La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cinco #3
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Capítulo Cinco #3

—Quizá los señores sruganis quieran explicarle a este señor en qué se ha equivocado.

—Pero… —empezó a decir el Señor Rohit.

Sus palabras murieron en cuanto Prakash le puso una pesada mano en el hombro, un gesto con el que lo instó a sentarse.

Todos los miembros del contingente srugani habían palidecido.

Tenían las mandíbulas apretadas de pura vergüenza y rabia.

Fuera lo que fuera lo que esperaban conseguir al permitir que el Señor Rohit se lanzase a aquel arrebato de furia, habían fracasado.

—Emperatriz —dijo el Señor Prakash, e inclinó la cabeza—. El Señor Rohit no pretendía ofenderos de ningún modo. Si quisieras mostrar misericordia…

El señor srugani dejó morir las palabras en el aire en el mismo momento en que Aditya entró en la estancia.

El hermano mayor de Malini vestía, como siempre, al estilo de los sacerdotes de la fe sin nombre, con un dhoti azul pálido con el pelo largo y oscuro al aire, atado en una pulcra coleta en la nuca.

Sin embargo, en lugar de llevar el chal tradicional sobre el torso desnudo, vestía una túnica ajustada, tachonada de parches de tela y piezas de metal. Ropa de batalla.

Era la única concesión que había hecho al mundo del que se había retirado.

No intentaría ocupar el lugar de Chandra en el trono, no intentaría ser el príncipe de la corona imperial que fue en su día, antes de que una visión del dios sin nombre lo entregase a la vida sacerdotal.

Sin embargo, ya no podía limitarse a ser un mero sacerdote.

El sable que colgaba de su cinturón, que tenía un aspecto extraño sobre el color azul sacerdotal del dhoti, repiqueteó al hacerle Aditya una reverencia a Malini y arrodillarse a su lado a continuación.

Malini mantuvo la mirada clavada en el srugani. Esperó con férrea paciencia hasta que el Señor Prakash recordó cuál era su lugar.

—Nuestras más sinceras disculpas.

Fuese cual fuese el discurso que se proponía hacer, se vio reducido a una sola frase. Volvió a hacer una reverencia y, tras una patadita nada sutil a la rodilla, el Señor Rohit lo imitó antes de volver a tomar asiento.

De haber estado en su lugar, Chandra habría ordenado que le arrancasen la lengua al Señor Rohit, o tal vez habría dispuesto para él una ejecución lenta y brutal. Su hermano jamás había tolerado afrentas a su orgullo.

Sin embargo, Malini no se podía permitir el lujo de incurrir en semejantes muestras de crueldad. Su rabia era más fría y lenta que la de Chandra. Se limitó a asentir en señal de clemencia y a pensar: “Cuando todo esto acabe, cuando Parijatdvipa sea mía, me acordaré de ti”.

—Señor Mahesh —dijo Malini—. Continúa, por favor.

Tras un instante, Mahesh empezó a desgranar los pormenores de la misión que les aguardaba.

Malini se acercó a su carruaje y el ejército se apartó de su camino. La mitad de sus fuerzas, que formaba filas con las armaduras ya puestas, no le quitaba ojo. Malini mantuvo la mirada al frente y la cabeza bien alta. Bajo ningún concepto debía parecer asustada.

Aquello no debía convertirse en una batalla, pero como tal lo sentía.

Sentía la batalla en los latidos desbocados de su corazón mientras subía al carro de guerra, en el modo en que se afilaban sus sentidos como si de un cuchillo se tratasen.

Oyó el crujido del metal a sus pies, el leve estremecimiento del dosel del carro al viento.

El repiqueteo de los cascos de los jinetes armados que la rodeaban: una marea de caballería que portaba los estandartes de Parijatdvipa, de un llamativo color blanco bajo el sol abrasador.

La Señora Raziya subió al carro junto a ella, arco en mano. Sus mujeres guardias, a caballo, se apresuraron a adoptar una formación de semicírculo en torno al vehículo.

A la derecha, el general de Malini subió a su propio carro. El Señor Mahesh la miró a los ojos y asintió con gesto solemne.

Malini se agarró a la barandilla del carro. El auriga tenía la cabeza inclinada hacia ella, todo oídos, a la espera.

—Da la señal —le dijo Malini al Señor Mahesh.

El carro echó a rodar hacia delante. El repiqueteo de armaduras y cascos preñó el aire y el ejército avanzó por aquel terreo polvoriento y llano bajo un cielo resplandeciente, en dirección al bastión del príncipe.

La construcción apareció a lo lejos. En un primer momento pequeña, en el horizonte, y luego cada vez más grande a medida que se acercaban a las murallas.

Los esperaba un comité de bienvenida. Un puñado de soldados saketanos, y poco más.

—El gran príncipe sabía de nuestra llegada —le murmuró Malini a Raziya—. ¿Por qué no ha preparado una bienvenida más adecuada?

El gran príncipe no era el primer noble que se había resistido a inclinarse ante Malini. Sin embargo, una vez negociada la rendición, todos los demás habían acabado por recibirla con gran ceremonia, un círculo apropiado de guerreros con sus mejores galas. Cortesanos. Presentes.

Ante ella…, apenas había nada. Empezó a sucumbir ante la intranquilidad.

—No sé, emperatriz —dijo Raziya, con tono igualmente cauteloso.

Miró a sus mujeres. Alzó una mano y una de ellas se acercó.

