La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Uno #3
4%

Capítulo Uno #3

Los mercaderes a los que había visto, que apenas conformaban un reticente puñado de hombres, viajaban hasta Ahiranya más por desesperación y necesidad que por voluntad propia.

Nunca iban armados. Él mismo había salido de allí ileso, por supuesto.

Sin embargo, había visto soldados nuevos por las calles; no eran los hombres del regente, no llevaban el blanco y dorado parijati, sino que se trataba de hombres y mujeres con armaduras sencillas y disparejas.

Llevaban hoces y arcos en lugar de los típicos sables parijatis.

Malini sintió la mirada de Rao, que estaba al tanto de su relación con Ahiranya, si bien no sabía todos los detalles. Nadie, ni siquiera Rao, tenía derecho a saberlo todo. Sin embargo, sí sabía que los ahiranyis habían salvado a Malini y que la emperatriz tenía un vínculo con ellos.

—Gracias —le dijo al jinete—. Ve con Yogesh y recibirás tu recompensa.

Dinero, comida y una cama cálida en la que dormir. Malini se aseguraría de que lo tuviesen vigilado, para comprobar si le contaba aquello a alguien más.

Cuando volvió a su tienda llamó a Lata.

—Necesito que me escribas algo —dijo.

Mientras Lata buscaba tinta y papel y encendía una vela, Malini empezó a buscar las palabras precisas en términos políticos.

Algo que reafirmase su apoyo a Ahiranya, algo que les asegurase a la Señora Bhumika, a Priya y a sus aliados, que no había olvidado lo que les había prometido hacer cuando llegase al trono.

Por supuesto, el mayor énfasis que podía darle a sus palabras residía en la acción.

Cuando acabase con aquella misiva, enviaría otras a sus aliados en Srugna y a los estados limítrofes con Ahiranya.

Les pediría que mantuviesen relaciones comerciales sólidas con las nuevas mayores del templo.

Tal vez el bosque se hubiese vuelvo extraño, más extraño de lo que Malini hubiese visto jamás, pero el jinete había sugerido que no entrañaba peligro para nadie excepto para los hombres de Chandra.

Parecía seguro que el bosque y toda su fuerza se hallaba bajo el control de la Señora Bhumika y de Priya.

Y Malini confiaba al menos en Priya. No podía evitarlo.

Quiso decirle a Priya que no la había olvidado.

Pero, por otro lado, olvidar o no a Priya no era ningún asunto político.

Pertenecía al terreno del corazón, a la flor reseca que llevaba en un collar en la garganta.

Era el recuerdo, conservado a la perfección en su mente, del momento en que ambas yacían junto a la cascada, mirándose a los ojos, del agua que resplandecía en el pelo de Priya, de la sonrisa en sus labios.

Debería haber apartado de sí ese pensamiento. Pero no lo hizo. En cambio, decidió que le volvería a pedir a Rao que la dejase usar al jinete. Enviaría un mensaje discreto.

Un mensaje sería para las mayores de Ahiranya. Y otro…, no.

Le dijo a Lata lo que tenía que escribir y Lata lo escribió. Aquella carta, exquisitamente formal y escrita con la caligrafía cuidadosa y elegante de Lata, pasaría bajo el escrutinio de un administrador militar, de los señores que la servían.

No así la carta dirigida a Priya. Malini pretendía escribir aquella segunda carta en persona.

—También puedo escribir este otro mensaje para ti, mi Señora —dijo Lata cuando Malini echó mano del papel y la tinta.

—Este no lo verán los señores mañana —repuso Malini.

Lata guardó silencio, si bien un silencio punzante. Malini soltó una ligera risita. Alzó una mano.

—Ya sé que no se puede guardar nada en secreto —dijo—. Pero en este mensaje no habrá nada que los perturbe, suponiendo que lo intercepten. Además, incluso una emperatriz puede mandarle de vez en cuando una carta amable a una vieja aliada.

La expresión en el rostro de Lata se volvió aún más severa. Había pasado bastante tiempo junto a Malini en aquel viaje. Sabía más que nadie acerca de su corazón, aunque Malini no había pronunciado palabra alguna al respecto.

—Hay un dicho entre los artesanos y las artesanas de Parijat que esculpen efigies de las Madres con bronce, oro y piedra —dijo Lata—.

Suelen decir que cuando acaban de esculpir una estatua, esta es tan brillante que cualquiera que la contemple verá a una de las Madres divinas.

Sin embargo, todo pierde el lustre cuando lo empapa la lluvia.

—Qué poético —murmuró Malini.

—Emperatriz —dijo Lata en voz más baja—. Te envuelve un relato dorado. No permitas que pierda el lustre tan pronto.

Malini volvió a pensar en los hombres que se habían arrodillado ante ella. El sol que abrasaba en las alturas. Los cánticos de sus voces. “Emperatriz Malini. Madre Malini”.

—Tarde o temprano lo perderá —dijo—. Tengo que empezar a contar nuevos relatos que lo reemplacen. Asegúrate de que el jinete de Rao recibe la carta cuando acabe de escribirla. Y dale suficiente dinero para asegurar su discreción.

Lata no puso más objeciones.

Sabía que no debía ser Malini quien lo escribiese.

Pero era lo que quería.

He contemplado el océano, escribió. Y he recordado la historia de un río. De un pez que buscaba un nuevo mundo en su ribera.

Recuerdo una historia de guirnaldas. Y malas estrellas. Y de dos personas que dieron con el camino hasta encontrarse.

Dime, ¿tú también la recuerdas?