Capítulo Siete #2
Claro, como si pudiese permitirse el lujo de descansar. No iba a haber tiempo, tal y como él mismo había dicho. La urgencia de lo que le quedaba por hacer impidió que Malini lo mirase con nada que no fuera rabia incrédula.
—Actuaste de manera equivocada, emperatriz, pero aún podemos enmendar la situación. Podemos avanzar en la dirección adecuada cuando el campamento esté más… tranquilo.
Como para subrayar sus palabras, se oyó un estruendo al otro lado de las paredes de la tienda, seguido de gritos indescifrables.
—Preferiría convocar a los demás señores ahora —dijo ella, con aplomo—. Prefiero discutir cómo hemos de proceder.
—En mi opinión —repuso él, aún más acerado—, sería mejor que te recuperases. Ese sería mi consejo. Respetuosamente. Emperatriz.
Se hizo el silencio.
Aquello era un desafío. Oh, el Señor Mahesh podía hablar de respeto tanto como se le antojase. Pero se estaba imponiendo ante ella.
Malini pensó en impedírselo. Pensó en decirle: “Soy tu emperatriz y obedecerás mi voluntad”. Pensó en todo lo que su padre habría hecho de haber estado en su posición, o sus hermanos, o cualquier emperador, cualquier hombre anónimo investido de poder.
“Jamás te habrías atrevido a hablarme así”, pensó.
Su sangre era un profundo río de rabia pura que crecía y se desplazaba en su interior, que amenazaba con inundar las planicies de su corazón.
“Jamás te habrías atrevido a hablar en estos términos si se hubiese tratado de alguno de mis hermanos. Y, sin embargo, yo soy mejor líder que los dos, de la cabeza a los pies”.
—Puede que tengas razón —dijo, y se permitió hundir los hombros levemente como si la dominase el cansancio—. Descansaré, Señor Mahesh. Y luego discutiremos los siguientes pasos.
Su tienda, al igual que el resto del campamento, olía a chamusquina. Sin embargo, allí el aroma era menos intenso. Swati había fregado el suelo y perfumado el aire. Había colocado jofainas de agua para atrapar el humo.
Todas la esperaban: Deepa, Lata y, para sorpresa y alivio de Malini, Raziya.
Un paño le envolvía la cabeza; tenía el pelo anudado a un lateral.
Sahar, aún cubierta de sangre y manchada de ceniza, se mantenía en la entrada de la tienda, como si de otro guardia más se tratase.
Lata se acercó en el mismo momento en que Malini entró.
—Mi señora —dijo, y su mirada sobrevoló inquieta el rostro y las ropas de Malini—. ¿Estás herida? ¿Qué ha sucedido ahí fuera? ¿Por qué has ido a ver al Señor Mahesh sin mí? ¿Quieres que mande llamar a Rao? Está con sus hombres, pero puedo pedir…
—No. —Malini negó con la cabeza—. Todas las personas que necesito están aquí.
—He preparado agua —ofreció Swati en tono suave—. Refréscate, señora. Te sentirás mucho mejor.
—¿Te encuentras bien, Señora Raziya? —preguntó Malini—. Deberías estar descansando.
Un punzante murmullo de aprobación se oyó desde la entrada de la tienda.
—Deberías haberme esperado —dijo Raziya.
Tenía las manos apretadas sobre el regazo. Malini tardó un instante en darse cuenta de que aquella expresión pétrea que dominaba su semblante era ira.
—Me encontraba indispuesta.
—Pero emperatriz, deberías haberme esperado. O si no a mí, a Lata o a la Señora Deepa.
—Mi padre no habría permitido que fuese —balbuceó Deepa, y luego se sonrojó.
Lata y Malini cruzaron una mirada. Ninguna de ellas habló.
Malini pasó tras un biombo y se desprendió del sari. Lo dejó hecho un guiñapo en el suelo, a sabiendas de que ya no volvería a ponérselo de manera voluntaria. Tras lavarse someramente con un paño y un cubo, y con manos temblorosas a su pesar, se puso prendas limpias.
Se deshizo la trenza del pelo mientras regresaba a la parte principal de la tienda. Se pasó un peine por el cabello con movimientos largos y distraídos, a la espera de que se le calmasen los latidos del corazón. Swati emitió un leve ruidito.
—Déjame a mí, mi señora —dijo, y empezó a peinarla. Se apresuró a volver a trenzar de nuevo el pelo de Malini.
Otra de las arqueras de Raziya entró en la tienda.
—Hay un consejo de guerra —informó, con tono apremiante—. Ahora mismo.
—La emperatriz estará lista en un momento —dijo Raziya—. Diles a los hombres…
—No, mi señora —repuso la guardia—. No me has entendido. Ya han empezado. Y no…, no han convocado a la emperatriz. —Tragó saliva y añadió con voz débil—. Me lo ha dicho uno de nuestros hombres en nombre del Señor Khalil, mi señora.
Silencio.
—Por supuesto, asistiremos igualmente, emperatriz —resolvió Raziya con voz fría, toda la rabia reprimida—. Nos aseguraremos de que llegues con un séquito adecuado. Todas estaremos a tu lado.
Deepa se encogió al oír aquello, pero Raziya prosiguió con calma:
—No te perderás nada.
Todas miraron a Malini. A la espera de su respuesta.
—No —dijo ella. No pensaba acudir ante aquellos hombres sin prepararse. No iría con las manos temblorosas y el fuego aleteando tras los párpados. Así no se ganaban las guerras—. ¿Cómo se celebran las batallas ganadas en Dwarali?
—Con vino —dijo Raziya.
—¿Y las batallas que aún no se han ganado?
