La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Nueve #3
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Capítulo Nueve #3

—Da igual. No pretendo ver lo que alberga tu corazón. Respeto por completo tu sufrimiento. Pienso en lo que habría experimentado mi tío de haber sobrevivido a lo que acaeció en la ciudad y…

Una pausa.

—Me duele mucho tu pérdida —añadió para recordarle lo que ella misma había perdido—.

Pero necesitas la fuerza del consejo del templo.

La magia en mi interior, en el interior de mis compañeros.

Si quieres conservar las riquezas y privilegios que te quedan, más te vale mantener tu lealtad hacia mí, los míos, y hacia una Ahiranya independiente. O todo lo que amas acabará por caer.

—Como tú digas —se las arregló para responder él.

—Por supuesto, aceptaré a cualquier niño de tu familia como hijo del templo —le dijo—.

Jamás le negaría a un compañero noble de alta cuna el derecho a gobernar junto con los mayores en la medida que consideres justa.

Sin embargo, como bien sabes, se trata de un camino arduo.

Creo que es mejor que trabajemos como aliados.

Ven a la próxima audiencia, Señor Chetan.

Aconséjame. Dirige el rumbo de nuestro país.

O, si lo prefieres, mándame a tu hijo menor.

Ante ti se abren muchas opciones, pero Chandra no está entre ellas.

Hizo una pausa lo bastante larga como para que las palabras calaran en él. Lo bastante larga como para ver cómo apretaba la mandíbula y bajaba los ojos, como si las palabras lo hubiesen sacudido hasta llegar al hueso.

—Pero bueno —dijo Bhumika, y le hizo un gesto a la criada. Una expresión compasiva asomó a sus labios y a las arrugas de su ceño, para que Chetan comprendiese que aún eran aliados—. Bebe un poco más de té, Señor Chetan. Y prueba los mathiya. Te aseguro que son deliciosos.

Ya era de noche cuando Bhumika volvió a subir al Hirana.

Noche cerrada; no podía guiarse con nada más que la luz de las estrellas y un leve gajo de luna.

Aun así, el Hirana la acogió como un viejo amigo.

A la luz del día, con público, se movía como agua.

En aquel momento, mucho después de que se hubiesen marchado los fieles, la piedra se limitaba a moldearse bajo sus pies.

La cuesta era lenta, suave. Bhumika caminaba con la vista en alto, contemplaba las fisuras en la roca y las figuras talladas en ella.

Los yaksas la contemplaban con rostros espectrales que relucían bajo la luz de la luna.

Priya ya estaba sentada en el zócalo en el centro del triveni. A su alrededor, el triveni se abría a la noche. Las estrellas resplandecían sobre ella a través del hueco circular abierto sobre el zócalo. Las luces de la ciudad brillaban en la aterciopelada oscuridad a sus pies.

—Cuéntame qué tal ha ido —rogó Bhumika a modo de saludo.

—Oh, todo bien.

Bhumika apretó los labios. Algo había ido mal, pues, pero Priya no se lo iba a contar en aquel momento. Para ello necesitaría una discusión que no estaba de humor para tener.

—¿Qué te parece si damos un paseo? —preguntó.

Priya bajó del zócalo y fue con ella.

Priya solía ausentarse a menudo para patrullar en busca de soldados imperiales o bien para ocuparse de sus cadáveres.

Viajaba con uno de los guardamáscaras, con Sima o con alguno de los hombres de Jeevan, para ocuparse de la podredumbre en los campos y huertos, o bien para detener el avance de la podredumbre dentro de cuerpos mortales.

Sin embargo, jamás llegaba a separarse del todo de Bhumika.

Se encontraban en el sangam. Bajo constelaciones, sobre ríos extraños, hablaban entre sí. Compartían verdades y relatos. Eran mayores del templo y la piel ya no las limitaba.

Sin embargo, cada vez que Bhumika veía a Priya en persona, se sorprendía de lo agotada que parecía: tenía la piel morena a parches, el cuerpo siempre tenso, los ojos cansados, pero siempre alertas,

siempre alzándose para seguir el movimiento de los pájaros en el horizonte o las hojas que se mecían en árboles lejanos.

Al igual que Bhumika, Priya sentía el latido y la sangre de Ahiranya: cada vena de verdor, cada hoja de hierba, cada insecto que se abría paso bajo el terreno. A diferencia de Bhumika, Priya parecía incapaz de desdeñarlo. O quizá no quería.

Incluso en aquel momento en que Bhumika mantenía un paso lento y constante mientras rodeaban el triveni, Priya se mostraba inquieta. Se acercaba al borde y volvía, siempre en busca de restos de magia en las piedras que la rodeaban. El Hirana se apresuraba a responder a su llamada.

