Capítulo Dos #2
—Lo sé —volvió a decir Sima, y su sonrisa se suavizó hasta volverse más genuina. Casi recuperó el color en las mejillas—. La verdad es que estoy mejorando con el arco. Jeevan se llevará una alegría.
—Desde luego —dijo Priya—. Antes de que te quieras dar cuenta, te habrá puesto a darles clase a los pequeños.
Sima se estremeció con gesto teatral.
—No me amenaces con algo así —dijo.
Llegaron a la entrada principal del mahal.
—Lo has hecho muy bien —comentó Priya una vez que hubieron entrado.
Se quitó el chal y lo usó para secarse lo que le quedaba de sudor y sangre de la refriega en la cara y el cuello—.
¿Sabe alguien quién estará en la próxima patrulla?
Será mejor que comprueben que no hay más soldados imperiales escondidos en alguna parte.
—Le preguntaré a Kritika quién se ha ofrecido como voluntario —dijo Ganam—. De todos modos, ya le había dicho que iría a buscarla al Hirana.
—Bien, entonces yo hablaré con Jeevan —repuso Priya.
Los guardamáscaras eran la gente de Kritika, del mismo modo que los antiguos soldados estaban bajo la jurisdicción de Jeevan.
El equilibrio de poder solía ser… interesante, en el mejor de los casos.
Priya se alegraba de que a Bhumika se le diese tan bien apaciguar las tensiones entre los grupos fragmentados que componían el nuevo y diverso gobierno que tenían en Ahiranya.
Ella carecía del talento necesario para ejercer aquel tipo de trabajo tan emocional y agotador.
—No, ya hablo yo con él —objetó Sima—. Tú tienes que ir a asearte y cambiarte. ¿No tienes que recibir esta noche a varias personas en el Hirana? No puedes presentarte así. Asustarás a la gente.
Cierto, Priya tenía que ir más tarde al Hirana. A darles la bienvenida a los fieles y a ayudar a los podridos. A imponerles las manos para detener la podredumbre que los consumía, para impedir que avanzase más. Para que viviesen.
Y luego, al día siguiente, volvería a salir de patrulla.
—Gracias —dijo Priya.
Le sonrió a Sima y dio media vuelta, dispuesta a ir a toda prisa a su cuarto a cambiarse. Sin embargo, reparó en que sus pies la llevaban en dirección al huerto.
De un tiempo a esa parte, casi no tenía tiempo para sí misma.
Y aunque no podía quejarse, tampoco podía resistir la tentación de pasar un momento a solas.
Apenas un momento en el que poder caminar bajo los árboles y arrancar algún fruto maduro de una rama baja.
Purgar el recuerdo de los soldados y del acero imperial con el consuelo de encontrarse a solas en un lugar familiar.
Nada más entrar en el huerto oyó una voz que la llamaba:
—¡Priya!
Alzó la vista.
—Rukh —lo saludó, los ojos entrecerrados bajo el destello del sol. Rukh estaba sentado en una rama. Se inclinaba hacia delante para verla y agitaba un brazo para llamar su atención—. ¿Qué haces ahí arriba?
—Nada —dijo él—. ¿Quieres que te tire un higo?
—Sí —respondió ella. Él le lanzó un higo. Priya lo atrapó con una mano y le dio un bocado al instante. Mientras mordía, dijo—: Te estás escondiendo, ¿verdad?
—Bueno, esconderse es mucho decir —respondió Rukh—. Te he saludado, ¿no? Si me escondiera, habría guardado silencio.
—Ya sé que no te escondes de mí. Tendrías que estar entrenando.
—¿Quieres algo más? —preguntó Rukh, con tono solícito—. Puedo subirme a otro árbol, si quieres. A cualquiera.
—Jeevan te va a despellejar.
—Ni se le ocurriría —dijo Rukh—. Es demasiado bonachón. Lo único que hará será ponerme a correr alrededor del patio de entrenamiento.
Priya jamás habría aplicado la palabra “bonachón” a Jeevan, que por lo general era solemne y de facciones duras, incapaz de sonreír.
Jeevan parecía pasar todo el tiempo rondando a Bhumika o paseando a sus pupilos de aquí para allá como si de gatitos se tratase.
Aun así, se abstuvo de llevarle la contraria a Rukh.
—Ganam ha vuelto.
La expresión de Rukh se iluminó visiblemente.
—¿Dónde está?
—Ha subido al Hirana.
—Voy a ir a verlo —dijo Rukh, con tono decidido—. Quizá pueda entrenarme más tarde y así Jeevan no se enfadará.
Rukh y Ganam habían formado parte de las filas de los rebeldes.
Rukh había jurado servir a Bhumika. Priya lo había salvado de la muerte, un tipo de vínculo que se volvía inquebrantable.
