La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Siete
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Capítulo Siete

MALINI

Malini regresó al campo con los pulmones llenos de humo y el cuerpo estremecido con un recuerdo sensorial: el olor a carne, pelo y ropa abrasados.

El dulzor del ghee y el perfume mezclado con la peste de las mujeres abrasadas.

Alori y Narina, ardiendo ante ella. Su olor, el sonido de sus gritos, que la inundaban y al mismo tiempo la vaciaban por dentro.

Casi se cayó del carruaje. De hecho, habría caído de no haberla agarrado Raziya.

Manos fuertes. Al menos, aquella mujer estaba viva.

—Emperatriz —dijo Raziya, sujetando a Malini con tanta firmeza que sus manos a buen seguro le dejarían moratones—. Los soldados te miran. Recuerda quién eres.

Eran las palabras de una mujer mayor a una jovencita que se había fallado a sí misma.

“No dejes que vean tu debilidad”, decía aquella voz.

La fuerza que residía en ella le dio a Malini el impulso que necesitaba para recordar quién era, para recordar la persona que tenía que ser.

Malini se obligó a asentir y se enderezó.

Echó los hombros hacia atrás e irguió bien la cabeza.

Los guardias corrían hacia ella. La batalla no había durado mucho.

Los jinetes del gran príncipe se habían retirado con rapidez al interior de las murallas de aquel bastión-laberinto, y se habían llevado el fuego con ellos.

El fuego se había retorcido, vivo, según Malini oyó que decían los soldados, hasta regresar a las espadas y las flechas, listo para que volvieran a usarlo.

Malini vio a las fuerzas de su ejército, en desbandada, descarriadas después de que la amenaza se hubiese retirado. Oyó que hablaban en susurros del fuego de las Madres. Esos comentarios se vertieron en sus oídos y se filtraron como veneno en su sangre.

Bajó del carro.

—Llevadme ante el Señor Mahesh —le dijo al guardia más cercano.

—Sí, emperatriz —respondió este.

El guardia se giró y abrió el camino. Sus compañeros la guiaron.

Malini esperaba que Raziya la siguiese, pero a su espalda no había más que silencio. Al girarse vio que Raziya se había dejado caer en el suelo del carro de guerra, pálida, y se agarraba la cabeza. Malini empezó a acercarse a ella, pero alguien le puso la mano en el brazo y la detuvo.

—Yo la llevaré con el Señor Khalil, emperatriz —se ofreció un arquero dwarali. Tenía los ojos inyectados en sangre a causa del humo—. Se encargarán de ella, lo juro.

—No —repuso Malini—. No la lleves con su marido. Llévala con un médico.

—Emperatriz —dijo de nuevo, e hizo una reverencia. Acto seguido fue hasta Raziya y subió con ella al carro.

Malini los contempló durante un latido. Luego inspiró hondo y se obligó a darse la vuelta.

Había una crisis política en ciernes. No había tiempo de recrearse con sentimientos más delicados.

No había tiempo para la preocupación, para esperar, o para oír la voz desgarradora en el fondo de su cabeza que gritaba fuego, fuego, fuego.

Como fantasmas, sus hermanas de corazón aletearon ante sus ojos.

Así pues, Malini se obligó a concentrarse en lo que había que hacer, en aquel momento y lugar, para apuntalar sus defensas.

Pensó en las acciones que habría que emprender para continuar su viaje hacia el trono.

Se obligó a escudarse tras esos pensamientos como quien se pone una máscara, como si pudiesen evitar que su mente se alejase.

De pronto estaba en la tienda del Señor Mahesh.

Quiso decirle que mandase llamar a Rao. Que trajese a Lata, a sus oficiales militares y a todos los señores de Parijatdvipa que pudiesen venir con celeridad.

Necesitaba al Señor Khalil, al Señor Narayan y al Señor Prakash, con sus ojos brillantes.

Necesitaba rodearse de su consejo, para planear, trazar una estrategia, ponderar los recursos y hacer recuento de bajas. Tenía que idear un plan de avance.

Le bastó una mirada al rostro lúgubre y furioso del Señor Mahesh en cuanto traspasó la cortinilla de la tienda para comprender que nada de ello iba a ser posible. De momento.

—Emperatriz —dijo con voz ronca a causa del humo—. Hemos de hablar solos.

—Estamos solos, Señor Mahesh —repuso ella.

La mirada de Mahesh se desvió hacia los guardias.

—Dejadnos —ordenó Malini con un gesto hacia los guardias, que vacilaron un instante. Malini repitió el gesto y dijo en tono ecuánime—: El Señor Mahesh se asegurará de que estoy a salvo. Salid. Montad guardia en la puerta.

Solo entonces se macharon y ocuparon sus puestos en el exterior de la tienda, tal y como se lo había ordenado.

Malini no tuvo la menor duda de que habían obedecido.

Entonces se permitió inspeccionar más de cerca a Mahesh.

Tenía un tajo en la cara, una larga línea sangrienta que le serpenteaba por la mejilla.

Llevaba la ropa hecha jirones. La ceniza manchaba el blanco parijati de su túnica y la volvía de un tono gris opaco.

Mahesh le devolvió la mirada, con los ojos entornados y rojos a causa del miasma del humo.

El Señor Mahesh la había servido con devoción desde su nombramiento.

Sin embargo, en aquel momento Malini lo contempló y se preguntó por qué no había sonado la caracola en el campo de batalla.

