La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

PARUL

La clave para sobrevivir como sirviente en el mahal imperial estri baba en pasar desapercibida.

La invisibilidad era una habilidad idéntica a la de hacerle las trenzas a una señora de alta cuna, a la de limpiar lustrosa seda delicadamente bordada o a la de servir la comida con elegancia durante un banquete. Y Parul las dominaba todas.

De niña, nacida en una familia de sirvientes de palacio, había aprendido las tareas de su madre: servir el vino con gracilidad, atravesar un salón con bandejas cargadas de arroz nacarado y sabzis humeantes.

También había aprendido a ser eficiente, si bien no demasiado rápida ni demasiado elegante.

“Realizar cualquier tarea demasiado mal o demasiado bien llamaba igualmente la atención”, le había advertido su madre.

“Y llamar la atención nunca es bueno para una chica de tu posición, Parul”.

En cierta ocasión, su madre le había contado la historia de dos pequeñas liebres.

Hermanas. A una le gustaba correr, y a otra, escarbar.

La liebre corredora era un encanto, y hermosa, y casi todo el mundo la quería.

Su belleza llamaba la atención de muchas criaturas malvadas: serpientes y pájaros hambrientos de carne fresca, carne que todos ellos ansiaban.

Sin embargo, la liebre corredora no los temía.

—Pensaba que era demasiado rápida para que la atrapasen. ¡Demasiado rápida para que ninguna serpiente la mordiese! —Su madre hizo una pausa. Le tembló la voz al continuar y decir con fingida ligereza—. Pero se equivocaba, paloma mía. Aprende de su ejemplo.

Y Parul había aprendido. A cada año que pasaba, se volvía más alta y bella.

Era lo bastante pragmática como para reconocer su belleza y los problemas que podría causarle.

Sobrevivía a la vida en el palacio más o menos intacta.

Había visto todos los cambios tumultuosos que habían recorrido el mahal imperial: la partida del príncipe Aditya para convertirse en sacerdote del dios sin nombre, el ascenso a emperador del príncipe Chandra,

la negativa a arder de la princesa imperial y las horribles piras en las que ardieron todas las demás mujeres que siguieron sin cesar.

Y durante todos aquellos cambios, Parul había sido la liebre que escarbaba.

La que sobrevivía. Escondida, cuidadosa.

Observándolo todo sin que la observasen a ella.

Sin embargo, antes de la boda había dado un paso en falso.

Para conmemorar su boda, la reina Varsha les había regalado varias baratijas a las principales criadas del palacio; finos brazaletes de plata y saris diáfanos.

Por supuesto, Parul no se encontraba entre esas criadas principales, pero tanto ella como las demás criadas habían dado buena cuenta del vino y el arrack que habían sobrado tras muchas noches de banquetes, así como de los pequeños dulces bañados en azúcar plateado.

Una de las viejas tías de las cocinas había pintado con alheña las manos de Parul: bucles y remolinos que representaban pájaros y flores, así como una flor de jazmín justo en el centro de cada una de las muñecas de Parul.

Relajada tras las celebraciones, y quizá más contenta por culpa del alcohol de lo que debería haber estado, Parul bajó la guardia.

En lugar de recorrer los estrechos corredores de los criados hasta los dormitorios del servicio, atravesó los grandes pasillos principales del mahal.

Fue un pequeño placer, y Parul pensó que no había peligro en ello.

Era noche cerrada y los residentes del mahal seguían de fiesta o bien estaban ya profundamente dormidos.

Parul no prestaba atención a nada en particular, se limitaba a disfrutar del cálido entumecimiento de una noche de celebración y bebida…

y entonces oyó voces de hombres. Se quedó helada y el corazón se le subió a la garganta.

Estaba cerca de un dintel. Al otro lado había un pasillo con columnas cubiertas de grabados retorcidos. Y la luz de la luna, demasiada, entraba por techos deliberadamente abiertos al cielo para dejar pasar el sol, las estrellas, la lluvia.

Oh, que las Madres la asistiesen. Comprendió dónde estaba. Apenas una arcada la separaba de un lugar al que nunca se atrevía a ir.

En su día aquel lugar había servido de aposento al puñado de consejeros sruganis que residían permanentemente en el mahal en servicio al imperio.

Los pasillos estaban construidos al estilo srugani, abiertos a los caprichos de la naturaleza, y no habían sido modificados a pesar de que hacía mucho que los sruganis ya no vivían allí…

porque el emperador los había desterrado.

Aquellos salones pertenecían ahora a los clérigos y sacerdotes guerreros del emperador, que habían ascendido tanto en el escalafón que ya no residían en el templo, donde debían estar.

Los sirvientes de palacio tenían en gran estima a los consejeros sruganis, no así a los sacerdotes, a quienes ponían mucho cuidado en evitar.

