Capítulo Cuatro
CHANDRA
La primera flor brotó en el jardín de su madre. Después de que cayesen los primeros árboles, después de que las primeras ho gueras se encendiesen y volviesen a apagarse, Chandra paseó por entre las cenizas y la encontró:
Una flor de fuego. La prueba de que su reinado era justo, de que la certeza que lo había impulsado hasta allí era correcta.
Parijatdvipa le pertenecía por derecho. Su causa era justa.
Sin embargo, no había bastado con el jardín de su madre. Cuando su hermana derrotó a su ejército en Dwarali, Chandra se dedicó a cultivar sus flores con toda atención. Se despejaron los campos y se armaron hogueras con mujeres atadas a postes a los que se prendió fuego.
Su hermana asesinó a sus hombres en la frontera de Alor. Chandra montó más hogueras y vio cómo crecían sus flores.
Envió a sus hombres a Ahiranya. Los dos soldados que consiguieron regresar al mahal imperial portaban expresiones huecas y ojos horrorizados.
Hablaron de espinas tan grandes como espadas, capaces de atravesar un cuerpo entero, y de enredaderas que podían asfixiar a un hombre.
Le dijeron que las mayores del templo gobernaban Ahiranya.
Monstruos, decían. Monstruos con cara de mujer.
Chandra recogió ceniza de sus campos. Las flores necesitaban tierra fértil, y sus flores de fuego necesitaban polvo de hueso y cartílago para formarse.
Entró en una estancia llena de pequeñas hogueras, cada una resguardada en un hueco de piedra, sobre un lecho de cenizas, y se dijo a sí mismo con tono lúgubre:
“Mi hermana ha de ser la primera en morir.
”Cuando muera, les demostraré a los ahiranyis cuál es su lugar”.
Luego fue al corazón del templo imperial. Desde allí aún podía captar el olor de las hogueras, el humo que flotaba por las ventanas y cubría de gris las flores que yacían a los pies de las Madres forjadas en oro.
En un nicho tapado por una cortinilla había dos estatuas más.
Las Madres Alori y Narina, que habían ardido ante los ojos de Chandra.
Aquel mismo día había ido a visitar el nicho y había dejado flores a sus pies.
Jazmín, por su hermana, que solía llevar esa misma flor en el pelo.
Su hermana, que debería haber ardido con ellas.
Estar allí lo reconfortaba. Lo calmaba. De niño solía ir mucho por el templo imperial; paseaba por los jardines mientras el corazón y los huesos le dolían ante la injusticia del mundo.
No soportaba la idea de haber nacido príncipe de un imperio imperfecto, ser el segundo hijo y no poder hacer nada para mejorar la situación.
Su hermano, Aditya, había sido el amado heredero de la corona.
El primogénito, el perfecto. Un ser amigable, sonriente.
Se le daba bien hacer aliados y luchar con el sable, jugar a los dados y beber hasta vomitar.
Eran esas las cualidades que más se valoraban en el heredero de Parijatdvipa.
Encanto frívolo y tendencia a emborracharse.
No era de extrañar, pues, que Chandra no contase con la misma admiración que su hermano.
Siempre malhumorado. Así habían descrito a Chandra en la corte de su padre. Arrogante. Inflexible.
Durante cierto tiempo lo había creído… y se había odiado a sí mismo por no ser digno de su sangre, su estatus y su poder.
Siempre que su padre le hacía un elogio a Aditya o lo invitaba a sentarse entre sus consejeros y le pedía a Chandra que los dejase sin mediar más palabra, el odio lo consumía.
Y, sin embargo, había hecho todo lo que estaba en su poder para mejorar el mundo, sin recibir nada a cambio.
Cuando castigó a su hermana por comportarse como una maleducada, esta escapó en un alarde de amarga desobediencia.
Cuando les recordó a los amigos de su hermano qué lugar ocupaban, tanto con palabras como con puños, Aditya le propinó un empujón tan fuerte que lo arrojó al suelo.
Después de aquello, los sabios que educaban a Chandra lo castigaron.
“No es así como los príncipes deben tratar a sus aliados”, dijeron mientras le golpeaban las manos con una vara.
