Capítulo Cinco #2
—Mi señora —dijo uno de los guardias, apenas un gajo de rostro cubierto por un yelmo visible por el agujero entre cortinilla y entrada—. El príncipe Rao y tu sabia están aquí.
—Que pasen.
Lata entró primero. Llevaba el pelo como siempre, con trenzas anudadas recogidas con firmeza hasta formar una corona sobre la cabeza. Sin embargo, aquel día llevaba un lujoso sari de la mejor seda oscura con bordados de flores de loto azul.
En un primer momento, Lata se había quejado al regalarle Malini aquella prenda.
—No es modo de vestir propio de una sabia —había dicho, pero Malini había insistido.
—Eres un reflejo de mi persona. Considéralo como parte de las responsabilidades de tu nuevo puesto.
—Aun así, no soy más que una sabia —había dicho Lata con tono ecuánime.
—Como consejera mía que eres, sabes que eso no es cierto —había replicado Malini, y con eso había acabado la conversación.
Rao entró justo después de Lata y saludó con una fórmula breve y cortés.
Llevaba el turbante muy pulcro y el fajín bien ajustado.
El cinto de cuchillos resplandecía en su cintura, bien aceitado.
Sin embargo, Malini presintió que no había dormido.
Lo veía en su postura contenida: los hombros demasiado tensos, los ojos demudados y ojerosos, la cabeza echada hacia delante como si no soportase el peso.
—Bebe un poco de té —le dijo, y él se las arregló para esbozar una tenue sonrisa—. Y tú también, Lata. Sé que no has descansado.
—He tenido que repasar todas las implicaciones del pacto que pretendes sellar con el gran príncipe, emperatriz —repuso Lata, aunque agarró una taza con gesto obediente—. Ya dormiré cuando acabemos el trabajo.
Una leve mirada de soslayo a Rao:
—Ambos dormiremos.
—Tenemos malas noticias —dijo Rao—, aunque no del todo inesperadas.
Echó mano del té y dio un rápido trago como si ni siquiera hubiese llegado a saborearlo.
—Nuestras reservas de comida disminuyen con rapidez.
Malini reprimió una maldición. Rao estaba en lo cierto; sabía que podía pasar.
El ejército era enorme y había que alimentarlo, y los suministros de las ciudades-Estado leales llegaban, en el mejor de los casos, de manera irregular.
Una horrible necesidad había impulsado a sus hombres a llevarse comida de las aldeas saketanas y los campos de cultivo.
Sin embargo, en más de una ocasión habían encontrado aldeas que también se morían de hambre o campos de cultivo… malogrados.
—¿Tenemos suficiente comida como para llegar a Parijat?
Fue Lata quien respondió:
—Tal vez. Pero tendremos que ser… cuidadosos. Y tendremos que avanzar hacia Parijat tan rápido como nos sea posible.
Malini salió de la tienda y fue a reunirse con el consejo de guerra, acompañada de su séquito de mujeres.
Llevaba su propio sable, una hoja feroz y resplandeciente, lo bastante liviana como para poder llevarla cómodamente en la cadera.
La Señora Raziya y dos de sus guardias favoritas, Manvi y Sahar, llevaban arcos pesados a la espalda con paso altivo.
Juntas, las cuatro avanzaron bajo sombrillas adornadas con borlas que sostenían sobre sus cabezas solícitos guardias parijatis.
Los soldados guardaban silencio o inclinaban la cabeza a su paso.
De niña Malini había visto a su padre caminar igual que ella.
Muchas veces, de hecho, al recorrer los salones del mahal imperial, con la espada colgando a un lado y rodeado de consejeros.
Los sirvientes y soldados guardaban un silencio reverente en cuanto lo veían.
Había cierta satisfacción en el mero hecho de seguir sus pasos, al menos en aquello.
El poder de un emperador residía en la sabiduría, la lealtad y la influencia de sus confidentes más cercanos…
, en estrechar lazos con nobles de alta cuna de todo el imperio.
El poder de una princesa se expresaba mediante sus adornos: el peso y brillo de las joyas, las flores en el pelo, la belleza de su séquito.
¿Y el poder de una emperatriz? Bueno, la verdad era que no había habido emperatriz alguna antes de Malini.
Así pues, ella misma había tenido que crear las reglas y requerimientos que se esperaban de una emperatriz.
Confiaba en que bastase con unir la autoridad de un emperador y la apariencia de una princesa.
El consejo de guerra se celebraba en una tienda enorme y circular. Junto a su asiento estaba el Señor Mahesh, de pie, con expresión severa. No había rastro de Rao. Se había marchado, como tenía por costumbre, antes de que el consejo de guerra empezase. Tenía otros asuntos que atender.
Malini entró en el espacio y los hombres hicieron una reverencia. Se colocó en la tarima improvisada que formaban los cojines con brocados que había en lugar de trono. Enderezó la columna y alzó la cabeza.
Antes de que el Señor Mahesh se lanzara a profundizar en los más nimios detalles de la negociación con el gran príncipe de Saketa, otro de los señores se puso de pie con brusquedad.
Venía de Srugna, pero a Malini apenas le sonaba su rostro.
No era joven, pero tenía el semblante relativamente libre de arrugas, si bien torcido en una expresión de rabia desafiante.
—Hablo en nombre de Srugna —declaró.
Malini dejó que su mirada vagase brevemente por entre los viejos y familiares señores que se sentaban tras él.
