La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Once
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Capítulo Once

PRIYA

Priya leyó la carta tres veces. Notaba la mirada de Bhumika sobre ella, pero no alzó la vista. Incluso después de leer, sus ojos reco rrieron las palabras, cada bucle y cada curva, la firme fuerza de la letra de Malini.

—¿Qué piensas? —preguntó Bhumika al ver que Priya prolongaba su silencio durante demasiado tiempo.

—Creo que corre algún tipo de peligro —respondió Priya al fin—. Lo bastante grave como para arriesgarse a… esto.

—El emperador traidor tiene un arma de fuego. Un guerrero de sable verde en una corte de alta cuna —leyó Bhumika—. La emperatriz parece conocer bien los Mantras de corteza de abedul.

—Sí que los conoce —respondió Priya con voz queda—. Los usa como lo hacen tus poetas: recurre a una historia para contar otra. Pero ya lo sabías, ¿no? Has leído todas y cada una de las cartas que me ha enviado.

—He leído todas y cada una de las cartas que la emperatriz autoproclamada de Parijatdvipa le ha enviado a mi compañera mayor de Ahiranya, sí —dijo Bhumika con paciencia exagerada—.

Si quieres correspondencia privada, Priya, quizá deberías buscarte los afectos de alguna mujer menos poderosa. No tienes por qué enfadarte.

—No me enfado —mintió Priya.

—Seguro que no —dijo Bhumika—. ¿Entiendes a qué se refiere con lo del “guerrero de sable verde”?

El relato al que hacía referencia Malini era tan poco conocido que casi nadie que no fuera de Ahiranya lo recordaba.

Incluso en Ahiranya habría pocos que lo conocieran.

Era una pequeña fábula; la historia de un guerrero que afirmaba que su espada de madera verde había sido bendecida por los yaksas y que contenía sus grandes poderes.

Era mentira, pero le sirvió para entrar al servicio de un noble de alta cuna…

, si bien propició la muerte de su señor en batalla.

Todo el relato era una advertencia sobre el hecho de decir mentiras.

—Un arma falsa —murmuró Priya—. Una llama falsa que no ha sido bendecida. Eso será lo que traiga la condenación.

Vaciló y, al cabo, dijo:

—¿Has oído alguna noticia que hable de fuego? ¿Le ha pasado algo al ejército de Mali…, de la emperatriz?

Hasta aquel entonces, la guerra había parecido muy lejana.

Solo habían sufrido ataques muy puntuales por parte de las fuerzas del emperador, ataques que habían podido frustrar con el bosque y su magia, así como con las patrullas de soldados que con tanto cuidado había dispuesto Jeevan.

Estaba claro que el emperador centraba sus esfuerzos en su hermana, y mientras ella concentrase los suyos en otros lugares lejos de Ahiranya, lo mismo haría el emperador.

—No tengo espías en el ejército de la emperatriz, aunque ya me gustaría —confesó Bhumika con tono cortante.

No se le había escapado el desliz de Priya—.

Aun así, el mensajero que nos ha enviado le ha confiado algo a la criada que le trajo la cena y lo trató con amabilidad por haber viajado tan lejos con tanta rapidez.

La emperatriz pretendía sellar un tratado con el gran príncipe de Saketa, pero, al llegar, los hombres del gran príncipe atacaron a sus fuerzas con fuego.

Según asegura el mensajero, se trataba de un fuego…

insólito. No ha querido decir más al respecto.

—Ya me imagino —murmuró Priya. A las mejores criadas de Bhumika se les daba bien sonsacarle información a la gente, pero había cierto límite en lo que se podía indagar discretamente—. ¿Crees que se trata de un fuego como el que las Madres de las llamas usaron en su día contra los yaksas?

La pausa entre sus palabras era harto elocuente.

—Vas a tener que decirme lo que implica esa misiva. —Un suspiro—. Priya.

—¿Qué? Te digo la verdad. Si quieres, puedo fingir que soy igual de lista que tú. ¿Quieres que mienta?

—Los parijati adoran a las Madres y Sus llamas —dijo Bhumika—. Quien controle esas llamas debe ser quien gobierne legítimamente el imperio. Y si no es la emperatriz Malini, entonces no podrá aferrarse por mucho tiempo al título de emperatriz.

La mirada de Bhumika aleteó entre el rostro de Priya y la carta que aún sostenía con delicadeza entre las manos.

—Vas a tener que esforzarte por pensar igual que yo —prosiguió—. Si es que piensas cumplir su voluntad.

Ahí residía todo. Esa era la petición de Malini.

En medio de relatos de los Mantras de corteza de abedul y de los comentarios sobre el tiempo y las inclemencias del viaje, así como los buenos deseos sobre la salud de Ahiranya, de sus mayores y nobles de alta cuna… , residía el motivo real de la carta.

—No sé qué hacer —admitió Priya—. Ha solicitado la presencia de una mayor. Pero eso no significa…

Hizo una pausa. Tragó saliva y dijo:

—¿Qué crees que debería hacer?

—Creo que deberías pensar como yo —respondió Bhumika—. Por un instante, al menos.

Priya lo intentó.

—¿Para qué quiere a una mayor? —preguntó Priya al cabo.

—No quiere a una mayor —dijo Bhumika—. Te quiere a ti.

“Eso no lo sabes”, pensó Priya, pero por supuesto que Bhumika lo sabía, del mismo modo que lo sabía Priya. Le había escrito la carta a Priya. Era a Priya a quien recordaba incluso después de dejar el título de princesa y adoptar uno mayor.

—No sé cómo podré ayudarla —se lamentó Priya.

