La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Ocho #2
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Capítulo Ocho #2

—Era un juego al que Chandra y yo solíamos jugar, ¿sabes? —dijo al fin—. Cuando éramos niños. Cuando aún nos entrenábamos con armas romas. Los dos nos poníamos a luchar con nuestras espadas e imaginábamos que ardían con fuego mágico. Que las Madres nos habían bendecido.

Una sonrisa sobrevoló sus facciones y le iluminó tanto los labios como los ojos, pero acabó por desvanecerse con tanta rapidez como había aparecido.

—Por aquel entonces éramos muy pequeños. No tardé en distanciarme de él para centrarme en mis propias lecciones y en mi propia formación.

—Lo recuerdo —dijo Rao.

Él también había llegado al mahal imperial cuando no era más que un niño.

Lo habían criado como compañero de Aditya, para reforzar los lazos entre Alor y Parijat.

Recordaba el alivio que había sentido al saber que sería el compañero del príncipe Aditya y no del príncipe Chandra.

Aditya le había dado la bienvenida con una sonrisa y había pasado varios días enseñándole el mahal imperial.

Incluso le había dejado montar en su caballo preferido y leer sus libros favoritos.

—Vamos a ser amigos toda la vida —le había dicho cuando Rao expresó cierta reticencia a aceptar aquello que pertenecía legítimamente a Aditya—. Los amigos lo comparten todo, ¿verdad?

Chandra ni siquiera se había dignado a mirarlo cuando llegó.

Durante meses se negó a hablar o a comer con él.

Su única respuesta a los esfuerzos de Rao por entablar amistad con él era una mueca de desdén en los labios.

En cierta ocasión, en el transcurso de un entrenamiento de lucha bajo los ojos vigilantes de los sabios, Chandra le había dado un golpe en la cabeza a Rao con el sable de entrenamiento.

El golpe fue tan fuerte que lo dejó inconsciente.

Tuvo que quedarse una semana entera en el dispensario para recuperarse.

Fue entonces cuando Rao se enteró de que Chandra lo despreciaba por seguir al dios sin nombre.

—Mi hermano pasa demasiado tiempo con el sumo sacerdote —le dijo Aditya con aire absorto mientras le ajustaba las vendas como si de una madre se tratase—. Pero no te preocupes. Ya se calmará cuando sea mayor. Eso es lo que le dicen todos los sabios a mi padre.

En su tienda, Aditya dijo:

—Da igual lo que digan los demás, Rao. Da igual lo que crea mi hermana.

Chandra no es inherentemente malo. —Había algo ronco en su voz, casi una súplica—.

Solo lo han engañado. Ha elegido recorrer un camino terrible.

Yo dejé el camino que me aguardaba aparentemente en su día y me entregué a otro.

Quizás, algún día, Chandra hará lo mismo.

La mano de Aditya seguía apoyada en su pecho. Un peso leve, insignificante. Rao se apartó de su lado, y la mano descendió.

Rao pensó en Alori, en su pelo al viento, en sus ojos al observar los pájaros lejanos. El hoyuelo que le salía en la mejilla al sonreír. Pensó en ella y en toda la rabia que se había negado a sentir se abatió como él, convertida en dolor por obra de alguna extraña alquimia.

Cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas. No pensaba llorar.

—Malini no es la única que piensa que no hay forma de salvarlo —dijo con voz tensa—. Asesinó a mi hermana. Alori jamás tuvo oportunidad de elegir otro camino. No veo por qué Chandra debería poder escoger después de lo que hizo.

—Los hombres son capaces de hacer cosas terribles —replicó Aditya, con aquella súplica de nuevo en la voz—. Pero eso no implica que no sean capaces de hacer el bien.

—Nuestros hombres han ardido por su culpa —replicó Rao.

—No son mis hombres —opuso Aditya—. Son los hombres de Malini.

Es ella quien debe soportar esa carga, igual que Chandra.

Y si cada día miro dentro de mi corazón y perdono a mi hermana…

—Rao abrió los ojos a tiempo de ver la expresión de callada angustia que cruzó el rostro de Aditya antes de recuperar la calma—, Rao, también he de perdonar a mi hermano.

Podrían haber sido los hombres de Aditya. Podrían haberlo sido, si Aditya no hubiese rechazado su derecho de nacimiento una y otra vez.

Si Rao no se hubiese arrodillado ante Malini y profetizado su ascenso y la caída de Aditya.

Si Aditya había encontrado el modo de perdonar a Malini y a Chandra, ¿habría encontrado también el modo de perdonarse a sí mismo? ¿Habría perdonado a Rao por el papel que jugó en el ascenso de Malini?

—¿A qué has venido? —preguntó al fin Aditya.

