La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

PRIYA

Cada raíz y cada centímetro de verdor en Ahiranya cantaban para ella. Una canción que oía todo el tiempo: mientras dormía, mientras caminaba. Notaba su peso como si fuese una extremidad de un animal mucho mayor, una criatura gigantesca que dormitase en los árboles de Ahiranya, en el suelo.

Cerró los ojos. El sol le acariciaba el rostro con dedos cálidos a través del espeso dosel de los árboles.

Unas esquirlas de fresca sombra descomponían el calor.

No le hizo falta abrir los ojos para encontrar el camino.

La canción la guiaba. El suelo cedía a sus pies, lo recorrían ondas al pasar como si de agua se tratase.

“Por aquí”, canturreaba. “Aquí encontrarás lo que andas buscando”.

—Si no miras por dónde vas, te vas a chocar de cara con un árbol —dijo Sima.

Priya abrió los ojos y se giró para lanzarle una mirada enojada a Sima.

—No me voy a chocar con nada —dijo—. Jamás me chocaría con un árbol.

—Bueno, a lo mejor no, pero si lo hicieras sería graciosísimo —replicó Sima—. ¿No se supone que tienes que desprender santidad y autoridad? Te resultaría difícil desprender nada de eso si te chocas con una rama y te caes.

—Sima.

Ella le sonrió.

—Lo único que digo es que será mejor que camines con los ojos abiertos. Solo por si acaso.

La verdad era que Priya tenía que mantener cierta imagen.

Aunque sabía que aquel día sería trabajoso, se había vestido con los sencillos ropajes de los mayores del templo.

Para ir más cómoda, se había puesto un salwar kameez en lugar de la tradicional túnica larga.

Sin embargo, la tela suelta era blanca como el hueso.

Además, Priya llevaba el pelo recogido en una trenza alta salpicada aquí y allá de cuentas de madera sagrada que la recorrían hasta el extremo, al estilo que llevaban los mayores del templo en épocas pasadas.

Había sido Kritika quien la había animado a adoptar aquel estilo.

Poco después de que los peregrinos empezasen a llegar a la base del Hirana a suplicar que los nuevos mayores los guiasen, Kritika había llevado a Priya aparte y le había aconsejado que vistiese a la manera de los mayores de antaño.

“Algunos fieles recordarán a los mayores”, le había dicho, “al igual que los recuerdo yo. En cuanto al resto…, debes servir como símbolo, mayor Priya. Has de guiarlos”.

A Priya no le gustaba la idea de convertirse en un símbolo.

También la inquietaba un poco Kritika, así como los otros antiguos rebeldes que en su día habían servido a su hermano.

Aun así, era ella quien había elegido aquel camino: había elegido a los rebeldes que habían empezado a denominarse “guardamáscaras”, así como el título de mayor.

Era demasiado terca como para no aceptar aquella vida con los brazos abiertos.

Así pues, si un tipo concreto de ropaje lograba que los fieles derramasen lágrimas de reverencia, que volviesen a sentir esperanza y que confiasen en que Priya y Bhumika los gobernasen sabiamente…

, que así fuera. Priya vestiría de blanco.

Haría lo posible por encarnar a la persona que estaba destinada a ser.

Priya le dedicó a Sima los gestos maleducados más sutiles y femeninos de su repertorio, que no eran pocos. Sima ahogó una risa, y luego se irguió y cuadró los hombros. Mantuvo los ojos abiertos mientras echaba a andar con lo que esperaba que fuese una gracilidad segura de sí misma.

En torno a Priya y Sima había otras figuras que caminaban entre los árboles: algunos antiguos rebeldes nacidos una vez, con restos de magia en las venas y hoces en las manos; un puñado de soldados que llevaban sables;

y seis de los hombres y mujeres que en su día fueron sirvientes en el mahal del regente y que luego habían empezado a servir a las dos mayores del templo de Ahiranya de otro modo.

Durante meses habían practicado junto con Jeevan en el patio de entrenamiento del mahal, enarbolando mazas y golpeando con hoces de mano unos monigotes de madera y paja vestidos de soldados.

Sima incluso había aprendido algo de arquería, y había empezado a llevar arco y carcaj consigo en todo momento.

Solo parecía medianamente nerviosa, pero algunos de los sirvientes estaban pálidos de miedo.

Era comprensible.

A fin de cuentas, cazaban soldados imperiales.

Ganam, uno de los antiguos rebeldes, se acercó a ella.

Lucía la misma máscara que había llevado cuando luchaba contra el gobierno de Parijatdvipa: un óvalo de madera lo bastante grande como para cubrirle todo el rostro, con toscos agujeros para los ojos y un hueco para la boca.

Priya no debería haber captado la expresión inquisitiva que le dedicó, pero le bastó ver el modo en que ladeaba la cabeza.

Priya negó. Allí no. Aún no.

Luego volvió a centrar la atención en el terreno. Sintió a través de la tierra…, sintió a los soldados imperiales que había más adelante.

Algunos ya estaban empalados en estacas de espina. Bhumika había preparado trampas. Tenía un don para manejar todo lo que crecía lento y extraño.

Y en cuanto a Priya…, bueno…

Priya era una fuente de ira de lo más útil.

—Ahora —dijo.

Cruzaron la última muralla de árboles… y se toparon con los soldados.

La contienda fue breve y sangrienta.

