La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Once #2
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Capítulo Once #2

No hacía falta que Bhumika lo dijese: Ahiranya sobreviviría un tiempo sin Priya, sin sus manos en la tierra, en el pueblo, en la podredumbre.

Pero, sin Bhumika, no sobreviviría. Era Bhumika quien mantenía unidos a los guardamáscaras, a los nobles, a los mercaderes y al pueblo llano con una débil red de favores y lealtades, sobornos y responsabilidades.

A Priya no se le daría bien aquel tipo de tarea.

—No podrás fingir que tienes la diplomacia de un noble de alta cuna, y mucho menos el tipo de comportamiento que se espera de un gobernante. No te lo negaré.

—A lo mejor puede enseñarme alguien —sugirió Priya a la desesperada. No podía creer lo que estaba diciendo—. Alguien que me entrene en lo tocante al decoro. O un compañero que me guíe.

—No confío en ningún noble que conozca todos los vericuetos de la política parijatdvipana. No puedo pedirle a nadie que te apoye en este viaje —dijo Bhumika—. Y yo solo puedo enseñarte un poco antes de que te marches.

—En cierta ocasión trataste de enseñarme cómo se comporta la criada de una señora —dijo Priya en tono derrotado—. Y fracasé con estrépito. Quizá no valga la pena ni intentarlo.

—Bueno, estoy segura de que en esta ocasión estarás más motivada —dijo Bhumika—. Puede que aprendas. Lo intentaremos.

Bhumika no sonaba muy segura. Era justo.

—¿Cómo puedes confiar en que no vaya a echarlo todo a perder?

—¿En quién voy a confiar aparte de ti, Pri?

Cierto. Horrible pero cierto.

—Creo que la emperatriz tiene bastante interés en mantenerte con vida —prosiguió Bhumika en voz baja—.

Cree que sabe lo que eres. Tus fortalezas y tus debilidades.

No esperará a una artera política. Te protegerá de la peor cara de sus cortesanos.

Debes ser lo que ella quiera y necesite que seas, y esperar que eso baste para mantenerte a salvo.

Te prepararemos un séquito adecuado y todas las lecciones que podamos.

—No me asignes un gran séquito —dijo Priya a media voz mientras trataba de darle sentido a sus propios pensamientos—. No. Los parijatdvipanos…, creo que será mejor si nos subestiman.

—Tu Malini te quiere por lo que eres capaz de hacer —dijo Bhumika en un susurro—. Tarde o temprano sabrán de lo que es capaz una mayor de Ahiranya. Lo verán y te temerán.

—Si creen que somos sus marionetas, no —repuso Priya—. Y menos si creen que estamos en su poder y que necesitamos su apoyo para sobrevivir. ¿Qué amenaza va a suponer una mujer sola y sin aliados, por más poder que albergue en su interior?

Priya esbozó una sonrisa cansada y añadió:

—No será difícil que se lo crean, porque prácticamente es verdad.

—Supongo que tienes razón —admitió Bhumika, con voz indescifrable.

Priya frotó el brazo de Bhumika con el suyo.

—Creí que te alegrarías.

—¿De que te marches? No.

—De que no me lleve a muchos soldados —contestó Priya—. Vas a necesitarlos a todos. Yo me las apañaré sola. Puede que le pida a Sima que me acompañe. Así evitaré que intente atravesar las aguas…

—Priya. —Ella guardó silencio. Y se quedó inmóvil. El tono de voz de Bhumika, aquella solemnidad que lo preñaba, la contuvo en el sitio—. Prométeme que sobrevivirás y que volverás a casa.

Priya tragó saliva.

—¿Cómo voy a prometer algo así?

Ambas sabían lo peligroso que era el mundo. La brutalidad, rapidez y facilidad con la que los seres amados podían morir y dejarla a una atrás, por más que quisieran quedarse.

—Prométemelo —repitió Bhumika.

Bhumika jamás le había pedido que prometiese algo que no pudiera cumplir. Le brillaban los ojos, preñados de una sospechosa humedad a pesar de la severidad de su expresión. Priya no pudo sino apartar la mirada y tragar saliva para bajar algo que se había atascado en su garganta. Asintió.

—Te lo prometo —dijo—. Cuando todo acabe volveré a casa.

No tenía sentido alargarlo más de lo necesario. Priya reunió sus posesiones y delegó todas las responsabilidades que pudo.

Si Ganam pensó que abandonar Ahiranya a causa de una orden imperial parijatdvipana era una traición, no lo dijo.

Los demás guardamáscaras mantuvieron el mismo silencio.

Priya tuvo la certeza de que planeaban algo, pero si lo que querían era la oportunidad de atravesar las aguas de nuevo, Bhumika se la proporcionaría.

“Espero que estén listos para cavar más tumbas”, pensó con tono lúgubre. Se lo había advertido a Ganam. Era lo único que estaba en su mano.

Billu le dio algo de hachís.

—Te he puesto también un poco de arrack —dijo—. Es un asco, pero quién sabe cuándo lo necesitarás.

—¿De dónde has sacado tanto? —preguntó Priya, suspicaz.

—Soy uno de los principales consejeros de las mayores del templo, ¿no? La gente me hace regalos.