Rao se sobresaltó ante la pregunta, consciente de que llevaba un rato en silencio, contemplando a Aditya con la mirada perdida, queriendo hacer…

algo. Quizás agarrar a Aditya por la garganta, o sacudirlo.

O agarrarlo del rostro y decirle “ojalá pudieses ser más de lo que eres. Ojalá sintieses el dolor que siento yo, el odio que siento yo. Ojalá fueras la persona que eras cuando Prem y tú erais niños. Ojalá. Ojalá”.

—Si has venido en busca de consuelo —dijo Aditya— u oración, te he fallado por completo, Rao. Lo siento.

Rao podría haber dicho muchas cosas.

“He venido a contarte lo que ha pasado. He venido a pedirte ayuda. He venido a decirte que Malini lucha para que esos hombres la obedezcan, pero me temo que esa lucha termine quebrando el control que tiene sobre ellos, y que a ti…, Aditya, no sé por qué te permite vivir,

siendo como eres una amenaza. Me odio por el solo hecho de pensarlo, pero mientras tú sigas aquí…”

Un torrente de pensamientos. Demasiados, y ninguno de ellos útil. En lugar de decirlo todo, expresó una verdad, si bien no era toda la verdad.

—He venido a verte porque eres mi amigo. Necesitaba comprobar que estabas bien. Y…, y ya lo he comprobado.

—Estoy igual —dijo Aditya, con tono amable—. Como siempre.

Unos murmullos se oyeron al otro lado de la tienda. Un guardia se asomó y anunció la presencia de un oficial militar, que entró e hizo una reverencia.

—Príncipe Aditya. Príncipe Rao. —Alzó la cabeza y dijo—: Príncipe Aditya, el Señor Mahesh solicita tu presencia.

—¿Con qué propósito? —preguntó Aditya.

La mirada del oficial se dirigió a Rao y luego se apartó.

—El Señor Mahesh y algunos otros señores de Parijat quieren… hablar contigo. Esperan de todo corazón que accedas.

Otra reunión a la que no invitaban a Malini. Rao tendría que asegurarse de que llegaba a oídos de la emperatriz, en caso de que alguno de los oficiales que asistirían no se lo hubiese dicho a Lata.

Aditya negó con la cabeza.

—Tengo que hacer mis meditaciones —se excusó, como si se tratase de una tarea mucho más vital.

—Príncipe Aditya, por favor —insistió el oficial, con tono suplicante—. ¿Qué he de decirles?

—El Señor Mahesh comprenderá mi razonamiento —respondió Aditya sin perder la calma—. Ya le hemos discutido suficientes veces.

—Mi príncipe, por favor.

—Acudiré si mi hermana me convoca —dijo Aditya. Había un tono férreo bajo la mansedumbre de su voz—. ¿Me ha convocado mi hermana?

Rao lo miró con atención. Había cierto borde afilado en su mirada.

—La emperatriz no estará presente —dijo el oficial a regañadientes.

—Ah, se hace tarde —dijo Rao con un chasqueo de lengua—. ¿Quién sabe dónde se habrá metido la emperatriz? Es una mujer muy ocupada, ¿verdad? Bueno, da igual.

Se puso en pie y dijo:

—Dile al Señor Mahesh que yo la buscaré para avisarla.

—N-no es necesario, mi señor —tartamudeó el oficial.

—No, no, no hay problema —dijo Rao con una sonrisa—. Tal y como ha dicho el príncipe Aditya, no puede acompañarte. Deberías ir a presentarle sus disculpas al Señor Mahesh.

El oficial no protestó. Se marchó exudando inquietud y desaprobación.

Rao se giró hacia Aditya.

—Ojalá pudiera quedarme por más tiempo —dijo, con franqueza.

A pesar de toda la frustración y la ira que sentía hacia Aditya, decía la verdad. Pero tenía responsabilidades y, a diferencia de Aditya, no podía darles la espalda. Se giró hacia la entrada.

—Rao —dijo Aditya.

Los pensamientos de Rao se frenaron.

—¿Sí?

—Me gustaría que evaluases a mis guardias —le rogó—. Tienes mi permiso para modificar la lista de turnos. Contar con algunos de tus hombres sería… ideal.

A pesar de la paz forzosa que rodeaba a Aditya, el mundo aún se cernía sobre ellos. Con humo, con fuego. Con hombres.

—No todos los visitantes son tan bienvenidos como tú —dijo Aditya.

—Apostaré a mis hombres —repuso Rao, con tacto—. Y la próxima vez, Aditya…

—¿Sí?

—Te traeré un poco de vino. —Trataba de sonar despreocupado. Era su amigo, todo lo demás daba igual. Aún lo era.

Aditya asintió una sola vez en señal de agradecimiento.

Y Rao se marchó.