La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

MALINI

La habitación que le asignaron a Malini en Lal Qila era bastante íntima: una cámara circular de ventanas estrechas que se abrían al cielo y un pequeño hogar encendido para mantener el calor.

El suelo era de mármol, pero lo cubría una alfombra enorme que se habría podrido con el calor de Parijat.

Era una extensión de lana de cabra tejida que representaba la luna y las estrellas, así como una manada de animales de presa que corría por la nieve.

Malini la contempló sin cesar, recorriendo los patrones con la vista.

Se sumió en una calma meditativa mientras esperaba a que el Señor Mahesh le llevase a su hija.

Oyó el chirrido de la puerta al abrirse.

El Señor Mahesh entró e hizo una reverencia.

Una chica entró con él. Era diminuta, de rostro anodino y pelo largo.

Llevaba un chal sobre los hombros para protegerse del frío de Dwarali.

En torno a los ojos se dibujaban unas ojeras de cansancio.

El viaje hasta Dwarali debía de haber sido agotador.

Malini se preguntó si Mahesh le habría permitido descansar un poco antes de llevarla ante ella.

—Esta es mi hija. Deepa —dijo el Señor Mahesh.

Le puso una mano en la espalda a la chica y le dio un empujoncito para que avanzase.

Deepa se adelantó a trompicones e hizo una apresurada reverencia—.

Como ya te he dicho, es una chica muy dócil.

Apenas es unos años menor que tú. Estoy seguro de que será una incorporación muy útil a tu corte.

Resultaba ridículo hablar de la corte de Malini, teniendo en cuenta de que no había tal cosa.

Oh, por supuesto que contaba con nobles y príncipes, y también con Lata.

Pero no tenía una corte femenina: no había hermanas de corazón con las que compartir secretos.

No había mujeres mayores ni abuelas que la aconsejaran, como tampoco había hijas de aliados con las que estrechar lazos. Todo eso tenía que cambiar.

—Gracias, Señor Mahesh —dijo Malini—. Puedes dejarla aquí. Me encargaré de darle la bienvenida. —Curvó los labios en una sonrisa—. Me he enterado de que el príncipe Rao te busca.

—Emperatriz —dijo Mahesh con una inclinación de cabeza. Acto seguido dio media vuelta y se marchó.

Deepa seguía contemplándose los pies. Los chasquidos del fuego llenaron el silencio. Lata estaba junto a la hoguera; le lanzó a Malini una mirada fugaz a los ojos con una pregunta en la mirada. “¿Qué vas a hacer con ella?”, decían los ojos de Lata. “¿De qué te sirve esta chica?”

—¿Qué habilidades tienes, Señora Deepa? —preguntó Malini.

Deepa alzó la cabeza de golpe.

—¿Habilidades, emperatriz?

—Sí —respondió Malini en tono paciente—. ¿Qué puedes aportar a mi servicio?

Deepa bajó los ojos de nuevo, claramente avergonzada. “Mírame”, quiso decirle Malini. “Muéstrame tu fuerza. No seas tímida por mi culpa”.

—Me gusta leer —admitió Deepa con tono suave tras un instante de reflexión—. Estudiar. No soy buena música, y tampoco… se me dan bien las chanzas. Pero sé trabajar. Y me gustan los números. Si…, si es que necesitas a alguien que haga ese tipo de tareas.

Números y erudición. No eran el tipo de habilidades que se le enseñaban a una hija a la que se quisiera casar.

—Bien —dijo Malini, como si no tuviese ya una docena de oficiales militares a mano, y más que llegaban cada día, que hiciesen esas tareas—. En ese caso, ayudarás a Lata.

—Soy la sabia de la emperatriz Malini —repuso Lata con un asentimiento—. Estaré encantada de contar con tu ayuda, Señora Deepa.

Deepa tartamudeó un agradecimiento y dijo:

—Estaré honrada de hacer todo lo que tú o… la emperatriz necesitéis.

—Me alegra oír eso, Señora Deepa —dijo Malini. Le sonrió a la chica. Deepa se ruborizó y se agarró el chal con más fuerza—. Estoy segura de que aquí serás feliz.

Dejó que Deepa se fuera. La puerta se cerró con suavidad tras ella. Lata y Malini se quedaron solas en la cálida habitación.

—Ha traído a su hija para que te espíe, mi señora —comentó Lata un instante después.

—Por supuesto —replicó Malini en tono despreocupado—.

Y los demás señores y príncipes de alta cuna que me han jurado lealtad no tardarán en intentar hacer lo mismo.

¿Cómo si no iban a ganarse mis favores? —Se encogió de hombros y prosiguió—: No tengo nada que temer de ningún espía.