—¿Seguro que no? ¿Con tus dones?

—Los dones que tuvieron los mayores antes que nosotras no sirvieron contra el fuego de las Madres.

—Si el fuego es falso, nuestros dones, o los tuyos, bastarán —repuso Bhumika.

—Soy necesaria aquí.

—Cuántas excusas —murmuró Bhumika—. Casi parece que no quieras ir. ¿Es ese el caso?

Priya tragó saliva.

—Este es mi hogar. Y tengo mucho que hacer. El pueblo…, la podredumbre…

—Yo puedo encargarme de la podredumbre.

—¿Y gobernar el país al mismo tiempo?

—Acabamos de comentar que los guardamáscaras quieren atravesar las aguas —dijo Bhumika—. Quieren ser dos y tres veces nacidos. Podrán ayudar con la podredumbre. Y con el gobierno, si es necesario. Y tarde o temprano, tú volverás a casa y proseguirás con tus tareas.

Le lanzó una mirada firme a Priya y añadió:

—Necesitamos que la emperatriz ascienda al trono. Si fracasa, todo esto habrá sido en vano. Quizás haya comprendido que necesita tu fuerza para triunfar. Una magia antigua, falsa o no, contra otra. O quizá solo quiera que estés a su lado.

Un suspiro.

—Lo cierto es que da igual. Me las arreglaré. Ahiranya se las arreglará. No hay otra opción, ¿verdad, Priya?

“Siempre hay otra opción”, pensó Priya. ¿Qué iba a hacer Malini desde la otra punta del imperio? Además, no se lo había ordenado. No había tono amenazante en la misiva. A ese respecto era muy clara.

Y sin embargo. Y sin embargo…

Siempre había palabras, palabras bajo otras palabras, cuando se trataba de Malini. Malini jamás mentía. Pero sus verdades eran aguas profundas.

Os pido con toda cortesía como aliadas mías…

—Siempre tendremos el sangam —dijo Bhumika—. Mantendremos nuestras conversaciones cada velada.

—No me puedo creer que pienses que deba ir —repuso Priya—. Pensé que tratarías de disuadirme.

Bhumika negó con la cabeza.

—Siempre he sabido que, tarde o temprano, irías con ella.

—Pero no mientras Ahiranya me necesite —replicó Priya, con tono caldeado—. Tú también me necesitas. Tenemos un puñado de nacidos una vez en quienes no confías del todo, y la mitad de ellos podrían morir ahogados. Bhumika, no puedes dejarme marchar.

—Muchas de nuestras alianzas existen gracias a tu emperatriz Malini. Si perdemos su favor… —Bhumika se encogió de hombros con delicadeza.

Priya asintió y no dijo nada durante un instante.

—No podemos permitirnos que fracase. Ni que muera —acotó Bhumika para romper el silencio.

—En cierta ocasión me dijiste que, si se volvía contra nosotros, tenía que derrocarla.

—Pero eso supondría una muerte en nuestros propios términos, para nuestro beneficio —repuso Bhumika—. Cualquier otro tipo de muerte supondrá nuestra ruina.

Que Malini cayese. Resultaba difícil de imaginar.

Desde que había llegado a Ahiranya la noticia de que era la princesa, y no el príncipe, quien pretendía apoderarse del trono del emperador Chandra…

, una noticia que cuchicheaban y rumoreaban los mercaderes y comerciantes, que corría por los mercados mucho antes de que llegase ninguna misiva oficial imperial firmada con una floritura del puño y letra de Malini…

, Priya había creído que podría salir triunfante.

Era demasiado lista como para perder. Estaba más que dispuesta a pagar el precio que fuera.

Priya no podía mentirse a sí misma: Malini haría todo lo que fuera necesario para asegurarse la victoria, aunque el precio fuese la propia Priya.

La gente comentaba que Malini había quemado sacerdotes. Priya había recordado su rostro después de aquel beso en el bosque, la fiereza de sus ojos. Y había pensado: “Es capaz. Es capaz”.

¿Hasta qué punto estaba Malini tan desesperada como para convocar a una de ellas? ¿Estaba desesperada? La carta exudaba diplomacia. No había letras crispadas escritas por dedos tensos, no había manchas saladas de lágrimas.

Sin embargo, ahí estaba el relato de los Mantras de corteza de abedul. Ahí estaban las palabras que había escrito antes. Aquel Priya, estoy pensando en ti…

Priya soltó una maldición y se llevó una mano a la cara.

—Ah, espíritus. ¿Tengo que ir yo? ¿No preferirías ir tú, Bhumika?

—Estoy segura de que me las arreglaría muy bien en la corte de la princesa —dijo Bhumika—. Pero sé que tienes que ser tú.

—No sé cómo se habla con reyes y príncipes.

—Ya has hablado, como mínimo, con un príncipe —señaló Bhumika—. Y con una emperatriz. Aunque supongo que hiciste algo más que hablar con ella…

—Bhumika.

—¿Qué? ¿No se me va a permitir hacer alguna broma de vez en cuando? —se defendió Bhumika, y sonrió un poco al ver que Priya arrugaba el rostro como respuesta. Luego volvió a adoptar una expresión grave—. Te las arreglarás. No son más que nobles de alta cuna.

—A ti se te da mejor lidiar con ellos —pretextó Priya—. Ambas lo sabemos.

—A quien quiere es a ti —dijo Bhumika con voz queda—. Puede que no te haya nombrado directamente, lo cual ha sido muy sabio por su parte, pero sabes que es así. Y aunque no fuera el caso, yo no puedo ir.