La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cinco #4
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Capítulo Cinco #4

Algo resplandecía en las murallas del bastión. Arqueros.

Alerta. Peligro. Peligro.

El sacerdote alzó la voz mientras los señores de alta cuna murmuraban y giraban las cabezas sin captar aún el peligro.

Los soldados sacaron los escudos. Malini se enderezó, tensa, dentro del carruaje, decidida a no mostrar debilidad, obligándose a confiar en las defensas que la rodeaban.

Junto a ella, Raziya echó mano tranquilamente de su arco y colocó una flecha como si contemplase la idea de encajársela al sacerdote en la cuenca del ojo.

—Las Madres de las llamas bendijeron a sus hijos —gritaba el sacerdote con voz resonante—. Cuando las Madres decidieron morir por el fuego, sus muertes y su sacrificio supusieron una bendición, un acto que imbuyó de llamas mágicas las espadas de sus seguidores.

—Todos hemos leído el Libro de las Madres —dijo Mahesh en tono impaciente; agarraba el sable con fuerza—. Hombres, prended al sacerdote…, con cuidado.

—Si comprendieses la naturaleza del sacrificio, princesa Malini —se apresuró a decir el sacerdote mientras los soldados lo rodeaban—, cumplirías con tu papel, como han hecho tantas otras mujeres. Voluntaria y alegremente. Por el bien de tu hermano, el emperador.

—Otras mujeres —repitió ella en tono seco. Le dio un vuelco el corazón al comprender el sentido de las enfermizas palabras del sacerdote.

Él la miró. El resplandor fervoroso de su sonrisa había desaparecido, había abandonado los labios para contagiarse a los ojos, desorbitados hasta extremos dolorosos, fijos en ella.

—Las armas que se volverán contra ti y contra todos los enemigos del emperador residen en sus cenizas —declaró con orgullo—.

Ardieron para salvar el mundo. Tal y como ardieron las Madres.

Tú no habrás de ser menos. Has de saber cuál es tu lugar, princesa Malini.

Has de ver lo que han conseguido mujeres más valientes que tú.

Alzó una mano.

Malini apartó la mirada al ver que se volvían a abrir los portones del bastión. De ellos salieron jinetes a caballo que enarbolaban espadas brillantes, hojas que despedían humo.

Alzó la vista y vio que empezaba a llover fuego del cielo.

Su ejército ya se había enfrentado antes a flechas.

Eran un arma de guerra, y el comandante de cada rama del ejército que se distribuía por el terreno ante ella, ya fuera caballería, elefantes o infantería, sabía cómo responder a semejantes tácticas.

Se podían contrarrestar hasta los cayados o las espadas cubiertos de llamas.

Pero en aquel fuego había algo… extraño.

Florecía. Tenía alas, como los pájaros. Planeaba hacia ellos. Saltaba de un cuerpo a otro, consciente, grácil. Cuando un cuerpo caía, el fuego saltaba a otro en busca de combustible.

Vivo. Aquel fuego estaba vivo.

El olor a humo y a cuerpos calcinados preñó el aire.

Malini vio apenas un atisbo de Mahesh, aún de pie en su carro de guerra, agarrado a la barandilla mientras su caballo salió desbocado y se estrelló contra la masa de soldados de infantería que había al frente.

Detrás de Malini, a su alrededor, los hombres correteaban sin dirección alguna.

Algunos de ellos ardían y el aire se llenaba de gritos y un horrible aroma a chamusquina.

Malini pensó en cierta frase del Libro de las Madres, una frase que hablaba del fuego sagrado, consciente, un fuego que se retorcía y arremolinaba con numerosas lenguas, con alas llameantes, que consumió a los yaksas y los redujo a cenizas,

que no descansó hasta que todo en su camino quedó destruido…

Malini giró bruscamente la cabeza hacia el campamento. Oyó gritos lejanos. La mitad de su ejército seguía atrás. Alguien del campamento debía de haberse percatado de lo que sucedía. Enviarían más hombres, y rápido.

No podía permitirlo. No podía permitir que se enfrentasen a aquello. Tenían que retirarse.

Tenían que pensar.

El carro de guerra se sacudió. El caballo había sucumbido al pánico y retrocedía por más que el auriga, cuyas manos también temblaban, intentase calmarlo.

Volvió a sacudirse una vez más, y luego otra.

Malini cayó bruscamente al suelo y chocó contra un lateral del vehículo.

Miró a Raziya y vio que estaba de rodillas, aferrándose la cabeza. Tenía sangre en las manos.

—Raziya —chilló, alarmada.

La mujer alzó la cabeza de golpe. Mirada tranquila, afilada.

—No es más que un corte superficial —dijo, con tono resuelto—. Arriba.

Agarró a Raziya del brazo.

—Agáchate —se apresuró a ordenarle en voz tan alta como pudo—. Si vamos a pie estaremos más seguras.

Raziya se colgó el arco a la espalda y asintió con aire lúgubre. Agarró el brazo de Malini a su vez. Las dos saltaron del carro.

El fuego hendía el aire sobre sus cabezas.

Impactó contra el caballo de una mujer dwarali.

Malini oyó el horrible chillido de muerte del animal y el estruendo de otro carro de guerra lejano al dar una vuelta de campana.

Raziya retrocedió a trompicones; una de sus mujeres tironeaba de ella.

Soltó un juramento cuando un soldado pasó a la carrera a su lado, presa del pánico, huyendo de la batalla.

Entonces Malini vio que el caballo atado a su carro caía y que el auriga se derrumbaba con una flecha ensartada en la garganta.

Vio que el carro empezaba a volcarse en su dirección, una masa de madera y metal, de enormes ruedas y peso inconmensurable.

Raziya estaba demasiado lejos, de eso Malini estaba casi segura. Pero ella, no.

El carro la iba a aplastar.

Sintió una presión contra el cuerpo. Sus pies perdieron agarre. Ni siquiera tuvo tiempo de sentir miedo. Un soldado la apartó de un empellón y la alejó de la trayectoria del carro.

Oyó un terrible ruido de huesos aplastados. Oyó que la respiración del soldado lo abandonaba a causa del golpe, con un ruidito más de sorpresa que de agonía. Y luego, silencio.

El carro de guerra había aplastado al soldado.

Lo único que asomaba era la cabeza y los brazos extendidos.

Llevaba los colores blanco y dorado de los parijatis.

Era uno de sus soldados. Aturdida en medio del estruendo del fuego y los gritos, Malini le quitó el yelmo.

Tenía los ojos abiertos y los labios separados.

Llevaba el pelo recogido en un moño alto para que no le molestase en la cara, anudado.

Un peinado de sacerdote. Un rostro de sacerdote.

“Otro sacerdote”, pensó con una suerte de sorpresa histérica. Por las Madres, ¿acaso se habían levantado en armas todos los sacerdotes de las Madres? ¿Por qué había optado uno de ellos por matarla y otro por morir por ella?

—Emperatriz —ladró Raziya. Tenía la voz entrecortada, agitada de un modo que Malini no había oído antes—. Emperatriz Malini. Hay que moverse. Ven.

Y se movería, sí, pero aún no. Aún no.