La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

RAO

Rao había llegado tarde al consejo de guerra y se había encon trado un caos: los hombres gritaban, chillaban; el Señor Ma hesh dirigía el consejo y afirmaba que la emperatriz estaba demasiado al terada como para asistir.

Rao debería haber defendido a Malini, y de hecho quería hacerlo.

Pero había mirado a los ojos al Señor Khalil, había visto elevarse una de sus cejas en gesto elocuente, así como la más leve negación de cabeza.

Así que mantuvo la calma y guardó silencio a pesar de su creciente frustración.

Malini tenía que tener un plan. Malini siempre tenía un plan.

Mantuvo la calma cuando fue a ver a sus hombres y realizó la cuenta de heridos y muertos. Siguió calmado cuando uno de sus propios oficiales aloranos pidió hablar con él para decirle que le habían ordenado a Yogesh llevar un mensaje de la emperatriz, y que ya se había marchado.

Y, sin embargo, allí estaba, en la tienda de Malini, intentando desesperadamente mantener la cabeza fría ante la expresión callada y divertida de la emperatriz. Como si la preocupación de Rao le resultase graciosa.

Quizá lo fuera.

—Has enviado un mensaje a Ahiranya —presionó Rao—. Una misiva imperial puesta en mano de un oficial militar.

—Parece que tú también tienes tus propios espías, Rao —murmuró ella—. Me alegro.

—Lo que pasa es que mis hombres me son leales —repuso—. ¿Qué decía el mensaje? ¿Qué órdenes has enviado?

—¿Acaso no lo sabes?

—No he leído la carta.

—¿Por lealtad o por falta de oportunidad?

Una pausa, un aliento en medio del silencio que Rao llenó negando con la cabeza y cerrando los ojos.

—Ya me imaginaba —dijo ella. Oh, estaba claro que sonaba divertida—. No eres tan moralista. Si lo fueras, no irías muy lejos. —“Y no me serías útil”, quedó implícito, aunque no lo dijo—. Aun así, has desarrollado una exagerada tendencia a echarme sermones.

—No echo sermones —objetó Rao—. Mi cometido es aconsejar, y eso es justo lo que hago, al menos cuando me dan la oportunidad de hacerlo.

—Pues vamos, dame un consejo.

—Aún se ve a los ahiranyis con resquemor.

—Soy consciente de ello —replicó Malini.

—En ese caso, he de preguntar por qué has contactado con ellos. Sobre todo ahora, después de haber… —Hizo una pausa y dijo en tono más quedo—: Después de los fuegos, y del consejo de guerra, tienes problemas de sobra de los que ocuparte aquí.

—¿Cómo ha ido el consejo de guerra de Mahesh sin mí? —Malini alzó una ceja—. Tengo curiosidad. ¿Ha dicho alguien a las claras que el trono debería ser para Aditya o se han limitado a sugerirlo?

—Si quieres que sea tus ojos y oídos, me sería útil que, a cambio, fueses sincera conmigo —dijo Rao con un tono de voz desprovisto por completo de irritación.

—Ya tengo bastantes espías —replicó Malini—. Hasta que pueda asistir a mis propios consejos de guerra sin miedo a que mis hombres intenten protegerme de la guerra que he empezado, tendrás que perdonarme por guardarme ciertos hechos para mí.

“No hace falta que me mientas”, pensó Rao, pero no lo dijo. Sonaba demasiado lastimero, incluso en su propia cabeza. “¿Acaso no entiendes lo que significas para mí?”

Al igual que sucedía con toda la realeza de Alor, su nombre real siempre había sido un secreto, una profecía a la espera de que la formulasen.

Su nombre verdadero había sido la estrella que guiaba su fe y su destino, que lo impulsaba a avanzar.

Era aquello que lo había llevado de manera inevitable a arrodillarse frente a ella en aquel camino de fango reseco por el sol en dirección a Dwarali, donde se lo había revelado y le había otorgado el derecho a ascender al trono.

Cuando esté coronada de jazmín, de flor de aguja, de humo y de fuego, él se arrodillará ante ella y la nombrará.

Él le dirá a la princesa de Parijat su destino.

Dirá el nombre de quien se sentará en el trono, princesa.

De la flor del imperio. De la cabeza que reinará bajo una corona de veneno. De la mano que encendió la pira.

Él la nombrará así. Y ella lo sabrá.

¿Acaso no comprendía Malini que el destino de Rao seguía atado al suyo? ¿Que el dios sin nombre lo había creado así, y que no podía cambiar su naturaleza ni su propósito? Él la había nombrado emperatriz, y ella…

Ella no confiaba en él. Una certeza que tenía que asimilar, por dolorosa que fuera.

—No puedes dar siempre por sentado que la gente vaya a traicionarte.

Que sea necesario manipular a la gente. —Rao le dio la espalda, a sabiendas de que su expresión era dolorosamente elocuente, que Malini leería en su rostro sus auténticos pensamientos si se lo permitía—. Vas a tener que empezar a confiar.

Silencio.

—Rao —dijo ella al cabo de un instante. Él volvió a mirarla.

Ya no había hilaridad alguna en su rostro.

Lo que quedaba era cansancio, nerviosismo, un hartazgo más grande que el mundo entero.

Malini dijo—: He confiado en ti durante toda esta guerra.

Confié en esos hombres cuando viajamos a Dwarali.

Cuando forjamos nuevas alianzas. Cuando nos enfrentamos a una batalla tras otra.

