La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Nueve #2
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Capítulo Nueve #2

Su gobierno era muy parecido a aquel mahal: estaba medio roto y se mantenía en pie gracias a la suerte y la magia.

—Ya la busco yo —dijo Bhumika. Se arrodilló y Jeevan le dio un empujoncito a Padma hasta que la niña regresó a los brazos de su madre—. Manda a una de las chicas a que le sirva un refrigerio a Chetan.

—Mi señora —dijo él.

Volvió a hacer una reverencia antes de alejarse.

Bhumika entró en sus aposentos y se encontró con Khalida, que la esperaba. Parecía sudorosa y alterada.

—Se ha hundido el techo de uno de los almacenes de arroz —proclamó Khalida con tono lúgubre.

—¿Hay heridos? —Khalida negó con la cabeza—. ¿Se han perdido los suministros?

—Algunos —fue la escueta respuesta de Khalida, lo cual significaba que un puñado de sirvientes aún calibraban la magnitud del desastre y evaluaban los daños.

Bhumika se encogió por dentro. No podían permitirse perder suministros.

Una mano le tironeó del sari.

—Azos —exigió Padma.

—Eres tremenda —dijo Bhumika con absoluto amor, y subió en brazos a su hija. Empezó a darle besos en la cara a su hija hasta que Padma lanzó un grito furioso y empezó a patalear.

—Mi señora —dijo Khalida con tono impaciente—. Déjamela y ponte en marcha.

Así lo hizo Bhumika tras darle a Padma un último beso. Se sentía bien al poder disfrutar de aquellos momentos: el olor del pelo de su hija, el suave caos que eran sus rizos, la furia jovial y absoluta con la que saludaba al mundo.

Khalida pensaba que Bhumika mimaba demasiado a la niña. Y estaba bien que así fuera. Era prerrogativa de una madre. Que su hija fuese tremenda, al menos durante un tiempo.

Había quien pensaba que podía prepararse a un niño o una niña para las crueldades del mundo a base de castigos y dureza, para encallecer su corazón antes de que el mundo lo apuñalase.

Bhumika se había criado dentro del templo; donde le habían enseñado a suprimir sus puntos débiles y a enfrentarse al mundo con los dientes expuestos.

Aún así, todas las pérdidas sufridas le habían hecho mella.

Llevaba las cicatrices de sus decisiones y de las decisiones que habían tomado otros.

Quería que su hija siguiese otro camino. Quizá todas las vidas acababan repletas de dolor al cabo del tiempo. Que así fuera, pero su hija iba a empezar ajena al dolor, solo con alegría. Que al menos disfrutase de eso.

—Mis disculpas por el retraso —dijo Bhumika, paseando la vista por la estancia—. Tenía que ocuparme de mi hija.

Chetan asintió con aire rígido. Estaba sentado frente a una mesa baja junto a una ventana de entramado de madera en el único recibidor relativamente entero del mahal.

Había escondido una abertura en la pared tras cortinas de seda colocadas estratégicamente.

Había flores perfumadas en cuencos situados por la habitación.

Una única criada sostenía una bandeja con comida, junto a la puerta, con la vista baja en señal de recato.

Bhumika atravesó la estancia y se situó de rodillas al otro lado de la mesa, frente al señor de alta cuna.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Chetan.

La típica charla intrascendente, aunque en absoluto carente de propósito. Le dio a Bhumika la oportunidad de sonreír y de hacerle un gesto a la chica para que les sirviese el té y unas pastas. Chetan aceptó el té, pero rechazó el resto.

—Ya ha cumplido su primer año —respondió Bhumika—. Tú tienes hijos, ¿verdad?

—Así es —dijo Chetan—. Dos niños. El mayor cumplirá pronto los catorce.

—Felicidades —dijo Bhumika—. Me alegro de que tu heredero esté cerca de la adultez.

Por un momento, la mirada de Chetan se suavizó, pero luego, como si recordase de pronto a qué había venido, volvió a endurecerse. Se echó hacia atrás y, con voz severa, dijo:

—Si no te importa, Señora Bhumika, me gustaría empezar: tengo serias preocupaciones, serias y numerosas, que ni tú ni tus cortesanos habéis abordado adecuadamente.

Dado que sus “cortesanos” eran cocineros y criadas, muchos de los cuales no sabían leer, así como un puñado de rebeldes a quienes era imposible convencer de que dejasen a un lado sus máscaras y puñales para llevar a cabo un remedo lejano de diplomacia, aquello no sorprendió a Bhumika.

—Cualquier consejo que provenga de los nobles de alta cuna de Ahiranya es bien recibido —dijo—. Tengo consejeros de todas las grandes familias. Celebro audiencias con ellos regularmente, como bien sabrás, Señor Chetan.

Y qué aburridas solían ser: escuchar las preocupaciones de cada uno de los representantes de la nobleza de alta cuna, las quejas de que los ingresos de sus casas de placer disminuían a cada día que pasaba a medida que proseguía la guerra entre la aspirante al trono y el actual emperador.

El miedo dominaba cada vez más aquellas audiencias, y cada sugerencia para buscar fondos era más alocada que la anterior.

Por desgracia, Bhumika no sabía hacer que el dinero lloviese del cielo.

No podía enriquecer a los nobles si no había dinero.

Apenas podía conseguir que el pueblo de Ahiranya no se muriese de hambre.

—Por supuesto, me encantaría contar también con tu consejo. ¿Tienes alguna idea para el gobierno de Ahiranya?

—Pues sí. Una idea muy clara, mayor: los nobles estábamos mejor con el emperador Chandra. —Le clavó la mirada—. Muchos de nosotros querríamos volver a unirnos al imperio si fuera posible.

—¿Y cómo suplía el emperador Chandra las necesidades de mis paisanos de alta cuna? —preguntó Bhumika de inmediato—. No, no me pongas esa cara, Señor Chetan. De verdad te lo pregunto; responde.

—Mayor Bhumika, tanto tú como el consejo del templo sabéis que la comida escasea. Necesitamos grano, arroz, carne.

—En Ahiranya escasea la comida desde hace años. Mi consejo y yo nos estamos asegurando de que la podredumbre no se expande a más campos. Tendremos cultivos suficientes —replicó ella.

—El comercio mengua —contraatacó él de inmediato—. Los mercaderes de más allá de nuestras fronteras nos tienen miedo.

“Te tienen miedo a ti”, fue lo que no dijo. “Temen tu poder”.

Pero Bhumika lo oyó. Vaya si lo oyó.

—Los aliados de la emperatriz Malini comercian con nosotros —señaló.

Había sido todo un alivio ver aparecer a los primeros comerciantes sruganis, tal y como había prometido la emperatriz Malini en un mensaje oficial dirigido a los mayores del templo de Ahiranya.

“Mantengo mis promesas”, había escrito. Bhumika esperaba que siguiese siendo cierto—.

Y aunque no fuera así, Ahiranya tiene que aprender a depender solo de su propia fuerza, claro.

Vivimos tiempos… impredecibles, Señor Chetan.

Nuestro deber estriba en no depender de nadie.

El Señor Chetan apretó los labios.

—Si me lo permites… —dijo. Ella asintió con la cabeza—. Hemos dependido del imperio durante mucho tiempo. Tanto yo como muchos de mis aliados dudamos de que nuestro país pueda sobrevivir solo. Si las mayores considerasen otras formas de diplomacia…

Bhumika dio un sorbo al té y dejó la taza con delicadeza.

—Nadie va a aceptar casarse conmigo, Señor Chetan —dijo—. Y mis compañeras mayores del templo tampoco son muy apropiadas.

—No me refería…

—Ah, ¿no? Perdóname. No estoy segura de qué otras soluciones diplomáticas nos quedan —repuso ella con tono ecuánime—.

Por supuesto, podría suplicar clemencia para Ahiranya y entregar mi propia vida.

Aun así, el emperador Chandra nos castigaría igualmente.

No pretendo ser combativa, Señor Chetan, por supuesto que no —prosiguió Bhumika, rebajando el tono—, pero el emperador no es hombre misericorde ni propenso al perdón.

Tenemos suerte de que la rebelión y las revueltas en su propio imperio lo hayan mantenido distraído.

De lo contrario, los confines de Ahiranya estarían aún más repletos de soldados parijatdvipanos de lo que ya lo están.

Tal y como está la situación, tanto mi hermana como yo hemos rechazado a suficientes ataques como para saber que el emperador no considera a Ahiranya una aliada.

—¿Y qué ha sido de esos hombres? —preguntó Chetan—. De esos soldados parijatdvipanos. Yo no los he visto, y te prometo que mis guardias patrullan mis terrenos con diligencia.

Bhumika se planteó si debería hacerle una demostración de su poder. Pero no. Intentaba mantener un delicado equilibrio. Necesitaba intimidarlo, pero no enemistarse con él. Lo necesitaba leal, a pesar de todas sus maquinaciones. Dio otro sorbito de té.

—Acabaron todos ensartados. Soy eficiente, Señor Chetan. No has visto soldados imperiales porque mi hermana y yo no dejamos ni uno con vida. Después de algo así, no hay modo de que Chandra no quiera castigarnos a todos, ya seamos mayores o nobles.

Chetan no dijo nada. Ella prosiguió:

—Mi señor, tu linaje es antiguo. Tu ascendencia es casi tan ilustre como la mía. Desde tu juventud, cuando ocupaste el puesto de cabeza de familia, has gastado una buena parte de tu fortuna en financiar la rebelión. Muchos de los guardamáscaras que sirven al consejo del templo recibieron tu ayuda.

“Y por aquel entonces no te planteaste cómo íbamos a sobrevivir”, pensó con una fiereza que no permitió que aflorase a su rostro, a su voz. “Lo único que hiciste fue jugar a las rebeliones. Te gustaba el dulzor del té y no te planteaste nunca el amargor que tenía dentro”.

—No podemos reclamar la gloria que tuvimos bajo el imperio —continuó Bhumika para apaciguar al Señor Chetan.

Por supuesto, nunca había habido gloria alguna.

Sin embargo, el imperio había salvaguardado la riqueza y la seguridad de los nobles, y una vez desaparecida esa protección, se enfrentaban a la sombra de la misma realidad que experimentaban todos los ahiranyi: el hambre, la inestabilidad, un mundo inhóspito.

Y les suponía una conmoción. Pero iban a tener que acostumbrarse.

—Nos ha costado mucho conseguir lo que tenemos, y nos esforzaremos por mantenerlo. Quizá piensas que estaríamos más seguros bajo el emperador Chandra. O quizá pienses que hay nobles de alta cuna más adecuados para gobernar Ahiranya, nobles que podrían ocupar el lugar del consejo…

—Señora Bhumika…

Ella alzó una mano y lo detuvo.