“No son mis aliados”, pensó Chandra, al recordar cómo aquellos chicos de impura sangre saketana y alorana hablaban con Aditya, como si fueran sus iguales.
Había un abismo insalvable entre sus acciones y el hecho de que eran inferiores, tanto por sangre como por naturaleza, al príncipe de Parijatdvipa, a quien las Madres habían bendecido.
Su hermano llegó más tarde, con salvia para ponerle en las manos, e intentó hablar con él. Sin embargo, Chandra se negó. Aditya tampoco era su aliado. Aditya había permitido que esos otros lo maltratasen.
El único consuelo de Chandra había sido el sumo sacerdote.
“Tienes la fuerza de la que carece tu hermano. Tienes fe, un corazón justo, y obedeces la voluntad de las Madres. Todo eso supera con creces a lo demás”. Aún recordaba aquellas palabras. Recordaba que había paseado por el templo, la mano del sacerdote en su espalda. Un peso tranquilizador.
“Algún día te convertirás en un gran hombre, príncipe Chandra. Espera y verás. Veo la luz de las Madres en ti”.
Chandra también había aprendido a reconocer su propia valía.
Aditya, el sonriente y perfecto Aditya, no estaba hecho para el peso implacable y fiero de la verdadera devoción a las Madres de las llamas.
Aditya era superficial, estaba vacío. Jamás había sentido la retorcida rabia que Chandra experimentaba constantemente en su corazón.
Aquella rabia era lo que hacía fuerte a Chandra.
Aquel supuesto mal humor, aquella arrogancia, eran en realidad fuego y orgullo, honor y amplitud de miras.
Su hermano era penoso, débil, y solo veía bondad en un mundo que en realidad estaba podrido hasta la médula.
En cambio, Chandra tenía el temple necesario para carecer de piedad.
Chandra era mejor que él en todos los aspectos importantes. Siempre había sido así.
—Emperador.
Oyó la voz a su espalda. Se giró y vio que el sumo sacerdote se acercaba. Hemanth componía una figura flaca y canosa, ojos amables bajo el ceño preñado de ceniza. Lo rodeaba un aire de serenidad. Aquel semblante tranquilo siempre conseguía calmar a su vez a Chandra.
—Sacerdote —comenzó Chandra—. Querías reunirte conmigo.
—Tu boda se acerca —observó el sacerdote con tono neutro—. ¿Has pensado si vas a sofocar las hogueras antes de que llegue tu prometida?
—Mi prometida lo entenderá —dijo Chandra—. A fin de cuentas, mis fuegos arden para salvar a su padre. Mis sacerdotes, entrenados para la guerra, lo llevan como regalo ante su puerta. ¿Acaso no se alegrará mi prometida al saber que hay más fuego en camino, que el reino de su padre está seguro?
—No sé si todas las mujeres piensan en términos prácticos en el día de su boda —repuso el sumo sacerdote. Una leve sonrisa asomó a sus labios—. O eso me han dicho.
—Algunas mujeres —dijo Chandra— sí que entienden el precio del liderazgo. Mi prometida aprenderá.
Una brisa atravesó el templo de nuevo y desparramó los pétalos de las guirnaldas a los pies de las Madres.
El fuego tembló en las lámparas de aceite.
Chandra cerró los ojos e intentó dejar de pensar en la guerra.
En su hermana, que se había hecho con el apoyo de Alor y Srugna.
Su hermana, que estaba diezmando a los aliados de Chandra.
Su hermana, en Saketa, su mirada avariciosa fija en el gran príncipe, el único aliado que se había mantenido fiel a Chandra durante los duros meses que habían transcurrido desde que Malini adoptase aquel título falso y se echase aún más a perder.
—Emperador —dijo el sumo sacerdote—. Hay un asunto más que hemos de discutir.
Chandra abrió los ojos.
El sumo sacerdote tenía una expresión grave.
—Te has esforzado con mucho coraje para salvar a Parijatdvipa de sí misma —comenzó—.
De hombres necios guiados por la avaricia y el orgullo.
De tu hermano, que le ha dado la espalda a la fe que profesa su linaje.
Del declive y el desmoronamiento que aguardan a todas las naciones que olvidan sus votos y su pureza.
