La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

MALINI

Priya:

Por supuesto que he buscado historias grandiosas. Esas historias fueron las que hicieron de ti quien eres. Estoy segura de que las oíste de pequeña, que te dieron forma al igual que la leche materna, del mismo modo que las historias de las Madres me dieron forma a mí.

¿No entiendes que quiero saberlo todo de ti? Incluso ahora, cuando debería haberte olvidado, todo lo que deseo es conocer tu corazón mejor que el mío.

El ejército de Malini llegó hasta el confín de Saketa antes de que las lluvias monzónicas arrasasen con el camino que seguían.

Nadie osaría avanzar cuando el diluvio atravesaba el imperio y convertía el suelo en un mar de fango.

Por ello, el ejército de Malini acampó y esperó a que los cielos se despejasen.

Malini aprovechó la tregua de la batalla para oír la lluvia repiquetear contra las paredes de la tienda mientras le escribía a Priya cartas que sabía que jamás le enviaría.

Lo más inteligente sería quemar las palabras que había escrito. Y aún más inteligente sería no haberlas escrito en absoluto.

Sin embargo, aquel era uno de los pocos placeres de los que disfrutaba. Escribía y guardaba las cartas con cuidado dentro del forro de un joyero. De noche las sacaba y las leía una y otra vez.

Por supuesto, había peores placeres que querer amar a alguien. Que querer que alguien la conociese.

A veces imagino que mi ejército es una ola. Jamás he metido los pies en el mar, pero ahora pienso en mi ejército como las aguas que me transportan. Y mi trono…, mi trono es la orilla inevitable.

Hemos luchado contra Chandra por todo el imperio.

En Dwarali. En Alor. No se le da bien mantener aliados.

Quiere que el pueblo se incline ante él, que arañe el suelo y suplique que le dé sus sobras, pero ¿por qué habría de hacerlo?

Sobre todo, ahora que yo le ofrezco al pueblo mucho más.

Por eso, los ejércitos de mi hermano se derrumban y yo sigo avanzando, uniéndome a nuevos aliados mediante votos, acuerdos y promesas.

Tengo muchas deudas, Priya. Tengo una deuda con mis hombres. Tengo una deuda contigo. Jamás olvidaré la deuda que tengo contigo.

Los hombres se arracimaron en las tiendas, bebieron vino y jugaron a juegos de azar bajo la luz de las lámparas.

Las mujeres se reunieron con Malini y jugaron a sus propios juegos.

Una de las mujeres de Dwarali, Sahar, una arquera ancha de hombros y dotada de un sentido del humor particularmente sucio, sugirió que jugasen a las canciones, con un brillo malicioso en los ojos.

—Empezamos a cantar una canción picantona, y luego empieza otra con la misma sílaba con la que termina la anterior, y seguimos así hasta que no quedan canciones o hasta que las jugadoras están tan borrachas que ya no se acuerdan —dijo, y esbozó una sonrisa ante la expresión de Malini—.

Emperatriz, ¿de qué ha de servir un juego si quienes juegan no pueden soltar guarrerías?

—A mí me gustan los juegos de estrategia —propuso Deepa con tono casi imperceptible. Parecía ligeramente horrorizada. Raziya le echó una buena medida de licor y le tendió la copa con gesto compasivo.

—Os prometo que todos los jóvenes señores y soldados jugarán al mismo juego en sus tiendas —dijo Raziya tras intercambiar una mirada breve y divertida con Sahar—. Y sus canciones son mucho menos refinadas que las nuestras.

—Mientras yo no tenga que cantar con ellos, que hagan lo que quieran —dijo Malini, con tono cortante.

—Pero con nosotras sí, ¿verdad? —preguntó Raziya, alzando una ceja.

Malini no pudo negarse.

El vino hacía difícil recordar las canciones, y más difícil aún encontrar las canciones picantes que se conocían tanto en Dwarali como en Parijat.

Lata resultó ser la mejor de todas ellas.

Cuando Malini se despertó por la mañana se echó a reír al recordar cómo Lata había entonado una amplia variedad de versos, sobre suegras de todo el imperio.

Durante el día, mientras las lluvias continuaban, Malini trató de calmar el dolor de cabeza y centrarse en escribir otro tipo de cartas que no le aportaban mucho placer pero que también eran necesarias para conseguir sus objetivos.

La experiencia le había enseñado que las batallas más exitosas eran las que se ganaban con palabras.

Si se elegían con cuidado, las frases podían ser como un cuchillo: amenazadoras, prometedoras, hirientes.

El Señor Narayan, uno de los leales nobles saketanos que la había acompañado desde Srugna, le había comentado que la podredumbre campaba a sus anchas por Saketa.

—La podredumbre —había dicho con cuidado— ya no es solo un problema de los ahiranyis. El gran príncipe es un hombre que se rige por el temor, emperatriz. Teme perder el trono. Teme que su pueblo se muera de hambre. Aun así, esos temores…, no son infundados.

Así pues, Malini puso gran cuidado en apuntar con la espada de sus palabras a las debilidades del gran príncipe.

Le ofreció las cosechas de Alor y Srugna para alimentar a su pueblo.