Pensó en que había sido ella misma, en medio de un pánico indefenso, quien tuvo que poner en riesgo su propia vida para tocar a retirada.

Como si oyese sus pensamientos, Mahesh habló:

—No deberías haber ordenado que nos retirásemos, emperatriz —dijo—. Ha sido un error.

—Mis hombres estaban en peligro —dijo ella en tono desapasionado—. Estaban masacrando a nuestras fuerzas. Las estaban quemando. No pensaba permitir que continuase la batalla. Como general mío que eres, tú tampoco deberías haberlo permitido.

—Sí que debería, y así lo hice —repuso él—. De haber sido necesario, habría permitido que muriesen centenares de hombres. Esa es la naturaleza de la guerra, emperatriz. Esos hombres habrían muerto de buena gana. Deberías haber confiado en mi juicio.

—No me entrenaron en el arte de la Guerra junto con mis hermanos, Señor Mahesh, pero sé reconocer una estrategia que solo va a dar como resultado una pérdida inútil de vidas —replicó ella con brusquedad—.

Sabes que pretendía terminar la guerra por Saketa con el menor derramamiento de sangre posible.

Así pues, ¿por qué te decantaste por una estrategia que implicaba abrasar a mi ejército? Y sin mi consentimiento.

—Una batalla no es solo un cálculo de vidas —respondió con los dientes apretados, más y más furioso a cada minuto que pasaba—.

Emperatriz, una batalla es un relato escrito con sangre.

Este es el relato que contarán los hombres: te retiraste ante el bastión del gran príncipe.

El emperador Chandra envió a un sacerdote de las Madres que trajo consigo Su fuego bendito.

El mismo fuego que en su día destruyó a los yaksas, el mismo fuego que ahora proclama que las Madres bendicen el derecho al trono del emperador y te condena a ti como usurpadora.

Dirán que la emperatriz traidora vio el fuego de las Madres y, a sabiendas de que no tiene derecho al trono, mancillada ante los ojos de las Madres a quienes afirmaba servir, prefirió huir.

—Transcurrió un latido en el que dejó que Malini asimilase sus palabras—. ¿Lo entiendes ahora, emperatriz?

—Una conclusión precipitada y basada en pocas pruebas —respondió ella con tono tenso—. No creo que la gente se incline a pensar lo mismo, Señor Mahesh. Y si lo hace, estará del todo equivocada.

—Sí que lo pensará, emperatriz. Estoy seguro de ello.

“¿Cómo puedes estar seguro?”, pensó Malini, pero no lo preguntó. En cuanto la pregunta apareció en su cabeza, también llegó la respuesta.

Porque él también lo pensaba. Por eso. Su propio general había contemplado aquel fuego y había sentido que su fe en ella se derrumbaba.

—Eso no era el fuego de las Madres de las llamas —dijo Malini con más convicción de la que en realidad sentía.

—No era ningún fuego natural —replicó Mahesh con voz más calmada, firme—. ¿Qué iba a ser sino el fuego de las Madres? Eso es lo que la gente dirá, lo que todos creerán. Dirán que, a fin de cuentas, las Madres no te han elegido a ti para ocupar el trono. Dirán que no eres la emperatriz legítima.

La legitimidad, el honor… Cómo odiaba aquellas palabras. Parecían concebidas para mantenerla aprisionada: una vida de paredes estrechas y estándares de pureza que la achicaban, que la borraban hasta que no quedase de ella nada más que la sangre, los huesos y la valía de un rostro agradable.

Una vida en la que jamás accedería al trono. Una vida en la que le ofrecería, obediente, el cuello al verdugo, el cuerpo a la hoguera.

—Yo soy la gobernante legítima de Parijatdvipa —dijo Malini—. Ese fuego no era la llama de las Madres. ¿Tendré que repetirlo otra vez, Señor Mahesh?

Quizá si pronunciaba aquellas palabras con la suficiente frecuencia, con la suficiente convicción, harían mella en la realidad y se convertirían en una verdad incuestionable.

—Y como gobernante legítima que soy, no quería malgastar las vidas de aquellos que me sirven. No podía permitir que más hombres acabasen… ardiendo por obedecer las leyes que el mismo Chandra no respeta.

La palabra ‘ardiendo’ le imprimió una dureza en la voz que rompió la calma que tanto cuidado había puesto en mantener durante aquella conversación. La mirada de Mahesh se afiló al oírla.

—Emperatriz —dijo—. Malini.

“Oh, no”, pensó ella. La familiaridad no era buena señal.

—Entiendo que la escena haya reabierto… viejas heridas —dijo Mahesh con toda la delicadeza de que fue capaz.

—He guiado a soldados a muchas batallas, Señor Mahesh —dijo Malini, aún maldiciéndose a sí misma por dentro. Era consciente del precio que tenía la debilidad. Muy consciente—. No soy frágil.

—Pero, por supuesto…, el fuego… Sería comprensible…

—Señor Mahesh, tú estabas presente cuando reduje un monasterio a cenizas —replicó ella con un tono de voz que era hierro puro—. Yo misma le prendí fuego con una flecha. El fuego no me asusta.

Claro que la asustaba. Incluso en aquel momento tenía pesadillas. Quizá siempre las tendría.

—Deberías descansar —dijo Mahesh, como si no la hubiese oído—. Tendremos tiempo para discutir lo que se debe hacer. De momento, has de recuperarte de esta dura prueba.