Sin embargo, Ganam y él habían forjado una relación especial durante el tiempo que habían compartido en el mahal, cosa de la que Priya se alegraba.
Solía encontrarlos juntos a los dos; Ganam le enseñaba a usar la hoz y Rukh imitaba sus movimientos, el ceño fruncido, concentrado del todo.
—Jeevan se va a llevar una decepción de todos modos, pero haz lo que te plazca —dijo Priya, con un suspiro.
Rukh bajó de un salto. Se enderezó. Antes había sido bajo y delgado, pero en el breve período que había pasado en el Hirana había aumentado de masa muscular y sus facciones se habían suavizado.
Se había vuelto más fuerte, más alto. Sus rizos habían crecido casi hasta el punto de disimular las hojas que le brotaban del cráneo.
—¿Quieres venir?
Ella negó con la cabeza.
—He tenido una mañana muy ocupada.
—¿Vas a ver a la mayor Bhumika? —preguntó Rukh.
—No lo tenía planeado —respondió ella—. ¿Sabes cómo está nuestra pequeña abuelita?
—Padma ya no está tan arrugada como una anciana —contestó Rukh con el tono más reprobatorio que fue capaz de componer—. Bueno, más o menos. Ya no llora tanto, creo. Khalida me ha dicho que Jeevan le ha dado una pulsera de madera para que la muerda cada vez que le duelan las encías.
—Qué dulce por su parte —dijo Priya, y a continuación—: ¿Hay algún motivo por el que debería ir a ver a Bhumika?
Rukh, que había adquirido un perturbador interés en estar al tanto de absolutamente todo, dijo:
—Tiene una carta para ti en su estudio. La manda la emperatriz.
Un latido de silencio. Priya tragó saliva, con el corazón desbocado. Al cabo dijo:
—Mejor no te pregunto cómo lo sabes.
—Estaba ayudando a Khalida a cuidar a Padma. La llevamos con la Señora Bhumika y fue entonces cuando vi la carta —se explicó él de todos modos—. ¿Sabes por qué la emperatriz te ha mandado una carta?
—Vete a buscar a Ganam, animal —ordenó Priya—. No le diré a Jeevan que te he visto, a no ser que me lo pregunte directamente.
Dio media vuelta y paseó reposadamente hasta que Rukh se escabulló tras ella con un grito de agradecimiento y una risotada.
Priya no echó a correr, pero poco le faltó.
En primer lugar, leyó la carta oficial que la emperatriz había enviado a las mayores de Ahiranya.
La carta descansaba tranquilamente sobre el escritorio de Bhumika.
No se permitía la entrada al estudio de Bhumika, pero, por supuesto, Priya tenía llave.
Quizá Bhumika sabía que entraría en algún momento y se pondría a rebuscar entre sus papeles, y decidió facilitarle la tarea.
En ocasiones tenía esos detalles tan considerados.
A veces, Priya volvía a su cuarto y encontraba saquitos de hierbas para perfumarse la ropa, o bien algún tipo de comida envuelta en paños, y comprendía que Bhumika intentaba cuidar de ella, aunque sus responsabilidades las mantuviesen alejadas una de la otra,
como dos fantasmas que embrujasen el mismo espacio, pero no llegasen a cruzarse jamás.
Junto a la carta oficial, apoyada contra un montón de libros, yacía una carta que a todas luces estaba dirigida a Priya. No tenía el sello oficial de la emperatriz, y de hecho no había la menor evidencia de que la hubiera escrito Malini. Aun así, Priya lo supo.
Que Malini hubiese dado el paso de escribirle una carta, que hubiese dejado escrito con tinta parte de lo que las unía…, bueno. Priya sintió que se reblandecía por dentro. Estaba aturdida por la estupidez en la que había incurrido Malini.
Abrió la carta. La alisó. Aquella letra… tenía que ser de Malini. Era demasiado grácil como para pertenecer a nadie más.
En la carta hablaba de guirnaldas. De Mani Ara, y de su río. Y de otras historias de yaksas y mortales.
—Estas historias no se las conté yo —susurró Priya, lo cual significaba que, en algún momento, Malini había leído los Mantras de corteza de abedul. ¿Se había aprendido aquellas historias por Priya?
No podía responderle. Lo sabía. Fueran cuales fuesen los medios sutiles que Malini había empleado para hacerle llegar aquella misiva…, y oh, espíritus, Priya esperaba que Malini hubiese sido sutil, por su propio bien; no había modo de que Priya pudiese mandarle una carta a ella.
Aun así, de algún modo se encontró sentada frente al escritorio de Bhumika. Echó mano de una hoja de papel y se puso a escribir.
Te echo de menos, empezó.