Capítulo Cinco #5
Se encontró agachada junto al sacerdote. Le giró el brazo extendido. Estaba parcialmente descubierto, con la manga de la túnica hecha jirones. Vio las marcas en su brazo, una inscripción en saketano, tinta emborronada en la piel…
Una mano la agarró del hombro y la obligó a ponerse en pie de un tirón.
Las guardias la habían rodeado y dos soldados se habían unido a ellas, los sables desenvainados en gesto protector.
Los caballos habían desaparecido. Malini intentó no pensar qué destino habrían corrido los pobres animales.
Raziya la miró, con el rostro pálido y ensangrentado, la mirada clavada en ella, tan fiera que se obligó a centrarse a su vez.
—Emperatriz, hemos de irnos —dijo Raziya—. Ya.
—Volvamos al campamento, Señora Raziya —se oyó decir a sí misma Malini. Casi no reconoció su propia voz, cruda, rasposa, como si hubiese estado gritando—. Hay que tocar a retirada.
¿Por qué no había tocado aún Mahesh? ¿Por qué seguían intentando luchar sus hombres?
—Una caracola. Necesito una caracola.
—Emperatriz —dijo uno de los soldados, con voz estrangulada—. Si…, si tú caes…
—Emperatriz, ¿qué puedes hacer aquí? —preguntó una de las dwaralis.
—Eso… eso es el fuego de las Madres…
Malini no prestó atención a aquellas voces.
No sin dificultad, alzó los ojos y contempló los peligros más inmediatos que la rodeaban: los caballos moribundos, el hombre muerto a su lado, los soldados y las guardias que la contemplaban con ojos desorbitados.
El fuego que saltaba de un cuerpo a otro como si tuviese mente propia, hambre y crueldad de mortal.
Contempló con una suerte de entumecimiento vidrioso cómo las llamas engullían por completo a un hombre, que cayó de rodillas hasta que sus restos se desplomaron.
El fuego abandonó el cadáver tan rápido como lo había alcanzado.
Raziya la agarraba del hombro. Decía su nombre cada vez más alto.
—Si no me conseguís una caracola —dijo Malini con parsimonia a quienes la rodeaban—, la buscaré yo misma.
Tendría que moverse entre más caballos aterrorizados y hombres con armadura igualmente aterrorizados, pero a lo lejos atisbó a un auriga que llevaba una caracola al cinto, paralizado sobre un carro de guerra, contemplando el fuego que caía.
Seguramente, el comandante a quien debía llevar había perecido poco antes.
—Protegedme —les ordenó a las guardias de Raziya.
Se puso en pie y Raziya la agarró con más fuerza un instante antes de soltarla.
—Emperatriz —dijo.
Sin embargo, Malini no quería que la detuviesen ni que la convenciesen. Avanzó, más y más rápido, hasta que de pronto estaba corriendo, con la melena ondeando tras de sí y el sable repiqueteando en la cadera como un peso inútil.
—Ya habéis oído a la emperatriz. —La voz de Raziya, lejana pero acerada—. Defendedla.
Malini se agachó para esquivar un arco de llamas que pasó lo bastante cerca como para que sintiese el calor contra la mejilla.
Tropezó con un soldado herido y recuperó el equilibrio antes de seguir avanzando.
Uno de los hombres del gran príncipe apareció frente a ella, a caballo.
Por el rabillo del ojo vio que se le clavaba una flecha en el pecho, lo vio caer, vio la silueta de una guardia, y luego de otra, que aparecían a su lado en formación de círculo. Siguió corriendo.
El carro de guerra estaba al frente. Estremeciéndose de rabia y de determinación, Malini se agarró al borde y subió.
—Tu caracola —le exigió al auriga, con la mano extendida. Él se manoteó el cinto hasta sacarla y ponérsela en las manos. Ella le ordenó—: Da la vuelta. La Señora Raziya necesita tu ayuda, y luego tenemos que regresar al campamento.
—E-emperatriz. —Tenía los labios casi azules. Le temblaban las manos—. Eso…, eso es el fuego de las Madres.
—Da. La. Vuelta —dijo con lentitud.
—El caballo —consiguió decir el hombre—. Podría…
—Te acabo de dar una orden. Vamos.
Con un latigazo, el carro se lanzó hacia adelante y luego viró hasta regresar por donde había venido Malini.
Vio a la Señora Raziya, con ceniza en las mejillas.
Una de las guardias yacía muerta en el suelo ante ella.
El carro se sacudió y Malini aferró la caracola con más fuerza.
Tragó saliva. Se acabó estar a resguardo de la batalla, rodeada de soldados, caballería y escudos.
Estaban en plena refriega, el viento le soplaba en la cara, tenía polvo y sal en los labios.
—Para —le ordenó al auriga, que consiguió detener el caballo lo suficiente para que subiese la Señora Raziya.
—Sahar —dijo Raziya en tono brusco—. Manvi. Las dos, con nosotras.
—Te seguimos, mi señora —dijo Manvi con tono apremiante mientras le hacía un gesto frenético al auriga para que avanzase, como si pudiese mover la masa del carro solo con fuerza de voluntad.
—Márchate, mi señora —imploró Sahar.
Una flecha se clavó en el suelo a la derecha de Raziya. El caballo reculó.
—Quieto —exclamó Malini, y el auriga aguantó las riendas, como si la orden tuviese algún tipo de poder de cambiar el curso de los acontecimientos a su alrededor.
Raziya se arrodilló, agarrada al borde del carro, y soltó otra maldición. Malini afianzó los pies en la base del carruaje y elevó una plegaria para no caerse.
Echó la cabeza hacia atrás. Se llevó la caracola a los labios. Sopló tres veces, tres llamadas rápidas que rasgaron el aire.
Retirada. Retirada. Retirada.