—Billu, si has aceptado sobornos de la gente…

—¿Qué? ¿Qué piensas hacer?

—Aconsejarte que aceptes solo sobornos de calidad —dijo Priya—. Eso voy a hacer.

Él resopló.

—Fue más bien un trueque —admitió—. Es mío por derecho, y ahora es tuyo.

—¿Cuándo voy a poder usar nada de esto?

—¿No te vas a unir al ejército? No es para ti, chica. Es para que hagas amigos. Las drogas y el licor te granjearán el favor de los soldados más rápido que cualquiera de tus hermosas palabras.

—Gracias —dijo ella—. No sé…, ¿qué quieres a cambio?

—¿Y por qué iba a querer nada a cambio? Es un regalo. —Ella volvió a agradecérselo. Él se encogió de hombros y dijo con tono cortante—: Tú asegúrate de volver pronto. Te vamos a echar de menos.

A continuación, Priya se despidió de Rukh.

—No tardarás mucho en volver —dijo él, resuelto.

—Ah, ¿así que no piensas fingir que me vas a echar de menos? —Priya puso gesto iracundo y se cruzó de brazos—. ¡Después de todo lo que he hecho por ti!

Rukh soltó un suspiro y puso los ojos en blanco, pero luego la abrazó.

No se le daban bien los abrazos, siempre se lo veía incómodo al hacerlo, con aquellos brazos huesudos que aún no habían acabado de crecer.

Sin embargo, Priya sintió la fiereza de su afecto en el modo en que la rodeó.

Incapaz de reprimir todo el afecto que le profesaba, Priya le devolvió el abrazo.

—Gracias por todo lo que has hecho por mí, Priya —dijo—. Te echaré de menos.

—Eso está mejor.

Le dio unas palmaditas en la cabeza, ante lo que él refunfuñó y se apartó de ella. Se restregó los ojos con los nudillos y carraspeó.

—Cuando vuelvas ya usaré un sable de verdad —le dijo—. Ya verás, te vas a quedar impresionada.

—¿No te preocupa que no vuelva? —Él negó con la cabeza—. Niñato.

Le revolvió las hojas del pelo. Él se lo permitió con una risa.

—Eres más fuerte que nadie —dijo Rukh. La miró a los ojos y se puso serio—. Te irá bien.

—¿Intentas consolarme?

Él negó con la cabeza.

—Sé que eres fuerte. Aunque quizá necesites saber que todo el mundo lo sabe.

La verdad era que todos pensaban que Priya era fuerte.

Todo el mundo excepto Bhumika, que decía que confiaba en ella, que la dejaba marchar, pero que la había mirado con ojos extraños y húmedos. Que le había sacado una promesa: volver a casa.

Priya apartó de sí aquella inquietud y fue a buscar a Sima.

Sima estaba en los aposentos de Priya; doblaba un sari con cuidado. Ya había doblado un salwar kameez sobre el catre, con un saquito de hierbas dulce metido en la manga.

Priya tocó el kameez. Estaba casi segura de haberlo llevado en el campo de entrenamiento, de haberlo ensuciado.

—¿Me has lavado la ropa?

—¿Acaso iba a hacerlo alguien más? —replicó ella.

—Yo misma, por ejemplo.

—Tú apenas tenías tiempo —repuso ella—. Además, no me importa.

Priya alzó la vista.

—Le he dicho a Bhumika que voy a llevarte conmigo.

—¿A mí? —Sima parpadeó con la boca entreabierta—. ¿Por qué?

—¿No quieres venir?

—Es que… ¿Viene alguien más? ¿O solo yo?

—Jeevan dijo que podía dejarme unos cuantos hombres. Ellos, tú y los hombres de Yogesh, el mensajero.

Sima la contemplaba con el sari entre las manos.

—¿Por qué? —volvió a preguntar.

Priya vaciló. No sabía cómo decirle la verdad: que comprendía cuánto la irritaban las posiciones que ocupaban.

Que sentía que se abría un abismo entre las dos.

Que no le echaba la culpa a Sima. Que entendía que aspirase a más.

Y que, si Priya podía dárselo, si podía darle las oportunidades y peligros que ansiaba, si podía darle un camino por el que avanzar, así lo haría.

—Me vendría bien tener una amiga a mi lado —respondió, en cambio—. Es decir, si quieres venir. Quizá sea toda una aventura.

—Una aventura —replicó Sima con tono cortante—. Es la guerra, Pri. Va a ser una pesadilla.

—Probablemente tengas razón.

—Ir contigo sería…, Pri, no deberías habérmelo pedido.

—Pero lo he hecho —dijo Priya—. Y lo digo en serio. Si quieres venir…, hay sitio para ti. Lo único que no puedo prometerte es que sea seguro.

Sima guardó silencio por un momento. Luego suspiró e inclinó la cabeza.

Priya vio que relajaba los hombros por primera vez y que una sonrisa afloraba a su rostro. Acto seguido, Sima se enderezó y echó de pronto a andar.

—Entonces hazte tú misma el equipaje —dijo—. Yo tengo que hacer el mío. Por los espíritus, Pri, tendrías que habérmelo dicho antes.

—¡Lo siento! —exclamó.

—¡Claro que no lo sientes!

Priya sonrió.

Claro que no lo sentía.