La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Seis #2
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Capítulo Seis #2

Abrió los ojos. Se le despejó la vista, como quien limpia un panel de vidrio. Había una tosca cuerda hecha de raíces anudada alrededor de la garganta de Ganam. Muy tensa.

Priya tragó saliva. Obligó al nudo a deshacerse. La raíz cayó al suelo y regresó a la tierra húmeda, que la recibió y se cerró sobre ella.

—Sí —respondió, con voz débil y ronca—. Ahora sí.

Tras una breve pausa y un té dulce para aplacar el nuevo temblor que se había adueñado de sus dedos, Priya fue a sanar a la chica de la aldea cuyo brazo se había cubierto de flores.

Colocó las puntas de los dedos sobre la piel de la chica y quebró el poder de la podredumbre dentro de ella.

Le dijo a la chica y a su familia que la podredumbre dejaría de extenderse.

—Entonces, ¿vivirá? —preguntó la madre con un hilo de voz tenso y esperanzado.

—Vivirá —confirmó Priya, con tono amable, y la mujer rompió a llorar.

Sin la magia de una tres veces nacida, la podredumbre suponía una muerte segura.

La chica siempre llevaría consigo aquel pequeño recordatorio; siempre tendría que esconderlo con largas blusas y arrancarse pétalos con los dedos para que solo asomasen los brotes entre la suavidad de su piel.

Aun así, no moriría. Al menos, Priya podía conseguir eso.

En cambio, no podía salvar el campo. Ganam usó la poca magia de nacido una vez que tenía para ayudarla a levantar una barrera de árboles a su alrededor y así aislarlo tanto de los campos adyacentes como de la propia aldea.

Lo mejor era alzar árboles de raíces profundas que devorasen la humedad, así que Priya empleó toda su fuerza en levantar un banyan tras otro en el terreno.

Cuando acabaron, se sentó sobre las raíces elevadas de un árbol y se bebió una jarra entera de agua, extenuada, mientras Ganam les explicaba a los líderes de la aldea que no podían extirpar del todo la podredumbre pero que regresarían si escapaba del caparazón que le habían construido.

Les dijo que lo sentía, pero que ni siquiera las mayores del templo de Ahiranya, que acababan de recibir sus poderes, tenían esa capacidad.

—Gracias —le dijo Priya a Ganam cuando este regresó.

—Creo que no he tenido suficiente tacto —murmuró él.

—Lo has hecho bien —repuso Priya. Fuera o no cierto, lo hecho, hecho estaba. Se puso de pie—. Vamos. Regresemos a pie.

—¿Y qué pasa con los palanquines?

—Ya hemos fracasado. —Lo dijo con tono ligero, displicente, aunque la vergüenza de su fracaso había formado un duro nudo de determinación en su pecho—. Ya no tenemos por qué fingir esplendor.

Como si notasen que Priya no estaba de humor, los guardias no intentaron obligarlos a subirse de nuevo en los palanquines.

Caminaron todos juntos por el bosque. Los insectos zumbaban en el aire, formando nubes tan densas entre los árboles que ondulaban como gasa oscura.

El suelo crujía bajo sus pies. Priya y Ganam, algo más adelantados que el resto, no llevaban ningún palo con el que sacudir el suelo para espantar a las serpientes, como era costumbre.

Por otro lado, no lo necesitaban: Ganam usaba su magia de nacido una vez para sacudir, a modo de advertencia, las hojas y flores que alfombraban el camino ante ellos.

Era un truco que Priya les había sugerido a todos los nacidos una vez como método para perfeccionar su magia.

Los nacidos una vez, rebeldes que habían luchado y matado con brutalidad por la independencia de Ahiranya, habían aprovechado el ejercicio como un modo de mejorar su capacidad de controlar la magia.

Ganam era uno de los mejores. Movía la vegetación ante ellos en elegantes ondas que crecían y se extendían como el agua que tiembla cuando una piedra se zambulle en su interior. Así pues, Priya no se sorprendió cuando Ganam abrió la boca y dijo:

—Quizá lo consiguieras si contases con ayuda. Quizá resultaría más fácil.

Priya estaba condenadamente cansada. El fango de las rodillas se había endurecido hasta convertirse en dos semicírculos gemelos de tierra seca. No quería tener aquella conversación otra vez.

—Bhumika no tiene tiempo para ayudarme con este tipo de cosas —repuso.

Los nacidos una vez tenían magia. Pero dicha magia no tenía nada que ver con el profundo poder que anidaba en el interior de Bhumika y Priya. Solo las tres veces nacidas podían poner freno a la podredumbre. Solo ellas podían hacer lo que Priya había intentado, lo que esperaba conseguir.

Solo ellas tenían alguna esperanza de curar la podredumbre.

—Bhumika y tú no estáis obligadas a ser las únicas tres veces nacidas —dijo él.

—Lo sé —repuso Priya—. De verdad que lo sé. Pero no queremos…, ninguna de las dos… —Se detuvo—. Es peligroso.

No habría llevado consigo a Ganam en aquellos viajes si no pensase que, algún día, él también cruzaría las aguas. Sin embargo, las palabras le habían salido con torpeza.

—Todos los que lucharon junto a Ashok son conscientes de ello —dijo él.

No sonaba enfadado, pero habían tenido aquella conversación suficientes veces como para que Priya no necesitase mirarle a la cara para ver la chispa de dolor mezclado con furia que encendía sus ojos.