Al menos, de los espías cuya existencia conozco.

Y ya tengo la medida de la Señora Deepa.

Una chica simplona. O, más bien, una chica a la que le habían dicho que era una simplona. No era la hija mayor, ni la ideal para un matrimonio, sino la que el padre consideró lo bastante lista como para no ofender a su emperatriz.

—Está nerviosa y asustada, pero si ha dicho la verdad, tiene una mente aguda y hará lo que le pidas sin quejarse. No me irás a decir que no te vendría bien una asistente, Lata.

—Como tú digas —replicó Lata, lo cual era un modo educado de decir que, aunque no estaba de acuerdo, no valía la pena discutir más.

Malini contempló las llamas y pensó de nuevo en Alori y en Narina. El dolor de la pérdida se adueñó de ella poco a poco, ascendió como una ola sobre su corazón hasta derramarse por sus extremidades y retroceder de nuevo como una bajamar.

“Todo sería mucho más fácil si estuvieseis aquí”, pensó con una punzada.

“Siempre supe que podía confiar en vosotras”.

Pero ya no estaban. Sus hermanas de corazón ya no volverían.

Malini jamás tendría una corte llena de mujeres que habían crecido con ella, que estaban grabadas en su alma tanto como ella en las suyas.

Tendría que conformarse con una corte de mujeres lo bastante ambiciosas como para entender los beneficios de aliarse con ella, y lo bastante listas para reconocer que traicionarla sería una enorme estupidez.

Aún no tenía una corte así, admitió para sí misma. Por supuesto, podía apoyarse en Lata. Pero la Señora Deepa aún no había mostrado su valía.

Si quería mejores aliadas, aliadas fuertes y astutas, tendría que buscárselas por su cuenta.

—Voy a hablar con quien manda aquí —dijo Malini, y se puso en pie.

—El Señor Khalil está de patrulla con sus hombres —respondió Lata al punto.

Malini negó con la cabeza.

—No me refiero a él —dijo—. Dame el chal, Lata. No hace falta que me acompañes. Pronto tendré suficientes damas de compañía que me protejan.

Desde Lal Qila se veía el mundo más allá del subcontinente como un recuerdo medio olvidado: grandes montañas, tan altas que parecían desvanecerse en una pálida nada; nieve más blanca que el hueso que cubría las montañas ahítas de vida.

Lal Qila era una fortaleza hecha de roca de profundo tono rojizo, alta e imponente, un edificio que parecía tener su propio pasado de grandeza.

La Señora Raziya se encontraba en el borde de las almenas, cubierta con un grueso chal azul. A su alrededor había un semicírculo de mujeres armadas con arcos: arqueras Dwarali que viajaban con ella a todas partes. Malini no mentía al decirle a Lata que le iban a sobrar las damas de compañía.

Al llegar el ejército de Malini a Lal Qila los recibió a caballo la Señora Raziya, la esposa del Señor Khalil y señora del bastión.

Parecía una generala experta y ansiosa por entrar en batalla, con el rostro orientado hacia el grueso de las fuerzas de Malini, inalterable, y el sable colgando de la cintura.

Incluso en aquel momento, vestida con un salwar kameez bordado con gran delicadeza y un velo que le cubría recatadamente el pelo, tenía un aire marcial.

Malini se acercó y ella se giró. Todas sus mujeres se giraron al unísono, rostro alerta y espalda recta.

—Emperatriz —dijo Raziya.

Sonrió y sus ojos se arrugaron. Los rostros de las mujeres que la rodeaban no se alteraron.

—Señora Raziya —la saludó Malini—. Esperaba encontrarte aquí. ¿Puedo unirme?

—Por supuesto. —Las guardias se apartaron y permitieron que Malini se detuviese junto a Raziya—. ¿Cómo sabías dónde encontrarme, emperatriz? Si me hubieses mandado llamar, yo misma habría ido a tu encuentro.

—La gente habla. —O, más bien, quienes hablaban eran las criadas, sobre todo si se las convencía adecuadamente, con una sonrisa por parte de la emperatriz o una moneda de una sabia a cambio de ciertos detalles sobre la rutina diaria de la señora de Lal Qila—.

Sé que habrías venido a mi encuentro, Señora Raziya, pero quería contemplar la vista desde aquí yo misma.

—Mientras hablaba, el aliento le salía en pequeñas nubecillas de vapor—. Es hermoso.

Raziya le lanzó una mirada de soslayo, divertida, evaluándola.

—Dejadnos —ordenó, con tono firme.