A juzgar por las expresiones inquietas, si bien poco sorprendidas, de sus rostros, aquel hombre no hablaba en nombre de Srugna.
Sin embargo, tampoco se extralimitaba del todo.
El Señor Prakash, sentado tras él, contemplaba la escena con mirada astuta y pensativa.
Quería ver la reacción de Malini ante un desafío a su poder, no cabía duda.
Malini no dijo nada. Dejó que su rostro se fijase una vez más en aquel señor, que no dejaba de apretar y relajar los puños, a la espera de alguna reacción por su parte.
Como si tuviese derecho a que Malini lo oyese.
Se había equivocado de cabo a rabo al alzarse sin que fuese su turno de intervención, al exigir que lo oyesen, al faltarles al respeto tanto a ella como al consejo.
Bien, que siguiese echando leña a su propia hoguera, si le apetecía.
Presentaba una estampa limpia y pulida; la tela de su túnica nueva era nueva y tejida a la última moda de la corte que había dictado el mismísimo rey de Srugna, con un estrecho fajín y brillantes pespuntes angulares en el hombro.
Tenía la piel de un tono marrón pálido. Malini le observó el cuello y las muñecas, pero no se apreciaba franja de piel más clara.
Era nuevo. Acababa de llegar a la guerra por conquistar Parijatdvipa, y se daba muchos aires. Hasta los nobles que se protegían la piel con cuidado casi fanático se habían puesto morenos tras tanto tiempo de viaje, al menos en el rostro y las manos.
Los sruganis habían enviado suministros hacía apenas medio mes. Aquel hombre debía de haber llegado con el cargamento. A saber qué veneno le habían vertido en los oídos en la corte srugani para que decidiera unirse a Malini con dinero y soldados frescos bajo su mando.
Sería interesante descubrirlo.
—No podemos permitirnos ningún gesto de generosidad con el gran príncipe —dijo el Señor srugani cuando quedó claro que Malini no iba a hacer nada más que clavarle la mirada—. Emperatriz, si insistes en perdonar a un traidor, Srugna podría insistir en retirarse de esta estúpida guerra.
Los señores sruganis se movieron nerviosos en sus asientos. El Señor Prakash fue el único que se mantuvo inmóvil. Contemplaba con toda intención, impasible. Aunque con el ceño fruncido.
Así pues, aquella amenaza era inesperada. Al menos, el Señor Prakash no la esperaba. Malini se alegró de que no estuviese de parte del nuevo señor, aunque tampoco le había hecho el favor de mandarlo callar.
A su izquierda, el Señor Mahesh carraspeó para llamar la atención.
—Señor Rohit, me parece que no estás muy acostumbrado a la guerra. Cuando haya cubierto todo lo relativo a la estrategia que se vaya de seguir podrás expresar tus… preocupaciones. Pero sería mejor que no nos amenazases.
Habló en tono cortés, pero en sus ojos había una advertencia que solo un idiota habría pasado por alto.
—No deberíamos estar aquí —estalló el Señor, que a fin de cuentas sí que era idiota—. Deberíamos estar en Parijat, arrastrando a ese perro lejos del trono. No hemos venido hasta aquí para sacrificar hombres y riquezas en las riñas del gran príncipe con los de su calaña.
Los príncipes saketanos se pusieron en pie de golpe en una oleada clamorosa y enojada.
—El gran príncipe es un traidor —se apresuró a decir uno de ellos—.
Está aliado con ese perro. Hemos luchado por la emperatriz en Dwarali.
Hemos luchado en Alor. Y a cambio, el gran príncipe ha requisado nuestras tierras, nuestras aldeas ancestrales, nuestros impuestos.
Sin embargo, preferimos ganar a entregarnos a conflictos innecesarios.
¿Acaso crees que Srugna tiene el derecho de pedir la sangre de los nobles saketanos?
—Rohit —murmuró uno de los señores srugani para sofocar el altercado…, aunque llegaba tarde, en opinión de Malini.
—Sin Srugna os moriríais de hambre —replicó el Señor Rohit—. Necesitáis la comida de mis haciendas. Un buen bocado de mis cosechas que ha ido a parar a vuestras bocas…, ¿y qué ha recibido Srugna a cambio? ¿Qué, pregunto? Nos merecemos…
—¡Maldito necio con ínfulas, no te mereces nada!
—Basta —dijo Malini.
Los hombres guardaron silencio. Bien. Al menos tenía suficiente poder como para acallarlos.
—No podemos entrar en Parijat con la amenaza de Saketa a la espalda —dijo en tono ecuánime y calmado.
Que la verdad hablase por ella. La verdad era implacable, ineludible, y todos ellos, o casi todos, eran guerreros avezados.
Que lo comprendieran por sí mismos—. Nos podemos dejar a nuestros aliados unas tierras en las que no haya paz.
Lo que no dijo fue: “Hemos comprado la lealtad de estos príncipes inferiores cuando luchamos contras las fuerzas de Chandra en Dwarali, cuando lanzó una oleada tras otra de soldados contra los muros de Lal Qila para que se estrellasen contra ellos como las olas contra las rocas”.
Lo que no dijo fue: “Si rompo mi palabra, mi vínculo, nuestros esfuerzos para derrocar a Chandra habrán sido en vano”.
No le debía la menor explicación al tal Señor Rohit.
Así pues, lo que dijo fue: