La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

PRIYA

“O jalá no se postrasen ante mí”, pensó Priya. Sonaba avergon zada hasta en su propia cabeza.

La multitud de aldeanos que aguardaba, todos arremolinados en el linde del bosque, empezaba ya a inclinarse e hincarse de rodillas en señal de respeto.

Había muchos. Priya trató de mantener el rostro impasible.

Cuadró los hombros y alzó la barbilla en un intento de parecer orgullosa, preparada.

Pero no resultaba fácil, sobre todo al estar sentada al borde del palanquín sin cortinas, con las piernas cruzadas y la espalda recta, como si fuese algún tipo de señora noble en lugar de… , bueno, de ella misma.

Odiaba el palanquín. Siempre pasaba vergüenza al descender de aquella cosa.

Todo el mundo la miraba y vitoreaba. A veces le lanzaban pétalos al paso.

Aquel día había una mujer con una jofaina en ristre que se ofreció a lavarle los pies en señal de respeto.

Priya rechazó el ofrecimiento con tanta elegancia como pudo reunir, que no era mucha.

Oh, espíritus, cómo odiaba la política. Odiaba las dulces sonrisas, fingir que no llevaba el delicado y pálido sari empapado de sudor.

Se remetió una de las mangas tocadas con piezas de madera y oro esmaltado e intentó reprimir el impulso de toquetearse el dobladillo de la blusa.

Empezaba a apretarle. En los últimos meses había ganado masa muscular, desde que había empezado a entrenarse en serio junto con los guardias de su hermana.

Iba a tener que aflojarse la costura o pedirle a alguna de las criadas que la descosiese para ajustársela de nuevo.

Ganam bajó de su palanquín con un salto desgarbado y, bendito fuera, distrajo la atención de la multitud para que no estuviera centrada en Priya.

Se enderezó con gesto algo incómodo y saludó de forma poco natural a los aldeanos.

Era la primera vez que Ganam la acompañaba y, en cuanto se enteró de que había que ir en palanquín, hizo todo lo posible por evitar que lo subieran a uno de esos trastos.

—¿De verdad quieres que esos pobres hombres tengan que cargar con un mulo como yo?

—había preguntado cuando le llevaron el palanquín hasta la entrada del mahal.

Hizo un gesto a los guardias que aguardaban junto al palanquín: todos ellos eran mucho más pequeños que él—.

¿Por qué voy a torturarlos así teniendo dos piernas?

—Porque tenemos que ofrecer cierta imagen —había dicho Priya—. Tenemos que dar apariencia de esplendor.

Ganam compuso un gesto escéptico. Dijo con lentitud:

—Creo que encajar mi cuerpo en ese palanquín tan pequeño no va a tener nada de esplendoroso. Se van a reír de mí.

—No se atreverían —repuso Priya. Y luego, con una mirada de soslayo a algunos de los guardias que los miraban, alzó la voz y añadió—: Pero si te niegas a ir en palanquín, supongo que tendremos que caminar los dos…

—Por supuestísimo que no. —La voz procedía de una de las ventanas de entramado de madera que había sobre ellos. A través del entramado, Priya vio el rostro de su hermana, que los miraba con los ojos entornados—. Priya, vas a ir en palanquín.

Una pausa, y a continuación:

—Los dos vais a ir en palanquín.

Ganam había trazado una mueca, aunque Priya sonrió de oreja a oreja. A veces, en realidad a menudo, se olvidaba de que se suponía que Ganam no tenía que gustarle.

—Bueno, la mayor Bhumika ha hablado —comentó, con tono jovial—. Alegra esa cara, Ganam. Quizá, si sigues acompañándome, alguien acabará por construirte un palanquín más grande.

Ganam se acercó hasta situarse a su lado.

Dejó que Priya abriese la marcha, que saludase a los jefes de la aldea y aceptase las escasas guirnaldas que le ofrecieron, así como las tazas de leche endulzada, cubiertas con una leve filigrana de azafrán.

Dejó que Priya asintiese, sonriese y diese apariencia de esplendor.

—¿Nos enseñáis los campos? —preguntó Priya, y Ganam soltó un pequeño suspiro de alivio y los siguió.

Las sutilezas protocolares eran una agonía, pero el trabajo, y la podredumbre, eran cosas que Ganam comprendía.

Los llevaron a un campo que más bien era un marjal, salpicado de aguas profundas y verdosas que repletas de algas, larvas de insectos y pececillos rápidos que nadaban como destellos de ónice y plata en las oscuras profundidades.

El croar de las ranas reverberaba en el aire.

Flotaba un olor a aguas estancadas: sangriento y dulzón como el azúcar, un aroma meloso y antinatural.

Uno de los mayores del pueblo les dijo con cierta inquietud que aquel campo había sido fértil durante bastante tiempo.

La aldea no quedaba lejos, y las casas estaban construidas sobre pilotes para protegerlas de las frecuentes riadas.

Algunas familias habían cultivado aquellas tierras y sus aguas durante generaciones.

Las larvas de los insectos se consideraban un manjar, tenían un sabor exquisito cuando se freían en aceite y se mojaban en dulce tamarindo.

En otras circunstancias, los mayores les habrían ofrecido las larvas más suculentas a Priya y Ganam, como los respetados huéspedes que eran.

Pero, por supuesto, ya no podía comerse nada del marjal.

