Capítulo Diez
KUNAL
A Kunal no le gustaba Parijat. Era una ciudad fría.
Mármol frío. Gente fría. Las flores eran demasiado pálidas, demasiado frági les, y la comida estaba demasiado dulce y lechosa.
Así pues, se alegró tanto como Varsha de que un sacerdote saketano los guiase por el mahal imperial y les preguntase amablemente por su padre, que seguía en Saketa, y por los templos de la Madre sin rostro que había en ciertos terrenos locales.
Se trataba de un asunto vergonzoso del que les habían dicho que no debían hablar en Parijat.
—Yo empecé a formarme como sacerdote en un templo de la Madre sin rostro —les confesó el sacerdote Kartik con una sonrisa—.
Creo que quienes sirven a la Madre sin rostro pueden enseñarles bastantes cosas a los sacerdotes de las Madres que viven en Parijat.
Pero no le digáis a nadie que he dicho esto —dijo, con calidez en la mirada y un tono que transmitía confianza—.
Será nuestro secreto, como compatriotas saketanos.
Varsha soltó una risita y se tapó la boca con la mano. Hasta Kunal halló consuelo en la consideración del sacerdote.
—Quizá puedas guiarme en el futuro, sacerdote —dijo su hermana con tono tímido—. Estoy pensando en formarme yo también en el sacerdocio.
—Mis disculpas, princesa —repuso el sacerdote mientras aflojaba el paso para ajustarse al de ella.
Con una punzada vergüenza, Kunal hizo lo mismo—.
El sumo sacerdote me ha pedido que os ayude a ti y a tu hermano a instalaros cómodamente en el mahal, pero mi templo está cerca del río Veri y tendré que volver allí.
Según explicó, él en persona había formado a los sacerdotes guerreros que ahora vivían en el mahal, así como a aquellos a quienes se había enviado a Saketa con toneles llenos del fuego de las Madres.
Fuego recolectado de las muertes que llenaban constantemente el mahal con aquel feo aroma a humo. A carne abrasada.
—Todos los sacerdotes capaces de empuñar un arma entran en mi jurisdicción —añadió—. Bastará con que les digas que eres amiga de Kartik y te tratarán con respeto.
El sacerdote les organizó una comida con platos típicos de su hogar, picantes y sabrosos, agradablemente amargos. Ambos devoraron los platos con más rapidez de la que tal vez pudiera considerarse razonable. Al día siguiente, el sacerdote los dejó.
Y Varsha se preparó para su boda.
La boda era inevitable. Había sido inevitable durante mucho tiempo; mucho antes de que el padre de Kunal lo mandase llamar a sus aposentos y, con sendas copas de sorbete, dijese:
—El emperador quiere afianzar nuestra alianza. Vas a acompañar a tu hermana a Parijat. —Una pausa—. Mantenla a salvo, Kunal.
Una reina, si bien no sería la única reina del emperador Chandra, por más que su padre y el padre de su padre solo se hubiesen desposado una vez.
Tanto el padre de Kunal como los sacerdotes que servían en su templo privado de las Madres le habían explicado que el emperador necesitaba una esposa parijati.
Pero el emperador también necesitaba una alianza, sobre todo después de que tantos nobles de alta cuna lo hubiesen traicionado para aliarse con su hermana. Por otro lado, Saketa…, bueno…
Saketa necesitaba comida.
—Ni en sueños me había planteado que me casaría con el mismísimo emperador —comentó Varsha con un hilo de voz. Estaba rodeada de regalos. Saris bordados en oro. Joyas. Jarrones con flores. Lazos de seda, sombrillas y pantuflas con diamantes—. ¿Crees que seré feliz?
Kunal pensó en el día en que había conocido al emperador.
El modo en que el emperador lo había llevado a un jardín privado.
Un lugar cuidado de una manera tan primorosa que bien podría haber sido el cielo, y en cuyo centro aún ardían los restos de una mujer.
El modo en que el emperador había sonreído, casi de modo displicente, antes de decir:
—Esto es lo que salvará tanto a tu país como al mío. Un sacrificio que lleva a cabo un legítimo emperador. ¿Acaso hay algo más justo?
Kunal recordó los ojos de su padre, más y más cansados a cada día que pasaba, a medida que sus príncipes inferiores lo traicionaban para servir a la falsa emperatriz.
—Nuestro país se muere —le había dicho su padre—. Necesitamos el apoyo del emperador Chandra si deseamos sobrevivir. Pagaré el precio que sea. Aunque haya de pagar con mi hija.
—Sí —le dijo Kunal a su hermana, e intentó sonreír—. Creo que serás feliz.
La mañana de la boda mandaron llamar a Kunal a los aposentos del emperador.
Kunal hizo una pronunciada reverencia mientras el emperador se vestía.
El emperador les dijo a sus sirvientes qué comida debían preparar, cómo sentar a los asistentes y qué juegos tradicionales estaban permitidos.
Y del mismo modo brusco le dijo a Kunal que Saketa debía enfrentarse a la falsa emperatriz con todas las fuerzas de las que dispusiera, pero que él no pensaba enviar más hombre o armas de apoyo.
—O bien mi hermana y los traidores que la apoyan son destruidos del todo, o bien sus fuerzas quedan diezmadas —sentenció Chandra con tono cordial—. En todo caso, no podrá atacar Parijat si tu padre quema viva a su gente.
El sastre colocó más ropas sobre la cama: una chaqueta blanca bordada con perlas tan apretujadas entre sí que más bien parecía una armadura. Un achkan largo y de color rojo, señal de buena suerte.
—¿Y qué pasará con mi padre? —se las arregló para decir Kunal—. ¿Y sus hombres? ¿Y la gente del bastión?
—Le he asegurado a tu padre que contarás con mi apoyo para ocupar el puesto de gran príncipe —respondió el emperador—. Y tu hermana será la madre de mis hijos.
“Pero”, susurró la fría voz de la razón en la mente de Kunal, “no será la madre de su heredero. Que no se te escape lo que no ha dicho”.
—Tu pueblo —prosiguió el emperador al tiempo que extendía la muñeca para que un sirviente le ajustase dos pesados torques de oro— no morirá de hambre. Se contendrá la podredumbre. Tendréis asegurados los suministros de comida.
Le lanzó a Kunal una sonrisa indiferente.
—Recuérdalo y ten presente mi benevolencia.
Kunal inclinó la cabeza y declaró que se alegraba.
Vio cómo su hermana rodeaba el fuego ceremonial de boda, vestida de rojo resplandeciente, y pensó: “Mi país se muere”.
Vio cómo su hermana se inclinaba hacia la guirnalda y pensó: “Mi padre va a morir”.
Vio cómo su hermana agachaba la cabeza para que le colocasen la guirnalda y pensó: “Mi hermana morirá.
”Y no puedo hacer nada al respecto”.