Y, aun así, me temo que esta misión exigirá un precio que no estás dispuesto a pagar.
—Habla —lo urgió Chandra.
—La princesa Malini —dijo Hemanth— debe arder.
—Te prometo que arderá —replicó Chandra con una nueva punzada de furia, el ansia desesperada de ver muerta a su hermana.
“Si alguna parte de vosotras me oye, Madres”, imploró con amor y furia, “haced que mi hermana muera. Haced que muera con dolor y sufrimiento, consciente de que es una desgracia para su linaje. Que muera a mis manos. Yo mismo la empujaré a las llamas.
Contemplaré cómo se desprende la piel de sus huesos y os dedicaré la flor que crezca de su muerte”.
—Tiene que arder —dijo Hemanth con un cuidadoso énfasis que crispó la rabia de Chandra como un dedo que rasca una herida—. Tiene que arder del mismo modo que ardieron las Madres de las llamas: por nosotros, voluntaria y entregadamente.
—No todas mis mujeres arden voluntariamente —replicó Chandra.
E incluso las que habían entrado en las piras con gozo en el corazón, seguras de su fe, satisfechas por seguir los pasos de las Madres, se habían arrepentido en cuanto el fuego empezó a devorarles la piel—.
Y aun así, su muerte nos bendice a todos.
—La muerte voluntaria de una hija del linaje Divyanshi supondría un tipo muy distinto de magia —dijo Hemanth—. Sé que lo sabes, emperador.
El tono de correctivo en su voz era irritante. Si alguien más se hubiese dirigido a Chandra con aquel tono, como si no fuese más que un niño, habría muerto a los pocos segundos, destripado por el filo de su espada.
Pero Hemanth era distinto. Hemanth siempre había sido distinto.
—En su día creíste que entregarla a las llamas la purificaría —insistió Hemanth—. Libérala. A cambio obtendrás la fuerza que necesitas para mejorar Parijatdvipa. ¿O acaso has dejado de creerlo?
Chandra imaginó el cuello desnudo y ensangrentado de Malini entre sus manos, la mueca de animal salvaje de su hermana, enseñándole los dientes.
Destrozada más allá de toda redención por culpa de su propia voluntad, de sus decisiones, aunque Chandra le había ofrecido el camino a la inmortalidad mediante una muerte cargada de sentido.
—Jamás arderé por ti —había jurado su hermana.
—Tengo mis armas —continuó—. Tengo un aliado por matrimonio.
Tengo piras que me otorgan dones bendecidos por las Madres, sin importar lo mucho que chillen y renieguen de mí las mujeres que arden en ellas.
Tengo a mis soldados, a mis sacerdotes guerreros, y te tengo a ti.
—Miró a Hemanth, de pronto embargado por un miedo desesperado—.
No voy a suplicarle a mi hermana que arda —añadió, con tono entrecortado—.
No puedo. Ella jamás…, cada vez que pienso en ella ansío que el mundo entero se consuma, ¿comprendes?
No le daré la satisfacción de oír mis súplicas, sobre todo porque sé que se negará a hacer lo correcto.
Salvaré a Parijatdvipa por mis propios medios. Por mi propia gloria y fuerza.
Le dolían las manos; las había apretado tanto que se había clavado las uñas en las palmas. Las abrió y dijo:
—Tú mismo me lo dijiste hace muchos años. Las Madres me tienen reservado un gran destino. La corona cayó en mis manos porque es mi derecho divino gobernar Parijatdvipa. Gobernarla y salvarla. ¿Estarás a mi lado, sacerdote? ¿Me guiarás como siempre has hecho?
La mirada del sumo sacerdote se suavizó. Acarició la mejilla de Chandra con una mano. Los hombros del emperador por fin aflojaron la presión. Se hundió, el alivio lo empequeñeció.
El sumo sacerdote siempre había sido para él una figura paterna más importante que su propio padre.
Siempre. Al menos en eso podía confiar.
—Chandra —dijo Hemanth con tono quedo—. Emperador. Para mí eres mucho más que un hijo. Si esta es la senda que quieres emprender, te seguiré en ella. Estaré encantado, orgulloso incluso, de seguir a tu lado cuando cambies el mundo para mejor. Cuando nos salves a todos.