—¿Las batallas que se han perdido, emperatriz? —Una ceja enarcada—. No lo sé. En Dwarali no perdemos batallas. Y si las perdemos es porque no sobrevivimos.
—Qué suerte que Parijatdvipa sea un enorme imperio con múltiples senderos…, y que nosotras, las mujeres, sepamos cómo resurgir de entre las llamas de la condenación —dijo Malini, y añadió—: Swati, que traigan vino. Vamos a quedarnos aquí, en esta tienda, y celebrar que hemos sobrevivido.
—Y sorbete —murmuró Sahar—. El vino no nos hará bien a las que tenemos heridas en la cabeza.
Raziya le dedicó una mirada de ojos entornados. Malini, con una punzada de enojo hacia sí misma por aquel descuido, se apresuró a decirle que algo de sorbete sería ideal.
Se sirvió vino y sorbete. Malini les dijo lo que había sucedido a las puertas del bastión del gran príncipe.
Vio que el rostro de Lata se tensaba y sus ojos se volvían calculadores, como si considerase las implicaciones de lo sucedido.
Observó el modo en que Deepa se recluía más y más dentro de sí misma, como un animalillo que intentase esconderse del peligro de un depredador.
—Deepa —dijo al fin Malini. Deepa dio un evidente respingo, y a continuación se reacomodó sobre su almohadón—. Si quieres ir a ver a tu padre, puedes marcharte. Debe de estar preocupado por tu bienestar.
—No…, no necesito ir a verlo, emperatriz. Mis disculpas.
—¿Y no querrá él verte? ¿Asegurarse de tu bienestar? —preguntó Malini.
Deepa negó con la cabeza.
—No, emperatriz.
—Pues seré yo quien se asegure en su lugar. ¿Te encuentras bien? —preguntó Malini—. Para Raziya y para mí ha sido aterrador estar en el campo de batalla, pero debe de ser igualmente aterrador el no saber lo que se acerca.
—Estoy bien, emperatriz —respondió Deepa—. Gracias por preocuparte.
Malini dejó pasar un instante más. Por la cortinilla de la tienda entró más aire cargado de humo. Deepa apretó las manos bajo los ojos atentos de la corte privada de Malini.
—¿Querías servirme, Deepa? —preguntó Malini con tono suave—. Me temo que no te lo he preguntado desde que la guerra empezó de veras.
—Pues… —Deepa vaciló.
—¿Me sirves por voluntad propia o por voluntad de tu padre? —insistió Malini.
Deepa bajó la mirada.
—Mi padre me lo pidió —contestó—. Pero lo hice de buena gana.
Malini asintió despacio.
—Por supuesto —convino—. Eres una hija obediente. Tu lealtad primero está con tu padre. Lo amas. Y él controla tu destino: tu matrimonio o la falta de este. Tu posición social. Todas lo entendemos —prosiguió—. Y yo comprendo, y perdono, que me hayas vigilado para él y para ti misma.
Deepa alzó la mirada. Ojos algo más desorbitados. Algo más alarmados.
—Emperatriz —balbuceó—. No he dicho nada…, nada…
Se detuvo y pareció reunir fuerzas antes de decir:
—Soy la tercera de cinco hijas. No soy la más bonita, ni la más encantadora. Mi padre… solo deseaba darme una oportunidad de ascender.
Malini guardó silencio un instante, y luego:
—¿Qué le has contado de mí, Deepa?
—Nada, emperatriz. Nada.
—Más te vale que seas sincera conmigo —dijo Malini con tono grave, reprobador—. Que no te ofusque el pánico. Eres inteligente. Bien educada. Lata habla maravillas de tu inteligencia. Dime lo que le has contado a tu padre. Cuéntame cómo soy ante tus ojos.
Deepa vaciló.
—Eh… emperatriz. Eres…, estás entregada a la causa de ganar la guerra. Y… trabajar sin descanso. Siempre eres… como eres —dijo a trompicones, señalando a Malini con aspavientos—. Eres… valiente y… siempre estás lista. Eres una verdadera heredera de Divyanshi. Todo esto se lo he dicho a mi padre.
—¿Y qué más? —Puesto que Deepa guardó silencio, Malini se inclinó hacia delante. Las demás mujeres contemplaban la escena con un silencio tenso—. Me gustan los cumplidos y los halagos como a la que más, Deepa. Pero sé que no es eso todo lo que le has dicho. Te pido que me digas la verdad.
Deepa era inteligente y reflexiva. Malini casi pudo ver los pensamientos que revoloteaban por la mente de la muchacha, que le tensaban la mandíbula y le separaban con los labios para pronunciar palabras que no podía decir. Deepa volvió a cerrar la boca.
Al cabo pareció tomar una decisión. Su mirada se endureció.
—Hablas de las Madres —dijo—. Y también, emperatriz, dices que las Madres te han bendecido. Pero no rezas. Y tampoco… hablas con las Madres.
Ganó en confianza, la voz le tembló menos al proseguir:
—No eres amable ni tierna. Lo intentas, pero… hay cierta frialdad en ti, emperatriz. No olvidas a quienes te hacen un agravio. —La alarma preñó su voz al apresurarse a añadir—: Pero eso no se lo he dicho a mi padre.
—¿Por qué no? ¿Lo consideras un insulto?
Puesto que Deepa pareció aún más alarmada, Malini sonrió y dijo con voz amable:
—Te he pedido que seas sincera, y por ello te lo agradezco.
A cambio, yo también te ofrezco sinceridad.
Tu padre ha perdido su fe en mí. Y su opinión tiene bastante peso entre ciertas facciones de mis aliados.
—La decisión de Malini de nombrarlo general solo había servido para fortalecer su poder—.