En especial las criadas del mahal.

Parul solía apretar el paso cuando pasaba por allí, y pasaba junto al dintel tan rápido como un pájaro al vuelo.

Sin embargo, aquella noche se había entretenido.

El licor la había convertido en una presa lenta.

Y los sacerdotes se acercaban, tanto que pudo ver sus sombras alargándose en el suelo…

y la suya propia, confundida con la sombra de la arcada.

Si se movía, los sacerdotes verían su sombra moverse. Sabrían que estaba allí.

Parul sabía bien el precio que iba a pagar si la descubrían.

En cierta ocasión, en un pequeño festín celebrado entre algunos de los líderes militares del emperador, una criada llamada Chaiya, que tenía dos años menos que Parul, había oído cómo hablaban de tácticas militares.

Por mero accidente había cruzado la mirada con uno de los señores, que se había echado a reír y le había preguntado con tono ligero y burlón si le interesaba la estrategia militar.

Cuando aquel señor perdió una batalla, fue a buscar a Chaiya y le rajó la garganta. Afirmó que debía de ser una espía. ¿De qué otra manera podía explicarse aquella derrota?

—Si Hemanth no le cuenta toda la verdad al emperador, ¿cómo va este a tomar la decisión adecuada?

—comentaba en aquel momento un viejo sacerdote con voz grave—.

El emperador Chandra siempre le ha hecho caso.

Siempre ha tenido gran respeto por nuestro sacerdocio y nuestro servicio. Si Hemanth le explicase…

—Yo quiero mucho al sumo sacerdote —dijo una voz más joven—. Confío en que pueda convencer al emperador.

Hablaban del emperador. Del emperador. ¿Qué le harían si la encontraban allí?

No podía echar a correr. Era como si sus pies hubiesen echado raíces. El sacerdote mayor tomó la palabra de nuevo:

—Kartik —murmuró, en tono tan bajo que Parul casi no lo oyó a causa del estruendo de sus propios latidos, de la respiración aterrada que intentaba contener—. Hemanth cree que el emperador entrará en razón, pero yo me temo…

La voz se aplacó. Por un momento, Parul albergó la esperanza de que hubiesen decidido alejarse. Sin embargo, la voz de Kartik volvió a oírse, clara, demasiado cerca, al decir, con tono tranquilizador:

—A todos nos une el deseo de proteger Parijatdvipa. Pero yo me he asegurado de que ella viva lo suficiente.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo? —El sacerdote mayor sonó aliviado.

—No te atormentes —respondió con voz amable—. Si el emperador no hace caso de los consejos de sus sacerdotes…

Una pausa. El ruido de pasos se detuvo. La respiración entrecortada del sacerdote mayor. Los dos se habían detenido.

—Hay otro modo —dijo al fin Kartik—. Otro modo que también bendicen las Madres.

Y en tono algo inseguro:

—¿Y Hemanth lo aprueba?

—Hemanth quiere al emperador —replicó Kartik—, pero al final hará lo que sea mejor para Parijatdvipa. Tengo fe en ello.

Para entonces, Parul había dejado de respirar por completo. No entendía de qué hablaban, pero sabía que, si la encontraban, daría igual.

Podía verlos: uno más bajo y otro más alto. El sacerdote Kartik estaba de cara a ella bajo la luz de la luna, con la mirada clavada en su compañero, centrado y atento. Parul decidió arriesgarse. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Con cuidado, dio un paso lateral. Se aplastó contra la pared, que era un mejor escondite. Su sombra se confundía con la oscuridad sin forma que la rodeaba.

La conversación se detuvo. Por un momento, el miedo se adueñó de ella. La iban a encontrar. La iban a quemar.

Pero no fue así.

Los dos sacerdotes se despidieron.

—Partiré al alba —dijo Kartik—. Tengo que regresar a mi templo.

—Te echaremos de menos.

—Volveré pronto —replicó él—. Me cuesta separarme de Hemanth durante mucho tiempo.

Un momento de absoluto silencio, y luego:

Pasos. Que se acercaban.

Parul no respiró. No respiró. Pensó en las hogueras, en el olor que siempre flotaba en el aire, en los gritos que a veces transportaba el viento. No había lugar alguno en el mahal adonde no llegase ese sonido. Pensó en su propia voz, sumada a aquella canción hueca. La mera idea casi la hizo llorar…

El sacerdote pasó de largo. El dobladillo de su túnica rozó la arcada, pero se alejó por el corredor principal que llevaba a los aposentos de los sruganis.

Los pasos se desvanecieron. Parul se estremeció y empezó a avanzar a trompicones.

Les dio las gracias a las Madres, en la cabeza y en el corazón, por haberla protegido una vez más.

Por haberla convertido en la liebre en la madriguera: segura y a salvo de la dura y asesina luz en los ojos de un sacerdote.