depósitos —repuso Narayan de inmediato. Malini, al igual que los demás hombres presentes, ya estaba al tanto de ello. Otra razón por la que un asedio prolongado no era viable en absoluto.
—Aun así —dijo el señor obstinado—, habría que planteárselo.
Se oyó un murmullo a la izquierda de Malini cuando Lata se puso en pie. Los hombres guardaron silencio. Lata alzó la barbilla y habló con voz clara y tranquila:
—He de oponerme a este plan —dijo, sin temblor alguno en la voz.
A pesar de todas las miradas clavadas en ella—.
Como sabia que soy, busco el conocimiento.
He estudiado la historia de nuestro imperio.
Y os puedo asegurar, mis señores, que el bastión-laberinto de Saketa ha resistido a todos los asedios a los que lo han sometido.
Es famoso por su carácter impenetrable. Los ejércitos se rompen ante sus murallas.
En la Era de las Flores, el bastión consiguió mantener a raya incluso a los yaksas y proteger al gran príncipe y su familia.
Asediar este bastión —concluyó— equivale a decantarse por el fracaso y enviar a la muerte a muchos, muchísimos hombres.
—Emperatriz —dijo Mahesh con tono firme, haciendo caso omiso de las palabras de Lata—. Es un riesgo, nadie lo niega.
Malini captó con cierta amargura que Mahesh empezaba a ponerse del lado de los demás señores de alta cuna, y en contra de ella. Otra prueba de que se había convertido en un problema que había que solucionar.
—El gran príncipe —prosiguió Mahesh—. Su fortaleza. No negaré que posee… armas… que nosotros no tenemos.
Malini volvió a captar la pausa antes de pronunciar la palabra ‘armas’ con algo parecido a la reverencia. Mahesh prosiguió:
—No podemos pasar de largo y dejárnoslo a la espalda.
Nos seguirá en nuestro viaje hasta tu hermano y quedaremos aplastados entre dos fuerzas, las de Parijat y las de Saketa.
Cuanto más hagamos por debilitar las fuerzas del gran príncipe, mejor.
Puede que nuestras dificultades sean significativas y nuestros suministros limitados, pero el gran príncipe está rodeado y nosotros no.
Se cansarán antes que nosotros, y entonces serán nuestros.
Este y no otro camino será el que nos lleve a la victoria, emperatriz.
Soy un general muy experimentado. Has depositado tu fe en mí.
No permitas que esa fe no flaquee ahora, te lo ruego.
Hizo una profunda reverencia, una pose de soldado leal de la cabeza a los pies.
Cuando hablaba así, con tanta lealtad, sonaba bastante convincente. Pero no había dicho toda la verdad.
“Asediar Saketa no es su prioridad”, pensó Malini. “Quieren poner a Aditya en mi lugar. Están ganando tiempo”.
Lo sabía. A fin de cuentas, no era la primera vez que unos hombres intentaban deponerla. Con cada escaramuza perdida, cada vez que la guerra les mordía los talones como un perro, siempre había nobles al encuentro de Aditya.
“Debería gobernarnos un descendiente de Divyanshi, un hijo, no una mujer”, se decían entre ellos cuando creían que Malini no los oía. Los muy idiotas jamás se contenían, ajenos al hecho de que Malini tenía ojos entre todos los coperos, criadas y chicos que les pulían las armaduras.
Aditya era el primogénito. El legítimo heredero.
A Malini se le acababa el tiempo. Y Mahesh, maldito fuera, le estaba quitando lo poco que le quedaba.
Se aseguró de que no se le alterase el gesto.
Lo conocía bien. Mahesh era devoto de las Madres de las llamas.
Si conseguía que creyese de nuevo en ella podría manipularlo; si podía recuperar aquel momento en que se había autoproclamado emperatriz hacía un año en la senda que llevaba a Dwarali; si podía conservar la luz reverente que había colmado los ojos de Mahesh y le atravesaba con ella el corazón…
, entonces podría seguir controlándolo.
—En ese caso, esperemos —dijo—. Veamos qué podemos hacer para recordarles a los saketanos que, por muchas armas que tengan, son nuestros prisioneros.
Malini fue a la tienda de Aditya.
La acompañaba Swati, cargada con una bandeja de comida.
—Hermano —saludó al tiempo que Swati dejaba la comida y se apresuraba a marcharse—. Echaba de menos nuestros encuentros normales. Mis disculpas.
