Capítulo Siete #3
Me gustaría saber lo que hace. Lo que dice o deja de decir.
Vigílalo para mí. Dime lo que oyes y a cambio te recompensaré con más poder en mi corte del que jamás conseguirás como hija desfavorecida en casa de tu padre.
—Mi… mi familia —dijo Deepa con voz entrecortada—. Mis hermanas. Mi madre. Necesito saber que estarán… a salvo.
—Si fueras hombre y yo emperador, podrías pedirme que te convirtiese en cabeza de tu familia —dijo Malini—.
Si escogieses el futuro del imperio por encima de los errores y ambiciones de tu padre, podrías pedirme que jurase proteger a tus hermanas y que te entregase un futuro libre del destino que aguarda a tu padre.
Deepa tragó saliva.
—No soy hombre —respondió.
—Ni yo emperador. Así pues, ¿qué vas a hacer, Señora Deepa?
Ella apartó la mirada, que dirigió a Lata, Raziya y Sahar. A Swati, que la contemplaba en silencio. Despacio, el pánico pareció abandonar su rostro.
—Mi padre me hizo jurar que te serviría, y no me negué. Ni siquiera lo intenté. —Miró a Malini a los ojos—. Quería más. ¿Es egoísta querer más de lo que ya tengo, emperatriz?
“¿Me estás engatusando para que traicione a los míos?”, preguntaban sus ojos.
—No es egoísta servir a tu imperio —repuso Malini con tono firme—. Como tampoco lo es proteger a tu familia de los errores de tu padre. Y tu padre ha errado, Deepa. Corregir sus errores está en tus manos. ¿Qué vas a hacer?
Deepa tragó saliva.
—Siempre he querido más —confesó—. Siempre he querido… tener propósito.
—Lo sé —dijo Malini, mirando a Deepa con toda su capacidad de concentración, con todo el encanto que podía imprimir en su propia voz, sus ojos, su cuerpo.
Que Deepa comprendiese que por fin alguien la veía.
Que Deepa comprendiese que alguien la valoraba.
Así era, al menos lo suficiente como para apresar su lealtad y encadenarla lo más rápido posible—. Lo sé.
—Quiero todas las promesas que has mencionado —dijo Deepa—. Quiero…, quiero saber que me aguarda una recompensa. Y que mi familia estará segura. Y a cambio…, emperatriz, te contaré todo lo que averigüe de mi padre. Seré tu leal sirviente, como siempre he sido.
Malini sonrió.
Más tarde, mucho más tarde, estaba sentada con Lata como única compañía. Pensaba en cómo iba a protegerse de aquellos hombres que ya no la veían como un dios viviente.
—Cuando todo esto empezó —dijo en tono quedo, y vio que Lata alzaba la cabeza, atenta—, pensé que a estas alturas ya tendría el imperio en mis manos.
“O que habría muerto”.
A veces pensaba que se pasaría el resto de su vida así, en caminos quebrados, rodeada de hombres armados, siempre negociando telarañas políticas y poder con aliados que se inclinaban, se ofendían y medían su valía del mismo modo que ella medía la de ellos.
Siempre estaría a un paso del triunfo, siempre a un paso del fracaso. Jamás vería morir a Chandra.
¿Se podía conseguir algo por mera fuerza de voluntad?
Lata se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda erguida. Se sentaba en la pose de las sabias enfrascadas en pleno debate, lista para ayudar a Malini a deshilvanar el espinoso nudo que le florecía dentro de la cabeza.
Malini calculó los siguientes pasos a seguir.
—Tráeme a Yogesh —dijo al tiempo que encendía la lámpara de aceite hecha de mimbre junto a sus papeles y se acercaba el material de escritura: tinta y una gruesa hoja de papel—. Intenta no llamar la atención, Lata.
Lata asintió y salió sin más palabra.
Malini pensó en el poder de un relato, en cómo podía hacerse añicos y rebanarle la garganta a su propio creador.
El relato de un príncipe a la corona convertido en sacerdote, un primogénito, tenía más peso que el mito profético de fuego con el que Malini se había envuelto a sí misma y a sus ambiciones.
Necesitaba un arma que nadie más tuviese.
Necesitaba, quería, tener a alguien en quien pudiese confiar.
Alguien que la hubiese querido incluso después de tener un cuchillo en la garganta; que hubiese sostenido su rostro con ambas manos, cálidas y vivas; alguien que le hubiese dicho “te conozco. Conozco este rostro. Es mío”.
Había soñado con escribirle a Priya muchas veces. Le había escrito a Priya muchas veces.
Siempre estoy pensando en ti. Pienso en ti en la batalla. Pienso en ti a altas horas de la noche. Cuando mi mente está en silencio, o bien ocupada, tú me aguardas en ella.
Me enoja desearte tanto. Me enoja que mi corazón te pertenezca por completo. Cuánto poder tienes sobre mí, Priya. ¿Por qué no se desvanece?
Pienso en el modo en que la tierra obedecía a tus manos, en cómo florecía para ti. Pienso en lo que podrías hacer por mí si te utilizase. Eso es lo que debería hacer, utilizarte. Te preguntarás por qué no lo he hecho.
Pienso en el modo en que habrías convertido cualquier cosa en un arma. ¿Piensas en mí en los momentos de quietud? Me pregunto
Basta. No podía seguir dándole vueltas a lo mismo.
Escribió una carta diferente. No iba dirigida a Priya, o al menos no solo a Priya. La escribió en calidad de emperatriz; puso en las palabras todo el peso de su posición y nada de su corazón.
Esperaba que Priya comprendiese, en cualquier caso.
Esperaba que Priya acudiese. Por el bien de la alianza entre el imperio y Ahiranya.
Y por el bien de lo que seguía habiendo entre ellas dos, o al menos dentro de la Malini.
Eso que volvía una y otra vez al recuerdo de Priya como un animal subterráneo busca la luz.