También le prometió restaurar la lealtad de los príncipes inferiores que le habían dado la espalda para servirla a ella.

Por último, propuso establecer nuevos lazos comerciales con Dwarali.

Comida, prosperidad y futuro.

No puedo traicionar al emperador legítimo, contestó el escriba del gran príncipe. La única esperanza al alcance de Saketa y de mi pueblo reside en el camino del honor. Un camino que las Madres trazaron hace mucho para todos nosotros. Un camino del que no me pienso apartar.

Pasaron las semanas y los mensajeros de Malini recorrieron el camino hasta el gran príncipe varias veces bajo la lluvia incesante.

La pila de cartas que no le había enviado a Priya no hizo más que crecer.

El lenguaje que usaba era cada vez más atrevido, rebuscado y cargado de sinceridad.

Te echo de menos, le escribía a Priya y también a sí misma.

Pero no del modo en que tú me echas de menos a mí, creo.

Te echo de menos porque me permití albergar sentimientos por ti.

Por un breve lapso de tiempo te dejé entrar en mi corazón.

Y ahora resulta que soy emperatriz, que el mundo yace a mis pies, y mi corazón es una puerta cerrada.

Tengo que ser alguien por encima de los sentimientos mortales…

, forjada en el fuego y la profecía hasta ser más que carne, hueso y anhelos.

No puedo volver a ser lo que fui contigo.

En cambio, al gran príncipe le escribió: Soy la elegida de las Madres, profetizada por el dios sin nombre. Quien me siga recibirá la bendición de las Madres y también la del dios sin nombre.

Confía en mí, gran príncipe, todo irá bien.

El día en que escamparon las lluvias, Malini recibió por fin la respuesta largo tiempo anhelada: el gran príncipe se rendiría ante ella. Devolvería las tierras a los príncipes inferiores que le habían dado la espalda.

Pondría su confianza en la voluntad de las Madres y en ella.

A menudo, Malini se despertaba exhausta, con los sueños aún enmarañados en la cabeza.

Las voces de Narina y Alori se desvanecían en sus oídos como lejanos vientos de tormenta.

Sin embargo, aquel día abrió los ojos mucho antes de que trinase el coro de pájaros que saludaba al alba, y experimentó una desacostumbrada esperanza en el pecho.

Aquel día, si tenía suerte y jugaba bien sus cartas, si los ardides políticos que había trazado surtían efecto, le arrebataría Saketa a su hermano. El último aliado de Chandra se entregaría por fin a ella.

Malini comenzó el día con un cubazo de agua fría para asearse.

Se arrodilló para que le aceitasen el pelo, lo peinasen y trenzasen en medio de los ya familiares sonidos que emitía el ejército al despertar.

El repiqueteo de las cazuelas. Las voces graves y gruñonas de los hombres.

El chasquido de las cubetas sobre las hogueras en las que los cocineros de campana preparaban el desayuno.

Mientras Swati, su criada, anudaba flores marfileñas hasta formar una corona sobre su cabeza, Malini se pellizcaba el dobladillo del sari de manera compulsiva y esperaba a que empezase a desgranarse el rítmico golpeteo de docenas de botas sobre el duro terreno.

Cuando por fin oyó a los soldados del turno de noche pasar junto a su tienda al concluir la patrulla nocturna, dejó escapar el aliento poco a poco y le dijo a su criada:

—Swati, prepara té y tráeme el mapa.

Las mujeres empezaron a llegar. El guardia apostado en la tienda de Malini las anunció a medida que llegaban: Raziya y su séquito de mujeres; luego Deepa, que se disculpó en nombre de Lata.

—No tardará en llegar, emperatriz —explicó—. Ha trabajado hasta altas horas de la madrugada, preparándose para tu reunión con el gran príncipe. La…, la he visto hace poco con el príncipe de Alor…

—Gracias, Señora Deepa —dijo Malini antes de que la chica continuase.

Instalaron una enorme mesa en su tienda, lo bastante grande como para desplegar el mapa de Parijatdvipa por completo.

El mapa estaba dibujado en un grueso lienzo, y los confines de cada ciudad-Estado, así como los campos de labranza y aldeas que los rodeaban, bordados en grueso hilo de seda.

Era una obra antigua; se la había regalado a Malini el mismísimo sultán de Dwarali.

El bastión-laberinto de Saketa, hogar sempiterno del gran príncipe, estaba dibujado en remolinos que asemejaban una flor de múltiples pétalos con espinas en su interior.

Malini lo contempló y reflexionó sobre lo cerca que estaba ya su objetivo.

Una vez hubiera obtenido la rendición del gran príncipe, podría dirigir su ejército hacia Parijat sin riesgo de que algún enemigo los atacase por retaguardia.

Los príncipes inferiores y señores saketanos que había decidido servirla verían su lealtad recompensada con nuevas riquezas, así como con las tierras que habían perdido a manos del gran príncipe cuando se negaron a aceptar a Chandra como nuevo emperador.

El ejército de Malini saborearía la victoria, así como el oro saketano y la promesa de un camino claro y resplandeciente hasta Chandra, su ejército… y el trono.

Una vez despachase al gran príncipe, Malini podría por fin destruir a su hermano.

La cortinilla de la tienda se alzó una vez más.