Capítulo Nueve
BHUMIKA
Bhumika se despertó al amanecer. La negrura del cielo se conver tía poco a poco en un tono azul oscuro.
Se puso un sencillo sari blanco y cuentas de madera en el pelo.
El mahal estaba casi silen cioso, casi pacífico…
, aunque a lo lejos se oía el murmullo de muchas voces, y Bhumika comprendió que los fieles ya se congregaban a los pies del Hirana para subir la montaña y entregar sus ofrendas.
Su máscara de corona yacía junto a la cama, envuelta en un paño blanco.
La desenvolvió con cuidado, apartando las capas de tela hasta revelar el óvalo de madera.
Los huecos de los ojos la contemplaron. Acunó la forma de la máscara en la palma de la mano, sopesándola, y sintió la suavidad de la textura.
Los guardamáscaras llevaban sus propias máscaras de madera en honor a aquella: la máscara de corona de la mayor suprema, la líder de los mayores del templo que gobernaban no solo la fe de Ahiranya, sino también Ahiranya misma, al menos en aquel momento.
La máscara estaba tallada de madera sagrada e imbuida de magia de los yaksas.
El poder que contenía era tan grande que solo con tocarla podría levantarle ampollas en la piel y abrasarla.
Si tocaba la piel humana durante el suficiente tiempo, la máscara era capaz de consumirla hasta llegar al hueso.
Sin embargo, Bhumika era tres veces nacida; las aguas inmortales corrían por sus venas.
No tenía nada que temer. La madera sagrada no podía hacerle daño.
La máscara de corona le transmitió a su piel una calidez que avivó su sangre.
Cuando la alzó y se la llevó a la cara, la máscara se ajustó a su piel y derramó sobre ella los dones que contenía.
Sintió a toda Ahiranya a su alrededor. Sintió toda la extensión de la tierra, todo el verdor, cada espina que había alzado de la tierra, cada trampa que había dispuesto, cada ser florecido que vigilaba los caminos y senderos de la ciudad para ella con sus propios ojos,
a la espera de que los soldados imperiales se atreviesen a ensombrecer una vez más los confines de Ahiranya.
“Venid”, pensó Bhumika, “y mi hermana volverá a encargarse de vosotros.
”Venid si os atrevéis. Ahiranya os espera”.
Caminó hasta el Hirana junto con un puñado de guardamáscaras.
Los fieles que aguardaban a los pies de la montaña se abrieron para dejarla pasar en cuanto la vieron.
Ella alzó el rostro enmascarado y empezó a ascender los primeros escalones.
La Piedra la reconoció, le dio la bienvenida.
Mientras caminaba, el Hirana la llevaba como a lomos de una suave ola.
Subió y subió hasta la entrada. Hasta los corredores del templo.
Durante muchos de los años que el regente había gobernado Ahiranya, el templo había sido una ruina: dañado por el fuego, marcado con cenizas y las llamas que habían matado a muchos de los hermanos del templo de Bhumika y a sus mayores.
Las estatuas de los yaksas en los nichos habían sido destruidas de manera concienzuda.
Sin embargo, esa época había pasado: Bhumika se había convertido en la mayor suprema, y su esposo regente había muerto.
Entró en uno de los sepulcros y volvió a sorprenderse una vez más ante lo mucho que había cambiado.
Una enorme esterilla de color rosa pálido cubría el suelo.
Había lámparas que colgaban del techo, delicados artefactos de cristal que inundaban la estancia con una luz suave y acogedora.
Las paredes ya no estaban manchadas ni vacías, sino repletas de docenas de huecos, cada uno con una estatuilla de un yaksa.
En su día, los yaksas habían sido innumerables. Cada aldea y cada familia contaban con sus propios santuarios para sus propias efigies, sus propios relatos de la Era de las Flores.
Muchos artesanos, a quienes Bhumika había seleccionado en persona con toda atención, habían intentado tallar semblanzas de tantos yaksas como fue posible.
Bhumika se encontraba en aquel momento rodeada de ojos de flores y de manos con forma de hojas mustias, pieles con la textura de la corteza y cuerpos esculpidos en poses en movimiento que se retorcían como enredaderas.
Se llevó la mano a la máscara y se la arrancó del rostro. El aire fresco le rozó la piel y el aroma del incienso le colmó la nariz y la garganta. Respiró hondo.
Oyó unos pasos ligeros tras ella.
—¿Lista para encontrarte con los fieles, mayor Bhumika? —preguntó un guardamáscara.
¿Lo estaba? Se inclinó en señal de adoración hacia los yaksas para darse un momento de pausa.
Las efigies le devolvieron la mirada, inhumanas y hermosas, pintadas de dorado, verde y llamativo rojo como la sangre.
Sus ojos destellaban bajo la luz de las lámparas.
Los fieles se postrarían a los pies de Bhumika del mismo modo que ella se postraba en aquel momento, y entregarían ofrendas a los yaksas.
Llorarían o sonreirían y o bien le pedirían que obrase milagros, o bien le darían las gracias por existir, como si su mero ascenso ya les pareciera un milagro.
Aquello la incomodaba sobremanera. No podía evitarlo.
“Lo único que quieren es la bendición de los yaksas”, se recordó con severidad. “Lo único que quieren es verme, creer que un destino más grande aguarda a Ahiranya”.
Aquel deseo, aquel sueño, era parte del frágil hilo que mantenía cohesionada a Ahiranya. No importaba lo mucho que hubiera sufrido, su pueblo se lo había ganado; todos habían recuperado la fe. Los mantras y mitos habían cobrado vida. Mayores del templo, aguas inmortales y esperanza.
—Estoy lista —declaró—. Los recibiré en el triveni. Llévalos allí.
Hubo un murmullo de asentimiento y el guardamáscara se esfumó.
Bhumika buscó en su corazón todo lo que entendía como los huesos de su fe: aquella lánguida y callada esperanza en la historia de los yaksas.
La resplandeciente oleada de poder que colmaba su propia magia.
Y los recuerdos: arrodillarse junto a sus hermanos del templo, sentirse parte de un todo mayor.
Como si en la adoración residiese el futuro.
Su fe, al igual que la de sus hermanos del templo, era en el mejor de los casos un fantasma, una criatura sombría que le flotaba entre la cabeza y el corazón, medio olvidada. Bhumika se aferraba con fuerza a los restos de esa fe, se obligaba a sentirla.
Si su hermano siguiera con vida, se reiría de ella. Siempre había creído en grandes sueños, en la Ahiranya que jamás podría ser. A Bhumika ya no le quedaba más opción que hacer lo mismo.
Por las mañanas, a Padma le gustaba corretear a toda velocidad mientras gritaba tanto como le permitían los pulmones.
Por desgracia, aún no podía caminar sin agarrarse con fuerza a lo que tuviera más cerca, de modo que sus esfuerzos eran en vano, y a menudo terminaban en llanto y con moratones en las rodillas.
Puesto que aquellas piernecitas rechonchas no le permitían desencadenar el caos que deseaba, Bhumika trataba de ayudarla en sus esfuerzos: sostenía a Padma con cuidado bajo los brazos y estabilizaba sus pasos inseguros en el suelo. Bhumika no corría, por supuesto. No le hacía falta.
—Mis piernas son mucho más largas que las tuyas —le explicó a Padma mientras su hija pataleaba en sus brazos—, pero estaré encantada de ayudarte a correr —prosiguió con falsa solemnidad, mientras Padma balbuceaba e intentaba tirarse de cabeza al suelo de mármol—.
Si practica lo suficiente, estoy segura de que algún día será más rápida que todos nosotros.
Una vez fuera del Hirana, Bhumika se puso de inmediato un sari mucho más familiar y colorido y envolvió la máscara para acto seguido guardarla. Luego fue en busca de su hija.
Aquella mañana, Padma había estado con una de las criadas mayores, que se la pasó con gesto agradecido a Bhumika.
—Vaya carácter que tiene, mayor —comentó la mujer.
—Lo sé —replicó Bhumika, intentando no sonar demasiado orgullosa.
Bhumika jamás había pensado que fuese el tipo de mujer capaz de jugar con una niña de aquel modo.
Como esposa del gobernador de Ahiranya, era consciente de que se esperaba de ella que diese cierto tipo de imagen.
Ocuparse de los niños era de recibo, pero correr con ellos y perseguirlos como si de una criada se tratase…
Aquello habría sido inaceptable para una mujer de su posición.
Sin embargo, había dejado de ser la mujer del gobernador. Era libre.
A su alrededor, la luz se derramaba por el mahal.
Entre las ventanas abiertas, enmarcada entre flores, por las grietas en paredes y techo que aún no habían sido reparadas y quizá jamás lo serían.
Bhumika sentía cada enredadera y cada pétalo trémulo, cierto nivel bajo de consciencia que murmuraba en su sangre.
Sin embargo, en aquel momento le hizo caso omiso mientras hablaba con Padma, se reía con ella y esbozaba algún que otro asentimiento a los habitantes del mahal cuando se cruzaba con ellos.
Al cabo, Jeevan la encontró.
—Mi señora —dijo, y le hizo una adecuada reverencia.
Tenía el rostro contraído en su habitual expresión arrugada: anguloso y tenso, con la boca firme. Luego miró a Padma, que se deshacía en aspavientos de entusiasmo desaforado, y su expresión se suavizó hasta esbozar una sonrisa.
—¿Puedo? —preguntó.
Bhumika asintió y él se arrodilló y le tendió las manos a Padma. Bhumika soltó a su hija y la pequeña se tambaleó hacia delante hasta agarrarse a él con un agudísimo chillido de lo que, Bhumika supuso, solo podía tratarse de felicidad. Jeevan sujetó a Padma, con la mirada fija en ella, y dijo:
—El Señor Chetan te espera.
Chetan era un noble ahiranyi de alta cuna. Había intentado abordarla en el festival de la oscuridad de la luna, con muchas preocupaciones y preguntas, pero Bhumika lo había rechazado con mucha diplomacia. Sin embargo, allí estaba de nuevo. Por lo visto.
—¿Sí? —preguntó Bhumika, con tono neutro—. No lo había mandado llamar.
—Afirma que habíais acordado reuniros.
—No. —Bhumika apretó los labios—. Khalida lleva un registro de todas las citas que concierto.
—Esta mañana no he visto a Khalida, mi señora.
A veces, Bhumika extrañaba la informalidad que caracterizaba aquella casa antes de…
Antes. Todos sus sirvientes se habían convertido en consejeros y soldados.
Todos sus soldados eran sus aliados. Bhumika carecía de la estructura y del apoyo de un imperio que respaldase su gobierno, cosa que sí había tenido su marido.