Priya intentó reducir a la mayoría de ellos con su magia, pero hubo un hombre, que había perdido la espada, que se le acercó entre las enredaderas e intentó agarrarla. Priya tuvo el placer de darle un puñetazo en la cara.

El hombre sacó el cuchillo que llevaba al cinto e intentó destriparla.

“Es justo por esto”, pensó Priya; la sangre le hervía y el corazón le latía en los oídos. “Los matas justo por esto. Por esto los quiebras. Por esto”.

La tierra se tragó los pies del hombre. Más y más. Aún tenía las manos libres. Pero daba igual. Priya podía atacarlo con las enredaderas. Podía ver cómo lo asfixiaban, cómo lo arrastraban hasta que lo engullese la tierra.

Hubo un silbido y un golpe. Una flecha había atravesado la garganta del hombre. Priya miró por encima del hombro y vio a Sima, pálida, con el arco aferrado entre las manos.

—Una batalla sangrienta —señaló Ganam—, pero lo hemos conseguido.

Se enderezó, cuadró los hombros y dijo:

—¿Qué hacemos ahora, mayor Priya?

Volvieron a casa.

Priya se puso un chal oscuro sobre los hombros para ocultar los ropajes y se adentró en la ciudad, rodeada por sus compañeros.

Invisible en medio de un grupo de soldados y guardamáscaras, pudo absorber la escena que la rodeaba sin tener que preocuparse de que la reconociesen y empezasen a hacerle reverencias, a adorarla o a temerla de ese modo que tanta repulsión le causaba.

Las calles de Hiranaprastha eran muy ajetreadas y ruidosas.

Estaban llenas de gente. Había kioscos con comida por aquí y por allá, así como grupos de niños que jugaban y personas que se agazapaban en las sombras vigilando la multitud al pasar.

Bajo el cielo azul, la ciudad era básicamente barro revuelto, quioscos pintados y tiendas.

De los porches colgaban lámparas vacías que se agitaban bajo la suave brisa.

Por la noche, en esas mismas lámparas colocarían velas y la ciudad se iluminaría como una constelación.

Desde hacía meses, Hiranaprastha no era sino una sombra de sí misma, rota tanto por la violencia como por el fuego.

Sin embargo, los edificios o bien se habían reparado poco a poco, o bien se habían reabierto por mera necesidad.

Mientras caminaban por la calle, Priya vio por el rabillo del ojo una casa con una pared medio derruida.

Alguien había tapado el hueco derrumbado con una cortinilla de cuentas de madera y vidrios de colores.

La luz iluminaba los vidrios, que resplandecían con destellos verdes, azules y rosas.

Priya se giró hacia Sima. Le dio un golpecito con el hombro para llamar su atención. A cambio, Sima esbozó una sonrisa tentativa. Aún tenía el rostro ceniciento, pero empezaba a recuperar su aspecto normal a medida que se acercaban al mahal.

—¿Cómo te encuentras ahora? —preguntó Priya.

—Oh, todo bien —respondió Sima.

Era una mentira tan obvia que Priya casi se echó a reír.

Sin embargo, logró contenerse. No quería herir los sentimientos de Sima. Lo que quería era consolarla.

—No pasa nada si tienes… sentimientos encontrados —dijo—. Por haber matado a alguien. O si sigues un poco asustada. Es que ha dado miedo.

Sima bajó la vista hacia su propia mano y soltó una risa extraña.

—Creo que sí que he pasado un poco de miedo —admitió—. Aunque intentaba ser valiente.

Priya volvió a darle un golpecito con el hombro, tan cerca que podría incluso abrazarla sin avergonzarla delante de sus compañeros.

—Lo has hecho muy bien —dijo—. Fíate de mí.

—¿Se llega a pasar menos miedo? —preguntó Sima—. ¿Llega un momento en que puedes luchar y eres capaz de hacer caso omiso…? Ya sabes… —Hizo un ademán vago con la mano—. ¿O acaso se pierde el miedo cuando se es tan poderosa como tú?

Priya no sabía cómo explicarle que su relación con el miedo había sido complicada mucho antes de ser tres veces nacida.

—Sí que ayuda ser poderosa —admitió—. Pero no tienes nada que temer, Sima. Me tienes a mí.

Ganam, al frente, aprovechaba su envergadura para abrirse paso entre la multitud y trazar un camino para que su grupo lo cruzase camino al mahal.

Priya lo veía en la lejanía; se elevaba sobre los edificios bajos de Hiranaprastha.

Lo único que lo sobrepasaba en altura era el Hirana, la antigua montaña sobre cuya cumbre descansaba el templo.

La gente se fijaba en ellos al pasar, aunque solo unos pocos asintieron en señal de respeto.

En Hiranaprastha, las patrullas que trabajaban para las mayores del templo se habían vuelto tan invisibles como en su día lo fueron los soldados del regente.

Tan solo era parte del tejido del día a día en la ciudad, con todos sus ritmos, rutinas y peligros.

—No quiero esconderme siempre detrás de ti, Pri —dijo Sima con tono atribulado—. Quizá también estaría bien que cuidase yo de ti. ¿Te habías parado a pensarlo?

—Sima, acabas de atravesarle la garganta a un hombre para protegerme, literalmente —dijo Priya—. ¿Tienes idea de lo impresionante que es hacer algo así? No digo que seas débil, ni nada parecido. Lo único que quiero decir es que…

—Ya sé lo que quieres decir —dijo Sima.

—Nos protegemos la una a la otra.