Por seguridad, no se podía tocar nada. Una de las chicas de la aldea, que solía echar con frecuencia las redes al agua para pescar, había regresado a casa con un sarpullido en el brazo.

Por la noche, el sarpullido se había abierto y de él habían brotado unas florecillas blancas.

La podredumbre anidaba en el marjal: en las plantas, en las verdes algas del agua.

Por eso había acudido Priya, claro. Para arreglar la situación. Bueno, o para intentarlo.

—¿Alguien más se ha infectado? —le preguntó Priya a uno de los dirigentes de la aldea, que negó con la cabeza.

—No, mayor —dijo. Priya, con la pátina de esplendor siempre presente en la cabeza, se mordió la lengua ante lo absurdo que resultaba que un hombre que le sacaba al menos treinta años la llamase “mayor”—. Hemos extremado precauciones. Tenemos otros campos.

No llegó a decir “por ahora”.

La podredumbre se extendía. Estaba en su naturaleza.

—Pues entonces me ocuparé de ella —replicó Priya, y el líder murmuró un agradecimiento por su benevolencia. Las palabras le escocieron la piel de vergüenza, pero aun así asintió, sonrió y dijo—: ¿Puedes retroceder, si no te importa?

—Por supuesto, por supuesto —se apresuró a decir el líder.

Todos los aldeanos retrocedieron al unísono para alejarse del peligro.

Ganam y Priya, en cambio, avanzaron hasta internarse en el marjal.

—Es un buen pedazo de tierra —murmuró Ganam—. Y mucha agua.

Mientras caminaban, Priya miró hacia abajo. Las algas en la superficie del agua se movían: un latido visceral que sugería la presencia de pulmones que respiraban y músculos que se contraían. El hedor que desprendían era desagradable, metálico. Atraía a las moscas.

—Pues sí —convino.

—¿Alguna vez has intentado…?

—Nada tan grande como esto.

De vez en cuando había sanado algún árbol. Incluso un pequeño bosquecillo, una vez, aunque mucho le costó. Nada más.

Una pausa. Y luego, Ganam dijo:

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

Respiró hondo.

—Bueno, tengo que intentarlo en alguna parte —le dijo—. Y tú estás presente.

—¿Yo? ¿Qué he de hacer yo?

—De momento, mirar —respondió Priya, pues la verdad era que no estaba segura de que Ganam pudiera hacer algo al respecto. Fracasaría o saldría victoriosa, pero solo por sus propios medios.

Volvió a respirar hondo para estabilizarse y se arrodilló.

Al instante, el fango le empapó el sari.

Quizás eso convenciera a Bhumika de que las ropas elegantes no le hacían ningún favor.

Una cómoda túnica marrón y un dhoti, el mismo que llevaban los guardias, serían más adecuados… y también más fáciles de limpiar.

“Concéntrate”.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Con la boca cerrada, sintió el murmullo de su propia respiración contra los dientes, una sutil reverberación.

Añadió algo de voz para que sonase como una canción.

El murmullo se transmitió a la podredumbre, a todas las hebras profundas y carnosas de la enfermedad, que se anudaban en la tierra y en el agua.

La podredumbre empezó a reaccionar a su magia.

Como debía ser. A fin de cuentas, Priya era una mayor del templo.

La mayor Priya, tres veces nacida. Había cruzado tres veces las sagradas aguas inmortales y había sobrevivido.

Albergaba los dones de los antiguos yaksas en su interior.

Y cada vez que cerraba los ojos, como cerrados estaban en aquel momento, sentía a Ahiranya entera, como un insecto alado que se removiese en la palma de su mano.

Aquel campo, con o sin podredumbre, no era menos parte de ella.

Desplegó la magia. Respiró. Respiró. Alcanzó la podredumbre.

Aquello no era diferente de sanar la podredumbre de un cuerpo mortal. No era diferente, se recordó a sí misma, mientras los retazos de la enfermedad se enmarañaban, latigueaban y se retorcían a su alrededor. Podía conseguirlo.

Se adentró aún más en el terreno.

Muy lejos oyó voces. La mano de Ganam en su hombro, cinco puntos de calidez, rayos de luz alrededor del sol de una palma. ¿Intentaba sacarla de su estupor? ¿Había algún tipo de urgencia en su voz?

“Priya”.

Las raíces de la podredumbre se enrollaron a su alrededor.

Habían excavado un hueco para sí en la tierra, al igual que excavaban un hueco dentro de los mortales podridos.

Priya no podría eliminar la podredumbre de aquel campo sin matarlo por completo.

Pero había conseguido detener el crecimiento de la podredumbre en la carne humana. Podría detenerlo allí también.

Se introdujo aún más.

“Priya. ¡Priya! Oh, por los espíritus, maldición…

”Retoño. Mi retoño”.

Una mano en su mandíbula. Apretaba fuerte. Vetas de madera en los dedos.

Uñas de espina.

“Priya.

”Retoño”.

Regresó a la superficie de sí misma con el pánico reflexivo de un cuerpo que asoma justo antes de ahogarse.

Se revolvió, sintió que el fango se removía y agrietaba bajo sus pies, hendido.

Oyó un grito amortiguado y el golpeteo de una docena de pasos: los aldeanos que contemplaban la escena desde el borde del campo retrocedían, incapaces de decidir si debían quedarse paralizados o huir.

—Priya. —Reconoció la voz de Ganam. Ronca. Cuidadosa—. ¿Has vuelto con nosotros?