Confié en que lucharían y morirían para que yo llegase al trono.

Confié en que nadie me rajase el gaznate mientras dormía.

Eso es mucha confianza, Rao. Si confío un poco más, será como ponerme la soga al cuello.

—Es que no creo que los ahiranyis vayan a ser tan útiles como tú esperas —dijo Rao—. Me preocupa que este error se cobre un alto precio.

—Ya lo veremos —repuso Malini con voz indescifrable—. Pero es absurdo enviar a un mensajero a detener a otro mensajero. Mi mensaje llegará a Ahiranya y el consejo del templo de Ahiranya responderá. Ya nos ocuparemos de las consecuencias cuando lleguen hasta nosotros. Eso es todo.

Rao sabía reconocer cuando lo daban por excusado. Hizo una reverencia.

—Una cosa más, Rao.

Él se detuvo.

—La próxima vez, deja la moral a un lado —dijo—.

Si hubieses querido perseguir a Yogesh, lo habrías hecho.

No puedo darte trato de favor. No puedo tratarte como un amigo, del mismo modo que tampoco pido tu amistad.

Lo que quiero de ti es la sagacidad y la malicia del consejero que necesito que seas. ¿Entendido?

—Sí, emperatriz —respondió él con voz estrangulada.

Hizo otra reverencia y se apresuró a salir de la tienda para no soltar un grito.

Por la fe sin nombre, ¿acaso quería que fuese un traidor? ¿Era eso lo que quería?

“Quiere que seas más como ella”, dijo una voz en su cabeza. Era su propia voz, pero más calmada, razonable, desprovista de los sentimientos que lo sacudían en aquel momento. “Quiere que hagas todo lo que esté en tus manos para conseguir su objetivo”.

De algún modo, sin pretenderlo, no regresó a su tienda para dormir. No buscó a los oficiales militares que integraban la rama alorana del ejército, y que siempre lo necesitaban para algo. De hecho, no hizo nada que resultase útil.

En cambio, sus pies lo llevaron hasta Aditya.

Incluso en medio del ardor de la batalla, la tienda de Aditya era un remanso de paz, un lugar tranquilo y apartado de los filos de la guerra. La negrura color humo que la rodeaba apenas parecía lamer sus bordes.

Uno de los guardias le hizo un gesto de asentimiento en señal de respeto.

—¿Quieres que te anuncie, mi señor? ¿Os traigo un refrigerio?

—No será necesario —dijo Rao, y entró.

Era evidente que Aditya había estado rezando.

Había una jofaina con agua en el suelo ante él, la superficie negra y completamente quieta, tan espejada como un cristal y tan oscura como la noche.

Tenía la cabeza inclinada sobre la jofaina.

Al alzarla, Rao vio que sus ojos eran tan oscuros como el agua; el gesto, indescifrable.

Un instante después, la humanidad regresó a aquel rostro.

Sus ojos se iluminaron al reconocerlo y la tensión desapareció de los hombros.

—Rao —dijo con tono suave—. Entra.

Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una esterilla, cubierto apenas con el más sencillo chal azul y un dhoti.

La iluminación de la tienda era tenue, aunque Rao vio que Aditya echaba mano al instante de una lámpara y preparaba el aceite para encenderla.

Sus manos firmes prendieron una chispa y encendieron la mecha de algodón.

La luz le bañó el rostro de huesos elegantes, ojos oscuros y cejas serias.

Rao se relajó al verlo. No podía evitarlo.

—Pareces sorprendido de verme —dijo.

—No eres el tipo de visitante que suelo recibir a estas horas —reconoció Aditya—, pero sí el que recibo con más regocijo. Además, los guardias suelen anunciarte.

Rao negó con la cabeza.

—Les dije que no lo hicieran —se explicó—. Quería que estuviésemos solos. Es que…

Rao se derrumbó. Fue controlado en la medida de lo posible: cayó de rodillas al suelo y se quedó sin aliento. Cómo había aguardado el momento en que pudiera romperse. No iba a disponer de más ocasiones para hacerlo.

—Rao —dijo Aditya, alarmado. Se acercó a Rao y se arrodilló a su lado. Las manos de Aditya se cerraron sobre sus hombros y dijo—: ¿Te encuentras bien? Respira, vamos.

Llevó una mano al pecho de Rao. La mano ascendió y volvió a descender. Al cabo de un instante, Rao imitó el movimiento y respiró. El alivio lo inundó, al igual que el miedo.

—Ya está —murmuró Aditya—. Ya está. Respira conmigo. Estás bien.

—Imagino que habrás olido el humo —se las arregló para decir.

Aditya asintió de una manera casi imperceptible, aunque Rao captó el gesto. Su rostro se movió y la luz lo bañó. Había profundas sombras bajo sus ojos.

—¿Ha quemado mi hermana la ciudad? —preguntó Aditya. Lo dijo con resignación, como si no esperase otra cosa de ella.

—No —respondió Rao—. No.

¿Cómo podría explicárselo?

Lo intentó. A trompicones, le dijo a Aditya lo que había visto durante el asedio. Los hombres, inquietos, esperando noticias mientras se llevaban a cabo las negociaciones. La repentina visión de las espadas y las flechas cubiertas de llamas.

El fuego. La extrañeza que lo embargaba. El intento de acabar con la vida de Malini. Aditya asintió con expresión grave. Sabía, incluso mejor que Rao, cuánto peso simbólico tenía el fuego mágico.