La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Nueve #4
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Capítulo Nueve #4

—Bueno, entonces supongo que tendré que aprender a hacerlo —repuso Priya. Sonaba tensa—. La podredumbre se extiende más y más cada día que pasa —murmuró—. Los sruganis no tardarán en ser los únicos que necesiten nuestra ayuda.

—Y eso nos supone una oportunidad. Pero no podremos aprovecharla si eres la única que puede encargarse de esa tarea. ¿Lo entiendes?

—Ya me gustaría poder curar la podredumbre —dijo Priya—. Y…, ah, Bhumika, ojalá no fuese tan lenta.

—No eres lenta —dijo Bhumika—. Piden un imposible.

La frente de Priya se arrugó al fruncir el ceño.

—No sabes si es imposible.

—Sé que sería más fácil si contases con ayuda, y no tengo tiempo que perder.

—Y tampoco contaba con nadie más que tuviese la misma habilidad de Priya para deshacer la podredumbre—.

He tenido tiempo de conocer un poco más a Kritika, pero tú conoces mejor a los demás guardamáscaras. ¿Qué opinión te merecen?

—Creo que quieren el bien para Ahiranya —respondió Priya—. O, como mínimo, quieren que Ahiranya sobreviva, y que la gobierne el pueblo. Siempre están dispuestos a ayudarme con mis tareas. Pero no sé si eso basta para confiar en ellos. —Una pausa—. No, no basta.

—Pareces haberte hecho migas con Ganam.

—Pero eso no implica que sepa quién es —repuso Priya—. Por los espíritus, Bhumika, crees que estoy dispuesta a confiar en cualquiera.

—La verdad es que no —dijo Bhumika—, pero has depositado tu fe en gente… interesante.

Priya se echó a reír.

—Supongo que tienes razón. Y mira lo que ha pasado: al final, gobernamos nuestro propio país.

En lugar de responder, Bhumika hizo una pausa y reflexionó sobre todas las posibilidades.

Permitir que los guardamáscaras…, los rebeldes, que era lo que siempre serían a ojos de Bhumika, tuvieran el mismo poder absoluto que poseían Bhumika y Priya, parecía una temeridad en el mejor de los casos.

Sin embargo, Bhumika no hacía más que reflexionar sobre el problema, le daba vueltas y más vueltas al asunto, y no veía alternativa posible.

No podía negarse sin que estallase una guerra civil.

Y, ah, por la tierra y el cielo, tanto Priya como ella necesitaban que les aliviasen la carga que soportaban.

—Si de verdad quieres mi opinión —dijo Priya despacio, mientras contemplaba el rostro de Bhumika—, creo que es inevitable, porque ya son nacidos una vez.

Recuerdo lo que se sentía, el ansia que despiertan las aguas.

Sentirán esa misma ansia día y noche hasta que se presente la oportunidad.

A esa gente jamás le ha dado miedo la muerte.

—Cierto —murmuró Bhumika—. Está bien, hablaré con Kritika. Haremos lo que sea necesario.

—¿Alguna vez te preguntas cómo serían las cosas si hubiésemos sobrevivido más? —preguntó Priya—. ¿Si no fuésemos las únicas hijas del templo que quedan?

—No. —Sí. A menudo. Siempre—. No me permito pensar en ello —mintió Bhumika.

—¿Crees que habría sido más sencillo? Todo esto, me refiero. —Priya no recordaba a sus hermanos tan bien como Bhumika.

—Creo que no estaríamos aquí —reconoció Bhumika—. Creo que nuestras vidas habrían sido muy diferentes. No me imagino cómo serían, y tampoco quiero imaginarlo.

—Sima me ha dicho que le gustaría atravesar las aguas —dijo entonces Priya, lo cual sacó a Bhumika de sus solemnes pensamientos—.

Y hay otros que también quieren intentarlo, como por ejemplo Billu.

Y no me vengas con que las criadas y las cocineras no tienen lo que hay que tener, Bhumika. Yo misma fui sirviente.

—Pero antes fuiste hija del templo. Además, Priya, ¿no quieres un destino mejor para ellos? De haber tenido alternativa, ¿no la habrías preferido para ti?

Priya guardó silencio.

—Dime —continuó al cabo, con voz queda—, ¿qué tal está Padma? ¿Sigue llorando todo el tiempo?

—Sí, todavía es muy pequeña —respondió Bhumika, con el tono más cortante que pudo—. Ven a verla mañana por la mañana, si quieres. Te echa de menos.

Bhumika empezaba a preguntarse si no sería ya hora de irse a la cama cuando se oyeron unos golpecitos en la puerta de su habitación. Khalida abrió para dar paso a Jeevan.

—Señora Bhumika —dijo, con una impecable reverencia—. Ha llegado un mensajero urgente. —Una pausa. Jeevan se enderezó—. De parte de la emperatriz Malini.

A Bhumika se le encogió el corazón.

—Iré enseguida —dijo.

Se dirigió a la sala de recepción con la rapidez que se esperaba.

La aguardaba un hombre delgado. Parecía haberse caído del caballo para acudir directo a verla. A juzgar por el olor que despedía, así debía de haber sido. Aun así, hizo una educada reverencia y, con voz respetuosa, dijo:

—Mayor. Me envía la emperatriz con una misiva de su puño y letra.

Bhumika aceptó la carta que le tendía.

—Gracias —respondió, con toda la elegancia que fue capaz de reunir—. Si sigues a mi criada, se asegurará de que te den algo de sustento y un sitio donde puedas descansar.

El mensajero volvió a hacer una reverencia y murmuró unas palabras de agradecimiento.

Bhumika empezó a leer. Era un mensaje breve. Le tembló la mano, apenas un poco, al volver a cerrar la carta.

—Jeevan —dijo tras girarse hacia la puerta donde su comandante aguardaba, la mirada alerta—. Llama a Priya, por favor. La necesito.