Las guardias se desvanecieron como fantasmas hasta detenerse a cierta distancia, de espaldas a ellas. Fue entonces cuando Raziya miró a Malini directamente a los ojos.

—Aunque me encantaría comentar la belleza de Dwarali contigo y engatusarte para discutir posibles favores —dijo Raziya—, creo que debo aprovechar la intimidad del momento para ser sincera: mi marido me ha confiado que te seguirá a la batalla y todo lo que venga después.

Que te seguirá hasta que Chandra caiga derrotado.

—A mí me ha dicho lo mismo —reconoció Malini.

—No tengo el menor deseo de permanecer aquí sin él —repuso Raziya—. Si me permites acompañarte, te estaré muy agradecida. Mis hijos e hijas son lo bastante mayores como para ponerse al frente de Lal Qila en nuestro lugar.

Malini miró hacia la lejanía durante un buen rato, contemplando las nubes que se desplazaban lentamente.

La petición de Raziya había facilitado mucho las cosas.

Malini había mantenido suficiente correspondencia con Raziya como para pensar que le tenía tomada la medida: era incisiva y reflexiva, y ejercía una gran influencia sobre las decisiones políticas que tomaba su marido.

Además, Malini quería tener a Raziya a su lado, en la corte. También sabía que Raziya no era el tipo de mujer que actuase solo por devoción a su marido… y, desde luego, no debía pensar que Malini la viera de esa forma.

—¿Es el amor lo único que te impulsa? —preguntó Malini.

Raziya se echó a reír.

—Debo reconocer que me impulsa cierta cantidad de sentimiento —dijo—.

Pero no, no es solo el amor. Tengo ambición, y la tengo por mi familia, emperatriz.

No me avergüenza decirlo. Además, me da la impresión de que, en la corte de una emperatriz, una mujer puede ascender bastante en el escalafón.

Soy una líder experimentada, emperatriz.

Sé de política y no me da miedo la guerra.

Llévame contigo y no te arrepentirás. Eso te lo puedo asegurar.

—Me parece que saldría ganando si te tuviera a mi lado —reflexionó Malini—. Dime, Señora Raziya, ¿qué busca una mujer de tu poder y posición al ponerse a mi servicio? ¿Qué puede ofrecerte una emperatriz para asegurarse tu lealtad?

—Sería terrible —dijo la Señora Raziya con tono comedido— que mi marido contemplase siquiera la idea de volverse contra el sultán.

El sultán es tu aliado y gobierna Dwarali con habilidad.

El señor de Lal Qila no es más que su fiel siervo.

Y como esposa del señor de Lal Qila que soy, no puedo pedirle a mi emperatriz que le otorgue un trono a mi esposo.

Sé que hay cosas con las que ni siquiera se puede soñar sin pagar un precio.

“Y aun así te atreves a soñarlas”, pensó Malini. “Con todo lo que tienes, y aun así te atreves a querer más”.

Comprendía aquel deseo. Lo admiraba, incluso.

—Estoy segura de que el Señor Khalil jamás rechazaría un regalo entregado libremente —dijo Malini, con tono ecuánime—. Cuando tenga el imperio bajo mi poder, Señora Raziya, le haré una muestra de gratitud.

Aún no tenía la menor idea de cómo podría arrebatarle el trono al sultán. Pero podía hacerse y se haría. Malini cumplía sus promesas.

—Aun así —añadió—, me pregunto por qué anhelar el poder para tu marido y no para ti misma.

—Emperatriz —repuso la Señora Raziya—. Amo a mi marido. ¿Qué no haría un amor tan grande sino querer postrar el mundo a los pies del ser amado?

A altas horas de la madrugada llegó un mensajero alorano con una misiva de Ahiranya.

El mensaje estaba desgastado por el viaje, cubierto de polvo y, a todas luces, había pasado por varias manos.

No tenía el nombre de Malini grabado, pero reconoció al instante que contenía las palabras de Priya. La voz de Priya.

Te echo de menos, decía la carta. Palabras sinceras, carentes de malicia. Sintió a Priya en ellas y la ternura floreció sin remedio en su corazón.

¡Qué historias tan grandiosas conoces! ¿Dónde las has aprendido? ¿Las buscaste o te encontraron ellas a ti?

No sé si tendré jamás una respuesta a estas preguntas. Quizá basta con hacérmelas yo misma. Quizá eso es lo que quieres, que piense en ti.

Hay mucho de lo que me gustaría hablarte. Pero no tengo talento para la poesía, aunque la poesía ha acudido a mí de vez en cuando.

Solo esto habré de decir:

En cierta ocasión te hice una promesa. Di mi nombre y, aunque te parezca una estupidez, encontraré el camino. Acudiré a ti.