—No es necesario que te disculpes —dijo él—. Rao me ha contado lo que ha… sucedido.
“Si te hubieras molestado en sacar la cabeza de la tienda, te habrías enterado tú solo sin ayuda”.
Malini no dijo aquello. Se sentó con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Se alisó el sari. Él le dedicó una mirada calmada.
—Tenemos que hablar —dijo Malini a las claras—. Mahesh quiere colocarte en el trono. ¿Ha venido a hablar contigo?
—Intentó invitarme a un consejo de guerra —respondió Aditya—, pero, aparte de eso, no.
Recorrió con los dedos el filo del plato y acarició con las yemas el borde del roti, sintiendo su calor.
—Otros señores sí que me habían abordado por ese motivo —dijo—. Pero Mahesh, no.
—Siempre ha sido leal a ti por encima de todo.
Aditya negó con la cabeza.
—Es un hombre devoto. No tiene la fe de Chandra en las Madres, pero su devoción es igualmente firme —dijo sin la menor malicia, con el entendimiento que tenían los sacerdotes de la convicción religiosa, esa manera que tenían de moldear las mentes y los corazones humanos—.
Y el fuego ha minado su fe. El bendito fuego mágico…
—Ese fuego no pertenecía a las Madres —dijo Malini, exasperada. Al menos, con Aditya no tenía que disimular sus sentimientos.
—Suena muy parecido al fuego bendito del Libro de las Madres —dijo él con tono apacible—. Para alguien como Mahesh, una señal de las Madres siempre tendrá más poder, más significado que una señal del dios sin nombre.
Ella se mordió la lengua; ese dolor leve logró centrarla. ¿De qué le serviría discutir con Aditya? Su hermano no decía que lo creyese; solo decía que Mahesh lo creía.
Una vez se hubo calmado, aunque no del todo, volvió a hablar.
—¿Y si te pide que ocupes tu lugar, que lideres al ejército, que te conviertas en emperador…?
—Ah, Malini —dijo él suavemente—. En cierta ocasión me pediste que hiciera eso mismo. Si a ti pude decirte que no, ¿de verdad crees que alguien más va a convencerme?
Ella asintió. Ambos se miraron, tensos y cansados.
Las cortinillas se apartaron.
Malini casi se había incorporado cuando entró Rao. Llevaba una botella de vino. Al ver a Malini se detuvo.
Esbozó una sonrisa titubeante. Así que ya no estaba enfadado con ella. Bueno era saberlo.
—No sabía que estarías aquí —dijo, a modo de excusa.
—¿No te lo han dicho los guardias?
—Me lo han dicho hace un instante, en la misma puerta —dijo—. Por eso no he traído una copa para ti, Malini, lo siento.
—En ese caso, beberé de la botella —dijo ella sin dudarlo.
Rao asintió.
—Cómete la comida —le dijo Rao a Aditya—. Estás muy delgado.
—Suenas como una abuela —dijo Aditya, pero a sus labios asomó un atisbo de sonrisa, y empezó a comer.
—Sea como fuere, me alegro de que estés aquí, Malini —dijo Rao—. Es más fácil hablarte directamente y solo con compañía de fiar. Hablar con los dos, de hecho.
Sirvió el vino: una copa para sí y otra para Aditya.
Malini aceptó la botella. En cierta ocasión había pensado que jamás podría volver a beber, que las secuelas del vino envenenado que había probado durante su encierro no se lo permitirían nunca más.
Sin embargo, había descubierto el curioso placer que le producía el disfrutar de algo que en su día había sido fuente de sufrimiento.
El vino, cosecha saketana, rico y suave, le caldeó el estómago.
Rao los miró a ambos de hito en hito.
—Malini…
—No quiero hablar de política —se apresuró a decir ella.
El gesto de Rao dejó entrever cierta frustración.
—No vas a tener muchas más oportunidades de hablar de política conmigo y con tu hermano sin que nadie te espíe —señaló.
—Vas a decirme que cuento con el apoyo de Alor —dijo ella—.
Eso ya lo sé. Me dirás que Srugna no ve con buenos ojos los costes de la guerra, los suministros que nos envían, el engorro que le suponen…
, pero que seguirán apoyándome porque tanto el dios sin nombre como las Madres me han elegido, y porque soy mejor que Chandra.
Y también me vas a decir que tengo que hacer algo con Mahesh.
—Dio otro trago de vino. Embriagador—. Todo eso ya me lo han dicho.