—Diles a las demás que estén alerta —ordenó Raziya.

Malini se giró hacia el Señor Mahesh.

—La negligencia del gran príncipe me preocupa. Algo no marcha bien —se apresuró a decir en voz alta para que la oyese por encima del estruendo de las ruedas y los cascos.

Mahesh giró la cabeza y la miró a los ojos.

—Será mejor que avancemos con cautela —dijo, aunque no sopló la caracola que llevaba al cinto para llamar la atención de sus comandantes.

Su carro de guerra siguió avanzando entre las nubes de polvo que levantaban las ruedas—.

En todo caso, el gran príncipe siempre ha sido un tipo extraño.

Lo conocí en nuestros años mozos y te puedo asegurar que jamás le han importado la pompa ni los rituales. Se rendirá. Solo hay que esperar.

“Aún no se ha rendido”.

Si le ordenaba a Mahesh que detuviera a sus fuerzas, ¿la obedecería?

¿Sería capaz? Sabía que todo ejército tenía su propia inercia y que no era fácil frenarlo en seco.

Miró hacia delante para contemplar la extensión de hombres ante ella.

El carruaje se detuvo poco a poco a medida que se acercaban a los confines de la ciudad.

Pensó en los mensajes del gran príncipe, el miedo que había leído en ellos, la inquietud que los dominaba.

Lo mucho que había deseado cruzarse antes en su camino, al menos una vez, durante los años que pasó en el mahal imperial, para evaluarlo personalmente.

Al parecer, la tinta no bastaba para tomarle la medida al corazón de un hombre.

Aguardaron. El silencio crecía, el viento soplaba por los estandartes de Parijatdvipa que colgaban de los carros.

Las puertas del bastión se abrieron poco a poco.

No salió ningún ejército. Solo un hombre. La escena resultaba tan extraña que los hombres de Malini se quedaron helados, inmóviles. Las puertas volvieron a cerrarse, bloqueando el acceso a la ciudad.

Estaba claro que el hombre que había salido era un sacerdote. Tenía una marca de ceniza y expresión mansa. Cruzó el terreno polvoriento frente a los portones de Saketa. Mientras caminaba, una nubecilla del mismo polvo dorado se elevó entre sus pies y lo rodeó como un halo de partículas de luz.

Los guardias de Malini no se movieron.

Por fin, un único comandante a caballo avanzó para recibir al sacerdote. Todo el terreno guardó silencio durante un aliento, y luego uno más.

El comandante regresó al trote hasta Malini y dijo:

—Emperatriz, quiere hablar contigo en nombre del gran príncipe.

—Traédmelo —dijo Malini.

Un susurro recorrió a todos los hombres, tan repentino como una brisa. Acompañaron al sacerdote hasta el carro.

El sacerdote hizo una grácil reverencia y alzó la cabeza. Era un anciano, demacrado y arrugado por el sol, pero de ojos fieros.

—No se te permitirá la entrada a la ciudad, princesa Malini —dijo el sacerdote por todo saludo. Dibujó una amplia sonrisa con los labios—. Y el gran príncipe no dejará el trono para darte la bienvenida.

Ah. Así que era una trampa.

Pero ¿de qué tipo de trampa se trataba? El gran príncipe estaba resguardado en su ciudad.

El bastión de Saketa era famoso por su complejidad, las múltiples murallas que se retorcían y giraban salpicadas de torres vigía.

Se decía que, si alguien pudiera verla desde el cielo, la estructura asemejaría una flor de un centenar de pétalos.

Malini había examinado la forma en el mapa unas pocas horas antes.

Someter la ciudad a asedio era prácticamente imposible.

Matar de hambre a quienes se hacinaban en su interior le costaría mucho más de lo que podía permitirse gastar.

Si el gran príncipe la hubiese invitado a su palacio, si la hubiese rodeado a ella y a sus consejeros en el interior, quizás habría entendido la naturaleza de la maniobra con la que la había atrapado. Pero aquello escapaba a su comprensión.

—Si el gran príncipe no quiere negociar conmigo, no puedo ofrecerle sino la guerra —replicó Malini.

El sacerdote inclinó la cabeza.

—Soy sacerdote, pero también guerrero —respondió, con mirada pétrea—.

El emperador Chandra no ha permanecido ocioso a la espera de que sus hermanos de sangre lo traicionen, princesa Malini.

El sacerdocio ha crecido. Hay quienes rezan con fuego, postrados, con flores y ritos funerarios.

Pero también hay hombres como yo, que han aprendido a rezar de otra manera.

—¿Alzarás una espada en mi contra, sacerdote? —preguntó Malini.

No se permitió sentir miedo, ni tampoco ira.

Se había enfrentado a cosas peores. Y si Chandra les había proporcionado sables a sus hombres santos y los había enviado a la guerra contra ella…

bueno, daba igual. Serían o bien torpes en fe y en política, o bien torpes en la guerra. Ambas opciones le venían bien.

—Estoy aquí para servir al gran príncipe en nombre del emperador Chandra —respondió el sacerdote—. He venido, al igual que mis hermanos, por el bien de Parijatdvipa. Porque entiendo lo que significa el sacrificio. A diferencia de ti, princesa Malini.

En su voz afloró una extraña y repentina urgencia. A lo lejos se oyó la grave llamada de una caracola al sonar. Uno de los comandantes había visto algo.

Sonó otra caracola.