Ella sentía lo mismo cada vez que se mencionaba el nombre de su hermano muerto—.

Sin embargo, no nos da miedo morir por el bien de Ahiranya.

—Quizá lo que necesita ahora Ahiranya es que viváis por ella —dijo Priya con tanta delicadeza como pudo—. No podemos permitirnos perder a nadie.

Ganam no dijo nada. Tras un instante, Priya negó con la cabeza.

—No quiero discutir —objetó—. Vamos a regresar. Dejémoslo.

Ya tendrían tiempo para discusiones en el futuro.

—Suena a que podría haber sido mucho peor —dijo Sima, más tarde.

Estaban sentadas en el huerto, con la espalda apoyada en un árbol. Había caído la noche, aterciopelada y oscura. Entre las dos descansaba una botella de vino.

—Probablemente, pero ahora mismo no se me ocurre como.

Priya no solía ponerse sensiblera cuando bebía vino, pero aquel día había sido todo un reto para ella. Llevaba un rato divagando, mientras que recorría una y otra vez el gollete de la botella con el pulgar.

—Si me quedase todo el día en una estancia sanando a quienes sufren de podredumbre, tampoco habría mucha diferencia. No sería más que… una cucharada en un cubo del tamaño del mundo entero. ¿Me entiendes?

—Será mejor que no emprendas una carrera como poeta, Pri —dijo Sima. Había pasado el día atendiendo los asuntos del mahal y estaba igual de cansada que Priya, pero el licor había suavizado su humor. Esbozó una sonrisa.

—Para ella me volví poeta —respondió Priya en tono suave, dejando que la confesión escapase de sus labios—. Le… le escribí, ¿sabes?

—¿Qué tal está tu emperatriz?

—¿Quién sabe? —Priya se encogió de hombros. De pronto se sentía desnuda. Notaba calor en el rostro—. No quiero hablar de ello.

—Has sido tú quien la ha mencionado.

—Mira, mi emperatriz… no importa. Lo que importa es esto, ¿de acuerdo?

No puedo sanar un campo. O sea, puedo sanar un campo entero lleno de gente que sufre de podredumbre.

No era poesía, no es que el campo sea como la cucharada, pero…

Ay, tienes razón, no debería haber empezado a hablarte de forma poética.

Verás, la dura realidad es esta: hay mucho trabajo que hacer y no puedo hacerlo sola.

Las palabras desnudaron un doloroso hueco en su pecho, un nudo de pura ansiedad que ya no podía seguir pasando por alto.

—Necesitamos más mayores —añadió—. Más tres veces nacidos.

Sima dejó escapar el aliento.

—Qué duro, Pri. —Silencio. Acto seguido alzó la cabeza, miró a Priya y dijo con lentitud—. ¿Qué me responderías si te dijese que quiero ser más que lo que ya soy? Si te dijese que quiero atravesar las aguas inmortales como los guardamáscarass. Como tú.

Priya se contempló las manos.

—No creo que sea eso lo que quieres.

—¿Por qué no?

—Porque tú no eres como ellos. —Por el rabillo del ojo, vio que Sima tensaba los hombros y se crispaba de manera visible. Se apresuró a añadir—: O sea, no… no te lo tomes a mal.

—¿Y cómo debería tomármelo?

—Espera que dé un trago —dijo Priya—, y te lo explico.

Siguieron sentadas en medio de un tenso silencio mientras Priya daba tres o cuatro metódicos tragos de la botella. Le ardieron los labios y el licor le quemó la garganta.

—El tipo de fuerza que necesitas para atravesar las aguas y sobrevivir…

no es común. Es una fuerza que nace de las heridas.

El tipo de herida que anida en tu alma, bajo la piel.

—Cerró los ojos—. No. No quiero que sufras ese destino.

Y tampoco creo que lo quieras tú, en realidad. Eres demasiado lista para ello.

—Aprender a usar las armas también deja heridas, ¿sabes? —señaló Sima—. Y el miedo no desaparece. Ni la culpa. Es lo mismo que tener un arma que vive en tu sangre en lugar de en tus manos, no hay diferencia.

—Sí que la hay —repuso Priya—. Créeme.

—Yo ya he conocido la parte dura de la vida —dijo Sima—. Y estoy dispuesta a conocer más si es a cambio de algo que valga la pena: proteger el hogar que hemos construido, la familia que hemos hecho aquí, a mí me parece que lo vale.

—No sabes qué precio hay que pagar… —dijo Priya. Se le quebró un poco la voz. Algo la atravesó, el recuerdo de un cuchillo, de una flor. Madera, huesos—. Ellos ya lo han hecho. Han pagado parte de ese precio. Pero no es el tipo de precio que me gustaría que pagase una amiga.

Una pausa, tras la que Sima preguntó al fin:

—¿Qué sucede cuando entras en las aguas? ¿Cómo es?

Priya se rio y negó con la cabeza. Dio otro trago de licor. Se mordió un poco el labio. Tenía la piel ácida y dulzona del licor.

—Ni siquiera yo estoy segura —respondió—. No sé si lo recuerdo.

Aunque había algo de lo que estaba segura, algo que había captado en el campo enfermo de podredumbre, en las noches sin dormir tras la muerte de Ashok, en los susurros que la atravesaban a veces. Una voz tan dulce y rica como una rosa florecida.

“Oh, retoño”.

Las aguas la recordaban.