—Quizá debería pedirle algo de hachís a Billu —dijo Priya mientras hacía muescas con el talón en el suelo del triveni. La piedra se estremecía bajo el peso del pie y latía al ritmo de sus rápidos y pensativos parpadeos—. Puede que me calme un poco.

—Podrías cultivar tu propio hachís —señaló Bhumika con sequedad.

Priya arrugó la nariz.

—Mucho esfuerzo.

Bhumika puso los ojos en blanco.

—Para ti no supondría el menor esfuerzo y lo sabes. No sé por qué te empeñas en decir cosas que sabes que no son verdad.

—La próxima vez deja que traiga un poco de vino y así no hablaré tanto.

—Ya hueles a vino —dijo Bhumika con tono cortante—. Además, necesitas ser capaz de concentrarte, Pri.

—Oh, ya me conoces —se excusó Priya con una suerte de tic en los labios mientras contemplaba los confines de Ahiranya a lo lejos—. Jamás pierdo la concentración.

—Me he reunido antes con el Señor Chetan —dijo Bhumika en lugar de seguir con los sermones. Le puso al tanto de la reunión.

—No me puedo creer que hayas sido tú quien le diga a un noble de alta cuna que tenemos que valernos por nosotros mismos —repuso Priya con una sonrisa—. A mí la política no me interesa demasiado…

—Ya me había dado cuenta —dijo Bhumika.

—… pero tú siempre has dicho a las claras que Ahiranya no puede sobrevivir por sí sola. ¿Acaso has cambiado de opinión?

—No, no he cambiado de opinión. —Bhumika miró más allá del triveni, hacia el horizonte, al igual que Priya—.

Pero hemos de sacarle partido a la situación actual.

Por más promesas que nos haga la emperatriz, por más generosa que sea, no podemos confiar en que Parijatdvipa comercie con nosotros mientras se hace pedazos.

A veces, Priya componía una expresión muy característica.

Solía esbozarla o bien a últimas horas de la velada, o bien mientras estaban enfrascadas en alguna conversación sobre el imperio parijatdvipano: su política, sus ciudades-Estado, aquella guerra fea y agotadora.

En aquel momento, la expresión volvió a manifestarse en el rostro de Priya.

—Priya —murmuró Bhumika. Priya parpadeó. La expresión se desvaneció tan rápido como un pájaro al vuelo—. Tenemos que hablar de los guardamáscaras. Ganam ha vuelto a sacarme el tema.

El tema. Las aguas inmortales. El poder que los aguardaba en ellas, siempre que estuviesen dispuestos a arriesgarse a morir.

El poder que ya tenían Bhumika y Priya.

—Por supuesto que ha vuelto a sacarte el tema.

—Se están empezando a inquietar.

Una pausa. El suelo se agitó al tiempo que Priya volvía a mecerse sobre los talones.

—Quizá sea hora de que se lo permitamos. No podemos negarnos todo el tiempo. Y la verdad es que necesitamos ayuda —añadió al cabo—. No podemos ser las únicas tres veces nacidas de todo el mundo.

—Bueno, de momento dividimos bien las tareas —repuso Priya con un encogimiento de hombros—. Yo me encargo de los campos y de los enfermos, y de los tumultos en las aldeas, mientras que tú te encargas de los nobles y de los asuntos políticos.

—Hay muchos campos —objetó Bhumika en tono manso—. Y mucha gente.

—Tienes razón —convino Priya. Dejó escapar un suspiro largo, lento y dolorosamente cansado—. Toda la razón.

—Lo que no sé es si tú quieres que crucen las aguas inmortales o no —dijo Bhumika—. Defiendes su causa y al mismo tiempo la rechazas.

—Ni defiendo ni rechazo. Solo señalo la verdad.

—Pues a lo mejor quiero que hables claramente —replicó Bhumika, con cierta irritación en la voz—. Quizá necesite el consejo de mi compañera mayor.

—Ah, Bhumika —dijo Priya—. ¿De verdad quieres que te aconseje? Lo único que va a pasar es que estaremos en desacuerdo.

—Si gente como el Señor Chetan puede aconsejarme sin que me altere, creo que podré aceptar tu punto de vista.

—No estoy yo tan segura. Si me empeño, puedo ser un incordio.

—Priya.

—¿Lo ves?

En lugar de insistir e insistir hasta que aquello degenerase en la inevitable discusión que las aguardaba, Bhumika dijo:

—Ha llegado otro mensaje de Srugna.

—Ah, ¿sí?

—Ajá.

El rey srugani había enviado a una de sus esposas menores.

Una mujer hermosa y sagaz con dientes ennegrecidos a la moda srugani y una gruesa capa de kohl en los ojos.

La esposa había comido con Bhumika y jugado con su hija, y a continuación le había comunicado cuáles eran los deseos de su esposo y el consejo.

—Están dispuestos a pagarnos una buena cantidad para que limpiemos o salvemos sus campos.